Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo treinta y cuatro
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Capítulo treinta y cuatro

OLIVER

Después del entrenamiento, los vestuarios no solo son ruidosos, sino que apestan a linimento y a equipos húmedos.

El vapor de las duchas pende pesado en el aire, mientras las voces compiten entre sí, con los tíos hablando los unos por encima de los otros y discutiendo nuestro siguiente partido como visitantes.

La risa rebota en las paredes de baldosas, enfatizada por el golpear de palos de hockey contra el suelo.

Yo me dejo caer en el banco y tiro de los nudos de mis patines, notando cómo el cuero húmedo se me clava en los dedos. Sigo todavía con el subidón de endorfinas del entrenamiento cuando el silbido grave de Jax atraviesa el ruido como una cuchilla.

—Bueno, bueno, bueno —dice, pronunciando lentamente cada palabra, con una sonrisa traviesa, de esas de meter mierda, mientras agita el móvil en el aire—. Mirad lo que acaban de colgar en los Rumores de los Railers.

La risa se apaga a nuestro alrededor, corrillo a corrillo, cuando la curiosidad recorre la sala como una ola. Yo no le doy demasiada importancia hasta que Jax dirige la pantalla hacia mí.

En cuanto la veo, se me cae el estómago a los pies. Es la foto de ayer, en la calle, con Rina.

Esa sobre la que le dije que no se preocupara.

La tengo atrapada contra el edificio, con nuestros rostros cerca el uno del otro, el suyo inclinado hacia el mío y el rubor de sus mejillas imposible de ignorar. Tiene los párpados entrecerrados y los labios abiertos.

No nos estamos besando, pero estamos la hostia de cerca.

Demasiado cerca para fingir que no es lo que parece.

Se me seca la garganta y el pulso se me acelera tanto que casi me mareo.

Cada músculo de mi cuerpo se tensa, como preparándose para algún impacto.

La risa y los ecos de los ruidos a mi alrededor se desvanecen.

Durante un segundo, solo tengo visión de túnel enfocada en esa única imagen.

En su expresión, y en la forma en que mi mano encaja sobre su cadera.

Joder.

Al otro lado del vestuario, Steele menea la cabeza y eleva una ceja.

—Será mejor que tengas más cuidado, hombre. Evelyn te va a dar para el pelo si se entera de esto.

Yo trago saliva, con fuerza, pero eso no es lo que tiene mi adrenalina subiendo y bajando por mi cuerpo.

Me da más miedo lo que hará Rina cuando se entere.

Casi puedo oír el tono de su voz cuando dijo que esto podría ser su ruina.

Tengo grabado a fuego el miedo que vi en sus ojos.

La posibilidad de que ella se cierre en banda y finja que nuestra relación no importa me afecta más que cualquier golpe sobre el hielo.

River se deja caer sobre el banco y echa los hombros para atrás con un gesto relajado y lento.

—Bueno, ese sí que es un giro interesante de los acontecimientos.

Knox sonríe con ironía mientras se quita la camiseta. Su sudor resplandece bajo las luces.

—Vamos, hombre. Lleva meses actuando como un crío de segundo de primaria, tirándole de las coletas a la niña por la que está pillado.

—¿Tú sabes un poco sobre eso, verdad? —le replica Jax, y su sonrisa se hace más amplia.

Sus risas resuenan por la estancia, demasiado fuertes y demasiado alegres. Ninguno de ellos tiene ni idea de lo que está en juego en realidad.

Le quito a Jax el móvil de la mano y miro más serio la foto.

Luego se lo tiro para devolvérselo, mientras se me encoge el corazón.

—Agradezco la advertencia.

Sus risas se funden con el fondo, como ruido blanco, mientras me da vueltas la cabeza. Cualquier satisfacción que haya podido sentir en el hielo ha desaparecido por completo.

Me inclino sobre mis patines, tirando de los cordones hasta que están lo bastante flojos como para poder quitármelos de dos patadas.

A eso le siguen las hombreras. El Velcro resuena fuerte en el húmedo espacio.

Me quito el resto del equipo con movimientos rápidos y bien ensayados.

Cada pieza aterriza en un montón a mis pies.

La única idea que se repite rítmica en mi cabeza es que tengo que llegar hasta Rina antes de que lo haga esta foto.

Ella no se merece el estrés, el cotilleo ni los juicios.

Especialmente ahora.

Si tengo que cargar con las culpas, que así sea. Si tengo que plantarme delante de ella y soportar el golpe, lo haré.

Tal vez este sea el punto de inflexión. El momento en el que dejo de permitir que los titulares de prensa me definan y empiezo a escribir mi propia historia. Porque protegerlos a ella y a la vida que estamos creando juntos no es opcional.

Es lo único que importa.

Embuto mi equipo en la taquilla, cojo el móvil y me dirijo hacia la puerta. Me espere lo que me espere ahí fuera, pienso coger el toro por los cuernos.

¿Qué otra opción existe?