Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo treinta y Tres #2
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Capítulo treinta y Tres #2

Algo en su tono de voz suena demasiado solemne para su edad. La sonrisa de Callie se convierte en algo más dulce antes de levantarse para atender a un cliente en el mostrador.

En cuanto se va, la energía entre nosotras cambia y se instala en un nivel más tranquilo.

Kia dibuja el borde de su taza con la punta del dedo. Aunque no le pregunto nada, dice:

—Todo se ha vuelto... complicado. Una cosa detrás de otra... Y antes de darme cuenta, me estaba ahogando. Así que me marché.

No hay ninguna autoconmiseración en su tono.

Solo suena exhausta.

Es una sensación que conozco demasiado bien.

Quiero preguntarle más, pero ella está mirando su té como si se diese cuenta de que puede que me haya dicho demasiado. Así que no la presiono. Algunas historias necesitan tener espacio antes de estar listas para ser contadas.

—Lo pillo —le digo—. A veces, alejarse es la única manera de volver a recuperar el control.

Sus ojos se elevan rápidamente, y les atraviesa una fugaz expresión de sorpresa, antes de que ella asienta.

—Sí. Algo así.

Durante un rato, nos sentamos en silencio. El zumbido de la máquina de expreso rellena el espacio que tendría que haber sido ocupado por la conversación.

Cuando nos acabamos el té y los scones, recogemos nuestras cosas y salimos a la calle.

El frío golpe del viento me roba hasta el último atisbo de calor de la piel mientras nos dirigimos hacia el estadio.

Cuanto más nos acercamos, más ruidoso se vuelve todo: el tráfico, las conversaciones, y la prisa de la ciudad cobrando vida a nuestro alrededor.

Para cuando se abren las puertas de cristal, el confort de la pastelería me parece quedar a kilómetros de distancia.

La calidez se evapora por completo en cuanto entramos en la pista de hielo.

El frío me golpea los pulmones como si fuese una advertencia.

El sonido de las cuchillas al rascar contra el hielo y de los golpes de los jugadores se parece demasiado al mundo en el que estoy ahora.

Un solo paso en falso, un patinazo, y todo podría venirse abajo.

Steel se desliza por la pista con movimientos largos y limpios, mientras los demás jugadores se mueven con líneas fluidas, con los palos golpeando los discos y los patines tallando la lisa superficie.

El entrenador principal les grita instrucciones. Cada error se señala y cada movimiento perezoso se corrige.

Nos acomodamos en los asientos de la primera fila, contra el cristal, y cada vez que algún jugador choca contra las tablas el impacto vibra a través de mí.

El sudor resplandece en sus rostros mientras se exigen más y los ejercicios se hacen más rápidos y brutales bajo el ojo vigilante del entrenador Cole.

La energía en el hielo es una mezcla de concentración y tensión. Es esa clase de intensidad que hace que resulte imposible apartar la vista.

Unos minutos después, Laiken sale de la portería, patinando hacia el banquillo en busca de agua.

Se quita los guantes y flexiona los dedos mientras de su equipo brota un leve vapor en el aire helado de la pista.

Cuando se quita el casco, su pelo húmedo le cae en ondas despeinadas por la frente, pegándose ligeramente por el sudor.

Él levanta la botella y se la bebe hasta el fondo.

Su garganta se mueve mientras engulle el contenido.

El agua se derrama por la cincelada línea de su mandíbula antes de que se la limpie con el dorso de la mano.

El movimiento es poco elegante, como si no le importase en absoluto quien estuviese mirando.

A mi lado, Kia se queda inmóvil mientras sus dedos aprietan la taza con más fuerza.

—¿Quién es?

—Laiken Lennox —le digo—. Nuestro huraño guardameta residente. Perpetuamente gruñón, por si no lo habías notado. Además de un favorito de las fans, por motivos obvios.

Su mirada no se aparta mientras le estudia bajo los focos del estadio.

—Ajá.

No puedo evitar sonreír.

—Corrígeme si me equivoco, pero eso ha sonado sospechosamente a que tú también los aprecias.

El color trepa por sus mejillas. Es un leve rubor que ella intenta ocultar, aunque no se molesta en negar mi comentario.

En cuanto vuelvo a dirigir mi atención al hielo, mi mirada se centra en Oliver.

Está en constante movimiento: la potencia y la precisión se aúnan mientras zigzaguea con facilidad a través del ejercicio.

Cada impulso de sus piernas tiene un motivo, cada disparo es claro y limpio.

Incluso en medio de un mar de jugadores de élite, él destaca, adueñándose del hielo como si hubiese nacido para hacerlo.

El corazón se me atenaza ligeramente, a traición. Da igual cuánto me recuerde a mí misma los riesgos o los potenciales efectos colaterales. Una mirada a él, a Ollie , no al Gran O que ven todos los demás, y sé que ya estoy metida más profundamente de lo que habría querido estarlo jamás.

La forma en que me ha atraído hacia él, sin esfuerzo, es peligrosa.

Sigo diciéndome que puedo seguir manteniéndome objetiva.

Distante.

Sin embargo, cada vez que estoy cerca de él, me resulta más difícil creerme mis propias mentiras.

Y una vocecita en mi interior se pregunta si enamorarme de él puede no constituir el error que me ha estado aterrorizando...

Sino tal vez el inicio de algo que nunca me había imaginado que podría tener.