Capítulo treinta y Tres
RINA
Oliver se ha levantado y ha salido por la puerta antes de que yo me haya despertado a la mañana siguiente.
Después de solo unas cuantas noches en su cama, me resulta inquietante cuánto echo de menos su calidez a mi lado.
Las sábanas todavía conservan su olor. Es algo como a madera y especiado, mezclado con un tono más oscuro que se queda prendido en el algodón.
Resulta ridículamente reconfortante.
Aún ahora que me siento relativamente en paz, mi mente se niega a seguir dando vueltas. Hay demasiados «y si» presionando desde todos los ángulos.
¿Y si esto me estalla en la cara igual que han hecho todas mis otras relaciones?
¿Y si hay rumores en el trabajo?
O peor aún, ¿y si emerge la foto de ayer?
Si esa foto sale a la luz, no habrá tan solo cotilleos. Habrá preguntas directas, sobre la ética, los favoritismos y sobre por qué el Departamento de Relaciones Públicas no puede encargarse de su propio escándalo.
¿Y si Hugh o Evelyn empiezan a cuestionarse mi buen juicio?
Y la idea que más me asusta de todas: ¿Y si el estrés que estoy soportando afecta al bebé?
¿Y si ya estoy fracasando como madre incluso antes de que haya nacido?
El peso de todo eso se me viene encima hasta que se me atenaza el pecho.
Después de unos cuantos minutos de revolverme, inquieta, aparto de golpe las sábanas y me alejo descalza pasillo abajo. El ático está en silencio. El único sonido que se escucha son los crujidos del suelo bajo mis pies. Me detengo delante de la puerta entreabierta de Kia.
Su bolsa de tela está en el suelo, medio deshecha, con la ropa a medio sacar de una forma que clama a gritos que esta es una estancia temporal más que una situación de alojamiento permanente.
Durante unos instantes, titubeo, sin estar segura de si debería molestarla, antes de levantar los nudillos y llamar suavemente a la puerta.
Lo que me chocó anoche mientras observaba a los dos hermanos juntos fue la conexión auténtica que tienen. Oliver tiene esa reputación mítica: el Gran O, el lateral estrella de los Railers que es el centro de atención sin siquiera intentarlo.
Pero con Kia, no hubo nada de todo eso.
Con ella, él no es el tío cuya presencia se extiende por todas las páginas de cotilleos, ni ese por el que suspiran las fans de los Railers. Es tan solo Ollie, el protector hermano mayor que le pegaría fuego al mundo si eso significaba mantener a salvo a su hermanita.
Verlos interactuar ha despertado algo en mí para lo que no estaba preparada.
Un suave dolor que no sería capaz de nombrar.
Tal vez fuese envidia.
O añoranza.
Fuera lo que fuese, me hizo darme cuenta de lo raro que es ser amada sin condiciones ni reservas.
Y hay algo en Kia que me toca la fibra. No sé con qué estará lidiando, y no es que esté a punto de fisgonear en eso, aunque sea lo que sea, debe de ser algo duro si ha decidido alejarse de su vida en la universidad.
La forma en que está intentando enmascararlo me resulta familiar.
Tal vez un poco demasiado familiar.
He estado en ese sitio, en el que finges que estás bien cuando solo estás a un segundo de venirte abajo.
No tengo claro qué hacer así que me aclaro la garganta.
—Buenos días, Kia. Saldré para el trabajo en treinta minutos. No estoy segura de qué planes tienes, pero estaría encantada de que vinieses conmigo si te apetece.
Su rubia cabeza se levanta de golpe de la almohada, con el pelo revuelto en todas direcciones y la máscara de pestañas corrida por debajo de sus ojos, como si la noche anterior hubiese caído de golpe.
Me mira con los ojos entornados.
—¿Así que sería algo así como «el día de llevar al trabajo a la hermana del papá de tu bebé»?
—Lo has clavado —digo, riendo. Ya empieza a caerme bien.
Sus labios se estremecen antes de curvarse hacia arriba.
—Claro. Es mucho mejor que sentarse y darle vueltas al desastre en que lo he convertido todo.
Sus ojos se agrandan, como dándose cuenta de lo que acaba de salir por su boca.
El comentario pende en el aire un instante antes de que yo deje atrás la vacilación alojada en mi garganta.
—Sé que acabamos de conocernos, y no somos amigas ni nada, pero... —Me encojo solo de un hombro—. Si alguna vez te apetece hablar, aquí me tienes.
Hasta yo estoy sorprendida por mi ofrecimiento. Tal vez lo haya soltado porque se me da mejor encargarme de las crisis de los demás que hacerlo con las mías.
Con una inclinación de cabeza, ella me estudia con unos ojos tan parecidos a los de Oliver que hace que parpadee.
Ver esa misma mirada de color azul suavizada por la vulnerabilidad... Me desorienta.
Después de un instante, su gesto se relaja.
—Gracias. Te lo agradezco.
—Vale entonces. —Señalo pasillo abajo hacia la habitación de Oliver—. Voy a darme una ducha y a vestirme. Luego podemos hacer una parada en esa fabulosa pequeña pastelería que hay cerca del estadio y hacernos con algo de comer.
Un atisbo de sonrisa planea sobre sus labios.
—Eso suena bien.
—Perfecto.
Por primera vez desde que me he mudado, no siento que esta mañana esté andando de puntillas por la vida de otra persona.
Apenas he dado un paso en retirada cuando ella dice:
—¿Rina?
—¿Sí?
—Gracias.
La tensión de mis hombros se relaja.
—No hay problema.
Cuarenta minutos después, estamos cruzando la puerta de Lakeshore Sweets. La luz de la mañana se filtra por los cristales delanteros, haciendo brillar los frascos llenos de biscotti y macarons color pastel.
Normalmente eso bastaría para hacer que se me hiciese la boca agua, pero hoy se me revuelve el estómago. Trago saliva para combatir la súbita náusea y me obligo a sonreír.
Sloane levanta la vista desde detrás del mostrador, con una rápida y conocida sonrisa.
—Hola, chica. No podías mantenerte alejada, ¿eh?
—Ni de coña —digo, acercándome más a la vitrina—. Café y... Me paro en seco. El amargo aroma de la oscura mezcla me golpea como una ola, y mi estómago se subleva—. Borra eso. Un té caliente, por favor. Lo que sea que beba Lilah normalmente. Y quizás un scone.
Sloane entrecierra los ojos.
—Pareces estar a cinco minutos de potar.
—Entonces tengo precisamente el aspecto de cómo me siento.
Su atención se aparta de mí y aterriza en la mujer más joven que tengo al lado.
—Veo que te has buscado una nueva compinche.
Suelto un resoplido.
—Posiblemente. Esta es Kia, la hermana de Oliver. Va a quedarse con él un tiempo.
Sloane la saluda haciendo un gesto alegre con la barbilla.
—Encantada de conocerte. Yo soy Sloane. ¿Qué te pongo?
Kia inclina la cabeza e investiga la pizarra del menú.
—¿Qué es una «guarrada dulce»? Suena... interesante.
Sloane sonríe.
—Solo resulta ser uno de los favoritos de Rina. Es básicamente combustible para cohetes en una taza. Expreso, chocolate negro y más cafeína de la que probablemente sea legal.
Mi mano vaga automáticamente hasta mi estómago.
—Por motivos obvios, no voy a tomarme ninguno en algún tiempo. A menos que el objetivo sea darle al bebé una ventaja inicial en cuanto a las habilidades de patinar.
Los ojos de Kia se agrandan antes de que se eche a reír.
—De acuerdo. Sabia elección. No es bueno iniciarlos con la cafeína antes de que hayan nacido siquiera.
—Exacto —replico, con tono serio—. Imagino que esperaré al menos hasta que este ya vaya a la guardería.
—Eres la única capaz de hacer que las náuseas matutinas suenen a chiste —dice Sloane, meneando la cabeza.
Kia carraspea antes de volver a mirar la pizarra.
—Yo, ejem... Me tomaré lo mismo que Rina.
—Dos infusiones con scones marchando ahora mismo —dice Sloane, agarrando dos tazas.
En cuanto tenemos nuestras bebidas y nuestra bollería, nos instalamos en una mesa cerca del escaparate delantero, mientras la luz se derrama sobre la madera pulida.
Callie sale de la parte de atrás con la camisa y la mejilla pintadas de harina, como si llevase pinturas de guerra.
—No sabía que ibas a pasarte por aquí esta mañana.
Señalo a Kia.
—Tenía que enseñarle este sitio tan emblemático de Chicago a la hermana de Oliver.
—Bienvenida al único local de la ciudad que funciona a base de cafeína y sarcasmo —dice Callie con voz cálida, deslizándose en la silla de enfrente a las nuestras.
Kia deja escapar una risita.
—Con el sarcasmo puedo. Pero no estoy segura sobre la cafeína.
—No te preocupes —dice Callie, sonriendo—. Sloane hace que las infusiones sepan como si tuviesen su sitio en una auténtica cafetería. Es prácticamente un milagro.
—También reparte opiniones con cada taza, pero esa parte es gratis —digo, lo bastante alto como para que nuestra amiga lo oiga.
—¡Acepto consejos como pago! —grita ella de vuelta.
Callie sonríe con sorna.
—Cómo puedes ver, la atención al cliente es un tema fundamental por aquí. Además, ahora que sé que eres más bien como de la familia, la casa invita a los carbohidratos y a los consejos no solicitados.
Sus risas burbujean a mi alrededor y, durante un segundo, me olvido del todo de la incertidumbre que me espera al salir de este pequeño remanso de seguridad.
La preocupación, el miedo, los interminables «y si», todos se quedan a un lado, reemplazados por el sencillo confort de sentir que este es mi sitio.
Resulta extraño cómo algo tan normal como unas risas compartidas con unas mujeres que te comprenden puede hacerte sentir que estás en el lugar más seguro del mundo.
La despreocupada bromita se gana otra carcajada de Kia, pero la hilaridad no alcanza del todo sus ojos. Ni toca su té. Solo le da vueltas en la taza, con la mirada fija en el oscuro líquido, como si pudiese contener las respuestas que está buscando.
Vuelvo a pensar que está fingiendo.
Fingiendo estar bien.
Fingiendo que no lleva el peso de algo suficiente para hundirla. Solo espero que se abra con Oliver y le permita que la ayude a pasar por lo que sea que ella esté pasando.
Callie la observa.
—Entonces, Kia, ¿vas a la universidad o eres uno de esos espíritus libres que se cogen un año sabático?
La joven titubea, con la pregunta pendiente entre ellas.
—Estaba en la uni —dice por fin—. Pero ha dejado de parecerme el lugar adecuado para mí.