Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo treinta y dos
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Capítulo treinta y dos

OLIVER

El día acaba con Rina acurrucada contra mí en el sofá, con su cuerpo sobre el mío y mi mano extendida con gesto protector sobre su todavía casi inexistente barriguita mientras le murmuro al bebé que crece en su interior.

—¿Te lo puedes creer, Pequeño O? Tu mamá se cree que nos puede mantener en secreto, pero eso no va a suceder.

Ella gime y se aplasta contra mi pecho. El débil temblor de sus labios la delata. Por primera vez desde que las mujeres de la acera levantaron sus móviles y nos sacaron una foto, Rina parece estar relajada.

Durante un breve instante, el mundo parece un lugar sencillo.

Solo existimos ella, yo y el diminuto latido que juro que casi puedo sentir por debajo de la palma de mi mano. Pensar en esa vida creciendo dentro de ella me afecta como un puñetazo en el estómago.

Me inunda el deseo de tocarla, imposible de ignorar. Me rindo y le paso la mano por debajo de la barbilla, levantándole la cara hasta que acabo perdido en sus ojos.

—¿Alguna posibilidad de que estés interesada en algo esta noche?

Las comisuras de sus labios se elevan.

—Posiblemente.

Una risita resonante se me escapa.

—Bien. Eso era exactamente lo que yo esperaba escuchar.

Bajo la boca hasta que nuestros alientos se mezclan, y jugueteo con ella, con la promesa de algo más.

Cuando nuestros labios colisionan por fin, el beso es solo lo bastante profundo para que yo pueda saborearla.

Pero no se queda así demasiado tiempo. La caricia se hace más intensa, y se vuelve un asunto de necesidad cuando obligo a su boca a abrirse y le deslizo mi lengua contra la de ella hasta que estamos los dos a punto de perder el control.

Sus dedos me agarran de la camisa y tiran de mí para acercarme más.

Ella ahoga una exclamación cuando la palma de mi mano se desliza más allá del borde de su jersey y alcanza el sedoso calor de su piel. Levanta una mano hasta mi cara y me acaricia la comisura de la boca con el pulgar, como si tampoco tuviese suficiente.

—Oliver —susurra contra mis labios.

—¿Qué es lo que deseas, cariño? —pregunto, con voz ronca.

—A ti. Te deseo a ti.

Esa confesión es como una dulce música para mis oídos. Estoy a punto de tumbarla en los cojines del sofá y perderme en ella cuando suena la campanita del ascensor y arruina el momento.

Los dos nos quedamos paralizados.

Ella tiene los labios rojos y su pecho sube y baja contra el mío. Ese palpitar atronador y frenético bajo mi piel sigue resonando cuando la realidad se impone como una bofetada.

Rina frunce el ceño, y mira hacia el sonido con puñales en los ojos.

—¿Esperabas a alguien?

Antes de que pueda decir nada, las puertas se abren y se escucha el sonido de unos pasos. Una figura de rubios cabellos viene por el pasillo, con una bolsa de lona sobre el hombro.

—Si ese es uno de tus rolletes sexuales con tarjeta de acceso electrónico a tu casa, yo ya me estoy largando.

Se me escapa una risita.

—¿Es eso que estoy notando un puntito de celos?

Ella me empuja antes de cruzarse de brazos con firmeza.

—Solo dime quién es, por favor.

Me levanto del sofá y me dirijo hacia la intrusa.

—Relájate. Esta no es ningún rollete. Es mi hermana pequeña.

En cuanto estamos lo bastante cerca, Kia suelta su bolsa, que resuena al caer de golpe contra el suelo, y se lanza sobre mí. Sus brazos rodean mi cuerpo como si no quisiera soltarme jamás.

—Ollie.

Por detrás de mí, la voz de Rina suena cargada de sorpresa.

—¿Tu hermana?

Vuelvo la cabeza, la miro con una sonrisa y luego le hago un gesto con la mano, indicándole que se acerque más. Ella se levanta del sofá y se alisa el jersey antes de acercarse. Cuando titubea, la agarro por la muñeca y la arrastro a mi lado.

—Kia, esta es Rina. La futura madre de mi hijo.

Kia se queda boquiabierta.

—Ejem... ¿De qué plazo en el futuro estamos hablando?

Le aprieto la mano a Rina.

—Lo sabremos seguro en cuanto veamos al médico. Pero por ahora, lo estamos manteniendo en secreto.

—Hostia puta —exclama mi hermana.

Rina la saluda con el más pequeño de los gestos de cabeza, y sus hombros se tensan.

—Exactamente lo que yo pienso.

—¡Guau! —Kia pestañea, con energía—. Eso es... muy gordo.

La sonrisa educada de Rina flaquea un instante, como si ahora mismo fuese cuando acabase de darse cuenta de que se estaba metiendo en el territorio de la familia y no estuviese segura de si ese era su sitio.

Eso solo hace que le apriete más fuerte la mano.

Sus labios se estiran para formar una sonrisita irónica.

—No puedo decir que un embarazo no planificado entrase en mis previsiones para este año.

—Sí —susurra Kia, retorciendo las manos mientras aparta la mirada—. Eso como que lo cambia todo.

Hay algo en su tono de voz que hace que la observe con más atención.

—Espera un minuto. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿No se suponía que tenías que estar en clase?

Ella levanta la barbilla con gesto desafiante.

—Lo he dejado.

—¿Qué? —Mis ojos se agrandan—. Kia, ¿es que se te ha ido la olla? ¿Tienes alguna idea de lo que dirá mamá cuando se entere de esto?

Mi hermana pequeña da un respingo, como si ya pudiese escucharla, y yo me paso una mano por la cara mientras me da vueltas la cabeza.

Durante una fracción de segundo, la veo tal como era hace años, con costras en las rodillas, coletitas y una sonrisa a la que le faltaban dientes.

Por aquel entonces, Hayes cuidaba de todos nosotros.

Y ahora aquí está ella, mirándome de la misma forma en que antes le mirábamos a él.

Por mucho que quisiera decirle que llevase su culo de vuelta a la universidad, no puedo obligarme a hacerlo. Parece extrañamente frágil.

Como si le faltasen escasos minutos para hacerse una bola sobre sí misma.

—¿Sabes? Olvídate de mamá ahora mismo. —Mi voz se suaviza—. ¿Hay alguna otra cosa que tenga que saber?

Se encoge de hombros y estos suben y bajan con gesto de indefensión.

—Solo necesito un tiempo de pausa hasta que pueda decidir algunas cosas. ¿Te parece bien que me quede aquí contigo?

—Sí. Por supuesto —le respondo—. Siempre tendrás un sitio conmigo.

Una parte de la tensión abandona su rostro, pero no toda. Asiente una vez, casi como si no confiase en ser capaz de dar las gracias sin romperse.

Esa misma compulsión que me hace desear mantener a Rina a salvo se enciende de nuevo en mi interior. Es feroz, protectora y arrolladora.

Solo que esta vez está dirigida a mi hermana.

Un año antes, le habría dicho que llamase a mamá, y luego habría seguido entretenido con lo que fuera que estuviese haciendo.

Ahora, la idea de que se enfrente a algo sola me da náuseas.

No estoy seguro de cuándo ha ocurrido, pero en algún punto entre lo de Rina, el bebé y ahora mismo, he dejado de huir de mis responsabilidades.

Estiro la mano y le doy un apretón a Kia en el hombro.

—Da igual lo que pase, lo solucionaremos juntos, ¿vale?

Su barbilla apenas desciende.

Pero me basta.

Por ahora.

Mientras estoy ahí plantado, viendo cómo mi hermanita lucha por contenerse, me sobreviene una idea, potente, negándose a desaparecer. Esto ya no va solo de Rina. Ya no puedo ir haciendo el imbécil por la vida o dejándolo todo a medias. No puedo, cuando la gente a la que quiero cuenta conmigo.

Quizás por primera vez, por fin comprendo lo que significa estar ahí para alguien.

No para las cámaras.

Ni para los titulares.

Sino para la gente que me importa.