Capítulo treinta y uno
RINA
Todavía sigo descolocada por el beso de Oliver mientras camino rápidamente por la acera hacia el estadio. Mi pulso va más deprisa que mis pasos.
—¿Has visto quién era? —le chilla la mujer que nos ha sacado la foto a su amiga—. ¡Oliver Van Doren, el de los Railers!
Una foto.
Un segundo en el que he dejado que me bajara la guardia.
Es lo único que hace falta para que el suelo desaparezca por debajo de mis pies.
El momento se me graba a fuego en la memoria como una prueba que no puedo borrar. El calor me inunda las mejillas al tiempo que el pánico me clava las garras en la garganta.
No me doy cuenta de que Oliver me ha alcanzado hasta que su mano me rodea suavemente por un brazo.
—Oye, ¿estás bien?
Dejo escapar una risa breve y carente de hilaridad.
—No, no lo estoy. ¿Tienes alguna idea de lo que pasará si esa foto sale a la luz?
La mera idea basta para hacer que se me revuelva el estómago.
—Relájate —dice él con calma—. Solo es una fan. Lo compartirá con sus amigas, nada más.
Un resoplido se me escapa antes de que pueda detenerlo.
—Sí, claro. Porque los fans nunca suben nada a las redes.
Mi mirada se pasea por la acera con el corazón acelerado, mientras busco más teléfonos apuntando en dirección nuestra. Pero solo están las dos chicas. Doblan la esquina y desaparecen, riendo y parloteando.
Espero que él tenga razón y se guarden las fotos para ellas.
Aunque en el fondo, sé que no es así. Me he pasado años limpiando desastres como este. Un rumor no tiene que ser cierto para propagarse.
Solo precisa de un titular lo bastante atractivo como para hacer que se convierta en algo viral.
Y no hay nadie en esta ciudad a quien le encante más un escándalo que a los fans de los Railers.
Hago una mueca, rezando porque la foto no acabe por toda la web de los Rumores de los Railers antes de que termine el día.
Lo último que me hace falta es que Hugh cuestione mi juicio o que Evelyn me mire de reojo en las reuniones.
Ella creyó en mí cuando nadie más lo hacía.
Si piensa que he cruzado una línea en lo profesional, no sé cómo voy a poder recuperarme.
Cada patrocinador que llevo años trabajándome se preguntará si me he ganado este puesto o si me lo entregaron en bandeja porque me acuesto con el mismísimo Gran O de Chicago.
—Lo digo en serio —digo, con la voz temblando bajo el peso de todo lo que hay en juego. Acelero el paso como si fuese posible correr más deprisa que el pánico que me atenaza por dentro—. Esto tiene el potencial de arruinarlo todo.
—Nena.
Aunque su tono permanezca tranquilo, está forrado de acero. Sus pasos se ajustan a los míos hasta que lo tengo al lado, lo bastante cerca para que su hombro roce el mío.
Cuando intenta cogerme la mano, yo me aparto de golpe antes de que pueda alcanzarla.
—Esto, lo nuestro, no va a desaparecer —dice con voz tranquila, pero no hay nada de amable en ella—. Crees que puedes mantenerme en la sombra, pero yo no estoy hecho para eso. Y ya me he cansado de permitirte que mantengas partes de ti ocultas de mí.
Un relámpago me recorre frente a la fuerza de su convicción. Debería hacer que me cagase de miedo. Y tal vez, a algún nivel, lo hace. Pero también rompe algo en mí y lo deja abierto en canal. Durante un insensato momento, me imagino cómo sería dejar de luchar contra él.
Y solo dejarme llevar.
Entonces la realidad regresa con fuerza, tan brutal como el aire gélido de la pista de hielo contra mi piel caliente.
No puedo.
No cuando podría hacer que mi carrera se frenase en seco.
—No lo pillas, ¿verdad? —susurro, meneando la cabeza—. Si esa foto consigue llegar a la oficina principal, podría perder todo por lo que he estado luchando tanto.
Oliver ni pestañea. Levanta una mano y me acaricia la mandíbula con los nudillos. Con esa única caricia, me encuentro atrapada en sus ojos.
—No, nena. Eres tú la que no lo está pillando. Estoy en esto a full. Quieras o no admitirlo, esto está ocurriendo.
No puedo evitar inclinarme hacia su mano. Él me mira como si yo ya le perteneciese, haya firmado para eso o no.
La idea me resulta embriagadora.
Y terrorífica.
Me aparto de golpe antes de que pueda derretirme por completo, y aparto mi debilidad a un lado.
—Vale. Pero, ¿dentro del estadio? Somos compañeros de trabajo y nada más. ¿Me oyes?
Aparece un tic en su mandíbula, cuando el músculo se le flexiona. Durante un instante, me parece que va a discutírmelo.
Pero su boca se curva creando algo oscuro, cargado de promesas.
—Por ahora vamos a jugar a tu manera, pero no esperes que eso dure eternamente.
Cuando nos acercamos a la entrada, nuestros reflejos se hacen borrosos y se funden en la puerta. Durante un instante vertiginoso, parece como si fuésemos uno. Entonces la luz del sensor de movimiento se enciende, llevándose con ella la ilusión.
El cristal refleja todo lo que me he pasado años construyendo. Una versión de mí que parece tranquila, serena e intocable.
Ya casi no reconozco a esa mujer.
Los nervios zumban bajo mi piel mientras controlo mi expresión para que parezca neutral, el gesto que he perfeccionado para las cámaras y las entrevistas en vestuarios.
Cada paso que doy hacia el interior del estadio me parece un paso más hacia el desastre.
Y aunque sé cuánto podría reflejarse eso negativamente en mi cara, no puedo parar de sentirlo.