Capítulo treinta
OLIVER
En cuanto termina el entrenamiento, me ducho y saco el móvil de mi taquilla para ver dónde está Rina.
¿Que si he activado su «compartir ubicación» sin preguntar?
Sí, lo he hecho. Y probablemente me montará un pollo cuando se entere. Pero eso da igual, estoy más que contento de aceptar el golpe.
Según todo lo que he leído sobre el embarazo, es mejor comer más veces en pequeñas cantidades durante el día y quiero asegurarme de que ella y el Pequeño O estén servidos.
Mmm. No está en el edificio.
Parece que está en Lakeshore Sweets, lo cual no es ninguna sorpresa.
A Rina le gusta pasar tiempo con sus amigas y sinceramente, me encanta que tenga un círculo de mujeres tan íntimo que le hace reír y cierre filas a su alrededor cuando lo necesita.
Sin embargo, eso significa que tendré que hacer una parada técnica en boxes antes de nuestra reunión del equipo.
Me pongo un par de vaqueros y un jersey con capucha rápidamente y cojo mi gorra negra de los Railers del estante de encima de mi taquilla.
—¡Oye, Van Doren! —me grita Knox mientras me alejo a grandes zancadas hacia la puerta—. ¿Adónde vas? Tenemos reunión en treinta minutos.
Yo le lanzo una mirada furiosa y pongo los ojos en blanco.
—No te pongas histérica, mamá. Estaré de vuelta con tiempo de sobras.
Él resopla.
—Ojalá que sí. Si llegas tarde, Steele te va a colgar de los...
—¿De los qué? —le corta Jax con una gran sonrisa.
—Jesús —murmura River—. ¿Podemos no empezar con eso?
Los ignoro a todos sin frenar el paso y salgo por la puerta.
La verdad es que no sé qué diablos estoy haciendo. Solo que no puedo asistir a otra reunión fingiendo que todo va como siempre mientras Rina está ahí afuera, posiblemente saltándose comidas o no encontrándose demasiado bien y necesitándome.
En la calle, el aire es lo bastante frío como para hacerme notar punzadas en los pulmones. Cuando llego a Lakeshore Sweets, freno el paso justo delante del escaparate y examino la pastelería hasta que mis ojos la encuentran en una mesa del fondo con sus amigas.
Sostiene una taza entre las manos, de la que se elevan unas delicadas volutas de vapor.
Tiene las mejillas más sonrosadas de lo habitual y todo su rostro parece más alegre de lo que lo ha estado en días.
La visión de su felicidad lo significa todo.
Para un tío que se ha pasado años apareciendo por todas partes en los Rumores de los Railers, persiguiendo cualquier cosa excitante que se le pusiera por delante, su sonrisa en el cálido resplandor de una cafetería es lo único que me parece real.
O que importa.
No solo se trata de ella, sin embargo. Es este mundo del que ella forma parte. Su risa y el vínculo auténtico que tienen las unas con las otras. Llevo casi toda la vida en vestuarios y estadios, rodeado de ruido y adrenalina.
Contemplarla así es sentir paz.
Como si estuviese en casa.
Cuando abro la puerta y entro, unas cuantas cabezas se giran hacia mí.
—Hola, Oliver —saluda Callie, sonriendo—. Rina nos ha contado la buena nueva. Felicidades.
—Gracias. —Una sonrisa asoma en mis labios—. No podría estar más feliz.
Rina entorna los ojos.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Me acerco con largos pasos hasta la mesa y me detengo cerca de su silla.
—He pensado en venir a por un café antes de la reunión de equipo y luego acompañarte de vuelta al estadio.
Ella inclina la cabeza a un lado.
—¿Cómo sabías dónde estaba?
—Lo he supuesto y he acertado.
Ella me lanza una mirada. Es una de esas que dice que está uniendo las piezas sin hablar.
—¿No habrás activado mi modo compartir ubicación por un casual, verdad?
Lilah tose en su mano para ocultar una risa.
—Parece que todos los Railers emplean el mismo libro de jugadas.
Yo me encojo de hombros con descaro.
—Puede. Pero me parece importante saber dónde está mi hijo en todo momento.
Las cejas de Rina se disparan hacia arriba.
—Estate tranquilo, él o ella estará conmigo en el futuro inmediato.
Me agacho delante de ella hasta que nuestros ojos están al mismo nivel.
—Entonces tiene sentido que yo sepa siempre donde estás, ¿no?
—Oliver... —Su tono es suave aunque sus ojos permanezcan en alerta—. Eso es pasarse un poco. Alguien podría decir que es un pelín de acosador.
Durante un instante, casi le digo la verdad. Que en lo referente a ella, estoy algo chalado. Pero de algún modo, dudo que eso vaya a sentarle bien.
—No puedes culpar a un nuevo futuro padre por ser protector con la madre de su hijo, ¿verdad?
—Es totalmente posible que vaya a desmayarme aquí mismo —dice Lilah—. Para que lo sepas: me está encantando este lado de ti.
—Sí, Gran O —bromea Sloane, con la risa asomando en su voz—. Lo aprobamos por completo.
Mi atención sigue centrada en Rina.
—La única opinión que importa es la de la mujer a la que estoy mirando ahora mismo.
—Vale, ahora sí que voy a desmayarme de verdad. —Callie suspira con aire teatral—. ¿Quieres el café para llevar?
—Pues sí, sería genial. Gracias. —No rompo el contacto visual con Rina ni un segundo. —¿Lista para marcharte, nena?
Su suspiro es de sufrida resignación.
—¿Tengo alguna otra elección sobre ese tema?
—Pues no.
—Entonces, supongo que sí.
Me levanto y le ofrezco mi mano. No es que necesite mi ayuda, pero pienso emplear cualquier excusa para poder tocarla.
En la caja, Callie nos pasa dos vasos sobre el mostrador.
—Un café y una infusión.
—Perfecto. —Le doy la infusión a Rina y luego le paso a Callie mi tarjeta de crédito, que me guardo una vez nos ha cobrado las bebidas.
—¡Hablamos pronto! —grita Callie mientras salimos al sol de fuera.
En la calle, el viento lleva el aroma de café tostado y pan recién hecho de la panadería.
Rina le da un cauteloso sorbo a su té antes de mirarme de reojo.
—Dime la verdad. ¿Has activado mi ubicación?
Yo arqueo una ceja.
—¿A ti qué te parece?
Su gesto se endurece.
—Lo primero que pienso hacer en cuanto lleguemos al estadio es desactivarla.
—¿Te apuestas algo?
Ella se para en seco y sus ojos lanzan chispas cuando se gira hacia mí.
—¿Perdona?
Recorto la distancia entre ambos, y guío su espalda hasta que queda suavemente apoyada contra la piedra del edificio, y ella tiene la barbilla levantada para poder sostenerme la mirada.
—Mantén la ubicación activada —le digo—.
Quiero saber que estás a salvo. Tú puedes mirar la mía siempre que quieras.
Así sabrás siempre dónde estoy. Llama, escribe, lo que necesites.
Seré transparente contigo al cien por cien.
Pero necesito saber que tú estás bien. —Mi mano se apoya en su estómago—.
Por el valioso cargamento que llevas y todo eso.
Su expresión titubea, dividida entre la irritación y algo casi vulnerable.
—Bueno, vale. La dejaré activada.
—Esta es mi niña buena.
Sus ojos se estrechan.
—Sigue llamándome eso y verás lo rápido que la desactivo.
Mi sonrisa se hace más amplia.
—Míranos, ya estamos aprendiendo a llegar a compromisos.
Levanto la mano hasta la visera de mi gorra y la pongo hacia atrás.
—Oliver...
—¿Qué, nena? —Mi voz se hace más grave y juguetona—. ¿Hay algún problema?
Ella mira nerviosa arriba y abajo de la calle.
—¿En serio deberíamos estar haciendo esto aquí fuera?
Pasan unas cuantas personas y una o dos frenan el paso para mirar hacia nosotros.
—¿Por qué no? —Me inclino hacia adelante, rozándole la boca con la mía, con una ligera caricia—. Debería poder besarte siempre que quisiera. Y eso incluye aquí mismo.
Me adueño de su boca, y atrapo su labio inferior entre los dientes hasta que ella gime. El sonido me atraviesa de parte a parte. En vez de insistir para tener más, le doy un último beso y me aparto. Si no lo hago, tendré que volver caminando al estadio con una viga entre las piernas.
—Eso —murmuro contra su boca—, es solo un pequeño tráiler de lo que puedes esperarte esta noche.
Sus pupilas están ya del todo dilatadas y sus mejillas coloreadas con un bonito rubor. Me encanta cuando tiene este aspecto, joder.
Suave.
Abierta de una forma de la que ni siquiera es consciente, como si me estuviese permitiendo ver las partes de ella que normalmente guarda bajo llave.
Y ya no se trata solo de deseo. Es algo más potente, algo que se instala en lo más hondo de mí hasta que una tormenta empieza a gestarse por debajo de mi piel.
Tengo que hacer acopio de hasta el último gramo de autocontrol para no robarle otro beso.
O quizás cinco más.
El silencio se alarga hasta que una exclamación ahogada viene a romperlo. El sonido devuelve mi atención al presente. Levanto la vista y veo a una mujer parada a unos metros, con una mano a medio camino de su boca y los ojos muy abiertos.
Pestañeo para librarme del potente brillo del sol y me doy cuenta de que no está sola. Su amiga tiene el móvil apuntando hacia nosotros, resplandeciente como una pistola cargada.
Rina se queda inmóvil y el color se esfuma de sus mejillas antes de apartarse, intentando taparse la cara. La realidad de nuestra situación me cae como un cubo de agua fría.
Se me retuerce el estómago.
Rina me apoya una mano temblorosa contra el pecho y se escapa de mi alcance antes de que pueda detenerla. Entonces se escurre por debajo de mi brazo. Su pelo refleja la luz mientras se aleja apresuradamente acera abajo.
Dejo escapar un suspiro entrecortado y la sigo, mientras la distancia entre nosotros se hace mayor con cada paso.
Y así, sin más, el eje del frágil mundo que hemos estado construyendo en privado empieza a inclinarse para quedar expuesto a la luz.