Capítulo veintinueve
RINA
En cuanto entro en Lakeshore Sweets, me inunda una oleada de calidez. El aire es denso, cargado del olor a mantequilla de algo recién salido del horno mezclado con granos de café.
Es un aroma celestial.
O lo sería si yo no tuviese náuseas.
Tras el mostrador, Callie desliza una bandeja de cruasanes dorados en el expositor de cristal, con las mejillas todavía sonrosadas por el calor de la cocina.
Sloane le cobra a un cliente con su habitual actitud de saltarse las gilipolleces, y Lilah sale por las puertas de granero de la cocina sosteniendo una bandeja de muffins.
Arqueo una ceja.
—¿Es que ahora trabajas aquí?
Ella sonríe.
—Solo estoy ayudando unas horas.
Callie sonríe y me hace un pequeño saludo con la mano.
—Hola. No estaba segura de si ibas a pasarte por aquí esta mañana. ¿Todo bien? —Hay una leve pausa—. Pareces un poco pálida. —En vez de esperar a una respuesta, inclina la cabeza a un lado, señalando nuestro rincón—. Ve a sentarte. Te llevaré tu té.
—Estoy bien. —Sin decir nada más, me acomodo en nuestra mesa habitual y pongo las palmas de las manos abiertas contra la superficie de madera, como si la sensación de solidez me ayudase a calmar los nervios.
El corazón me late tan fuerte que siento como si fuese capaz de partirme las costillas.
Llevo días de arriba para abajo dándole vueltas a mis deseos de mantener el secreto y a mi necesidad de contarlo.
En el mismísimo segundo en que les diga lo que está pasando, se convertirá en algo real, de una manera imposible de ignorar.
Pero no puedo seguir guardándomelo más. Necesito que mis chicas me apoyen. Que me ayuden a resistir cuando me parece estar a pocos segundos de desmoronarme.
Mientras espero, echo un vistazo hacia el mostrador y observo el fluir ordinario de sus vidas.
La forma relajada en que se mueven juntas, las risas que flotan sobre la música que suena de fondo.
Lilah tiene una calma que parece algo zen.
Es firme y segura, como si ya hubiese construido una vida que le encajase.
Callie está resplandeciente estos días, más amable pero más fuerte de algún modo, como si su relación con River la hubiese transformado de dentro afuera.
¿Y Sloane? Bueno, ella es dinamita envuelta en delineador de ojos y confianza en sí misma.
Todas parecen tan seguras de saber quiénes son.
Yo solía ser igual.
Ahora me parece como si estuviese en medio de arenas movedizas, sin estar segura de hacia dónde ir para encontrar tierra firme.
Después de que se reúnan conmigo, con las tazas y los muffins esparcidos a nuestro alrededor, no me doy tiempo para reconsiderar mi decisión.
—Estoy embarazada —les suelto.
Un silencio cargado de asombro sigue a mis palabras. Dura lo suficiente como para hacer que me inquiete.
Un recuerdo se dispara en mi cabeza antes de que pueda detenerlo: yo sentada en el suelo del baño, con el test en el borde del lavabo y las manos temblándome demasiado como para poder sostenerlo.
Recuerdo cómo me quedé paralizada cuando aparecieron esas dos líneas rosas, cómo todo en mi interior se quedó en silencio y se volvió un vendaval de ruido al mismo tiempo.
Lilah pestañea.
—Como en... ¿Embarazada-embarazada?
—Sí —murmullo, con el calor subiéndome por el cuello—. Embarazada-embarazada.
Sloane casi se atraganta con su latte y se pone a toser con los ojos como platos. Callie se tapa rápidamente la boca con la mano para ahogar un gritito de asombro.
—Entonces… ¿quién es el papá del bebé? —pregunta Sloane en cuanto se recupera.
—¿Es alguien a quien conozcamos? —Lilah añade, rápidamente.
Trago saliva lentamente y me preparo mentalmente para su reacción.
—Es Oliver.
Hay otro segundo de atónito silencio.
O tal vez cinco segundos.
—¿El puto Oliver Van Doren es el Gran D? —dice Sloane con un susurro que parece también un grito.
Yo gimo.
—De verdad que me fastidia que vieses eso en mi móvil.
Los labios de Lilah se estremecen antes de soltar una carcajada.
—Espera. Entonces, ¿el Gran O es en realidad el Gran D?
Los hombros de Callie tiemblan mientras suelta unas risas.
—¡Oh, Dios mío! Cada vez que aparecían esos rumores, creía que tenían que ser algo exagerado. Pero parece que no lo eran lo suficiente.
Sloane se inclina hacia adelante con los ojos brillantes de hilaridad.
—Vale, necesito detalles. ¿Fue algo de una sola vez? ¿Un delito reincidente? ¿O estamos hablando de acceso exclusivo y completo a su Gran D? Cuéntame. Necesito saberlo.
—¡Deja de llamarle así! —Escondo la cara en las manos—. Al contrario de lo que piensas, no tiene ninguna gracia.
—En realidad, es desternillante —dice Sloane, con una sonrisita maléfica—. Sorprendente, seguro, pero desternillante igual. Tú juraste que nunca ibas a tocar a un jugador de hockey. Para ser más específicas, a ese jugador de hockey en particular. Y tengo los datos si intentas negarlo.
—Lo sé —murmuro—. Confía en mí, lo sé. Empezó como un rollo de una noche, un lapsus de cordura, y entonces... —Me encojo de hombros, con gesto brusco—. No lo sé. De repente estábamos liándonos y yo no podía parar. Maldita sea, estaba demasiado bien.
Los labios de Sloane se estremecen.
—Así que el Gran O de verdad sabe cómo hacer que tengas el Gran O .
Me doy golpecitos con un dedo en la tripa.
—Solo diré que si no supiera, yo no estaría metida en este embrollo.
—El Gran O es imposible de resistir —dice, intentando mantener una expresión seria y fracasando miserablemente.
Su alegre conversación llena la pastelería. Y durante un instante, la tensión que me inunda los músculos se desvanece lo suficiente como para que pueda sonreír.
Me siento bien.
Casi normal.
Sus risas se apagan gradualmente, dejando una gran calidez tras de sí. Por debajo de todas las bromas, hay amor. Firme, protector y conocido. Es la clase de seguridad que no me había dado cuenta hasta este mismo momento de que estaba desesperada por tener.
—Entonces, ¿qué pasa ahora? —pregunta Lilah, con voz suave.
Contemplo cómo el vapor asciende en volutas de mi té sin tocar, como si la respuesta se elevase del mismo sitio si la mirase lo bastante intensamente.
—No lo sé. Por primera vez en la vida, no tengo un plan de juego sólido. Estoy aterrorizada de perder todo por lo que he trabajado. Mi independencia, mi reputación, la carrera que por fin sentía que era mía.
La mesa se queda en silencio mientras mi confesión pende en el aire como un acorde de guitarra.
—¿Lo sabe Oliver? —pregunta Callie.
Yo asiento.
—Sí, está al tanto de la situación.
Sus cejas se elevan de golpe.
—¿Cuál fue su reacción?
—Juro por Dios que si se alteró o pidió un test de paternidad, iré a buscarle y le daré un puñetazo en la cara —gruñe Sloane, con su buen humor desaparecido en un abrir y cerrar de ojos.
Me tiemblan los labios porque sé que no va de farol.
—No, en absoluto. Cuando se lo conté me dijo que me mudase con él para que pudiese cuidar de mí. —Mi mano vaga hasta mi vientre—. De nosotros.
Una silenciosa sonrisa se extiende por el rostro de Lilah, una de esas que lleva luciendo desde que se enteró de lo de su propio embarazo.
—Oooh, el Gran O de verdad quiere ser un Gran D… un gran daddy, o sea, un gran papi.
Sloane resopla y sus hombros se estremecen.
—Qué chiste más malo. Pero me encanta.
—Nunca vas a dejarlo correr, ¿verdad? —pregunto, con un gemido.
Las tres están sonriendo de oreja a oreja.
—Jamás —dice Sloane, y su acento final en la palabra es como el ruido del sello que sella el trato—. Es demasiado bueno, de lejos.
Callie se estira y me agarra una mano. Es un gesto cálido y firme.
—Sé que esto no es lo que tú te habías imaginado para tu futuro, y Oliver no es el hombre con el que te lo habías imaginado, pero tal vez no esté tan mal.
A veces, las mejores cosas suceden cuando menos nos las esperamos, con la gente con la que menos nos lo esperamos.
Creo que Lilah y yo somos buenas pruebas de eso.
Se me hace un nudo en la garganta cuando la emoción crece demasiado rápido para que me la pueda tragar.
—El jurado aún está deliberando al respecto. Solo habrá que esperar y ver lo que pasa.
Lilah deja su mano sobre la mía y la curva de sus labios se hace una de ternura.
—Ahora podremos pasar juntas por esto. Y desde un punto de vista egoísta, estoy agradecida por ello.
—Yo también —le digo, y lo digo de verdad.
Sloane levanta su taza en gesto de brindis fingido.
—Por los embarazos no planeados y los jugadores de hockey que hacen honor al nombre de Big O.
La mesa estalla en carcajadas, liberando la tensión que lleva días atenazándome.
En algún lugar por debajo de eso, sin embargo, una pequeña parte de mí reconoce que mi secreto no estará contenido para siempre.
Los Railers viven bajo el microscopio público, y tarde o temprano, alguien va a notar lo que he intentado ocultar con tanta energía.
Pero por el momento, lo dejo correr. La tensión de entre mis hombros se relaja por fin y mis pulmones se expanden por completo por primera vez desde hace días.
Todavía puedo oír la voz serena e irritantemente sincera de Oliver en el fondo de mi mente.
No voy a dejarte escapar. Ni en esta vida. Ni en ninguna otra.
Por primera vez, me siento tentada de creer que podría estar diciéndolo de veras.
El reconfortante aroma del té sigue prendido en el aire cuando rodeo mi taza con las dos manos y dejo que su calor se introduzca hasta los huesos. Tal vez no tenga un plan, ni todas las respuestas, pero tengo a mis amigas.
Y ahora mismo, siento que con eso me basta.