Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo veintiocho #2
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Capítulo veintiocho #2

Para cuando hemos terminado con la ducha, ella está temblorosa y flexible bajo mis manos, con las pestañas vibrando contra sus mejillas húmedas.

Me retuerzo para quitarme agua de encima y cojo una toalla, que le paso por el cuerpo con movimientos cuidadosos, sin querer apresurarme ni un solo segundo.

No mientras sigo la curva de su cintura, la turgencia de sus caderas o la suave elevación de su vientre, en el que está creciendo nuestro hijo.

Me dejo caer de rodillas delante de ella, y apoyo los labios contra su vientre y contra el rítmico latido de la vida que lleva dentro.

—Todavía no puedo creerme que aquí esté nuestro bebé —susurro.

Sus dedos se deslizan en los húmedos mechones de mi pelo. Su contacto es suave y a la vez titubeante, como si le diese miedo que el momento se desvaneciera si se aferra a él demasiado.

—Tampoco yo —murmura—. Todavía me parece surrealista.

La miro a los ojos.

—Esto no es ningún sueño. Y estaré ahí a cada paso del camino.

Ella no me responde mientras sus ojos examinan los míos. El silencio entre ambos parece una promesa que está esperando a ser pronunciada.

Me levanto y le paso el pulgar por la mejilla.

—Ve a tumbarte para que pueda acabar lo que he empezado.

Ella se aleja hacia el dormitorio sobre unas piernas inestables, con el cuerpo tembloroso.

Yo la sigo unos pasos por detrás, luchando por mantener una compostura que se me está escapando rápidamente.

Me parece que cada gramo de autocontrol que poseo se está estirando al límite, lo bastante tenso como para partirse de golpe.

Me detengo en el umbral y disfruto de la visión de ella abierta sobre mis sábanas, con las mejillas sonrosadas y el cabello oscuro suelto sobre los hombros. La mortecina luz del pasillo cae sobre ella, haciendo que su piel adquiera un rico tono dorado.

Durante un segundo, me quedo paralizado en el sitio. Vuelve a pasarme por la cabeza que ella es la mujer más hermosa que he visto jamás. Y que de algún modo, contra todo pronóstico, ella es mía.

El aire entre ambos parece tan denso como para poder tocarlo. Me detengo al borde de la cama, atraído por la confianza de sus ojos y la callada y voluntaria rendición en la forma en la que me espera.

—Pero mírate —digo con voz ronca—. Eres una puta visión celestial.

Sus labios se abren, pero no dice nada. Cuando me subo a la cama y reduzco el espacio entre nosotros centímetro a centímetro, el único sonido son nuestras respiraciones jadeantes.

El momento se alarga, y se vuelve pesado y eléctrico.

Estiro la mano y dibujo un camino por su muslo, su cadera y la oquedad de su cintura, guardándome en la memoria todo lo que está desarrollándose entre nosotros.

Noto su piel cálida y húmeda por debajo de mis dedos.

Cada estremecimiento se me clava directamente dentro, desatando algo en lo más hondo de mí.

Mi boca encuentra su rodilla antes de vagar más arriba. Ella tiembla y susurra mi nombre como si fuese una súplica y una oración, y juro que nunca había oído nada más dulce.

Me aparto lo suficiente para mirarla fijamente, porque necesito que vea la verdad en mis ojos.

—No tienes ni idea de lo que me estás haciendo. De cuánto deseo cuidar de ti. De los dos.

Mientras bajo la cabeza, me doy cuenta de que esta mujer, esta vida que estamos construyendo, son todo lo que jamás voy a necesitar. Todo lo que nunca supe que añoraba.

Para cuando alcanzo la parte interior de sus muslos, ella está temblando de ganas.

Mi lengua se desliza entre sus labios inferiores con movimientos largos y sin pausa, deseando solo saborearla.

Un jadeo suyo rompe el silencio y sus caderas se levantan de golpe.

Dibujo una sonrisa ufana mientras me tomo mi maldito tiempo haciéndola elevarse más y más.

Hago círculos y juego con caricias apenas perceptibles sobre su clítoris hasta que la tengo temblando por la frustración acumulada.

—Más —me suplica. Sus dedos se enredan en mi pelo, tirando y exigiendo, mientras su cuerpo se arquea contra mí—. Por favor, Oliver.

Su desesperación hace trizas el autocontrol al que me he estado aferrando, y se me escapa un sonido gutural mientras presiono más fuerte.

—Te voy a chupar este dulce coño tuyo hasta oírte gritar mi nombre.

Y entonces cumplo esa promesa.

La mordisqueo, llevándola hasta el límite, antes de retroceder y volver a empezar.

Su cuerpo se retuerce por debajo de mí, arqueándose para acercarse más.

Justo cuando creo que va a ponerse a gritar, me meto su clítoris en la boca y lo aprieto con cuidado con los labios hasta que ella se corre.

Suelta un grito y sus muslos me aprietan fuerte la cabeza mientras su orgasmo me inunda la lengua.

Lamo cada deliciosa gotita, surfeando cada temblor de su cuerpo hasta que ella se deja caer contra las sábanas, sin fuerzas, respirando rápidamente.

Solo entonces me muevo hacia arriba y guío mi polla hasta su empapada vagina hasta que la punta entra deslizándose fácilmente por su húmedo calor.

Su coño es tan sedoso que hace que mis músculos se tensen, y que el sudor me empape la frente.

Su cuerpo palpita alrededor de la punta, como intentando atraerme más cerca.

Yo empujo unos centímetros hacia adelante antes de parar y aprieto los dientes mientras lucho por mantener el control. Sus uñas se me clavan en los brazos y sus caderas se elevan en un ruego silencioso, pidiéndome más.

—Sé paciente —digo contra su boca, aunque esa orden es más para mí que para ella—. Necesito sentir cómo me dejas entrar despacito.

Solo cuando se relaja avanzo otro par de centímetros.

Sus paredes internas se estiran alrededor de mi miembro, apretándome fuerte, y yo dejo escapar un gruñido de placer.

Nunca me he sentido con ninguna otra como me siento con Rina.

Hay algo en la acogedora calidez de su cuerpo que me hace perder la cabeza.

Ella jadea, y su espalda se levanta de la cama.

—Oliver...

Empujo más profundo, saboreando como ella se amolda a mí. Cada avance gradual hace que ella se tense y me atraiga hacia adentro como si estuviese hecha para esto.

Hecha para mí.

Cuando estoy solo a medias dentro de su cuerpo, se me nubla la vista. Dejo caer la frente contra la de ella, jadeante, obligándome a mantenerme inmóvil cuando todos mis instintos me gritan que se la clave hasta el fondo con un movimiento poderoso.

—Eres tan perfecta, joder —gimo—. Tan prieta. No tienes ni idea de lo que me estás haciendo.

Con un sollozo, ella menea las caderas, intentando que me mueva más adentro. Le agarro el muslo y la detengo, porque necesito el tormento de la contención casi tanto como la liberación que me espera al final.

—Debería quedarme aquí mismo —digo entre dientes, besándola con pasión y saboreando los pequeños grititos desesperados en su lengua—. Y seguir follándote solo con la punta.

—Por favor, no. Necesito sentirte todo entero. Me encanta cómo me follas.

—No te preocupes. Te voy a dar exactamente lo que necesitas, pero primero quiero hacerme sitio, despacito y bien...

El gemido con el que me responde me mata, y arrasa con cualquier vestigio de voluntad que me quedaba.

—¡Joder! —exclamo entre dientes, empujando un par más de centímetros mientras sus músculos internos me rodean—. No puedo. No cuando estás así de mojada, de receptiva. Eres mía para metértela hasta el fondo, nena. Toda tú. Mía.

Cuando por fin entro del todo, es una conquista del terreno cuidadosa e interminable.

Su cuerpo se abre para mí, ansioso y perfecto.

Yo me quedo ahí, dejando que los dos temblemos con la sensación de nuestra unión antes de echarme para atrás solo lo justo para volver a empezar.

Cada empujón se hace más profundo, más ansioso, me consume más que el anterior.

La forma en que ella me aprieta, con su cuerpo dejándome paso, lo es todo. Cuando llega al segundo orgasmo, yo la sigo, abrazándola tan fuerte que me parece como si pudiésemos fundirnos en uno solo y no separarnos nunca.

Incluso cuando los temblores se hacen más débiles, la sigo abrazando, porque no quiero que el momento desaparezca. Su cuerpo es cálido y flexible contra el mío, los latidos de su corazón fuertes y seguros, resonando al ritmo de los míos.

Siento que esta mujer es como mi hogar.

Más que eso, siento que es para siempre.

Le planto un beso en los cabellos húmedos, con la voz ronca por todo lo que he estado intentando ocultar con todas mis fuerzas.

—¿Te crees que esto terminará alguna vez? Nena, esto solo es el principio. Ahora eres mía. Siempre lo has sido.

Me detengo, dejando que el silencio sostenga la verdad firme entre nosotros, queriendo que ella sienta cada sílaba.

Que me sienta a mí.

—Jamás voy a dejarte marchar —le susurro—. Ni en esta vida. Ni en ninguna otra.

Sus dedos se enroscan en mi cuerpo, agarrándose fuerte, como si por fin hubiese reconocido lo que yo he sabido desde el principio.

Al mismo tiempo que mis promesas se escapan a borbotones de mí, soy consciente, sin embargo, de que entender y creer no son siempre la misma cosa.