Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo veintiocho
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Capítulo veintiocho

OLIVER

Nota para mí mismo: cocinar es mucho más difícil de lo que parece cuando los chefs famosos lo hacen en la tele. Está claro que quien fuese el que dijera sigue las instrucciones y ya está , nunca tuvo que hacer malabares con tres sartenes al mismo tiempo.

A muchos de los tíos del equipo les encanta cocinar. Como a River, ese cabrón tan raro.

Sin embargo, yo no soy uno de ellos.

Diablos, si apenas soy capaz de hervir pasta sin convertirla en un pegote. Pero Rina está aquí y, que me parta un rayo si no me encargo de cuidarla.

Así que sigo la receta de mi teléfono como si fuese un texto sagrado. Las verduras chisporrotean en una sartén, la quinoa está hirviendo lentamente en una cazuela y el pollo se está horneando de la forma exacta en la que un petulante bloguero de cocina jura que quedará jugoso.

Bueno, sí, yo decidiré si es así.

Remuevo la comida y compruebo la pantalla por enésima vez, rezando por no estar a punto de arruinar toda la maldita comida.

Aun así, tengo que admitirlo, la cocina huele bastante bien. Unos ligeros aromas a ajo y hierbas se elevan de la sartén, uniéndose al olor a frutos secos de la quinoa.

Solo eso me parece una victoria.

Vuelvo la cabeza para mirar atrás y me encuentro con Rina sentada en el borde de una banqueta en la isla, con los codos apoyados en la encimera y la barbilla inclinada hacia un lado. Me está observando escéptica y con el ceño fruncido.

Esa visión me hace sonreír de oreja a oreja.

Cuando le pongo un plato delante, se lo queda mirando como si no fuese capaz de decidir si echarse a reír, probarlo, o aplaudir. Antes de que pueda decidirse, le coloco el tenedor en la mano.

—Adelante, nena. Llevas a mi hijo dentro, lo que significa que mi trabajo es asegurarme de que comas.

Ella arquea las cejas.

—Eres increíblemente mandón, ¿lo sabías?

—Pues sí. —Me inclino lo suficiente como para captar el ligero y suave aroma de su champú—. Y estoy empezando a sospechar que a ti te gusta que lo sea.

Sus labios se estremecen, pero no me lo discute.

La sorpresa atraviesa rápidamente sus ojos cuando da un bocado.

—Anda, si está rico.

Yo me hincho de orgullo por dentro. He metido goles que han ganado partidos pero ninguno me ha hecho sentirme tan bien.

¿Quién sabe? Tal vez empiece a cocinar más a menudo.

Mientras ella come, arrastro la enorme caja del recibidor y la dejo sobre la encimera.

Dentro está el resultado de mi compra compulsiva de esta mañana.

Tres libros sobre el embarazo, vitaminas prenatales, chicle de jengibre y un puñado de tés para ayudar con las náuseas. Lo coloco todo alineado sobre la isla.

Su tenedor resuena contra el plato.

—¿Qué es todo esto?

—¿Qué es lo que te parece que es? —Abro uno de los libros, escaneando rápidamente el índice de contenidos como si fuese un informe de jugadas—. Deberes. Tengo que saber lo que le está pasando a tu cuerpo para poder ayudarte con ello.

Ella se queda inmóvil, con los ojos muy abiertos.

Esa mirada, inundada de emoción y de sorpresa a partes iguales, encuentra su objetivo antes de que pueda prepararme.

—¿Qué sucede? ¿De verdad te creías que me daría igual o que no querría estar implicado en esto? —pregunto con voz queda.

Su garganta se mueve cuando traga.

—¿Sinceramente? No estaba segura. Siempre has sido feliz jugando por ahí. No es por nada que se te conozca en la liga como el Gran O.

Me acerco más, hasta que sus rodillas me rozan los muslos.

—Durante un tiempo, quizás lo fuese. Pero entonces encontré a alguien por quien merecía la pena sentar la cabeza. Y llevo desde entonces intentando convencerla de que me diese una oportunidad.

Su mirada se aparta rápidamente y los muros tras los que siempre se está escondiendo se caen durante medio segundo hasta que ella desvía el comentario.

—Así que... cocinar. Ni sabía que supieras hacerlo.

En vez de intentar seguir con la otra conversación, la dejo salirse con la suya.

Por ahora.

Me encojo de hombros mientras un atisbo de sonrisa me estremece los labios.

—Estoy aprendiendo. Dame algo de tiempo y estaré creando obras maestras culinarias para que las pruebes.

Nos adaptamos a un ritmo relajado durante la cena.

La tensión entre ambos se suaviza pero nunca desaparece del todo.

Cada roce de su mano, cada risa que se le escapa, me hace sentir más tenso por dentro.

Para cuando se aparta del plato con un suspiro de satisfacción, no soy capaz de mantener la distancia otro minuto más.

Después de cenar, la levanto en mis brazos antes de que pueda discutir.

—¡Oliver! —exclama, riendo y dándome un manotazo en el hombro—. ¿Qué estás haciendo?

—He leído que el descanso y la relajación son fundamentales. —La llevo hasta el baño—. Así que voy a asegurarme de que sigues las instrucciones de los médicos, y que tengas un montón de eso.

La dejo sobre la encimera de mármol y la suave exclamación ahogada que se le escapa de los labios me golpea en todo el pecho. El sonido es suave, apenas audible, pero se aloja en lo más profundo de mí, retorciendo algo que ni siquiera sabía que estaba esperando a desatarse.

Sus dedos se agarran del borde de la encimera y sus nudillos palidecen contra la fría piedra. Por un instante, solo puedo mirarla fijamente mientras la incertidumbre parpadea por detrás de sus pestañas. El calor se acumula bajo mi piel hasta que el pulso atruena por mis venas.

Me vuelvo hacia la ducha y giro el mando del agua, dejando que el sonido del agua llene el silencio. El vapor se eleva, retorciéndose en zarcillos lentos y fantasmales que hacen que la estancia parezca borrosa.

Cuando me vuelvo hacia ella, sigue sentada donde la he dejado.

Sus ojos se han suavizado un poquito, y la cautela se ha hecho menos evidente aunque no haya desaparecido del todo.

Sigue estando presente en la forma en que sus hombros se tensan y ella se queda inmóvil, como preparándose para algo que ni siquiera es capaz de nombrar.

Esa tranquila reserva me desarma. Quiero sacársela del cuerpo, un frágil pedazo tras otro, y demostrar que no tiene que luchar tanto por ser fuerte.

No cuando está conmigo. Cada instinto que poseo me dice que me acerque a ella y derribe todos los muros tras los que se sigue ocultando hasta que solo le quede la opción de confiar en mí.

Me acerco un paso más, dejando que la distancia entre ambos se reduzca mientras el sonido del agua llena el cargado silencio antes de quitarle la ropa.

Cada una de las prendas cae con un apagado susurro contra las baldosas hasta que una pila de tela queda derramada a nuestros pies.

Rina está espectacular bajo el resplandor dorado de la lámpara del techo.

Aunque lleve el pelo recogido, se le han escapado unos cuantos mechones rebeldes que caen enmarcando sus mejillas sonrojadas. Reflejan la luz cuando se mueve con un halo de calidez que hace que todo en mi interior se ponga en alerta.

Me inclino lo suficiente para que mis labios le rocen la delicada elevación del hombro y prueben la leve dulzura de su piel.

Me quedo ahí, por encima de su piel, permitiendo que el momento se alargue.

Justo ahora, ella es mía para poder memorizarla.

Cada suave sonido, cada estremecimiento, cada silenciosa rendición.

Y pretendo tomarme mi tiempo al hacerlo.

El vapor se hace más denso a nuestro alrededor mientras me desnudo y me meto debajo del chorro con ella.

El agua le alcanza primero, formando una cascada sobre sus hombros en riachuelos resplandecientes antes de deslizarse por las suaves líneas de su cuerpo.

Las gotitas se cuelgan de su piel como cristal líquido, acumulándose en el hueco de su garganta antes de dibujar lentos caminos por sus curvas.

Me siento incapaz de apartar la mirada. Cada ligero movimiento, cada pequeña elevación y caída de su pecho, cada minúsculo movimiento, se me quedan grabados a fuego en el alma.

Me enjabono las manos, dejando que el jabón se convierta en una capa resbaladiza, antes de pasárselas por los costados. Ella me parece tan frágil como irrompible, y me hace desear manejarla con el mayor de los cuidados.

Mis manos dibujan las curvas de su cuerpo y las memorizan con caricias persistentes.

Ella se estremece cuando le cojo los pechos y le acaricio los tensos pezones con los pulgares.

Suelta un sonido suave que hace eco en las baldosas antes de atravesarme como una flecha.

Me inclino y le pongo la boca en la húmeda curva del cuello.

—Dios —murmuro contra su oído—. Eres preciosa.

Ella echa la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados y, por un instante, el resto del mundo desaparece. La tensión brota de sus músculos y cada línea de su cuerpo se relaja mientras juego con las puntitas endurecidas entre los dedos.

Mis manos descienden más aún, explorando la suave curva de su vientre antes de deslizarse entre sus muslos.

Tiene la piel resbaladiza por el agua, caliente y temblorosa bajo mis caricias.

Encuentro su clítoris con calculada precisión, dibujando deliberados círculos a su alrededor que hacen que sus caderas se agiten hacia adelante.

Cambio el ritmo a ligeros toques y suaves caricias.

Cada movimiento es intencionado, intentando hacer que ella alcance nuevas cotas, sin darle todo lo que se muere por tener.

Ella se arquea, desesperada por conseguir más, y el sonido que se le escapa casi me destroza.

Me aprieto más contra ella, con la boca contra su oreja.

—Todavía no, nena. Quiero que me lo supliques.

El temblor que la recorre me dice que está a punto de ceder, pero me mantengo firme, obligándome a tomarme mi tiempo. Cada caricia es intencionada, un juramento grabado en su piel. Cada una de ellas está cargada con las palabras que no sé cómo decir en voz alta.

Que ella es mía.

Que la adoraré hasta que por fin lo crea.

Que nunca tendrá que hacer esto sola.