Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo veintisiete
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Capítulo veintisiete

RINA

Para cuando llega el mediodía, estoy que me caigo.

Aunque Oliver me haya hecho el desayuno esta mañana, sigo estando agotada.

Siento como si todo el cuerpo me pesara y cada movimiento supusiera un esfuerzo hercúleo.

Como si hubiese estado corriendo una maratón a la que nunca me hubiese apuntado.

El cansancio me pesa hasta el punto de que me cuesta esfuerzo hasta tenerme en pie.

Daría casi cualquier cosa por una siesta.

Pero en vez de eso, estoy sentada en el borde del sofá de mi oficina, con la tablet en la mano, obligando a mis ojos a seguir las notas para los patrocinadores que Evelyn está revisando.

Ella habla con la calma y la precisión de costumbre, cada palabra bien marcada y deliberada, pero la concentración sigue escapándoseme de entre los dedos como granos de arena fina.

Asiento, fingiendo que estoy absorbiendo cada detalle, cuando apenas puedo mantener los ojos abiertos.

Su voz se apaga a mitad de una frase cuando escuchamos a alguien llamar a la puerta. Yo doy un respingo y me pongo derecha cuando Oliver entra con una bolsa blanca de papel colgando de una mano.

Tiene el pelo todavía húmedo por el entrenamiento y unos cuantos mechones de color rubio oscuro pegados a la frente.

Su mandíbula exhibe una sombra de barba incipiente, y el brillo divertido de sus ojos me deja descolocada.

Tiene demasiado buen aspecto para que mi compostura ya inestable lo soporte.

Ni se molesta en pedir permiso para entrar.

Por otra parte, ¿cuándo pide este hombre la aprobación de alguien para algo?

Atraviesa la estancia, sin importarle la presencia de Evelyn, y deja la bolsa en la mesa delante de mí.

—El almuerzo —dice sin más.

El calor me sube por el cuello al mirar a mi jefa, que nos observa con las cejas levantadas.

—Gracias, pero yo no...

—Tú sí. —Su voz me corta en seco y no deja espacio para la discusión. Esos ojos azules me clavan en el sitio, retándome a que le lleve la contraria—. Tienes que comer.

La mirada de Evelyn se pasea del uno al otro y sus labios se curvan, mientras una expresión divertida juguetea por su rostro.

—Vaya, qué cosa tan poco habitual. Vosotros dos llevándoos bien para variar.

Su tono es alegre y bromista, pero la observación hace que se me pongan los nervios de punta.

Si ella supiera...

El pánico me causa punzadas en la espalda. Si Evelyn sospechase siquiera lo que está pasando en realidad entre Oliver y... O aún peor, si Hugh se lo figurase, estoy acabada. La cláusula de no confraternización de mi contrato no es ninguna sugerencia.

Está blindada.

El año pasado, una entrenadora fue despedida en el preciso instante en que su relación con un jugador salió a la luz.

No hubo ninguna advertencia.

Ni discusión.

Simplemente la escoltaron fuera del edificio.

Se me queda la boca seca como la lija al pensarlo.

Estamos hablando de mi carrera.

De la estabilidad que he conseguido con uñas y dientes.

Un error de juicio, un lapsus... Y todo podría desvanecerse.

Vale... Puede que no sea solo un lapsus.

Más bien docenas de ellos.

Antes de que pueda hilvanar una respuesta coherente, Oliver se deja caer en el sofá a mi lado, rozándome un hombro con el suyo, con una sonrisita irónica dibujándose en su cara.

—Hemos entrado en una nueva era —dice alegre—. Una en la que Rina no intenta estrangularme cada día.

En realidad tendría que decirle que se fuera. Que cogiese su arrogancia, junto con su mandíbula perfecta, y se largase de mi oficina. Pero entonces el aroma a pan caliente, vinagreta y hierbas frescas me alcanza, y mi estómago suelta un rugido vergonzosamente sonoro.

Mi mirada asesina tiene cero potencia mientras me acerco la bolsa y miro dentro para encontrarme con mi ensalada favorita, fresca y colorida, junto con unos palitos de pan todavía calientes en su papel de plata.

Se me para el corazón cuando me doy cuenta de que él ha recordado un comentario sin importancia que hice hace semanas.

Rebuscando más, me encuentro con una botella de vidrio de leche con cacao bien metidita junto a la ensalada.

Evelyn levanta la cabeza con la curiosidad brillando en los ojos.

—Leche con cacao. Bueno, esa sí que es una elección interesante.

Oliver ni siquiera se molesta en mirarla. Su atención sigue clavada en mí.

—Es una buena fuente de proteínas. Las proteínas nunca sobran.

Vuelvo a meter la botella en la bolsa antes de que la otra mujer decida cotillear más. Lo último que me hace falta es su intuición afilada como una cuchilla diseccionando la tensión que ahora mismo está haciendo que el aire se vuelva más denso.

Resulta casi un alivio cuando se abre la puerta y entra Lucas, su sobrino. Sus ojos titubean al ver a Oliver, pero se recupera rápidamente, centrándose en mí.

—¡Hola, Rina! Solo quería decirte que me lo pasé realmente bien la otra noche. Tal vez podamos volver a salir, ¿no?

Antes de que pueda responder, Oliver se endereza. Su sonrisita se esfuma y es reemplazada por algo más duro.

—En realidad, ella ya está viendo a otra persona. —Su voz sigue siendo suave como el terciopelo pero ahora tiene tintes de algo peligroso—. Me sorprende que no te lo mencionara.

Las cejas de Evelyn se arquean y la comisura de sus labios tiembla como si estuviese intentando no echarse a reír. La hilaridad en sus ojos resulta inconfundible, y a mí me da un vuelco el estómago.

Si suma dos más dos, estaré saliendo de aquí con una caja llena de mis objetos personales para cuando termine el día.

—Ejem... Sí. —El calor trepa por mi cuello—. Es algo nuevo —digo con tono evasivo, para no dar demasiados detalles—. Acabamos de decidir salir en exclusiva hace poco.

Oliver se reclina en el sofá y su brazo se estira por encima como si estuviese acomodándose para una larga estancia.

—Lo siento, Luke. La chica ya está pillada. —Hay una perezosa petulancia en su voz—. Pero no te preocupes, hay muchas mujeres en Chicago. Estoy seguro de que encontrarás una.

Lucas aprieta los dientes y un músculo de su mejilla hace un tic.

—Me llamo Lucas —murmura, dedicándole a su tía una tensa sonrisa —. ¿Estás preparada para esa reunión con Hugh?

Evelyn se levanta y se alisa la falda con gracia y compostura.

—Sí. Solo tengo que pasarme antes un momentito por mi oficina. —Su mirada vuelve a posarse en la mía—. Seguiremos con esto más tarde.

Asiento y la puerta se cierra tras ellos. El silencio cae entre nosotros.

Es un silencio denso y cargado.

El fino hilo de compostura al que me he estado aferrando se rompe, y me giro como un torbellino hacia Oliver, dándole un manotazo. El sólido músculo por debajo de mi mano solo agita más el vendaval que me da vueltas por dentro.

—¿Estás loco? —Le bufo—. ¿Tienes alguna idea de lo que acabas de hacer?

Su sonrisa no flaquea. Ni siquiera una fracción.

—Sí. Me he asegurado de una maldita vez de que Luke entienda que no estás disponible.

Le miro furiosa con la ira burbujeando en mi interior igual que un géiser.

—¡Me has puesto en un brete delante de mi jefa! Eso ha sido una inconsciencia. Lo último que me hace falta es que se ponga a interrogarme sobre nuestra relación. No puedo permitirme perder mi empleo... —Mi voz flaquea al final antes de que me recomponga—. Especialmente ahora.

Él se inclina hacia mí hasta que la frescura mentolada de su aliento flota sobre mi mejilla.

—Lo único que ha sido una inconsciencia es que fingieses que no soy el único hombre a quien deseas. O que no eres ya mía.

El corazón me da un traspiés.

—No eres tú quien decide eso por mí.

Su sonrisa se hace más pronunciada, teñida de calor y de una posesividad inconfundible.

Un escalofrío me recorre antes de poder evitarlo. Dios, odio que me afecte tan fácilmente, con solo una mirada.

—¿Entonces por qué no me has corregido? —pregunta—. ¿Por qué no les has dicho que mentía?

Pestañeo mientras la respuesta rompe como una ola en mi cabeza.

Porque no quería que Lucas volviera a pedirme salir.

Y no podía soportar la forma en que Oliver parecía estar a escasos segundos de hacerle pedazos.

Y quizás porque, en el fondo, él tiene razón.

Pero esas son verdades que apenas soy capaz de admitir para mí misma, y mucho menos delante de él.

En vez de responderle, le doy un empujón en el pecho.

—No me presiones, Van Doren.

Sus dedos descienden por mi brazo hasta que su pulgar encuentra el frenético latido de mi pulso en la muñeca. Me la acaricia una vez antes de ponerme la otra mano en el vientre. Su contacto es firme y de algún modo extraño, me hace sentir que tengo los pies en la tierra.

—No te estoy presionando, nena. —Su voz baja hasta convertirse en un grave gruñido, teñido con algo que se parece más bien a un juramento—. Te estoy recordando lo que ya es real.

El corazón me martillea tan fuerte que ahoga cualquier pensamiento racional.

Cuando él se aparta por fin, el aire me parece demasiado denso en un cuarto demasiado pequeño.

La inquietud me zumba por debajo de la piel, con cada lugar que él me ha acariciado todavía electrizado.

Me obligo a calmarme.

A recordar dónde estoy: en mi oficina, en el trabajo, y no a solas en su ático.

Me aliso la falda, agarro la tablet y finjo que mi mundo no acaba de salirse de su eje. Pero el recuerdo de sus manos sigue persistiendo. Es una promesa silenciosa que no parezco olvidar.

Por mucho que desee hacerlo.