Capítulo veintiséis
OLIVER
Lo primero que veo al abrir los ojos es a ella.
Rina sigue todavía dormida, hecha un ovillo sobre un lado, con el pelo enmarañado y oscuro esparcido sobre la almohada. La luz de la mañana se filtra entre las cortinas y pinta su piel con tonos de miel. Tiene una mano por debajo de la mejilla y la boca relajada y ligeramente abierta.
Joder, está tan hermosa que casi me duele. Es esa clase de belleza que te hace desear pulsar el botón de pausa del mundo y simplemente quedarte ahí.
También tiene un aspecto frágil. Ahora mismo hay algo así como una ligereza en su forma, como si al pestañear pudiese desdibujarse y salir flotando. Esa idea me golpea fuerte.
Si la cago con esto, si hago algo que la haga pensar que podría dejarla, estará casi garantizado que la pierda para siempre.
No, no solo a ella.
Al bebé también.
Esa idea me afecta como un golpe físico.
Un bebé.
Mío.
Suyo.
Nuestro.
Siempre he sabido lo que era estar a la altura.
Mi hermano mayor, Hayes, se aseguró de la hostia de que así fuera.
Después de que papá muriera, él aceptó la responsabilidad antes de que nadie se lo pidiera.
Puso comida en la mesa, hizo que se pagaran las facturas y evitó que el resto de nosotros colapsásemos.
Así es como era el amor en nuestra familia.
No se trataba de grandes gestos.
Se trataba de estar presente.
La parte que más me asusta no es si sabré qué hacer. Es preguntarme si seré siquiera la mitad del hombre que él fue.
Me quedo tumbado e inmóvil unos minutos más, memorizándola.
El leve movimiento de su cuerpo contra las sábanas.
La peca que tiene cerca de la clavícula y que noté anoche por primera vez.
La luz del sol cae sobre ella, bañándola con una luz dorada, y de repente, abandonar esta cama no es algo que yo desee hacer.
Me muevo con cuidado, deslizándome antes de que ella empiece a removerse. Siento el frío suelo bajo los pies desnudos mientras me pongo un pantalón de chándal y me dirijo a la cocina.
El ático está en silencio. Es un silencio al que me he ido acostumbrando a lo largo de los años.
Después de haber crecido con tres hermanos y de haber vivido en casas repletas de compañeros de piso y de ruido, agradecí la paz.
Pero ese silencio no tardó mucho en volverse opresivo, de esa clase que te recuerda lo vacío que está todo en realidad.
Salvo que ahora...
La chaqueta de Rina está doblada sobre el respaldo de una silla y sus zapatos de tacón junto a la puerta. El aroma de su champú persiste levemente en el aire. El espacio me parece habitado por primera vez desde que me mudé aquí.
Me voy directo hacia la nevera y miro lo que hay dentro. Es un erial de cajas de comida para llevar y batidos de proteínas a medio beber. Después de rebuscar un poco, encuentro unos huevos y un paquete de bacón de pavo en el fondo.
Y voilà, ya tenemos desayuno.
El bacón sisea al caer en la sartén caliente. Ese sonido rompe la quietud mientras busco en el móvil la receta de los huevos revueltos perfectos y sigo cada paso. Leche, queso, sal y pimienta. Mis movimientos son torpes pero intencionados.
Mientras se hacen los huevos, cojo el teléfono y abro el hilo de mensajes de mi hermano mayor.
Yo: Adivina.
Hayes: Es demasiado temprano para jugar a las adivinanzas, maldita sea.
Yo: Voy a ser papá.
Hayes: lol. Que te jodan.
Yo: No es broma.
Hayes: Ay, Señor. ¿Quién diablos dejaría que tu polla se le acercara?
Yo: Ja, ja. Eres tronchante.
Hayes: Ahora, veamos: ¿Hablas en serio?
Yo: Del todo. ¿Qué cojones hago?
Siempre que tengo una pregunta o necesito consejo, recurro a Hayes.
La respuesta me llega rápidamente.
Hayes: Consíguete unos libros y unas cuantas vitaminas prenatales. El té ayuda con las náuseas. Y el pedazo de sabiduría más grande que puedo impartirte: no seas un capullo.
Una sonrisa tira de mis labios sin quererlo. Entro en una tienda online y me vuelvo un poco loco añadiendo artículos a mi pedido. Guías para padres, vitaminas prenatales, té de jengibre. Todo lo que se me ocurre, lo echo al carrito. Me parece ridículo y surrealista y sin embargo... adecuado.
Otro mensaje aparece.
Hayes: No puedo esperar a conocer al Pequeño O.
Ese nombre me causa más efecto del que esperaba.
El Pequeño O.
Casi puedo verme sosteniendo a un pequeñín con mi pelo y los ojos de Rina, y con la risa de ella inundando la habitación. Esa imagen casi me deja sin aliento y me atenaza el pecho.
La esperanza y el miedo colisionan, inundándome de asombro y pánico a partes iguales.
¿Y si la cago?
¿Y si no soy lo bastante bueno para ninguno de ellos?
Mi mirada vaga hasta la foto de la estantería.
Esa con mamá, papá, Hayes, Theo y yo por la que me preguntó Rina anoche.
Mamá estaba embarazada de Kia por aquel entonces.
Parecíamos una gran familia feliz. Entonces era cuando el mundo parecía tener sentido.
Antes del accidente que nos arrebató a papá.
Antes de que Hayes tuviese que convertirse en un hombre cuando era solo un adolescente.
Todavía puedo recordar aquella noche.
Mamá en la mesa de la cocina, con las manos temblorosas, mientras intentaba explicarnos lo que había ocurrido.
En vez de llorar, Hayes nos rodeó a Theo y a mí con un brazo, haciendo lo que podía por ser fuerte por todos nosotros.
Entonces yo no lo entendía, pero esa fue la noche en la que aprendí que el amor puede desaparecer sin darte tiempo a pestañear.
Esa no es una lección que quiera transmitir.
No quiero que mi hijo sepa jamás lo que es perder a una de las personas que se suponía que siempre iban a estar ahí. Lo peor es que, da igual cuánto lo intente, eso no es algo que pueda controlar.
Me aparto de la encimera antes de que el dolor pueda afectarme demasiado, y vuelvo a centrar mi atención en la sartén. No soy ningún chef con estrella Michelin, pero desde mi punto de vista, los huevos parecen comestibles.
Los pongo en platos al lado del bacón, sirvo un vaso de zumo de naranja y lo coloco todo en una bandeja.
Rina se remueve cuando entro en el dormitorio.
Sus pestañas aletean rápidamente y un gruñido adormilado se le escapa cuando abre los ojos.
Está preciosa con el cabello oscuro enmarañado, las sábanas revueltas a su alrededor y la piel besada por la luz de la mañana.
No creo que jamás haya deseado algo tanto como deseo que estemos construyendo esto para que dure toda una vida.
—¿Qué es esto? —pregunta, con la voz ronca por el sueño, mientras se endereza y se sienta, apoyada contra el cabecero, con las cejas formando un gesto de leve sospecha.
—Es una cosita a la que a mí me gusta llamar «desayuno».
—Dejo la bandeja sobre la cama. El colchón se hunde bajo mi peso cuando me siento a su lado—.
No me mires así. He seguido las instrucciones al pie de la letra.
Créeme, estos huevos son dignos de un gourmet.
Tus papilas gustativas no van a saber de dónde les viene el aire.
Sus labios se estremecen, como si estuviese intentando no sonreír. Yo lleno un tenedor y lo levanto en el aire.
Cuando ella sigue mirando fijamente, bromeo:
—Sé una niña buena y abre el túnel para el trenecito.
Eso hace que me gane un ceño fruncido.
—Soy perfectamente capaz de comer sola.
—Lo sé. —Mi sonrisa se vuelve tierna—. Pero yo quiero hacer esto por ti.
Sus ojos, sobresaltados, se encuentran con los míos antes de mirar rápidamente hacia otro lado.
Ella titubea y luego abre la boca y acepta el bocado.
Sus labios se cierran alrededor del tenedor.
En algún lugar de mi cerebro, soy consciente de que ella solo está comiendo huevos, pero a mi cuerpo eso no parece importarle.
Verla masticar, tragar y luego limpiarse un poquito de queso de la comisura de los labios con la lengua es la clase de intimidad doméstica que jamás creí que podría ser mi perdición.
Y sin embargo, aquí estamos.
—¿Lo ves? —digo—. No es tan terrible.
Aunque ella no me conteste, una ligera curva amenaza con dibujarse en su boca. Es pequeña y sutil, pero de alguna forma, me llega más adentro que ninguna otra de sus sonrisas anteriores.
Sigo alimentándola, bocado a bocado. Con movimientos pequeños, escuchando el tranquilo rascar del tenedor contra el plato. La tensión de sus hombros se suaviza mientras vuelve a hundirse en las almohadas con un suspiro del que, probablemente, ni siquiera sea consciente.
Por una vez, no hay muros entre nosotros. Solo algo simple y auténtico. Algo más íntimo que cualquier beso que hayamos compartido.
Le doy de comer hasta que sus pestañas descienden y su respiración se hace más regular. Hasta que la tormenta de sus ojos se calma y parece quedar saciada.
No digo lo que estoy pensando en realidad porque no quiero asustarla: que me quedaría así para siempre si eso significase que ella nunca tendría que volver a enfrentarse sola contra el mundo.
Solo puedo tener la esperanza de que, en lo más hondo, ella también sienta lo mismo.