Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo veinticinco
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Capítulo veinticinco

RINA

El ascensor se desliza hasta detenerse, y cuando las puertas se abren, me da un pequeño vuelco en el estómago. Oliver se baja primero, pleno de relajada confianza, como si esta fuese una noche cualquiera con otra mujer que hubiese traído a casa.

Salvo que no lo es.

Y los dos lo sabemos.

Yo le sigo con movimientos lentos e indecisos.

En cuanto pongo un pie en la entrada del ático, repaso con la vista el lujoso interior.

Unos sofás de cuero negro, colocados con el ojo meticuloso de un decorador, están dispuestos sobre unos brillantes suelos de madera.

Unos ventanales de suelo a techo muestran vistas espectaculares de la ciudad.

No hay ni una revista tirada por ahí, ni un calcetín perdido a la vista.

Nunca me había sentido tan fuera de lugar.

Aprieto la correa del bolso hasta que me duelen los nudillos, ahí en medio, como una diminuta isla en un mar elegante y desconocido.

¿Qué demonios estoy haciendo aquí?

¿Por qué le estoy permitiendo que me arrastre más hacia el interior de un mundo que me parece a la vez peligroso e inevitable?

Esta situación lleva la etiqueta del desastre pegada por todas partes.

Yo lo sé aunque él no lo sepa.

Oliver vuelve la cabeza y levanta una ceja con ese gesto tan irritante suyo.

Sin preguntar, me coge de la mano la bolsa con mis cosas para pasar la noche.

Sus dedos rozan los míos. El contacto es tan rápido como electrizante, y un escalofrío me recorre veloz la espalda.

Antes de que pueda decir nada, él se da la vuelta y se lleva la bolsa de tela en dirección a un largo tramo de pasillo.

Me cuesta un momento conseguir arrancar el motor de mi cerebro.

—Entonces, ¿voy a tener mi propia habitación?

Él desaparece antes de regresar un instante después, con las manos vacías y una sonrisa ufana jugueteando en sus labios.

—Ni de pu-ta-co-ña.

Yo me mosqueo.

—¿Perdona?

—Ya me has oído. —Él hace desaparecer el espacio entre ambos hasta que puedo notar el calor que irradia. Es una presencia física que parece acabar con todo el oxígeno del ático—. Vas a dormir en mi habitación. En mi cama. En mis brazos. Fin de la historia.

Su boca se alza sobre la mía y mi cuerpo se tensa por la expectación y el temor.

Un calor traicionero florece por debajo de mi piel aunque mi cerebro me esté gritando que me resista.

Durante un mareante momento, resulta tentador ceder al impulso.

Imagino su peso sobre mí. Su firmeza, la seguridad de sus brazos rodeándome.

Entonces enderezo la espalda y los hombros.

—Estás haciendo que suene a algo permanente.

Sus ojos lanzan una mirada flamígera y firme a los míos.

—Eso es porque lo es.

Su respuesta me golpea. Es suave pero segura.

Inamovible.

Mi mente se tambalea y empieza a moverse en espiral, hasta que me resulta difícil pensar con claridad.

Necesito espacio.

Algo sólido a lo que agarrarme antes de ahogarme en él por completo.

Mis ojos descubren una librería metida en un rincón del salón de planta abierta.

Me muevo hacia allí como si fuese un salvavidas.

La mayoría de las cosas que hay en ella son predecibles.

Libros con unos lomos impecables, unas cuantas escultura modernas, una botella de bourbon que probablemente cueste más que todo mi alquiler.

Pero hay una cosa que no pega. Una foto enmarcada, pequeña, descolorida y borrosa en los bordes.

Es lo único de todo el ático que parece un artículo personal.

La cojo con cuidado y me encuentro con una versión de un Oliver más joven sonriéndome, con el sol reflejándose en su cabello rubio y una sonrisa enorme y traviesa.

Está posando entre otros dos chicos. Uno es mayor y el otro menor.

Pero todos tienen el mismo aspecto. Hay una mujer de pie detrás de ellos, visiblemente embarazada, con los brazos rodeándolos a los tres en gesto protector, mientras que un hombre alto a su lado le apoya la mano en el hombro.

Es una foto de algo que nunca había asociado con él.

El hogar.

El cariño.

La familia.

Durante un instante, el tiempo se detiene y solo veo a ese Oliver.

El chico de antes de convertirse en una superestrella de la liga nacional de hockey, con una reputación por crear titulares escandalosos.

Me vuelvo hacia él, sorprendida.

—¿Tienes hermanos?

Su expresión se hace tensa. Se queda parado a unos metros de mí. Su mirada se posa rápidamente en la foto antes de regresar a mí.

—Sí. Esa foto se hizo hace mucho tiempo.

Hay algo en la forma en que él lo dice, sin emoción pero cargada de significado, que me hace sentir una punzada.

Dejo el marco en su sitio con suavidad, manejándolo con todo el cuidado del mundo.

—Pareces feliz.

—Lo éramos. Eso fue antes de que todo cambiara.

Aunque no le pregunto a qué se refiere, la pregunta silenciosa pende sobre nosotros. Cuando levanto la vista, él ya me está observando. Su autocontrol está resquebrajándose solo lo suficiente para mostrar lo que hay oculto por detrás.

Me roza el brazo con los nudillos. Es una caricia ligera como una pluma que parece más bien como si reclamara el territorio. Una promesa silenciosa que me dice que este es mi sitio, lo quiera o no.

—Deja de esperar a que esto termine, Rina. Porque no lo hará.

Las palabras caen con más potencia de la que deberían, negándose a marcharse. Durante un segundo, me imagino dejándome ir, sumergiéndome en su abrazo, y en la forma fácil en que él hace que todo me parezca razonable.

Sería tan fácil ceder...

Dejarme caer en todo esto.

En él.

Está diciendo todas las palabras adecuadas, y lo peor es que quiero creerle.

Pero fácil quiere decir peligroso.

Lo fácil se desmorona y se convierte en nada en un abrir y cerrar de ojos.

Te enseña a confiar en un arreglo rápido y a olvidar el trabajo a largo plazo.

Lo sé en lo más hondo de mí. Mi mirada vuelve a deslizarse hacia la foto familiar de la estantería, y se me hace un nudo en el estómago.

Si el test que he hecho esta mañana es correcto, si esas dos líneas no resultan ser alguna broma cruel, entonces algún día podría existir otra foto como esa.

Una con Oliver y yo, y una carita pequeña y sonriente apretada entre ambos.

La posibilidad me inunda como una ola rompiendo sobre mí.

Es a partes iguales terror y algo extrañamente tierno, con un matiz de añoranza.

Esa idea me asusta más que nada a lo que me haya enfrentado jamás.

Ignorando el recuerdo invisible de sus dedos sobre mi piel, me obligo a enderezar los hombros y dejo que mi frialdad bien ensayada se instale sobre mí como una armadura.

—Tengo que trabajar un poco. —Mantengo el tono deliberadamente neutro. No es exactamente mentira, pero me hará ganar el tiempo suficiente para recuperar la compostura.

Oliver me sonríe con ironía, como si viese directamente a través de las paredes de papel que estoy intentando levantar. En vez de discutir conmigo, se inclina y me da un cuidadoso beso en la sien.

—Ponte cómoda, nena. —Sus ojos no dejan de mantener el contacto con los míos en ningún momento, mientras hace un gesto con las manos en dirección al ático, describiendo un lento arco—. Porque ahora todo esto también es tuyo.

No le respondo. Mis dedos aprietan la correa de mi bolso. Es lo único sólido que evita que yo salga flotando.

Fuera de esas paredes, los demás están viviendo sus vidas. Están haciendo la cena, enamorándose, discutiendo por cosas triviales que no importarán a la mañana siguiente. Pero en mi interior, una tensión compleja e incendiaria se está acumulando con fuerza.

Porque nunca había deseado nada tanto.

Y desearlo podría ser precisamente lo que me destroce.