Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo veinticuatro
41%

Capítulo veinticuatro

OLIVER

Vuelvo a golpear la puerta del apartamento de Rina con los nudillos, y esta vez resuena más fuerte en el silencioso pasillo.

¿De verdad se cree que puede ignorarme?

¿Que me marcharé como si nada de esto importase?

Ni de coña.

—Venga, Rina. Abre la puerta —suplico.

—Lárgate. —Su respuesta queda apagada por el metal, pero el tono cortante que lleva todavía me atraviesa.

—Desde luego que no, nena. —La frustración me golpea como una ola mientras apoyo la frente contra la fría superficie, intentando convencerla de que me abra—. No pienso marcharme hasta que hablemos de esto como adultos racionales.

Cuando una puerta chirría al abrirse al otro lado del pasillo, miro rápidamente y veo a una señora mayor asomar la cabeza. Abre mucho los ojos al verme acechando delante del apartamento de Rina igual que un acosador chiflado.

Levanto la barbilla para saludarla, e intento parecer tranquilo.

—¿Qué tal?

Sus cejas se elevan rápidamente y sus labios hacen un puchero antes de que vuelva a desaparecer dentro de su casa, casi tan rápido como había aparecido. El ruidoso deslizar de su cerrojo al correrse es inconfundible.

—Tu vecina te dice hola —murmuro.

Pasan lentamente los segundos, como si fuesen horas, antes de que escuche un ruido de metal contra metal. La cerradura gira y el cerrojo se aparta con reluctancia antes de que la puerta se abra de golpe.

Rina está delante de mí con la melena hecha una maraña, los ojos ensombrecidos por el agotamiento y su complexión normalmente olivácea un punto demasiado pálida.

Antes de que pueda decirle nada, estira la mano y me agarra por la camisa, metiéndome dentro de un tirón con una fuerza sorprendente.

La puerta se cierra por detrás de nosotros con tal fuerza que retumban las bisagras.

—¿Ya estás contento? ―Me dice, cortante.

El apartamento está tenuemente iluminado, con las persianas bajadas para protegerlo del sol de la tarde que todavía consigue marcar débiles líneas incandescentes contra sus bordes.

El aire parece cargado con tintes del aroma persistente de su perfume.

Es algo oscuro e incendiario que se instala hondo en mi pecho.

Repaso su aspecto con cuidado, intentando averiguar qué es lo que pasa.

Aunque, aun estando así, todavía es la mujer más hermosa en la que he puesto los ojos jamás.

Diablos, la seguiría deseando aunque llevase puesta una bolsa de basura.

Pero hay algo descarnado en su expresión que la hace parecer extrañamente frágil.

Casi como si una palabra en falso la pudiese romper en un millón de pedazos.

Y esa no es la Rina a la que he llegado a querer.

—Dime qué está pasando. —Las palabras salen roncas, constreñidas por la preocupación—. ¿Estás enferma?

Eso explicaría por qué se ha saltado el trabajo hoy y está tan pálida. Sus ojos muestran un vacío que me preocupa.

Su mirada se aparta rápidamente y se retuerce las manos antes de dejarlas caer, inertes, a los lados.

Sin responder, se da la vuelta y se aleja hacia la zona del salón.

Su cuerpo parece doblarse sobre sí mismo cuando se deja caer en el sofá, como si la gravedad fuese de repente demasiado contra la que luchar.

Nunca había visto a Rina así.

No a la mujer que es puro fuego, antagonismo y obstinado orgullo. La mujer que nunca permite que nadie la derrote ni la vea en un momento de debilidad.

Y ahora parece... Insoportablemente delicada.

El silencio se tensa entre nosotros hasta que se convierte en algo sofocante.

Si antes estaba preocupado, eso no es nada en comparación con el frío agujero de temor que se me está formando en el vientre.

Sin saber muy bien qué hacer, me agacho a su lado. Mis rodillas golpean la alfombra con un ruido sordo.

—Háblame, nena. Estás empezando a asustarme.

Abre la boca antes de volver a cerrarla de golpe. Sus dedos se aprietan con fuerza, eliminando todo el color de sus nudillos. Durante un instante, me parece que va a decirme que no es de mi incumbencia y que me largue.

—Estoy embarazada.

Su confesión me golpea antes de que pueda prepararme para ello. Todo en mi interior se queda inmóvil y mis oídos se inundan del crepitar de la electricidad estática.

Embarazada.

Apenas me entra en la cabeza que sea algo real.

Intento imaginármelo. Su vientre redondeándose, mientras lleva puesta una de mis camisetas, su mano apoyada donde patalea nuestro hijo... Y algo revienta en lo profundo de mí. El asombro y el miedo se entrelazan hasta que crecen demasiado como para poder separarlos.

Una familia que nunca creí que quisiera tener, hasta que llegó ella.

Hostia puta.

Rina está embarazada de mi bebé.

Ella se apresura a llenar el silencio.

—No tienes que hacer nada. Me ocuparé de todo yo misma.

—¿Has perdido la cabeza? —La pregunta me sale sin pensar mientras mis manos se elevan para cogerla por la cara, inclinándosela hasta que no tiene más remedio que mirarme a los ojos—. Sí, y un carajo.

—He visto lo que sucede cuando los hombres se largan —susurra ella, con las lágrimas corriendo por sus mejillas—. A mi madre. A Callie. No dependeré de ti.

Lo dice como si eso fuese un hecho consumado. Como si hubiese decidido que yo seré el siguiente en marcharme, que solo seré otro hombre de los que se desaparecen sin más. La idea de que ella piense eso de mí me destroza por dentro.

—Todavía no lo pillas, ¿verdad? —Se me quiebra la voz aunque intento luchar contra mi emoción—. Esto no va solo del bebé. Va de ti. Va de nosotros. —Pronuncio roncamente esas palabras—. De ninguna manera vas a hacer esto sola porque yo jamás te lo permitiría.

Ella titubea y un breve y espontáneo sollozo se le escapa mientras cierra los ojos con fuerza, como si fuese posible contenerlo todo dentro por pura fuerza de voluntad.

Es doloroso ver a Rina intentando ser valiente con todas sus fuerzas. Quiero decirle que no tiene que ser fuerte por mí.

Ni ahora.

Ni nunca.

En vez de eso, apoyo mi frente contra la suya mientras el temblor de su cuerpo vibra a través del mío. Nuestras lágrimas se mezclan y una tranquila e inquebrantable certeza echa raíces en mi interior. Es casi como si algo intrínseco se hubiese por fin colocado en su sitio.

—Haz las maletas —le digo, con los labios contra su pelo—. Te vienes a casa conmigo.

Ella no responde.

No enseguida.

Su frente se desliza hasta mi hombro y sus dedos se curvan agarrándose a la tela de mi camisa como si estuviese intentando que su compostura no se deshilachase, hebra por hebra.

Por una vez, no intento arreglarlo. Solo la abrazo, permitiendo que el silencio se alargue hasta que parece menos un castigo y más una capitulación.

Por primera vez en mi vida, la idea del “para siempre” no me asusta.

Aunque Rina menee la cabeza, la resistencia de su cuerpo se ha relajado.

Yo la abrazo con más fuerza.

—Todavía no tienes que creerme. Solo tienes que dejarme intentarlo.

No es una orden, sino una promesa.

Sus hombros se elevan cuando coge una profunda bocanada de aire, antes de hundirse cuando la suelta.

—No te necesito. Puedo hacerlo sola. —La protesta es débil, un escudo que sostiene en alto más por miedo que por convicción.

Tal vez sea capaz de hacerlo todo ella sola de verdad.

Rina es una de las mujeres más duras que he conocido jamás.

Es fiera y capaz.

Independiente.

Es la clase de mujer que lucharía contra el mundo entero sin pararse a pestañear. Esa fuerza es parte de lo que me atrajo de ella para empezar.

Pero nada de eso cambia lo que es cierto para mí.

La necesito. Más de lo que he necesitado nada o a nadie en la vida.

El futuro me parece incierto y aterrador, pero la única certeza que tengo es que quiero que ella forme parte de él.

—Me da miedo que termines por hacerme daño —admite ella con voz queda.

—Lo sé. Pero voy a hacer todo lo que pueda para demostrarte que te equivocas.

Cuando sus hombros se relajan, la cojo en mis brazos y la acuno como si pudiese evitar que se desmoronase.

Sus puños se aprietan contra mi pecho, y las uñas me arañan la tela de la camisa, pero ella no me empuja para apartarme.

Sus lágrimas empapan el algodón mientras su cuerpo tiembla como intentando dejar escapar la verdad.

Ella encaja contra mi cuerpo de una forma que hace que se me tensen las costillas, henchidas de instinto de protección.

Puedo sentir el rápido galope de su pulso bajo la palma de mi mano, el pequeño vibrato de movimiento contra mi cuello, la frágil calidez de su cuerpo, como si fuese a desvanecerse en el momento en el que afloje mi abrazo.

El pasillo está tenuemente iluminado cuando la llevo hasta el dormitorio, con pasos bien medidos y firmes. Resulta casi una sorpresa ver lo tranquilo que estoy. Ni siquiera hay un atisbo de pánico intentando escapárseme.

—Haz las maletas. —Las palabras son simples, directas. Pero aterrizan con todo el peso que pretendía darles—. O si no te las haré yo.

No es una amenaza.

Es una promesa.

Por primera vez en mi vida sé exactamente cómo se ve el “para siempre”.

Ahora solo tengo que hacer que ella también lo vea.