Capítulo veintitrés
RINA
Todavía estoy fuera de juego a la mañana siguiente mientras escribo un mensaje en el chat del grupo.
Los recuerdos de la noche de ayer se pegan a mí como una segunda piel de la que es imposible librarse.
Oliver en los servicios.
La presión de su duro cuerpo.
El cálido roce de su boca contra la mía.
Todo sigue dando vueltas en mi cabeza sin parar, en un tiovivo lento e implacable.
La forma en que me deshice fundiéndome contra él.
Otra vez.
Ese hombre es como una adicción de la que no tengo ni idea de cómo librarme.
Yo: Necesito consejo. ¿Pastelería?
Callie: Aquí nos tienes, chica.
Sloane: Tendrás café y una guarrada de dulce esperándote.
Lilah: Salgo en quince minutos.
Yo: Sois las mejores.
Saber que mis chicas van a respaldarme me serena lo suficiente como para realizar mi rutina habitual.
Para cuando empujo la puerta de Lakeshore Sweets una hora más tarde, tengo los nervios destrozados hasta casi el punto de estallar.
El reconfortante aroma a azúcar y canela normalmente me envuelve como una cálida manta.
Hoy, es demasiado dulce.
Demasiado denso.
Casi como si el mismísimo aire me estuviese estrujando.
Callie me hace un gesto con la mano señalando la mesa del rincón, con una cálida sonrisa.
Lilah está resplandeciente. Su barriguita se marca contra un cómodo jersey mientras ella irradia felicidad.
Sloane me mira por encima de su taza, con esa expresión que pone cuando está intentando diseccionar de qué humor estoy y averiguar cómo mejorarlo.
Es protectora, feroz, y leal, sin reservas.
Unos minutos después, Callie me deja una taza humeante delante.
La rodeo con las manos, desesperada por tener algo que me calme los nervios.
El amargo aroma del expreso me golpea la nariz, y las náuseas recorren mi vientre.
Me echo para atrás dejando la taza sobre la mesa un poco demasiado rápido.
El sonido hace que las otras tres levanten la cabeza al mismo tiempo.
—¿Le pasa algo malo al café? —pregunta Callie, frunciendo el ceño.
—No —respondo lentamente, mientras empujo la taza más lejos—. Solo es que no me ha caído bien.
La fatiga se instala en mi cuerpo. Es de esa clase que el sueño no podría arreglar. Todo lo que ha estado pasando últimamente me resulta cada vez más y más pesado, e impregna todas las partes de mi vida. Mi sueño, mi humor e incluso ese agujero que se ha instalado en lo profundo de mi estómago.
La risa de Lilah atraviesa el silencio.
—¿Estás segura de que no estás embarazada? Durante el primer trimestre, el café me daba náuseas. No podía soportar el olor.
Su pregunta me alcanza como un golpe bajo.
¿Embarazada?
No puede ser.
Hasta la misma idea me resulta ridícula,
Mi cerebro se apresura a buscar otra explicación. Pescado en mal estado, estrés... Cualquier cosa que tenga sentido. Apenas como nada la mitad del tiempo, y el sueño es algo aleatorio para mí. Por supuesto que eso puede hacer que no me encuentre bien.
No puedo estar embarazada.
Simplemente, no puede ser.
Aunque... Empiezo a contar hacia atrás, alineando semanas en mi cabeza, y sintiendo que cada una de ellas se me desliza como arena entre los dedos.
Las cifras se me hacen borrosas. Cada fecha en la que caigo me parece incorrecta.
Se me revuelve el estómago mucho más, hasta que siento como si me estuviese dando un calambre dentro.
No.
No.
No.
No soy de esa clase de chicas que no se entera de las cosas. Llevo agendas. Planifico. No cometo errores como este.
Se me atenaza la garganta por la idea antes de que esté del todo formada. De repente, la sala me parece más pequeña.
Demasiado cálida.
Demasiado luminosa.
El sonido de las tazas al chocar entre sí y de las conversaciones me presiona hasta que el pánico empieza a causarme punzadas en la piel.
—Yo... Ejem... Acabo de acordarme de que tenía una reunión.
—Se me quiebra la voz mientras empujo la silla para atrás.
Las patas chirrían contra las baldosas, haciendo que haga una mueca.
Agarro el bolso, las llaves, el teléfono...
Lo que sea para hacer que mis manos dejen de temblar...
Y me obligo a enderezarme antes de que mis amigas puedan ver más allá de la mentira—. Hablamos pronto.
En cuanto salgo al frío aire exterior, la calidez desaparece, reemplazada por un golpe de viento.
Espero que eso sea suficiente para aclararme la cabeza.
Mis tacones golpean contra la acera con una cadencia a ritmo de staccato que se parece demasiado a correr, mientras la pregunta de Lilah me persigue calle abajo.
¿Estás segura de que no estás embarazada?
Me alejo trastabillando por la concurrida acera hasta que el duro resplandor de la señal luminosa de una farmacia aparece frente a mí.
Un autobús pasa zumbando por mi lado y alguien se ríe hablando por teléfono, como si el mundo no estuviese inclinándose por debajo de mis pies.
Las puertas automáticas se abren deslizándose silenciosas, liberando una nube de aire estéril con olor a antisépticos y a plástico.
Eso solo consigue que me entren más náuseas.
Las luces fluorescentes brillan incandescentes en el techo.
Yo cojo una cesta y obligo a mis piernas a moverse hasta el pasillo de los productos de planificación familiar.
Filas y filas de cajas se mezclan en un mareante amasijo de colores.
Condones. Kits de ovulación. Docenas de tests de embarazo, que se apilan en las estanterías en sus cajas elegantes de colores pastel.
Se me nubla la vista cuando estiro hacia ellas una mano tan temblorosa que casi tiro la mitad de los envases al suelo. Cojo uno, y luego otro, por si estropeo el primero. Mis dedos los aprietan como si fuesen salvavidas antes de lanzarlos a la cesta.
Una mujer pasa por mi lado, con un niño pequeño subido a la cadera.
—Estate quieto, cariño —murmura, apartando un rizo de la frente del pequeño.
Durante un instante, me los quedo mirando y se me hace un nudo en la garganta.
Yo no soy esa mujer.
Jamás he querido ser esa mujer.
Mis sueños eran todos de independencia. De control. De construir algo que nadie pudiese arrebatarme. No iban sobre pañales y tomas de leche a medianoche. No quiero depender de un hombre que nunca me ha prometido nada.
La cajera ni se molesta en levantar la vista cuando mete las cajas en una bolsa de plástico con bien ensayada indiferencia. Le entrego mi tarjeta con dedos sudorosos y luego estrujo fuerte la bolsa en cuanto la tengo en las manos, igual que si fuese un alijo.
En la calle, apenas siento el viento que atraviesa mi abrigo de lana.
Para cuando llego a mi apartamento, tengo las tripas como una piedra y mis pensamientos resuenan como un rugido enmarañado en mis oídos.
Cierro la puerta y me apoyo en ella, deseando que el mundo deje de dar vueltas solo unos minutos.
Solo lo suficiente para hacer este test y asegurarme de que no estoy embarazada.
Me duelen los pechos cuando me quito la chaqueta.
Es un palpitar sordo e insistente que me obliga a hacer una mueca.
Estrés.
Eso es todo esto.
Al menos, eso es lo que me digo cuando me cargo la primera caja, destrozando el cartón con las uñas.
Las indicaciones son simples. Haz pis, espera, mira. Me siguen temblando las manos mientras desenvuelvo el palito de plástico, hago lo que tengo que hacer, y lo dejo sobre la encimera. El cronómetro del móvil brilla a su lado.
Una cuenta atrás silenciosa.
Tres minutos que más bien me parecen una eternidad.
Yo me paseo arriba y abajo por la estrecha zona del baño con los brazos cruzados, sin dejar de hacer tratos con el universo todo el tiempo.
Será negativo.
Tiene que serlo.
Mañana, me estaré riendo de esto.
Los segundos transcurren lentamente.
Treinta. Veintinueve. Veintiocho.
Cuando suena la alarma, doy un respingo tal que el móvil casi termina en el suelo. Se me hace un nudo en el estómago y me pongo una mano apretada contra él, como si eso bastase para hacer que me mantuviese tranquila.
Y entonces miro.
Dos líneas rosas me devuelven la mirada, imposibles de ignorar.
El aire se me escapa de los pulmones y el mundo vuelve a ponerse del revés. Cuando mis rodillas amenazan con ceder por debajo de mí, me agarro del borde de la encimera para mantener el equilibrio.
—No, no, no... —Es un sonido suave y entrecortado que se me escapa mientras el test tiembla en mi mano.
Estoy embarazada.
La verdad me atraviesa, rugiendo, hasta que me resulta imposible pensar en nada más.
Estoy embarazada del hijo de Oliver «Gran O» Van Doren.
Resbalo hasta el suelo y mi espalda choca contra el frío armario cuando mis piernas se niegan a sostenerme más.
Tendría que haber sido más lista.
Las lágrimas me escuecen en los ojos, pero brotan. Me aprieto las palmas de las manos contra la cara, cogiendo aire hasta que el pánico deja de dominarme.
Revivo un recuerdo de mi madre de pie en el umbral la noche que papá se marchó, con la voz serena y las manos temblorosas.
Por esto es por lo que debes cuidar de ti misma, Rina. Porque nadie más va a hacerlo por ti.
Tal vez tenía razón.
Tal vez esto sea precisamente eso.
El universo recordándome que nunca permita que nadie se acerque lo bastante como para hacerme daño.
Salvo que... Ya lo he hecho.
Vuelvo a mirar el test, con sus claras líneas brillantes bajo las frías luces.
¿Y sabéis cuál es la peor parte?
En lo más profundo de mí, en algún lugar enterrado bajo el gélido pánico que me atenaza el pecho con sus garras, hay un susurro que se niega a ser silenciado. Una frágil verdad que no quiero reconocer.
Un pedazo de mí siempre le pertenecerá a él. Y viceversa. Estaremos involucrados para siempre.
Me quedo sentada sobre las frías baldosas mucho después de que la alarma deje de sonar, con el test todavía apretado en el puño.
Cuando el móvil vuelve a vibrar, lo miro.
El nombre de Oliver brilla en la pantalla igual que un fantasma del que quisiera ocultarme. En vez de contestarle, le doy la vuelta, silenciando la vibración, y me apoyo la palma de la mano en el estómago.
Solo necesito un poco de tiempo.
Para pensar.
Para averiguar cómo decirle al hombre que podría arruinarme con una sola mirada que todo está a punto de cambiar en nuestras vidas.