Capítulo veintidós
OLIVER
Las puertas del ascensor se abren al silencio.
Es la clase de tranquilidad que me resulta demasiado ruidosa.
Un poco inquietante.
El ático está impecable, como siempre. Hay tres amplios dormitorios, una reluciente cocina gourmet que cualquier chef con estrella Michelin se moriría por tener y vistas panorámicas de la ciudad.
Es todo lo que un tío como yo tendría que desear.
Y sin embargo, todo me parece demasiado grande.
Demasiado vacío. Como un piso piloto en el que se les olvidó poner a vivir a alguien.
Es la clase de sitio en el que la gente visualiza cuando imaginan el éxito.
Tiro las llaves sobre la encimera pero no me molesto en encender las luces. Las de los edificios del paisaje urbano resplandecen a través del cristal, perfilando mis muebles en sombras. Mis pasos resuenan por el espacio vacío.
Miro el móvil y la pantalla se ilumina con el último mensaje que he enviado.
Estaba hablando en serio, nena. No hemos acabado.
¿Estoy sorprendido de que ella no se haya molestado en responder?
Pues no. En absoluto.
Conozco a mi chica.
Todavía está batallando mentalmente con todo.
Me paso una mano por la cara antes de exhalar entre dientes. Sigo repitiéndome que he de darle espacio, que entrará en razón cuando esté preparada. La triste verdad es que no sé cómo dejar de luchar por Rina.
Ni siquiera estoy seguro de poder hacerlo ni aunque lo intentase.
Tengo a esa mujer metida por debajo de la piel de una forma que me parece permanente.
Me vibra el móvil y durante medio segundo me pregunto si será ella. Si tal vez, esta noche, por fin he conseguido derribar algunos de sus muros.
Pero es mi hermana pequeña, Kia.
Son las 10:42 p.m. Tendría que estar por ahí, con sus amigos, y no llamándome a estas horas.
Contesto y pongo el altavoz.
—Hola, pequeña.
—Hola. —Suena menos animada de lo que acostumbro a oír. Normalmente, empezaría la conversación con algún comentario sarcástico o alguna historia sobre el tío de su clase de psicología al que le gusta citar a Nietzsche.
Esta noche, solo suena cansada.
Mi frente dibuja unas arrugas.
—¿Va todo bien?
Hay una pausa, lo bastante larga como para que la tensión se acumule en mi espalda.
—Sí, bien —dice ella, pero las palabras son vacilantes. Solo necesitaba oír una voz conocida.
Simplemente eso me dice que algo no va bien. Kia nunca necesita a nadie. Es así de obstinada.
Un poco como yo.
Debe de ser un rasgo Van Doren.
—¿Qué pasa?
Un ligero ruido se filtra por la línea telefónica, como si ella estuviera paseándose arriba y abajo.
—Nada grave. No lo sé. Todo me parece raro últimamente.
—¿Raro, cómo?
Un segundo pasa, y luego dos.
—Como que quizás la universidad no sea para mí. Todo el mundo por aquí parece saber a dónde se dirigen, y están emocionados por ello. Yo ya no estoy tan segura.
Eso me sienta peor de lo que esperaba.
—Creía que te gustaba estar en la Western. Ya casi estás terminando. Tienes la graduación a la vuelta de la esquina.
—Lo sé. Pero creo que no estoy hecha para la contabilidad. Detesté las prácticas de este verano, y la idea de hacer lo mismo el resto de mi vida hace que me entren ganas de gritar.
Me froto la nuca, buscando una respuesta, pero no se me ocurre nada.
—¿No podrías hablar con tu consejero? ¿Quizás cambiar tu especialización?
Ella deja escapar una risa sin gracia.
—Es un poquito tarde para eso. Estaría atrapada aquí dos años más, y sencillamente, no soy capaz de hacerlo, Ollie.
Su voz se quiebra al pronunciar mi nombre. Ella es la única que todavía me llama así. Es de esa parte de mi vida que todavía me parece que sigue intacta, sin titulares, contratos ni expectativas.
—¿Has hablado de esto con mamá o con Hayes?
—No. Mamá está tan orgullosa de que esté siguiendo los pasos de papá... No soy capaz de contarle que puede que ya no quiera eso.
Me apoyo en la encimera y veo cómo mi reflejo brilla en el cristal.
—No tienes que decidir esta noche sobre el resto de tu vida. Solo termina lo que has empezado. Dale un poquito de tiempo para que se asiente. Lo superarás. Te lo prometo.
—Dios, suenas igualito que Hayes.
Sonrío levemente.
—Sí, bueno. Por mucho que me duela admitirlo, normalmente tiene razón.
El silencio que se extiende entre nosotros es cálido y denso, imbuido de recuerdos. Casi puedo verla, descalza en su apartamento, con el pelo en un moño descuidado, y con esa arruga rebelde entre las cejas que le sale cuando está intentando no llorar.
—¿Recuerdas aquel verano que nos hizo pintar el porche? —pregunto.
Ella gruñe.
—¿Cómo podría olvidarlo? Yo tenía once años y hacía como mil grados allá fuera.
—Dijo que nos ayudaría a desarrollar nuestra personalidad.
—Estoy bastante segura de que nos dejaste tirados en cuanto íbamos por la mitad, sin embargo.
—Oye, que tenía que ir al entrenamiento —digo, con una gran sonrisa.
—Claro, claro. Y yo me quedé ahí a acabar con Theo.
—Exacto. —Mi tono se aligera—. Tú no eres de las que abandonan, Kia. No lo has sido nunca.
Ella se calla un instante.
—¿De verdad lo crees?
—Lo sé. La universidad es solo otro porche en el mes de julio. Es un asco y te hace sudar, pero conseguirás terminarla.
Eso consigue una suave risita.
—Siempre haces que las metáforas suenen a castigos...
—Para eso están los hermanos mayores.
Escucho un ligero ruidito, como un sollozo, al otro lado de la línea y luego me dice en voz baja:
—Gracias.
—De nada.
—Debería irme. Tengo un trabajo que entregar mañana.
—Vale. ¿Me escribirás mañana por la mañana?
—Sí. —Hay una pausa—. Te quiero.
—Yo también te quiero, peque.
La línea se queda muda y yo miro fijamente al móvil que tengo en la mano por un largo instante.
Ella no está bien.
He notado el peso que intentaba ocultar por detrás de sus respuestas despreocupadas.
Kia no me llama cuando las cosas son fáciles. Llama cuando está asustada.
Me hundo en mi sofá. El cuero se queja por debajo de mi peso mientras pienso en mi hermana, en su diminuto apartamento, a varios cientos de millas de distancia, intentando mantener la cabeza alta. Escribiré a Hayes por la mañana y veré si él sabe qué es lo que pasa.
Mi mente no tarda mucho en regresar a Rina. Si no la conozco mal, probablemente esté entretenida convenciéndose a sí misma de que lo que ha ocurrido esta noche ha sido un error.
Abro nuestro hilo de nuevo y me encuentro con mi mensaje mirándome.
Estaba hablando en serio, nena. No hemos acabado.
Tecleo otra línea debajo de esa.
Puedes resistirte todo lo que quieras, pero yo no pienso irme a ninguna parte.
Mi pulgar se detiene por encima del botón de enviar antes de decidir borrar el mensaje.
Ya la he presionado lo suficiente para una noche.
Cuando la pantalla se oscurece, dejo el teléfono en la mesa y luego me acerco al mueble bar y me sirvo dos dedos de bourbon antes de levantar el vaso hacia las vistas de los edificios.
—Por aguantar hasta el fin —murmuro.
El primer trago me quema por dentro.
El segundo no es mucho mejor.
Ahí fuera, la ciudad resplandece. Aquí, solo estamos yo y mis pensamientos inquietos. Rina se puede mentir a sí misma todo lo que quiera, fingir que lo que ha ocurrido no significaba nada.
Pero pretendía decir lo que he dicho antes.
No hemos acabado.
De hecho, solo acabamos de empezar.