Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

RINA

La puerta del apartamento se cierra a mis espaldas.

El sonido resulta extrañamente suave comparado con el peso que me constriñe el pecho.

Durante un breve instante, me quedo allí de pie en la oscuridad.

El vestido se me pega al cuerpo, húmedo de sudor, y por todo lo que ha pasado con Oliver.

Me siento suspendida en las silenciosas consecuencias de algo que no puedo deshacer.

Dejo el bolso en la encimera y me inclino contra la pared, cerrando los ojos con fuerza. Mis nervios no han dejado de zumbar desde que follamos en los servicios. Desde que él me obligó a admitir que lo que siento va más allá de una lujuria superficial.

Sientes algo por mí. Deja de intentar negarlo.

Esas frases me dan vueltas por la cabeza como un estribillo que no consigo acallar.

Me quito los tacones con sendas patadas y me voy directa hacia el baño.

Siento las baldosas frías por debajo de los pies y el vapor brotando en cuanto giro el grifo.

El chorro del agua al caer llena el silencio.

Después de desnudarme, me pongo debajo de la ducha.

El agua salpica contra mis hombros, llevándose consigo el maquillaje, el perfume, la ilusión de compostura que me puse para salir a cenar.

Lo que no lava es a él.

Su olor.

Su contacto.

No se lleva el sonido de mi voz al romperse cuando le he suplicado que me metiera la polla hasta el fondo.

Apoyo las palmas de las manos contra la pared e inclino la cabeza.

—Ha sido un error —susurro—. Nada más que sexo.

Incluso mientras lo digo, se me atenaza la garganta que rodea mi mentira.

Lo que hemos hecho no ha sido solo algo físico.

Ha sido un despertar.

Él no solo me hace perder el control.

Me hace desear perderlo.

En el pasado, el control siempre ha significado mantenerme segura. Pero con él, esa seguridad me parece una jaula, y el peligro se me antoja la libertad.

Cuando se me arrugan los dedos como pasas, me seco y me envuelvo en una toalla. Solo entonces veo mi reflejo en el espejo. Tengo los labios hinchados, el cuello marcado y el pelo hecho un desastre. No reconozco a la mujer del espejo.

Lo que Oliver me hace sentir no es igual a ninguna otra cosa que haya experimentado antes. En sus manos me siento viva. Es el único capaz de hacer que mi cerebro se desconecte hasta que solo existen las sensaciones.

Es adictivo.

Aterrador.

Y hay una parte de mí que quiere más.

Que lo quiere todo de él.

Jamás en la vida me había sentido tan en conflicto.

Voy lentamente al salón con la toalla enroscada fuerte a mi alrededor.

En la mesita de café, una foto enmarcada de mi madre refleja los rayos de la luna.

Su sonrisa es perfectamente contenida, lleva un collar de perlas al cuello y tiene una postura sin tacha.

Se tomó justo después de que mi padre se marchara.

Recuerdo aquel día.

Nos vistió a las dos con nuestra mejor ropa de los domingos e insistió en que posásemos para la cámara, como si mantenernos quietas todavía fuese capaz de hacer que todo dejase de desmoronarse a nuestro alrededor. Pero si mirases lo bastante cerca, podrías ver el esfuerzo en sus ojos.

La primera lección que ella me enseñó fue cómo hacer que la supervivencia pareciese fácil.

Cómo sonreír mientras tu vida se hace pedazos y llamarlo compostura.

A veces me descubro haciendo lo mismo.

Me vibra el móvil, arrancándome de golpe del pasado.

Mamá.

Me ha llamado antes y he dejado que se fuese al buzón de voz. En vez de hacerlo de nuevo, respondo, porque necesito escuchar el sonido de su voz. Necesito centrarme en algo que me parezca sólido.

—Hola —le digo, optando por la normalidad—. Estás levantada hasta tarde.

—Acabo de llegar de un evento de la facultad y he pensado en ver qué hacías, porque el otro día nos quedamos a medias. No volviste a llamarme. ¿Liada con el trabajo, supongo?

—Sí, ha sido una locura. Una cosa detrás de otra. Ya sabes cómo es.

—Así es la vida, cielo. Tendrías que valorar en serio lo de abrir tu propia agencia.

Me recoloco la toalla más apretada alrededor del cuerpo.

—Ya te lo he dicho antes, mamá. Tal vez algún día, en el futuro, pero no ahora. No es el momento adecuado.

—El problema es que nunca será el momento adecuado. Es un poco como lo de tener hijos —dice con una risita alegre—. A veces tienes que dar el salto.

—¿Teniendo un hijo? —digo, totalmente consciente de que no es eso lo que ella quería decir, en absoluto.

—¡Dios, no! Me refería a emprender tu propio negocio. Solo piénsalo, es lo único que te pido.

Aunque no tenga intención alguna de hacerlo le contesto:

—Lo haré, ¿vale?

Hay un momento de silencio antes de que ella cambie de tema.

—Oh, no vas a imaginarte con quién me encontré el otro día. —No espera a que le responda antes de seguir como una ametralladora—. Con Priya Patel, la que vivía calle abajo. Se casó con un abogado y ahora tienen dos hijos. Van a comprarse una casa en Evanston.

—Recuerdo que ni siquiera era capaz de mantener a un pez dorado con vida —murmuro.

—Parece bastante feliz. Aunque estoy segura de que no pasará mucho tiempo antes de que se le desmonte la cosa y averigüe que él la ha estado engañando.

—Eso sí que es un pensamiento sombrío de verdad, mamá. —Meneo la cabeza aunque ella no pueda verme.

Su risa es suave y sabia.

—Puede. Pero creo que las dos sabemos que soy una cínica.

Yo titubeo.

—Supongo que no debería molestarme en preguntarte si te estás viendo con alguien.

Hay una pausa.

—¿Quién tiene tiempo para relaciones cuando hay que redactar solicitudes de subvenciones y se tienen clases que dar?

Trago saliva, con fuerza, sin estar muy segura de si envidio su certeza o si me da pena.

Ella se calla una fracción de segundo, pero no más.

—¿Y qué hay de ti? ¿Has salido por ahí últimamente?

Exhalo y me obligo a sonar con una despreocupación que no poseo.

—Nada serio.

La respuesta me suena a mentira. Lo que quiero es que Oliver sea más bien una situación temporal. Pero no hay nada de casual en la forma en que ha echado raíces por debajo de mi piel.

—Eso es lo mejor —dice ella rápidamente—. Ya sabes cómo son los hombres. Se llevan lo que quieren y luego se largan y has de quedarte limpiando el desastre que dejan. Solo quiero que seas lista.

—Soy lista —le replico, más a la defensiva de lo que pretendía.

—Lo sé. —Su tono se suaviza tal como hace siempre antes de clavar el cuchillo—. Pero sientes las cosas con tanta intensidad, Rina…Y cuando lo haces, eso tiene un precio. Solo sé lista sobre esas cosas. No le entregues esa clase de poder a cualquiera.

Yo cierro los ojos mientras empiezo a asimilar la verdad.

Ya es demasiado tarde.

Me escuece la garganta.

—No lo haré.

—Estoy orgullosa de ti. Has construido una vida en base a tus propias reglas, y no dependes de nadie. Eso demuestra tu fuerza, cariño. No la pierdas jamás.

Ahí está. El mantra con el que crecí.

Independencia por encima de todo.

Me fuerzo a sonreír.

—No lo haré.

—Bien. —Su tono de aprobación es frío y bien ensayado—. Ahora, duerme un poco. Suena como si te hiciese falta.

—Buenas noches, mamá.

—Buenas noches, cielo.

La llamada se corta y yo me quedo mirando a mi móvil hasta que la pantalla se queda en negro, con su voz todavía resonándome en los oídos.

No dependes de nadie.

Me dejo caer en el borde del sofá, y eso hace que se me afloje la toalla que me envuelve. Su foto resplandece suavemente al otro lado de la estancia, con esa perfecta sonrisa congelada en el tiempo.

Ella es todo lo que me han criado para ser.

Educada y elegante.

Resuelta.

Sola.

Tal vez tenga razón en lo de la fuerza.

O tal vez la fuerza sea saber cuándo dejar de fingir que no buscas algo más.

No lo sé.

Y ese es el problema.

Mi reflejo me devuelve la mirada desde el cristal de la ventana, pálido y macilento, la sombra de una mujer que creía haber dominado el arte de la compostura.

—Estoy bien —me susurro a mí misma.

La mentira cae como el plomo en el silencio y mi móvil vuelve a iluminarse.

Gran D: Estaba hablando en serio, nena. No hemos acabado.

Mis dedos flotan sobre la pantalla antes de cerrar el puño.

Me alejo del sofá y me dirijo al dormitorio.

El suave sonido de mis pies descalzos es el único en el tranquilo apartamento.

Después de dejar el teléfono boca abajo sobre la mesilla, me pongo una camiseta de tirantes y unos shorts antes de deslizarme debajo de las sábanas.

Solo entonces cojo el móvil. Me quedo mirando al aparato unos momentos, antes de volver a dejarlo boca abajo y meterme más adentro bajo las sábanas, dejando que el silencio me envuelva.

Pero el sueño no se presenta fácilmente. Cada vez que cierro los ojos, siento sus manos.

Su boca.

Oigo su voz.

Se ha terminado lo de salir corriendo, Rina.

Aprieto la cara contra la almohada e inhalo profundamente, como si eso fuese a bastar para ahogar su recuerdo.

Mañana, me levantaré y volveré a encontrar mi equilibrio.

Mañana, seré lo bastante fuerte como para resistirme a él.