Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo veinte #2
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Capítulo veinte #2

Cada contracción me lleva más hacia adentro, me aprieta más, hasta que el calor me lame la espina dorsal y el mundo se pone borroso.

Incluso aunque me estén ardiendo los músculos y la tensión me vibre en las piernas, no me detengo.

El cuarto de baño desaparece, y solo existen la fricción y el sonido.

El húmedo deslizar de su piel y el gruñir grave de mi voz contra su oreja.

Apoyo mi frente en la suya, con el sudor deslizándose entre ambos y nuestras bocas a la distancia de un susurro.

No puedo parar.

No cuando la tengo rodeándome de esta forma, agarrándose como si soltarse pudiera partirla en dos.

—Esto no solo es tu cuerpo rindiéndose —suelto mientras cada movimiento de mis caderas me lleva más profundo, más duro, volviéndose del todo implacable—. Eres tú, Rina. Toda tú. Y no pienso volver a permitirte que finjas lo contrario.

La frase surge como una promesa.

Es a medias una amenaza, a medias una confesión.

Su gemido queda atrapado en algún punto entre la rendición y la protesta mientras se arquea contra mí. Cada temblor la desnuda de todas las capas de distancia que ha intentado poner entre nosotros.

Su cuerpo se estremece y convulsiona en unas oleadas ansiosas e involuntarias que me arrastran directamente sobre el precipicio con ella.

No es solo que nos corramos.

Es la aniquilación total.

Una detonación blanco-incandescente que me arrasa el alma hasta no dejar nada a su paso.

Suelto su nombre con un rugido, y derramo mi semilla en lo profundo de ella, lo que me abrasa cada terminación nerviosa Ella se tensa y cada uno de sus músculos se aprieta a mi alrededor como si fuese un cepo. Por un instante, el mundo explota.

Es la alegría ciega y furiosa de reclamar algo que ya sé que me pertenece.

Las réplicas del orgasmo me golpean fuerte.

Mis manos la agarran mientras cabalgo todas las olas que llegan, con la garganta escocida por el grito que he soltado. Ella tiembla por debajo de mí y su pulso palpita rápidamente contra mi piel. Y sé que, a pesar de lo que diga, o de lo que entierre bajo un millar de negaciones, ella me pertenece.

El mundo se desvanece detrás del sonido de los jadeos entrecortados y del suave arrastrar de la ropa contra las baldosas.

Todavía con nuestros cuerpos unidos, me echo hacia adelante hasta que nuestras frentes se juntan.

El calor le humedece la fina línea del pelo, y el aroma de su perfume se pega a mí como una marca que nunca me lavaré.

No dejo de agarrarla con fuerza. Ese abrazo posesivo es lo único que me mantiene derecho en medio de la destrucción que hemos creado.

Todavía metido hasta el fondo en ella, dejo que se haga el silencio.

Es uno denso y cargado, de esa clase que hace que cada sonido se oiga más fuerte de lo que suena en realidad.

Las réplicas nos recorren con oleadas lentas e irregulares hasta que no hay forma posible de negar lo que acaba de ocurrir.

No es posible fingir que podemos deshacerlo.

Quiero que lo asimile con calma.

Que sienta la verdad que es lo nuestro en cada centímetro de nuestras pieles todavía apretadas la una contra la otra.

No hay forma de escapar de esto.

No si yo tengo algo que decir al respecto.

—Se ha terminado lo de salir corriendo, Rina —digo con voz ronca—. Mañana vamos a sentarnos y a hablar. —Mi tono se hace más profundo—. Pero ahora mismo, necesito que recuerdes a quién perteneces. Y los dos sabemos que no es a ese tío de ahí afuera. Sino a mí.

Esa afirmación flota pesadamente entre nosotros. Es contundente, posesiva e imposible de retirar. Quiero que ella pueda saborearla en el aire y sepa que lo digo totalmente en serio.

Sus labios se abren y su garganta intenta pronunciar una respuesta que no llega jamás. Un temblor espectral recorre sus dedos y puedo ver la batalla que todavía está atrapada en sus ojos.

La necesidad de luchar por el control aunque ya lo haya perdido.

Mi mano le dibuja la curva de la cadera, con el pulgar acariciando el hueco de su cintura, antes de deslizarse más arriba, hasta que puedo cogerla por la mejilla.

Siento su piel cálida y húmeda por debajo de mi palma.

Sus pupilas siguen dilatadas y sus mejillas sonrosadas.

Pero son sus ojos lo que me desarma. Son vulnerables y carentes de barreras, de una forma que no había visto jamás.

—Sientes algo por mí. —La afirmación es dura y certera, arrancada de un lugar que no puedo ocultar—. Deja de intentar negarlo.

Ella no dice nada. Solo parpadea una vez mientras su garganta se mueve como si estuviese intentando tragarse la verdad.

Incluso ahora, después de todo lo que acaba de ocurrir, no va a admitirlo en voz alta.

Todavía no.

Pero lo lleva escrito en cada mirada, en cada grieta de su compostura.

Y es suficiente para que yo siga regresando.

La forma en que sus dedos se clavan en mis hombros me dice más de lo que podría hacerlo ninguna confesión.

Ella lo siente.

Sé que sí.

Yo la suelto un poco, lo suficiente para que mi pulgar pueda dibujarle la línea de la boca. Su aliento vuelve a entrecortarse contra mi dedo y el sonido hace que todo se me tense por dentro.

Es la prueba de que ella es mía, aunque no pueda admitirlo aún.

Nos quedamos enroscados el uno en el otro, con las frentes juntas, mientras la verdad se arremolina entre nosotros como una tormenta a punto de estallar.

Uno de estos días, ella dejará de luchar contra eso.

Y cuando lo haga, allí estaré yo, esperando.