Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo veinte
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Capítulo veinte

OLIVER

Ya he tenido suficiente de fingir que puedo mantener las manos apartadas de ella.

En el mismísimo segundo en que mi lengua se desliza entre sus labios, su resistencia se viene abajo, fundiéndose en un gemido que me vibra directamente a través de los huesos.

Es exactamente el bálsamo que estaba buscando.

Han pasado siete días desde la última vez que he estado dentro de ella, y cada uno de ellos me ha resultado una tortura.

Noches pasadas despierto en la cama, con su voz sonando una y otra vez en mi cabeza igual que un fantasma al que no puedo dejar atrás.

Días poseído por el sabor de ella todavía en mi lengua y la memoria espectral de su cuerpo enroscado fuerte en torno al mío.

No puedo volver a respirar más sin esta mujer.

Y la verdad es... que ni siquiera quiero intentarlo.

Mi mano le aprieta más la mandíbula y mi pulgar presiona ligeramente la delicada columna de su garganta, obligándola a volver la vista hacia mí.

Sus pupilas están totalmente dilatadas, ocultando el color de sus ojos, y su pecho sube y baja con respiraciones entrecortadas.

Yo aprieto mi polla contra su vientre. No nos separa más que una delgada barrera de tela, y he de echar mano de toda mi capacidad de contenerme para no destrozarla.

—Rina, no puedo seguir haciendo esto —le digo con voz ronca contra su boca, con cada sílaba puntuada por un beso febril—. No puedo seguir ni un puto minuto más sin ti.

Me tiemblan las manos mientras tiro de mis pantalones hacia abajo.

El sonido de la cremallera atraviesa cortante el cargado silencio del baño.

El cinturón cae al suelo y la hebilla produce un ruido que repiquetea como un disparo, haciendo ecos por todo el espacio entre nosotros.

Tiro de su vestido con la otra mano, subiéndoselo con urgencia mientras la desesperación hace mella en los límites de mi control.

Ella ahoga una exclamación cuando aparto sus bragas a un lado, y el resbaladizo calor de su humedad me recubre los dedos.

—Dios —murmuro—. Ya estás toda mojada y lista para mí.

Mi voz no solo está ronca por el deseo, sino que viene aderezada con algo más, algo crudo y más profundo.

Miedo.

No de ella.

Sino de lo que ella significa para mí.

Apoyo mi frente contra la suya, luchando por recuperar el equilibrio contra el dolor que me atraviesa.

—Dime que no lo deseas —gruño—. Dímelo, y pararé.

Ella abre los labios, pero no sale nada de ellos.

Sigue luchando consigo misma.

Lo veo en el leve temblor donde termina la mandíbula y en la forma en que su cuerpo traiciona cualquier protesta que sus palabras expresen. La inclinación de sus caderas. La forma en que se balancea más hacia mí, buscando mi contacto aunque su mente le grite que no lo haga.

Esta mujer es mía en los momentos en que más intenta no serlo.

La agarro por el muslo y se lo levanto por encima de mi brazo acercándomela hasta que no hay lugar donde ocultarse.

La piel sedosa contra mi antebrazo me abrasa al tiempo que ella deja escapar una exclamación de sorpresa que tiembla a través de ambos.

En vez de permitirle que se aparte, alineo y estabilizo sus caderas.

Cada uno de mis músculos se tensa por el esfuerzo que me cuesta mantener el control.

Por un instante, me parece como si el tiempo se hubiese detenido mientras yo empujo lentamente hacia adelante, deseando que ella sienta cada maldito centímetro de lo que le pertenece.

El resbaladizo roce inicial me hace enmudecer.

Me sumerjo más adentro hasta que no queda nada salvo la innegable verdad de mi polla metida hasta lo más profundo de su cuerpo.

Ella jadea y el sonido estalla en esquirlas entre nosotros. Yo me trago mi propio gemido cuando el impulso me golpea. Cada músculo se tensa por el esfuerzo de contenerse.

Maldita sea, es tan bueno estar dentro de ella...

Casi como si la hubiesen creado expresamente para encajar con mi cuerpo, para destrozar cada una de las reglas que me había impuesto a mí mismo.

—¿Sientes eso? —Mis dientes le rozan el tierno borde de la oreja mientras mis caderas empujan hacia adelante, clavándola fuerte contra la pared—. ¿La forma en que te tensas alrededor de mi polla?

Su cabeza se inclina en negación y sus uñas se me clavan más en los hombros. Me está agarrando con todas las partes de su cuerpo. Cada temblor desesperado la delata.

Las palabras pueden mentir.

Los cuerpos no.

Y el suyo está clamando la verdad a gritos.

Lo quiera ella o no.

Retrocedo un poco, hasta que solo la punta erecta se apoya contra su entrada, preparada y a la espera.

La tensión entre nosotros se estira, como una goma a punto de pasar el punto máximo antes de la rotura.

Ella suspira contra mi boca, y el débil sonido me atraviesa de lado a lado.

Todas las partes de mi cuerpo me gritan que me mueva, que me sumerja en ella de nuevo, pero yo me quedo inmóvil porque necesito que ella sienta cada segundo de esto.

Que sepa quién está al mando de esto.

Quién está luchando para mantener el control aun cuando se le esté escapando.

La quiero lo bastante desesperada como para romperse por fin.

Tal vez entonces entienda que no ando detrás del poder.

Sino de ella.

Ella es lo único que ha logrado calmar jamás el ruido de mi cabeza.

—Suplícamelo, Rina. —Lo que se me escapa por la boca suena rudo y cargado de exigencia—. Suplícame por mi polla.

Necesito escuchar su rendición, la prueba de que sigue siendo mía después de una semana de fingir que no lo es.

Un sonido ligero y entrecortado se le escapa mientras sus dedos intentan agarrarse de las baldosas a sus espaldas. Verla luchar contra sí misma es casi insoportable. Cada segundo que ella se resiste me parece un examen que estoy a punto de suspender.

Durante un instante, casi lo retiro.

—Oliver...

—No me basta con eso —le gruño.

No es la crueldad lo que me mueve. Es la necesidad de verla derribar cada uno de los muros detrás de los que se ha estado ocultando. De saber que soy el único que puede arrancarle la verdad de los labios.

Me muevo hacia adelante solo lo suficiente para que se le escape un gemido, antes de parar de nuevo y observar cómo se desmonta frente a mis ojos.

El sonido restalla por el espacio como un látigo mientras cada uno de mis músculos se esfuerza por mantenerse inmóvil.

Siento esa contención como si me estuviese haciendo heridas en la piel, pero necesito sus palabras más que respirar.

—Rina... —Se me escapa su nombre con un tono que es a partes iguales amenaza y ruego—. Suplícame como si esto fuese lo único que te haya importado jamás.

Su gemido está teñido de desesperación mientras destroza la fina muralla de su orgullo. Sus pestañas aletean y se cierran, lo poco que queda de sus defensas se colapsa, y el sonido que emite aterriza en algún lugar entre el desafío y la rendición.

—Por favor, Oliver. Por favor, te necesito.

No es su súplica lo que me desmonta. Es escuchar mi nombre atrapado en su deseo. Es saber que por fin ha dejado de fingir que esto no la consume de la misma forma en que me consume a mí.

Vuelvo a empujar dentro de ella. Es lo bastante controlado como para sentir la forma en que su cuerpo se rinde y me deja entrar, centímetro a centímetro, hasta que no queda nada entre nosotros salvo este momento de sinceridad compartida.

Cada movimiento dentro y fuera me parece una confesión. Cada sonido que ella hace es una respuesta que no era consciente de que había estado esperando.

Es de esto de lo que siempre se ha tratado todo.

De ella.

De mí.

De nosotros.

Y de la verdad contra la que ninguno de los dos puede luchar.

Flotamos allí, en un punto entre el control y el colapso, con sus uñas clavadas en mis hombros y mi visión reduciéndose hasta un único túnel al fondo del cual solo puede verse la expresión de su cara.

Mis movimientos son un castigo contenido y deliberado. Otro centímetro, lo bastante lento para hacerla sentir cada microsegundo de él. Mi mirada se queda clavada en la suya.

Quiero sus palabras.

Todas.

—¿Qué necesitas?

Su respuesta me golpea como un rayo.

—Tu polla. Necesito que me llenes con ella, que me la metas hasta que no pueda ni pensar ya.

Un impulso de oscura satisfacción me atraviesa veloz, más potente que la lujuria, más encendido que la ira. Mi mano se tensa en torno a su muslo, sosteniéndola, abierta, y anclándonos más a ambos en el momento.

Ese en el que por fin ella deja de correr.

—Tienes razón. —Mi gruñido vibra contra sus labios—. Eso es exactamente lo que necesitas.

Empujo hacia adelante. Cada centímetro avanzando hasta que estamos apretados el uno contra el otro. Ella grita, y sus manos me agarran como si fuese a ahogarse si se suelta.

El sonido acaba con lo que queda de mi autocontrol, abriéndome en canal de dentro a afuera. Le doy todo lo que he estado conteniendo. Cada brizna de autocontrol, cada parte de mí mismo que juré que mantendría oculto.

Entro y salgo de ella con un ritmo implacable y castigador.

Cada movimiento es más profundo que el anterior, hasta que la vibración reverbera a través de ambos.

El sonido de la piel golpeando contra la piel resuena en el aire.

Es un ritmo duro que ahoga cualquier otra cosa.

Su cabeza golpea la pared con cada movimiento de mis caderas y su cabello oscuro se derrama a su alrededor igual que un halo.

Ella sigue buscándome, ajustándose a cada movimiento, con el cuerpo ansioso por conseguir más. Entonces se tensa por dentro. Es una victoria resbaladiza que me parece menos un movimiento que un acto de reconocimiento. Como si su cuerpo me recordase aunque su mente intentase no hacerlo.