Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo diecinueve
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Capítulo diecinueve

RINA

Tendría que haber sospechado que Evelyn estaba tramando algo.

En el momento en que Lucas se ha acercado a nuestra mesa, me he dado cuenta exactamente de qué iba esto.

Es una encerrona.

Mi mirada enfadada se desliza hacia Evelyn, mientras su sobrino abre el menú y se pone a mirarlo con tranquila confianza. Mi jefa le da unos sorbitos al vino. Es la viva imagen de la gracia y la inocencia, como si no hubiese orquestado toda la velada.

Por mucho que me encantase llamarle la atención, no lo haré delante de Lucas. Tal vez este sea el empujón que necesitaba. Tal vez Oliver acepte la verdad y pase página.

La idea se instala en lo más profundo de mí, cargando a partes iguales con pena y alivio, y yo no soy capaz de decidir cuál de las dos cosas me afecta más.

Vuelvo a centrar mi atención en el menú. El especial de salmón, las remolachas a la parrilla, el precio excesivo de las verduras. Los platos se me hacen borrosos cuando noto los alfileres en mi piel.

Él sigue mirándome.

Incluso a través del abarrotado comedor, siento su atención como un cable eléctrico instalado por debajo de mi piel. El hombre es implacable, y resulta imposible fingir que no soy consciente de su presencia en el más básico de los niveles.

En el momento en que el camarero aparece con su iPad preparado para tomar nuestras comandas, Hugh se desliza en el único asiento que quedaba vacío en nuestra mesa.

El hombre se mueve con la despreocupada confianza en sí mismo de alguien acostumbrado a adueñarse de cualquier sala en la que entra.

No se me escapa la forma íntima en que su mano roza el respaldo de la silla de Evelyn.

—Espero que haya sitio para uno más —dice con tono alegre y la mirada clavándose en Evelyn con silenciosa determinación, como si la retara a decir que no.

Ella endereza la espalda y una agradable sonrisa aparece tensa en su rostro.

—En realidad, me temo que no.

—¿En serio? —Su tono es de pura confrontación educada—. ¿Este asiento ya está ocupado?

—Sí.

Él coge un menú, con toda la calma del mundo.

—Que gracioso. No habías mencionado que saldrías a cenar esta noche.

—No tenía la impresión de que necesitase tu permiso —replica ella con el tono cortante y tan pulido como el cristal.

—Puede que yo ya hubiese organizado algo para nosotros —le devuelve la pelota él.

El ambiente cambia y se vuelve cargado e incómodo. Hasta Lucas parece estar notándolo y finge examinar con detalle la carta de vinos mientras el camarero mira fijamente su pantalla, como si fuese posible desaparecer dentro de ella.

La mandíbula de Evelyn se tensa cuando Hugh se inclina hacia ella.

—Dime una cosa, ¿practicas ese tono tan gélido delante del espejo o te sale natural?

Sus pestañas descienden.

—Si tan fría te parezco, quizás deberías cambiarte a un asiento más cálido.

Él suelta una risita.

—¿Y perderme ver cómo finges que no disfrutas con esto? Ni de broma.

Evelyn suelta una exhalación de aire cargada de sufrida paciencia.

—Es raro cómo confundes la irritación y la diversión.

—¿Ah, sí? —contraataca él, con una sonrisa relajada pero letal—. Porque desde donde yo estoy sentado, parece que estés pendiente de cada palabra.

Ella levanta la barbilla con un regio gesto de rechazo.

—Por favor. He oído frases mejores de políticos de segunda.

—Ah, pero ninguno de ellos ha conseguido hacer que te sonrojes.

Un ligero rubor sube por la garganta de ella antes de que aparte la mirada.

—Sigue intentándolo, Hugh. Algún día podrías llegar a decir algo que me interese.

Él se echa a reír.

—Cariño, yo siempre he sido interesante. Solo que tú eres la última que desea admitirlo.

A ella se le escapa otro suspiro, pero esta vez suena más a rendición que a irritación.

Me reclino hacia el respaldo de la silla, medio divertida y medio intrigada. Esto no son solo bromas. Es una batalla. Un juego de tira y afloja en el que ninguno de los dos quiere ceder el primero. Me hace preguntarme qué es lo que está pasando en realidad entre ambos.

Sin embargo, sus escaramuzas no bastan para mantener mi mente alejada del hombre que me dirige su mirada torva desde la otra punta del restaurante.

No importa cuánto intente obligar a mi atención a dirigirse a otra parte, mis ojos no dejan de vagar continuamente hacia él.

Por la forma en que me está mirando fijamente, resulta obvio que ha dejado de escuchar a Gabby por completo.

Tiene los hombros derechos y sus codos se apoyan sobre la mesa como si se hubiese acomodado para seguir así durante mucho tiempo.

Su atención no se aparta de mí.

Ni siquiera por un segundo.

Es la misma mirada que me dirigió en la conferencia de prensa, como si yo fuese la única persona que existiese en el mundo.

El calor se expande por mi pecho hasta que me resulta difícil respirar. Me hormiguea la piel bajo el peso de su mirada. Entre la atracción y la emoción mareante de ser observada con esa clase de intensidad, otra emoción emerge.

Los celos.

Tengo envidia de una mujer que está teniendo una cita con un hombre que no dejo de jurar que no me importa un pimiento. Estoy celosa por una situación en la que me había prometido a mí misma no caer.

Esto es exactamente por lo que nunca dejo que las cosas se pongan demasiado serias.

Por qué las mantengo casuales.

Temporales.

Es la razón por la cual nunca entrego a nadie el poder que podría destruirme.

En el momento en que bajas la guardia y permites que alguien te importe, los celos y el dolor se cuelan rápidamente entre las grietas.

El amor no solo te destroza.

Te enseña a no confiarle a nadie los frágiles pedazos de tu corazón.

Y sin embargo, aquí estoy, dejando que un jugador de hockey se abra camino por debajo de mi piel. Exactamente lo que me había jurado no hacer jamás.

*Contrólate. Rina.

Solo tienes que sobrevivir a esta noche.

Mañana será más fácil.*

Vuelvo a dirigir mi atención hacia Lucas.

Es agradable.

Educado.

Seguro.

Es la clase de hombre con el que podrías construir una vida tranquila. Escucha, no te interrumpe, y no sonríe con sorna, como si te llevase ya tres pasos de ventaja. Es todo lo que tendría que desear y absolutamente nada que me esté muriendo por tener.

No me genera fuegos artificiales por debajo de la piel ni hace que mis pensamientos se aturullen.

No me hace sentir .

No de la forma en que lo hace cierta persona.

—¿Pasa algo malo, querida? —La voz de Evelyn atraviesa mi espiral silenciosa como seda que envuelve un interior de acero. Su mirada se clava en mí, como si supiese demasiado.

—Por supuesto que no. —El tono alegre que me obligo a imprimir en la voz resulta vacío mientras rasca en la garganta y me la deja en carne viva por dentro.

Aparto la silla y me levanto.

—Disculpadme. Enseguida vuelvo.

No miro en dirección a Oliver ni una sola vez. Si lo hago, jamás conseguiré salir de la sala. Camino deprisa hasta empujar la puerta del baño.

El aire fresco me recibe, portador de un leve aroma a lavanda y a limpiador de limón. Los murmullos de las conversaciones se apagan tras la puerta mientras me agarro del lavabo de porcelana y me quedo mirando fijamente a mi reflejo.

Mi pintalabios está perfecto.

Mi expresión no.

—Contrólate, Rina —susurro—. Tú eres más fuerte que esto. No le necesitas.

La charla motivadora me suena vacía.

Una mentira que he ensayado demasiadas veces.

Otra hora. Noventa minutos a lo sumo. Entonces podré irme a casa, servirme una copa y fingir que lo de esta noche no ha ocurrido jamás.

Una vez que recupero el control, enderezo los hombros, inhalo profundamente y salgo por la puerta, solo para detenerme en seco cuando me encuentro con Oliver esperando en el pasillo.

Está apoyado contra la pared, de brazos cruzados, con la chaqueta del traje desabrochada y el botón de arriba de la camisa abierto.

La luz tenue se refleja en su marcada barbilla cuando su mirada me clava en el sitio.

Antes de que yo pueda ordenar mis pensamientos, se mueve. Da una larga zancada. Luego otra. Y entonces ya lo tengo delante. Sus manos me cogen suavemente por los brazos, firmes pero cuidadosas, mientras me guían de vuelta a través de la puerta.

Entonces echa el cerrojo.

—¿Qué estás haciendo? —le suelto, con voz temblorosa. No es el miedo lo que me hace temblar sino la carga eléctrica que parece echar chispas cada vez que estamos cerca.

Él no se mueve; ni siquiera pestañea.

Un escalofrío se desliza por mi cuerpo.

—Oliver. —Retrocedo hasta que noto la fría pared contra mi espalda. Su cercanía llena el espacio con una combinación de calor y furia apenas contenida.

Todos mis pensamientos racionales salen por los aires igual que el polvo en el viento.

Debería tener miedo.

Pero no lo hago. Solo siento la conocida atracción como lava líquida que comienza en lo profundo de mi bajo vientre antes de esparcirse por todas partes igual que las llamas de un incendio forestal.

—Se ha acabado —consigo decir—. Los dos estamos aquí con otras personas. Sea lo que fuese lo que teníamos, ya no existe.

Su boca dibuja una línea curva, pero no es una de diversión.

Es posesión.

—Ninguno de los dos estamos en una cita. —Se acerca, más hasta que apenas queda espacio libre entre nosotros—. Y esto no se ha acabado, nena.

Mi cuerpo se queda inmóvil mientras el aire se carga, denso con el peso de las verdades que apenas soy capaz de admitir.

Ni frente a él... Ni frente a mí misma.

Él inclina la cabeza y su boca flota por encima de la mía.

—En lo que a mí respecta, apenas hemos arañado la superficie.

Sus dedos dibujan la línea de mi barbilla. Aunque la caricia sea tan suave como un susurro, se mueve como un disparo por mi cuerpo, causando chispas en cada uno de mis agotados nervios. Me recorre el borde del labio con el pulgar, obligándome a abrir la boca, hasta que yo suspiro sin pretenderlo.

Por mucho que sepa que debería detenerle o, como mínimo, apartarlo de mí, no lo hago.

Porque cada centímetro de mi cuerpo está cansado de fingir que no deseo esto.

Que no le deseo a él.

Cuando su boca colisiona con la mía, el impacto destroza lo que quedaba de mi determinación.

El calor, el hambre y los años de negación detonan en un único beso.

Su mano se desliza en mi pelo, atrayéndome más cerca, mientras que la mía se agarra de su camisa con fuerza, acercándomelo hasta que no queda hueco entre nosotros.

Es algo insensato.

Peligroso.

Todo lo que me había prometido a mí misma que no volvería a desear.

Ser consciente de eso solo me hace besarle con una desesperación que no soy capaz de ocultar.

Cuando por fin nos separamos, el pecho me sube y baja rápidamente. Él apoya la frente contra la mía. Los dos parecemos tambalearnos.

Entonces es cuando entiendo que tiene razón.

Esto no ha terminado.

Es solo el principio.