Capítulo dieciocho
OLIVER
Gabby no ha parado de hablar desde que la he recogido, hace exactamente tres horas y veintinueve minutos.
No sé qué dice sobre un nuevo entrenador, un cachorro de corgi, y un resort que ha doblado sus me gusta en Instagram de la noche a la mañana.
Un monólogo interior que se derrama de sus labios pintados de rosa y se desdibuja agregándose al ruido de fondo antes de que yo pueda procesarlo.
Mis ojos se desvían continuamente hacia mi reloj de pulsera. Cada minuto pasa lentamente. Cada conversación con ella me parece vacía. Cuento los segundos que faltan para poder dejarla en su casa y me pongo a pensar en lo que voy a hacer acerca de Rina.
La iluminación tenue difumina cada superficie, y el sonido apagado de las voces de toda esta gente adinerada se asienta en la sala.
Madera oscura, manteles almidonados y un débil aroma a whisky en el aire.
Se escucha música de jazz que se desenmaraña suavemente desde un rincón, suave y bien ensayada.
Los camareros y camareras se deslizan entre las mesas, haciendo lo que pueden por ser eficientes e invisibles.
Todo en este lugar expresa a gritos la calma, el control, la compostura.
Tres cosas de las que yo carezco.
La risa de Gabby burbujea por encima de su copa de Martini casi vacía.
Asiento distraído mientras mi atención se despista.
El camarero de nuestra mesa comprueba en silencio si tenemos agua antes de alejarse.
Es entonces cuando un movimiento al otro extremo de la sala capta mi atención y mi cabeza se gira rápidamente hacia allí.
Durante un instante, me pregunto si no la habré conjurado yo. Maldita sea, he estado tan hambriento de verla que mi mente ha generado una ilusión. Pero entonces ella se aleja más hacia el interior de la sala, con Evelyn a su lado.
La luz de la lámpara de araña se desliza sobre el pelo de Rina, dándole un profundo brillo negroazulado que hace que todo se tense en mi interior.
La tela de color caldera de su vestido se pega a ella en formas que deberían ser ilegales, con ese cálido color otoñal contra la suave piel.
Se me para brevemente el pulso y flexiono la mano contra el blanco mantel almidonado.
Todo lo que me rodea, Gabby, el tintineo de los cubiertos, el murmullo de la música, se desvanece hasta que solo existe Rina.
Sin pensar, me levanto de la silla.
—¿Oliver? —Gabby pestañea, y la confusión nubla sus ojos—. ¿Adónde vas? ¿Debería...?
—No. —Me obligo a mostrarle una sonrisa que parece ajena a mi cara—. Pide otro Martini. Enseguida vuelvo.
Sin esperar a su respuesta, cruzo el río de comensales, moviéndome por entre las sillas y los camareros, mientras el espacio entre Rina y yo se reduce con cada zancada.
Capto una pizca de su sensual aroma unos segundos antes de alcanzar la mesa, y el deseo me inunda las venas. Solo puedo pensar en tocarla. Ella se gira, como si hubiese notado mi presencia. Su voz se apaga en mitad de una frase, y sus labios se abren una minúscula fracción.
Evelyn sonríe y me saluda con calidez.
—Oliver. Qué sorpresa.
Arqueo una ceja.
—¿En serio? Estoy bastante convencido de que he mencionado dónde había hecho la reserva.
—¿Ah, sí? —Ella se encoge de hombros, serena—. Debe de habérseme olvidado.
Rina se remueve en su asiento y sus dedos retuercen el borde de su servilleta. Ni siquiera piensa mirarme a los ojos. Su mirada se desliza hacia el mantel, la copa de vino... A cualquier parte menos a mi cara.
Su forma de evitarme me hiere.
¿De verdad que hemos llegado a este punto?
¿Ahora fingimos que apenas nos conocemos?
¿Y que yo jamás se la he metido hasta lo más hondo mientras ella gemía mi nombre?
Maldita sea, es tan tentador arrancarle ese autocontrol suyo aquí y ahora.
—Tenemos que hablar —le digo, con tono cortante—. Sobre un asunto de relaciones públicas que acaba de surgir.
Ella levanta la barbilla y su compostura se coloca de nuevo en su sitio.
—Por supuesto. Para eso estamos.
—¿Te vendría bien mañana?
—Por desgracia, tengo la agenda llena.
Doy un paso adelante, cerniéndome sobre su silla.
—¿Entonces cuándo?
Su silencio me da un zarpazo lento por dentro.
Evelyn observa nuestra charla con un interés ligeramente disimulado cuando un hombre alto y elegante se aproxima a la mesa.
¿Quién demonios es este?
—Rina —dice Evelyn, alegre—, ¿recuerdas a mi sobrino, Lucas? He pensado que esta noche podría unirse a nosotras para que vosotros dos pudierais conoceros un poquito mejor. Me pareció que os caísteis bien en la gala benéfica de la semana pasada.
Lucas se inclina y besa a su tía en la mejilla. Luego saluda a Rina de idéntica manera antes de sentarse en la silla vacía entre ambas.
Algo frío se desliza dentro de mí.
—¿Perdona?
La sonrisa de Evelyn no vacila ni un instante.
—Lucas acaba de mudarse a Chicago y le vendría bien algo de ayuda para adaptarse. —Su tono es despreocupado y sus ojos chispean de inocencia. Tengo la sensación de que la dueña del equipo sabe exactamente a qué está jugando.
Mis ojos se estrechan mirando a Rina, mientras ella se remueve bajo el enorme peso de mi mirada.
¿Era consciente de que esto era una encerrona?
Lo peor es que ella no niega las maquinaciones de Evelyn, y está clarísimo de la hostia que tampoco intenta refutarlas.
Su silencio se me clava en lo más hondo.
Abro la boca, dispuesto a poner punto y final a esta farsa, cuando Rina se me adelanta.
—Oliver, tu cita parece sentirse sola. —Señala con la barbilla hacia Gabby, que está saludando con la mano desde el otro lado de la sala.
—No es mi cita —farfullo entre dientes. Pero la excusa me parece mala hasta para mí.
La boca de Rina se curva ligeramente y sus emociones pasan fugaces por su rostro.
¿Tristeza?
¿Arrepentimiento?
¿Resignación?
Sea lo que sea, no me gusta.
Ni una maldita pizca.
El instante se alarga hasta que se vuelve incómodo.
A menos que tenga intención de provocar una escena, no hay mucho más que pueda hacer. Y por tentadora que sea la idea, solo empujará a Rina a alejarse más, cuando yo solo quiero acercármela.
Joder.
Hago lo más difícil que he hecho en la vida y me alejo. Cada paso de vuelta a mi mesa hace que se me tensen más los músculos.
La voz de Gabby me recibe antes de dejarme caer en mi silla.
—¿Quiénes eran esas?
—La dueña del equipo y nuestra responsable de relaciones públicas —murmuro. Aunque Rina sea muchísimo más que eso, y los dos lo sepamos.
Una mujer obstinada e irritante.
Gabby sigue parloteando. Es un tono monótono, constante e inútil en el que no puedo concentrarme.
Lo único que oigo en su lugar es a Rina. Su gracia y su humor, y el sonido de su risa.
Es imposible ignorarlos.
Ella es imposible de ignorar.
No puedo quitarle la vista de encima.
Sobre todo cuando sonríe por algo que ha dicho Lucas.
O se recoloca un diminuto mechón de pelo por detrás de la oreja.
Y seguro que, joder, no me pierdo las rápidas miradas que echa por el restaurante, que nunca parecen acabar posándose en mí.
Cada una de ellas me arranca otra capa más de compostura hasta que no me queda nada.
El calor aumenta dentro de mí hasta que bloquea todo lo demás a mi alrededor. Me paso una mano por el pelo, luchando contra el impulso de levantarme, cruzar la sala y obligarla a escucharme.
Pero la cosa es esta: si cruzo el restaurante como un vendaval, ella se cerrará por completo, y yo perderé cualquier oportunidad de hacerla abrirse que todavía pueda tener.
Así que me quedo sentado.
Y sufro en silencio, esperando a que se presente la oportunidad perfecta.