Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

RINA

Estoy al fondo de la sala, de pie al lado de Evelyn y Hugh, apretando la tablet entre los dedos.

Llevo días evitando a Oliver, esquivando sus llamadas, dejando sus mensajes sin leer, convenciéndome a mí misma de que la distancia era un asunto de supervivencia. Más segura que la verdad que me niego a nombrar.

Esa mentira ha funcionado bien hasta hoy.

Hasta que le tengo delante.

Se sienta a la mesa con sus compañeros de equipo.

Sus anchos hombros llenan el traje, y la sensación de asumir el mando irradia de él en densas oleadas.

El murmullo de los reporteros se vuelve borroso a mi alrededor.

Cada centímetro de él es exuberante y odio que mi pecho todavía reaccione como si fuese el único de la sala.

Miro hacia todas partes menos hacia él... A los cables enredados por debajo de la mesa, a las baldosas rayadas, a las luces rojas parpadeantes de las cámaras. Da igual a dónde apunten mis ojos, al final vuelven a dirigirse a él. Cada vez que levanto la vista, me lo encuentro mirándome.

Sin inmutarse y sin rubor.

La conferencia de prensa prosigue con el murmullo de las preguntas de rutina sobre el alcance del equipo, su visión de la temporada y la química en el vestuario. Los jugadores dan sus respuestas bien practicadas y pulidas. Es un patrón que me conozco de memoria.

Entonces llega el turno de Oliver.

Se inclina hacia el micro, con los antebrazos flexionándose contra la tela gris antracita de su traje. La sala parece inclinarse hacia adelante con él, y ese hilo invisible entre nosotros se hace más tirante.

—Oliver —le pregunta un reportero—. ¿Te gustaría comentar algo sobre tu vida privada? Últimamente has mantenido un perfil bajo.

La pregunta me cae como una tonelada de ladrillos.

Él siempre ha sido impredecible. Insensato al verse acorralado, brutalmente sincero cuando el silencio sería la vía más segura a seguir. Mi mano se aprieta sosteniendo la tablet mientras me preparo para su respuesta.

Sus ojos se encuentran con los míos.

—En realidad —admite—, hay alguien.

Se me hace un nudo en el estómago.

—Ella no está preparada aún para hacerlo público —prosigue, acercándose todavía más al micro—. Aunque yo estoy implicado por completo y llevo estándolo desde hace bastante en lo que a esta mujer respecta.

La sala estalla.

Las bombillas de los flashes se encienden y unas luces blancas lanzan destellos en los límites de mi visión. Los reporteros se lanzan hacia adelante, y sus voces se superponen unas a otras en una marea de sonido.

*—¿Forma ella parte de la organización?

—¿Se trata de Gabby Wellington?

—¿Oliver, nos estás confirmando una relación con Gabby?*

—¿Se trata de otra persona?

El ruido se devora a sí mismo hasta que es imposible distinguir una pregunta de la otra.

El calor me inunda la cara mientras mis dedos se clavan más fuerte en la tablet.

Evelyn se gira hacia mí, con las cejas levantadas.

—¿Tú sabías algo de esto? —susurra—. ¿De quién crees que está hablando?

Aunque abra la boca, no sale ni un sonido de ella. Siento la garganta irritada y seca. La verdad flota como una confesión que me presiona contra los dientes. Si alguien me mira con demasiada atención, la verán escrita en mi cara.

Me obligo a soltar una risa breve que suena tensa hasta para mis propios oídos.

—Sé lo mismo que tú.

Evelyn me examina un instante más antes de volver a girarse hacia el frenesí que está ahora teniendo lugar en la parte delantera de la sala. La mano de Hugh se apoya suavemente en su codo.

Al otro lado de la mesa, Zane se acerca a su micro con una sonrisa despreocupada que no se refleja en sus ojos.

—Solo por si alguien se había olvidado—farfulla—, me he prometido. Y mi nuevo programa televisivo...

Unos cuantos reporteros ríen educados, pero la mayoría le ignoran, centrados en la bomba que acaba de lanzar Oliver. Los focos que solían alimentar a Zane ahora le atraviesan y pasan de largo. Él sube el volumen con la voz cargada de desesperación.

Evelyn murmura:

—Zane Holloway se va a ganar un traspaso si sigue así. —Se alisa la chaqueta con la mano—. Que esto quede entre tú y yo por el momento.

Asiento, pero el movimiento me parece mecánico mientras mi atención sigue clavada en Oliver.

No se está regodeando, no hay ni un atisbo de petulancia en su expresión.

Lo que queda ahí es algo más duro.

Más decidido y obstinado.

Parece un hombre que acaba de hacerle una reivindicación al mundo y está retando a cualquiera a que se la discuta.

Retándome a mí a que se la discuta.

Y que Dios me asista, una parte de mí quiere aceptar ese reto. Aunque el resto desee desaparecer por completo.

La conferencia de prensa se desintegra en un frenesí de sillas arañando contra el suelo, flashes de cámaras disparando y un clamor de voces en busca de un titular y una cita. Durante todo ese tiempo, su mirada se queda clavada en mí.

El aire de la sala se hace menos denso.

No puedo respirar aquí.

—Tengo que volver a mi despacho para hacer una llamada —le digo a Evelyn, dirigiéndome ya hacia la puerta. Ella apenas me oye por encima del estrépito.

Me pongo la tablet debajo del brazo y avanzo empujando entre la jauría de reporteros, antes de que el muro humano pueda cerrarse a mi alrededor. Aun sin mirar atrás, siento la intensidad de sus ojos. La inevitabilidad del momento que empuja entre mis omóplatos como una presencia física.

El pasillo es más oscuro, más fresco, pero el sonido todavía se escucha. Es un suave rugido que me sigue de cerca. Me tiembla la mano buscando la pared más cercana para estabilizarme.

Entonces es cuando me doy cuenta de que solo es cuestión de tiempo que él venga a por mí.

Y cuando lo haga, no habrá sitio alguno en el que pueda esconderme.