Capítulo dieciséis
OLIVER
Los flashes de las cámaras se iluminan cuando nos sentamos detrás de la larga mesa de la sala de prensa.
Steele, River, Laiken, Knox, Jax, Zane, y yo somos los jugadores elegidos para representar al equipo.
Todos llevamos puesto un traje. Laiken tira del cuello de su camisa antes de inclinarse hacia el micrófono que tiene delante.
Las botellas de agua destellan bajo las luces, expuestas como si fuesen las pruebas de algún delito.
Zane se reclina en su asiento, luciendo una gran sonrisa dirigida a la multitud.
—Probablemente tendré que lidiar yo con todas las preguntas. Ya sabéis, siendo la cara de la franquicia y todo eso.
Steele no pierde comba.
—Sí que eres la cara de algo, eso es verdad. Pero no la de la franquicia.
La risa recorre la fila.
Hasta la boca de Laiken tiembla un poco.
Jax le da un codazo a River.
—¿Cuánto quieres apostarte a que practica esa sonrisa delante del espejo?
—Por supuesto que lo hago, maldita sea —replica rápidamente Zane, demasiado centrado en sí mismo como para enterarse de que eso era una puya.
Le doy un sorbo al agua para disimular una sonrisa. Seguirán necesitándolo porque se lo pone a huevo.
Existe una rutina en esta clase de eventos. Algo de charla intrascendente y encanto enlatado mientras la prensa espera a lanzarse sobre cualquier cosa digna de ser publicada.
El moderador se aclara la garganta.
—Empezaremos con unas cuantas preguntas.
Las primeras están chupadas.
—¿Qué tal está progresando el equipo esta temporada?
Steele se pone en modo capitán y su respuesta es tranquila y comedida.
—Tenemos profundidad, velocidad y unos tíos que saben cómo jugar duro y con persistencia. Nos gusta el punto en el que estamos.
Otro le sigue.
—Jax, tú eres nuevo en Chicago. ¿Cómo ha sido el proceso de transición?
Jax se inclina hacia adelante con una arrogancia natural.
—En realidad, me encanta. Los chicos se han portado genial, y los fans son como de otra dimensión. No puedo esperar a ver lo que haremos este año.
El tempo fácil prosigue engarzado de bromas, risas y flashes, hasta que el moderador mira a River. El ambiente cambia de golpe mientras las cámaras se echan hacia adelante.
—River, ¿tu compromiso ha causado alguna tensión en el vestuario, teniendo en cuenta que tu prometida estuvo antes con tu compañero de equipo?
Todas las cabezas se giran hacia él.
La mandíbula de River se flexiona una vez antes de que responda:
—Ninguna en absoluto. Zane y yo somos profesionales. Lo que sea que hubiese en el pasado, se quedará ahí. Solo estamos centrados en ganar.
Zane levanta las dos manos al aire.
—¿Lo veis? ¡Sin rencores! Soy el más maduro en esta situación.
Les guiña un ojo a las cámaras y la risa se extiende por el grupo, aunque esta vez suena poco convincente.
Entonces la mirada del moderador aterriza sobre mí.
—Oliver, ¿te gustaría comentar algo sobre tu vida privada? Últimamente has mantenido un perfil bajo.
El silencio se reduce hasta solo parecer electricidad estática, y las lentes de todas las cámaras se clavan en mí, esperando una respuesta. Quieren unas palabras que citar. Algo a lo que puedan sacarle jugo.
Tengo las frases habituales en la punta de la lengua.
Estoy centrado en el hockey o estoy intentando ser el mejor compañero posible para el resto del equipo.
Es tentador soltar una de esas y dejar las cosas saneadas.
Seguro.
Fácil de olvidar.
Pero maldita sea, estoy tan cansado de esconderme detrás del guión...
La verdad es que ahora mismo no estoy pensando en el hockey. Estoy pensando en Rina y en cómo lleva días evitándome. En cómo la he dejado alejarse todas las veces en lugar de pararla. Me he pasado media vida manteniendo las cosas a nivel despreocupado y superficial, centrado en el hockey.
¿Y a dónde me ha llevado eso?
A un ático solitario y a una mujer que cree que no tengo ni idea de cómo ser serio, leal y fiable.
Tal vez sea hora de cambiar esa percepción.
Me inclino hacia el micro y mis dedos aprietan la botella de plástico con fuerza, hasta que cruje.
—En realidad, sí que hay alguien.
La sala se queda congelada con esa respuesta que no esperaban.
Desde detrás de las hileras de periodistas, la cabeza de Rina se levanta de golpe. Está medio escondida cerca del fondo, con la tablet abrazada contra su cuerpo como si fuese un escudo. Su cabello oscuro se ha deslizado hacia adelante, pero son sus ojos los que captan mi atención.
Los tiene muy abiertos y sorprendidos.
—Ella no está preparada aún para hacerlo público —prosigo—. Aunque yo estoy implicado por completo y llevo estándolo desde hace bastante tiempo en lo que a esta mujer respecta.
El silencio dura exactamente un segundo antes de que todo estalle. Estalla una tempestad de voces volando en todas direcciones y los obturadores de las cámaras se disparan en rápida sucesión.
*—¿Forma ella parte de la organización?
—¿Se trata de Gabby Wellington?
—¿Oliver, nos estás confirmando una relación con Gabby?*
—¿Se trata de otra persona?
Ahora todos están gritando los unos por encima de los otros. Es una pared de sonido que se cierne sobre mí.
Zane se aclara la garganta y se inclina hacia el micrófono, intentando recapturar la atención.
—Solo por si alguien se había olvidado, me he prometido. Y mi nuevo programa televisivo...
Pero nadie le está escuchando, y todos los objetivos y flashes de las cámaras me siguen apuntando a mí.
El color desaparece de las mejillas de Rina antes de volver a inundarlas de golpe.
Incluso desde aquí, el temblor de su mano donde está sosteniendo la tablet es inconfundible.
Su mirada sale disparada hacia la puerta como si estuviese buscando una ruta de escape.
Aprieta la espalda contra la pared mientras sus ojos permanecen clavados en los míos.
Hay pánico, incredulidad... Y por debajo de todo eso, algo distinto, franco y en bruto.
Yo no me muevo.
En lugar de eso, dejo que la tormenta arrecie y me lleve con ella.
Esta vez, nada de esconderme.
Capto unos movimientos borrosos cuando ella se da la vuelta con la espalda erguida y la barbilla en alto. La única señal de que está agitada es la tensión de su mandíbula. Un flash salta y la coge de perfil justo antes de que desaparezca por detrás de la cortina.
Esa imagen se me graba a fuego en la mente mientras el moderador intenta restaurar el orden, en vano.
Me reclino hacia atrás en mi asiento y una lenta sonrisa juguetea con las comisuras de mis labios.
En lo que a mí respecta, acabo de avisar a esa mujer.
Rina Reynolds puede correr todo lo que quiera, pero yo ya he acabado con lo de fingir o los jueguecitos. Ella sabe exactamente cómo me siento. El siguiente movimiento está en sus manos.