Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo quince
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Capítulo quince

RINA

Voy ya por la mitad del pasillo, repasando mentalmente la docena de tareas pendientes que tengo sobre la mesa, cuando la voz de Evelyn atraviesa el silencio.

—¿Rina? ¿Podemos hablar un segundo?

Yo me paro en seco y retrocedo antes de asomar la cabeza en su oficina.

Mi jefa está sentada tras su escritorio, con unos papeles extendidos y organizados en pilas ordenadas e intencionadas.

Sus pendientes de diamantes reflejan la luz del techo, concentrando el único brillo que hay en un espacio generalmente sobrio.

Aunque lleve años trabajando para ella, todavía es capaz de hacer que yo enderece la espalda y me ponga firme sin pensarlo.

La autoridad la envuelve igual que un perfume.

Es sutil, omnipresente e imposible de ignorar.

—Por supuesto —digo al entrar.

Me señala la silla frente a su mesa con una elegante inclinación de cabeza.

—Siéntate.

La orden aterriza suavemente, aunque tenga su peso.

Su intención.

Yo me dejo caer en la silla y me aliso la falda con un movimiento que tiene más que ver con mi necesidad de serenarme que con la apariencia física.

La mirada fría y calculadora de Evelyn se aparta del documento que tiene delante y vuelve a clavarse en mí.

—Me preguntaba si te gustaría ir a cenar conmigo mañana por la noche.

Mis cejas se elevan antes de que pueda detenerlas.

—¿A cenar?

—Sí —asiente ella, doblando las manos sobre el escritorio mientras su expresión se hace más cálida—. Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que nos pusimos al día fuera del trabajo.

Su tono es tranquilo y agradable. Ni una sola vez se me ocurre cuestionármelo. Esta es Evelyn Kingston, después de todo. No hace nunca nada a medias, y todavía menos cuando propone una conversación casual.

—Me encantaría.

Una sonrisita de satisfacción se dibuja en sus labios.

—Estupendo. Yo me encargo de organizarlo todo.

Durante un instante, me pregunto si se estará refiriendo a un restaurante o a su comedor privado en lo alto del edificio de los Railers.

Con Evelyn, ambas cosas son posibles. El aire en su despacho vibra imbuido de un tranquilo control, como si el mundo que hubiese ahí fuera se inclinase levemente a adaptarse a su voluntad.

La vibración de mi móvil rompe la quietud.

Una vez.

Dos veces.

No tengo que mirar la pantalla para saber de quién se trata. Aunque eso no evita que le eche un vistazo solo para confirmar mis sospechas.

Gran D: No vas a librarte de mí tan fácilmente, nena.

Gran D: No me importa cuánto intentes alejarme, yo pienso seguir aquí.

Se me encoge el estómago. Las palabras se deslizan por debajo de mi piel como un susurro que he estado intentando no escuchar. Sus palabras conllevan tanta seguridad en sí mismo, maldita sea. Como si nada pudiese hacer que su confianza flaquee.

Otro zumbido.

Gran D: Eres mía, Rina. Y yo soy tuyo. Lo único que has de hacer es confiar en mí.

¿Tiene alguna idea de lo que me está pidiendo?

Mi pulgar flota sobre la opción de bloquearlo.

Si fuese más fuerte, lo haría, y esta situación se acabaría para mí.

Y para él.

Pero hay algo que me lo impide. En vez de hacerlo, apago la pantalla y rodeo el móvil con los dedos, obligando a mi mano a mantenerse firme.

Evelyn levanta la vista de sus papeles, y creo que capta más de lo que yo querría que viera.

—Mmm. Eso suena como si alguien estuviese empeñado en captar tu atención.

Me obligo a sonreír con educación.

—Es solo alguien que no sabe cómo captar una indirecta.

Su gesto se suaviza. En vez de cotillear, alisa la esquina de un papel con la misma determinada precisión con que conduce el resto de su vida. El silencio se extiende lo suficiente para que la tensión de mi interior se relaje.

—¿Puedo preguntarte algo personal? —le digo antes de poder pararme a pensarlo mejor.

Evelyn levanta la vista, llena de curiosidad.

—Por supuesto. Puedes preguntarme lo que sea.

La pregunta me parece estar torpemente alojada en mi lengua.

—¿Por qué no volviste a casarte nunca después de fallecer tu marido?

Durante un momento, no dice nada. El silencio de su oficina, solamente roto por el débil tic tac de un lejano reloj, se me hace sofocante. Cuando por fin vuelve a hablar, lo hace con una voz controlada. Es la clase de tono que la gente emplea cuando está manejando algo frágil.

—Un matrimonio fue suficiente. —Sus ojos se pierden en la distancia, como clavados en algo más allá de la pared de cristal, algo que solo ella es capaz de ver—. El amor rara vez funciona tal como espera la gente. A veces solo aparece una vez. E incluso entonces, puede resultar complicado.

Su honestidad me pilla desprevenida. No expresa ningún arrepentimiento, solo su experiencia. Un dolor sordo con el que ha aprendido a vivir.

Permanezco inmóvil en mi asiento, temiendo que cualquier movimiento pueda romper el hechizo.

Exhala y coge otro documento, mientras la compostura vuelve a deslizarse limpiamente en su sitio.

—Ahora, hablando de la conferencia de prensa de mañana. ¿Estarás allí?

—Lo estaba planeando ya —digo rápidamente, agradecida por su franqueza—. Me aseguraré de que todo esté preparado y transcurra sin contratiempos.

—Bien. —Su atención regresa a sus notas y el tema se da por zanjado tan fácilmente como se inició.

Miro mi teléfono allí donde está, bocabajo en mi rodilla, sabiendo muy bien que esos mensajes seguirán allí esperándome.

En el fondo, sé exactamente lo que tiene que ocurrir en lo referente a Oliver.

Entonces, ¿por qué la idea de acabar con ello me desgarra por dentro en formas que no soy capaz de explicar?