Capítulo catorce
OLIVER
Ya han pasado tres malditos días desde la subasta, y por parte de Rina no ha habido más que silencio.
Ni un mensaje ni una llamada.
Levanto la barra de las pesas, mientras me arden los músculos. Pero las punzadas de mis hombros ni siquiera se acercan a alcanzar el nivel de la frustración que sigue royéndome por dentro.
No hay nada que me sirva.
Ni los entrenamientos.
Ni las pesas.
Ni la música a un volumen tan alto que reverbera en mi cráneo.
—Tío, te vas a cargar uno de los manguitos rotadores si sigues abusando así del equipo —murmura Steele desde el banco contiguo. Se seca la cara con una toalla mientras me observa—. Llevas días de un humor de mierda. ¿Qué pasa?
—Nada. —La mentira suena a falso. Aunque quisiera compartir lo que está pasando, de ninguna maldita manera podría contarles la verdad. Rina me despellejaría vivo si sacase nuestro asunto a la luz.
Jax sonríe mientras ataca sus pesas.
—¿Quieres saber lo que pienso?
—En realidad, no —digo, gruñendo.
Él prosigue igualmente.
—Que estás de morros porque Rina no fue la que hizo la puja ganadora, y ahora no te queda otra que pasar tiempo con la rubia sexi.
Aprieto la mandíbula hasta que me rechinan los dientes.
—Te crees la hostia de listo, ¿eh?
Él arquea una ceja velozmente.
—Dime que me equivoco.
River echa una rápida mirada desde su sitio.
—¿Tiene algo de malo la rubia?
—Es un pelín acosadora. —Cojo mi botella de agua y el plástico se dobla por debajo de mi mano—. Salir con ella solo hará que la cosa empeore.
Knox sonríe con ironía.
—Tiene que ser difícil ser el Gran O.
Desde el aparato de sentadillas, Jax pregunta:
—¿Estás seguro de que no es por Rina? La miras como si fuese una jugosa hamburguesa y llevases meses sin catar la carne roja.
Para un tío al que le gusta hacerse el tonto, es peligrosamente observador.
Steele hace un gesto de exasperación con los ojos.
—Estás mal de la cabeza. Esos dos no pueden soportarse mutuamente.
—Por supuesto que pueden —canturrea Jax, burlón, lanzándome una mirada como si supiera algo.
Aprieto los dedos todavía más fuerte alrededor de la botella.
Si el tío suelta una palabra más, voy a ponerle esa sonrisita ufana mirando para otro lado.
Por tentador que me parezca pagarlo con él, me trago el impulso y miro el móvil cuando me vibra en el bolsillo.
Durante una fracción de segundo, la esperanza de que sea Rina se enciende como un relámpago.
Pero en vez de eso, tengo tres mensajes nuevos de Gabby.
Que se añaden a la avalancha de los anteriores.
Sin responder, vuelvo a meterme el móvil en el bolsillo.
Laiken, silencioso hasta ahora, me mira.
—Llamadme loco pero creo que Jax puede tener algo de razón.
—Vale —replico, huraño—. Estás loco.
Antes de que pueda responderme, el entrenador mete la cabeza por la puerta.
—Van Doren. La Sra. K te quiere en su despacho. —Cuando no me muevo, añade —: Ahora mismo.
Perfecto. Eso era exactamente lo que me faltaba hoy.
Que me dieran por el culo.
Me seco con la toalla y me dirijo arriba. Cada paso me atenaza más el nudo que tengo en el estómago. Para cuando llego a la oficina de Evelyn Kinston, soy un fusible a punto de saltar.
La luz se derrama a través de la puerta ligeramente entornada, y llamo con los nudillos por cumplir antes de empujarla para abrirla del todo.
Me encuentro con Hugh Landry apoyado sobre el escritorio de ella, con todo el cuerpo en tensión.
Aunque la postura de Evelyn dice a gritos que no ha perdido la compostura, el boli que estruja en su mano cuenta otra historia.
En cuanto me ve, suaviza su expresión y se endereza.
—Oliver —me saluda con voz neutra—. Pasa. Hugh estaba a punto de marcharse.
El otro propietario del equipo arquea una ceja.
—¿Ah, sí?
—Sí, así es —replica ella con voz melosa—. Has dicho no sé qué de una reunión.
Él la deja clavada en el sitio con la mirada durante varios segundos antes de girarse sobre sus talones y salir del despacho. La puerta se cierra a sus espaldas, y la tensión que inundaba la estancia se disipa.
Yo me dejo caer en la silla frente a su escritorio.
—¿Querías verme?
—Sí. Estoy haciendo un seguimiento de todos los jugadores con respecto a sus citas de la subasta. —Dobla las manos con elegancia sobre una pila de papeles—. Y tengo entendido que la tuya es mañana.
Ese recordatorio me golpea como un puñetazo en las costillas.
—Lo tengo todo organizado. Empezaremos en el muelle de Navy Pier y luego iremos al Instituto de Arte para una visita privada antes de acabar en Gold Coast Table para cenar. El champán ya está metido en hielo.
Sus cejas se levantan y sus ojos verdes chispean con aprobación.
—Muy impresionante.
—Gracias. —Antes de poder contenerme, le suelto—: En realidad lo había planeado todo con otra persona en mente.
Esa confesión reluctante consigue captar su atención y una ligera curvatura con aire de que sabe algo más se esboza en sus labios.
—Imagino que, sea quien sea esa mujer, ahora mismo debe de estar deseando haber pujado más alto.
El calor me sube por el cuello mientras me obligo a encogerme de hombros.
—Lo dudo.
Rina ha dejado perfectamente claro que no me desea.
O tal vez solo esté decidida a no hacerlo.
Sea como fuere, es la única razón de que una famosilla se haya ganado la noche que yo tanto me esforcé en crear para ella pieza a pieza.
Algo tierno atraviesa fugazmente la mirada de Evelyn mientras sus ojos surcan el espacio que nos separa.
No es exactamente pena.
Más bien comprensión.
De esa clase que surge de saber exactamente lo que cuesta desear a alguien que no puedes tener.
—Cuando aparece la mujer adecuada —murmura—, hasta el más fuerte de los hombres pierde el equilibrio.
Su tono es suave pero firme, y me alcanza como una verdad que no estoy preparado para escuchar.
En ese momento me parece tentador confesárselo todo: la visita, el cuadro que quería enseñarle a Rina, cómo había planeado decirle que mis sentimientos eran de todo menos casuales...
Pero en vez de eso entierro el impulso en lo más profundo, donde no podrá ver la luz del día.
Evelyn se aclara la garganta antes de deslizarme un formulario.
—Hay una conferencia de prensa mañana. Asegúrate de estar preparado. No podemos permitirnos más titulares.
Asiento y me levanto. Aunque ella haya vuelto a centrar su atención en sus documentos, siento como si me observase mientras salgo.
Una vez en el pasillo, el silencio lo invade todo, largo y pesado.
Es entonces cuando me doy cuenta de que estoy en una encrucijada, y una idea coge forma. Si Rina no piensa cogerme el teléfono, encontraré otra manera de hacer que me escuche.
Una que ella no pueda ignorar.