Capítulo trece
RINA
Ni siquiera freno un poco cuando Oliver me llama.
Mis tacones golpean contra el suelo de la pista de baile.
Cada paso es un tajo intencionado que espera cortar el hilo invisible que no deja de tirar de mí de vuelta hacia él.
Me muevo más deprisa, como si la velocidad me permitiese escapar de las emociones que me están clavando sus garras por dentro.
El salón consigue por sí solo causarme una sobrecarga sensorial.
Hay lentejuelas, risas y el sonido metálico de los disparadores de las cámaras.
Unas arañas de cristal esparcen su luz por el brillante mármol, pero todos esos brillos me parecen más como unos focos de los que estoy intentando escapar.
El aroma a champán y a perfume planea en el aire, pesado, y lo bastante dulzón para hacerse empalagoso.
Lo que debería estar haciendo ahora mismo es mejorar la red de contactos y echarles un ojo a los patrocinadores. En otras palabras: mi trabajo. En vez de eso, estoy esquivando preguntas e intentando no venirme abajo en medio de una multitud que se alimenta del espectáculo y el cotilleo.
Paso rodeando las mesas. La tela de mi vestido susurra al rozar los manteles, y yo me deslizo entre los grupitos de conversación.
El alivio hace que la tensión que llevo dentro se suavice cuando veo a Lilah, Callie y Sloane juntas cerca de la mesa de postres.
Si alguien es capaz de ayudarme a mantener la compostura y a sobrevivir al resto de la velada, son ellas.
Me obligo a esbozar una sonrisa que más me parece una armadura.
Sloane es la primera en verme.
—¿Quién es esa rubia que acaba de soltar una pequeña fortuna por Oliver?
La pregunta es como una bofetada y me fuerzo a encogerme de hombros.
—Solo una famosilla ricachona que tiene debilidad por el Gran O. —El apodo me sabe amargo en la boca. Odio que dos meras sílabas puedan afectarme tanto por dentro.
Lilah estira el brazo y roza el mío con las puntas de los dedos. Apenas me toca, pero de algún modo, eso consigue lo imposible y me serena.
—El Gran O —repite Sloane, frunciendo el rostro como si estuviese juntando piezas de puzle en su cabeza—. Aja, eso es interesante.
Yo pestañeo.
—¿Qué quieres decir?
Su boca dibuja una sonrisa.
—Nada. Estaba hablando sola.
Antes de que pueda insistir, Evelyn se aproxima, radiante con su traje de seda negroazulada, y seguida por un hombre más joven. Él exhibe una sonrisa contagiosa y una postura relajada, como si estuviese perfectamente cómodo al lado de la mujer mayor.
—Oh, bien, estáis todas aquí —dice Evelyn con voz cálida—. Me gustaría que conocierais a mi sobrino, Lucas.
La expresión de Lilah se ilumina.
—¡Es estupendo volver a verte! Han pasado años.
—Eso es porque me he pegado los últimos cinco enterrado bajo una montaña de Excels —dice él, riendo—. Aunque gracias a una oportuna vacante laboral, acabo de unirme al Departamento de Contabilidad de los Railers.
Unos minutos más tarde, Lilah se excusa para usar el baño.
No tardo mucho en notar que mi atención está puesta en otra cosa, y agarro una copa larga de champán de una bandeja que pasa por allí, por costumbre, esperando que las burbujas puedan estabilizar la inquietud que sigue agazapada en mis tripas.
En cuanto el primer sorbo me roza la lengua, se me revuelve el estómago.
Dejo la copa antes de que pueda caérseme de los dedos.
Oh Dios. ¿Es que al champán le pasa algo malo?
Evelyn está bebiendo un sorbo del suyo sin inmutarse, y entonces me doy cuenta de que no se trata de la bebida en absoluto.
Soy yo.
No, no yo.
Es él .
Oliver Van Doren se me ha metido tan hondo por debajo de la piel que hasta me ha amargado el sabor del champán. Esta situación es mucho peor de lo que yo sospechaba al principio.
A través de la sala, lo veo de pie, todo tenso al lado de la rubia, que está muy ocupada riendo y apretujándose contra él.
Aunque él no la toque, no tiene que hacerlo.
Ella está haciéndolo bastante por los dos.
Su mirada se queda clavada en mí. Aprieto más fuerte mi bolso y hago lo que puedo por fingir que sus ojos no me están abrasando como un hierro de marcar.
Es posesión disfrazada de paciencia.
Una advertencia envuelta en una suave y sedosa promesa.
Me obligo a prestarle atención a Lucas de nuevo. Él sigue bromeando sobre lo duros que son los inviernos de Chicago, y consigo reírme cuando toca. Pero mi mente sigue siendo un remolino de ruido blanco. Cada centímetro de mí vibra reclamando su existencia.
Veo un movimiento por el rabillo del ojo y me sobresalto. Casi agradezco la distracción.
—¿No es ese Devon?
Todas las miradas se giran hacia el bar, donde el ex de Lilah se ha parado torpemente a su lado.
La postura de ella refleja la de él. Es tanto desconfiada como distante.
Resulta una locura pensar que, hace seis meses, estaban viviendo juntos.
Y que mientras Lilah estaba ocupada planificando su futuro, él se estaba tirando a una colega a sus espaldas.
—Es tentador acercarse hasta allí para hacer que su culo acabe en el suelo por lo que le hizo —murmura Sloane.
Evelyn arquea una ceja.
—Tal vez no en un evento de gala.
—Ese hombre se lo merece —gruñe Sloane.
La mirada de Callie se clava en ellos.
—Solo espero que Steele no se dé cuenta. Se le iría la olla.
—Lo último que nos haría falta es una pelea de bar que ensombreciese los doscientos mil dólares en donaciones que acabamos de recaudar —digo.
En vez de correr al rescate de nuestra amiga, esperamos a que Lilah regrese al grupo. Incluso más que verla hablando con su ex, resulta más sorprendente que no parezca disgustada por ello en lo más mínimo.
—¿Y bien? —pregunto, con una mezcla de impaciencia y curiosidad colándose en mi tono de voz.
Lilah exhala antes de soltar una bomba que ninguna de nosotras ha visto venir.
—Marissa y él han roto. Resulta que el bebé no era suyo.
Mis ojos se agrandan.
—¡Estás de broma!
—Pues no. —Menea la cabeza con la mirada distante pero serena—. Ella se lo confesó hace unas semanas.
Sloane arquea una ceja.
—¿Soy una persona horrible si digo que eso es el karma?
—Ni siquiera un poquito —dice Callie, dándole a Lilah un suave apretón en la mano.
Evelyn deja su copa en la mesa con gracia intencionada.
—Nunca me gustó particularmente ese hombre. Pero karma o no karma, que te rompan el corazón deja su huella. Lo único que todas podemos hacer es aprender de ello, sanar, e intentar no cometer dos veces el mismo error.
Su respuesta se instala sobre nuestras cabezas como una suave pero potente verdad. Y tal vez porque puede que siga estando sensible por todo lo que ha pasado con Oliver, a mí me afecta más de lo que esperaba.
Me digo a mí misma que he aprendido esa lección, que soy demasiado lista como para dejar que un hombre se me acerque lo suficiente como para hacerme daño. Pero el nudo que se me forma por dentro dice otra cosa.
El ex de Callie pasa por nuestro lado, solo y con el ceño fruncido, murmurando algo sobre que la subasta estaba amañada.
—Pobre Zane —dice Callie, con voz seca—. Imaginaos la humillación de haber quedado cuarto.
Sloane resopla y yo casi me echo a reír, pero el sonido se me queda atascado en la garganta. Durante un breve y frágil momento todo me parece casi normal otra vez.
Hasta que levanto la vista y veo a Oliver, mirándome todavía.
Ni sonríe ni se mueve.
Solo me observa en silencio.
El gesto de su cara atraviesa el ruido y las luces para aterrizar directamente en mi pecho.
Es de los que parecen estar despojados de cualquier falsedad.
La voz de mi madre me da vueltas en la cabeza.
No dependas nunca de nadie.
No permitas que ningún hombre sea tu ruina.
Mientras su atención permanece clavada en mí desde el otro lado de la sala, me pregunto si no será demasiado tarde ya para evitar eso.