Capítulo doce
OLIVER
—¡Vendido a la dama de negro! —cacarea el subastador, golpeando fuerte con el martillo—. ¡Oliver Van Doren, acabas de ser adjudicado por treinta mil dólares!
La sala de baile estalla. Hay aplausos, risas y montones de flashes. Yo me obligo a lucir mi característica sonrisa, esa que la prensa se traga.
El Gran O.
El chico de oro.
Y todo ese rato, estoy que echo humo por dentro.
Así no es como se suponía que iba a ir la subasta.
La cita que me he pasado semanas planeando comenzaba con un paseo por el muelle Navy Pier, antes de ir a hacer una visita privada fuera de horas del Instituto de Arte, y luego encaminarnos a cenar al Gold Coast Table, donde he reservado una mesa en el rincón, con unas vistas alucinantes del lago y una botella de champán esperando en su cubo de hielo.
Quería que Rina viese la ciudad a través de mis ojos, enseñarle todos los lugares que significan algo para mí. Esto no ha sido algo que he preparado a toda prisa, sin pensar.
Lo he diseñado todo específicamente con ella en mente.
Quería demostrarle que somos algo más que unos cuantos rollos consecutivos.
¿Y ahora?
Ahora estoy atrapado con Gabby, la rubia famosilla-barra-modelo que lleva meses colándose en los mensajes privados de mi Instagram, la que consiguió engatusar al portero de mi edificio y me llama Ollie como si nos conociésemos desde hace años.
Los flashes de las cámaras prosiguen mientras hago una última reverencia y salgo molesto del escenario.
Mi sonrisa forzada desaparece en cuanto dejo de ser visible, y el calor del backstage me golpea como una pared.
Tiro de mi pajarita, intentando respirar a pesar del ruido, mientras cada sonido me rechina y me destroza los nervios.
Las risas y los aplausos, junto con mi propio nombre siendo pronunciado, siguen resonando y rebotando por la sala de baile.
Zane se pasea arriba y abajo junto al espejo, con las gafas de sol colocadas en lo alto de la cabeza, mientras murmura para sí:
—¿Cómo diablos han subastado Jax por más dinero que yo? Mira esto. —Hace un gesto hacia su reflejo—. ¿Quién no querría tener una cita conmigo? .
Laiken ni se molesta en mirarle al responder:
—Cualquiera con un par de neuronas capaz de conectarse entre sí.
Jax sonríe con suficiencia y le da una palmada en la espalda con un poco más de energía de la necesaria.
—Alégrate, Holloway. ¿Esa mujer que ha apostado por ti? Está buena. Podría ser mucho peor.
—Esa era Gigi, mi prometida —murmura Zane, mientras el rubor le trepa por el cuello.
—¡Mejor aún! —replica rápidamente Jax, volviéndose para mostrarme su sonrisa—.
¡Maldita sea, Van Doren! Lo tuyo ha sido el giro de guión de la noche.
De verdad que pensaba que Rina te tenía pillado.
—Baja un poco la voz, que se vuelve solo un poco burlona—.
Y en vez de eso, supongo, llevarás a tomar vino y a cenar a Gabby.
Estoy seguro de que te lo pasarás bomba intentando quitártela de encima.
Me paso una mano por la cara, pero eso no hace nada por reducir la intensidad de la tormenta que se está gestando en mi interior.
—Sí. Bomba.
Por desgracia, no veo ninguna salida para este lío. Gabby es la última persona con la que querría pasar mi tiempo. Y ella lo sabe.
Como si mis pensamientos la hubiesen conjurado, aparece por detrás de la cortina.
Es alta y elegante. La perfección hecha de retoques artificiales, enfundada en un traje de noche brillante que probablemente valga más que mi primer coche. Sus movimientos están cargados de un aire de relajación, de expectativa silenciosa de que las cabezas de la gente se giren en dirección a ella.
Siento unos ramalazos de irritación que me atraviesan.
Yo no me he criado en la riqueza. Durante muchos años, mi familia apenas llegaba a fin de mes.
Todo lo que tengo me lo he ganado mediante el trabajo duro y la perseverancia.
Y ahora esta mujer rica me ha comprado como si yo fuese algún artículo de lujo del que pudiese presumir delante de sus amigas.
Eso me molesta.
Su sonrisa se hace más descarada cuando viene derecha hacia mí.
—Supongo que ahora no te va a resultar posible ignorarme —ronronea, deslizando su mano de manicura perfecta por mi brazo, como si fuésemos viejos amigos. Su perfume es demasiado dulzón y se me atasca en las fosas nasales.
Mis hombros se tensan.
Cuando me aparto, intentando poner un poco más de distancia entre nosotros, ella se me acerca más.
Desde algún punto, hacia un lado, el flash de una cámara se dispara hacia nosotros, y yo me doy cuenta de que ella está girando su cuerpo hacia ahí.
Gabby sabe que está siendo observada y adora cada segundo.
Estoy seguro de que la prensa va a darse un festín con esto.
Fotos del Gran O con su explosiva rubia aparecerán como setas por toda la maldita web de cotilleos mañana por la mañana.
Tenso tan fuerte la mandíbula que me duele.
Por supuesto, la única persona a la que no quiero ver elige este preciso instante para aparecer.
Rina se queda paralizada en el umbral.
Por un instante nada más, su expresión no se esconde tras el autocontrol.
Una mezcla de dolor, incredulidad y algo más primitivo que se me clava hasta lo más hondo atraviesa su rostro antes de volver a recolocarse la máscara en su sitio.
En un abrir y cerrar de ojos, vuelve a ser la intocable y perfectamente serena responsable de relaciones públicas de los Railers.
—Felicidades —dice con frialdad, como si estuviese agradeciéndole a alguien una donación de empresa en vez de ver cómo otra mujer ha comprado al hombre con el que ella se ha estado acostando—. Tu puja ha sido muy generosa. Espero que los dos os lo paséis estupendamente en vuestra cita.
Rina se da la vuelta para irse antes de que yo pueda hacer que mi lengua articule alguna respuesta. Tiene la espalda totalmente tiesa mientras se aleja sin mirar atrás.
—¡Rina! —Su nombre se me escapa de los labios.
La mitad de la habitación se vuelve a mirarnos.
Las cámaras cambian de objetivo y las bombillas de los flashes se ponen a trabajar.
El sonido de los disparadores inunda el espacio cuando capturan la mano de Gabby sobre mi brazo.
Durante un segundo, el bullicio que me rodea se desvanece y la luz se vuelve incandescente.
Yo solo veo a la mujer a la que deseo alejándose de mí.
Se me atenaza la garganta y aprieto los puños. Quiero ir tras ella, apartar a empujones a cada persona de esta maldita estancia hasta que la alcance. Pero no lo hago.
¿Cómo podría hacerlo con la prensa por todas partes?
Un paso en falso y la historia se escribirá a sí misma.
Así que hago lo único que puedo hacer, y me quedo ahí paralizado mientras mi nombre rebota por todas partes igual que el final de algún chiste.
Un vacío doloroso se me instala más allá del esternón, seguido de algo que arde más todavía.
Ira.
Frustración.
Y tampoco tengo ninguna válvula de escape para eso.
Estoy enfadado con Gabby por actuar como si fuese mi dueña.
Con la subasta por convertir a la gente en precios.
Y con Rina por fingir que no significo nada para ella, cuando ambos sabemos que está sintiendo esto tanto como yo.