Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo once
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Capítulo once

RINA

La sala vibra con una corriente de expectación.

Las copas de champán chocan entre sí, los programas se alisan con las manos y el grave murmullo de las conversaciones aumenta de volumen mientras los invitados buscan sus mesas.

Yo estoy ahí de pie con Lilah, Steele, Callie, River y Evelyn, luchando por mantener la compostura mientras cada músculo de mi cuerpo se tensa.

Todos parecen tranquilos, sin esforzarse, mientras que yo me obligo a mostrar una expresión neutral y rezo por que aguante.

River desliza su mano alrededor de la cintura de Callie y le roza la oreja con la boca.

Ella se funde contra él, y sus mejillas se iluminan con un cálido rubor.

La mano de Steele descansa sobre la espalda de Lilah, con los dedos extendidos en gesto de tranquila posesión, como si estuviese recordándole al mundo que ella no va a irse a ninguna parte.

Observarlos a los dos me parece igual que ver una rápida escena de una película privada que se suponía que nunca debía ver.

Solía pensar que quería esa clase de certeza... La forma en que dos personas encajan juntas cuando por fin dejan de buscar una salida.

Pero la certeza siempre tiene algún precio.

Significa otorgar la confianza, y eso es algo que nunca he sido capaz de entregar libremente.

Mi carrera, mi salud mental y mi sentido del control se han construido sobre la base de no necesitar a nadie lo suficiente como para desmoronarme si se marchara.

Y así es exactamente como me gusta que sea.

Tengo a Evelyn a mi lado, una pequeña isla de resplandor contenido mientras le da un sorbito a su champán y me presenta a su amiga, Miranda.

La otra mujer es más mayor y sus blancos cabellos están recogidos en un elegante moño.

Sus pendientes de diamantes resplandecen cada vez que vuelve la cabeza.

Es fácil que tenga más de setenta, y es más lista que el hambre.

—Voy a pujar por ese joven tan guapo. Creo que se llama Oliver —dice Miranda, con una voz remilgada y de timbre perfecto, como si estuviese comentando el tiempo.

—Esa es una idea maravillosa. —Mis labios se estremecen con una sonrisa que no soy capaz de ocultar del todo—. Tiene una cita alucinante planeada para la afortunada ganadora.

No tengo absolutamente ni idea de lo que él tiene en mente, pero la idea de verlo sudando bajo los focos me proporciona una pequeña diversión culpable.

Los ojos de Evelyn brillan por encima del borde de su copa larga.

—¡Qué mala eres...! —le murmura a su amiga, medio reprochándomelo, medio encantada.

Miranda sonríe serena.

—Querida, una vez superé la puja de una senadora por una cita con el alcalde. Un poquito de sana competencia nunca le ha hecho daño a nadie.

Evelyn se echa a reír.

—Es posible que seas mi invitada favorita.

Las bromas suavizan una parte de la tensión enroscada en mi espina dorsal, pero no toda. No puedo librarme de la sensación de que la cuidadosa distancia profesional que he mantenido con Oliver está a punto de irse al garete.

Las lámparas de araña lanzan reflejos dorados sobre las mesas, que se multiplican sobre las lentejuelas y los cubiertos de plata pulidos hasta estar resplandecientes.

Todas las risas resuenan solo un pelín demasiado fuerte.

Son de las nerviosas, de esas que vienen antes de que la gente empiece a gastarse cantidades obscenas de dinero por una buena causa.

Jax es el primero en salir paseándose al escenario, puro contoneo y espectáculo, jugando con la multitud.

Su sonrisa es un poco gamberra y peligrosamente encantadora.

Es de esas que le hacen ganarse docenas de pujas durante los primeros treinta segundos.

Zane le sigue con un traje de diseño y unas gafas de sol ridículamente grandes, pavoneándose pomposo, como si se esperara recibir aplausos.

Cuando el subastador intenta promocionarle, unas pocas mujeres levantan sus paletas, titubeantes, hasta que Gigi interviene, haciéndolas callar a todas con una osada puja que consigue ganarse una ronda de exclamaciones de asombro.

Laiken sale el siguiente, con la pinta de alguien al que hubiesen empujado al escenario contra su voluntad.

Su ceño fruncido podría hacer que las nubes de tormenta salieran despavoridas.

Sin embargo, los murmullos de la sala se hacen más fuertes.

Tres mujeres de la segunda fila inician una pequeña guerra de pujas por él, y las cifras vuelan hasta que el martillo cae en una cantidad que borra la sonrisa ufana de la cara de Zane.

Le hago a Laiken una discreta señal con el pulgar hacia arriba mientras se aleja, murmurando algo en voz demasiado baja como para que resulte inteligible.

Y entonces llega el turno de Oliver.

Aunque antes he estado atrapada con él en un coche y le he echado un ojo en el backstage, verle salir bajo los focos me resulta una experiencia más cercana a que me atropelle un camión.

Exhibe una combinación de rasgos marcados y peligrosa confianza en sí mismo.

Su pelo resplandece con brillos dorados bajo las luces del escenario y su mandíbula parece haber sido tallada en granito.

Cuando dirige esa gran sonrisa hacia el público, la sala entera parece inclinarse hacia un lado mientras las conversaciones se apagan.

Es la clase de silencio que solo el carisma es capaz de conseguir.

—¡El siguiente soltero es Oliver, «Gran O» Van Doren!

—dice el subastador con voz atronadora, y la sala entra en erupción.

Docenas de paletas se elevan de inmediato, y la energía brota de todas partes y se vuelve algo eléctrico.

Detrás de mí, unas cuantas mujeres suspiran.

Miranda deja escapar un ronco, «¡Ay, por Dios!

» que casi consigue que yo me atragante con mi agua.

El subastador se ajusta a la reacción.

—¡No sean tímidas! ¡Esta es su oportunidad de disfrutar de una noche inolvidable con nuestro hombre de Chicago, nuestro Gran O!

—Valdrá la pena hasta el último penique si hace honor a ese apodo y puede darte grandes Oes —bromea una mujer por detrás de nosotras, y toda su mesa vibra con las risas.

Oliver está ahí plantado delante de la gente como si hubiese nacido para estar bajo los focos.

Cada uno de sus gestos está ensayado y exagerado para conseguir el máximo efecto.

Cuando sus ojos se cruzan con los míos, la sala se me vuelve borrosa en los bordes.

Su mirada de advertencia me abrasa y el calor se me mete por debajo de la piel hasta que me encuentro removiéndome incómoda en mi asiento.

Las apuestas comienzan a llegar. Cada una cae como un disparo, atronando por el micrófono y vibrando en mi pecho. Me digo a mí misma que solo se trata de una cuestión de control, y de ayudar a un amigo.

Pero la verdad es mucho más compleja.

La idea de que otra mujer ría sus bromas, se incline lo bastante cerca para tocarle, hace que algo helado se retuerza dentro de mí.

Antes de poder cuestionarme mi propio comportamiento, levanto mi pala.

En el escenario, sus hombros se relajan solo un poquito, y el espectro de una sonrisa revolotea en la comisura de sus labios.

La cadencia del subastador se acelera, y la tensión hace saltar chispas cuando las apuestas suben más y más.

Yo las igualo una por una, con la paleta inmóvil, mientras el calor se me acumula en el pecho.

Evelyn me observa por encima del borde de su copa, con la hilaridad brillando en sus ojos. Aunque permanece en silencio, me da la impresión de que está entendiendo más de lo que deja entrever. Mantengo la mirada fija hacia adelante y finjo no darme cuenta.

—A la una, a las dos...

Una voz femenina atraviesa el ruido.

—¡Treinta mil!

Se me cierra el estómago de golpe. La sala de baile entera ahoga una exclamación y todas las cabezas se vuelven rápidamente en dirección de la nueva voz.

En el extremo más alejado de la estancia hay plantada una mujer con todo el aspecto de acabar de bajarse directamente de una pasarela en Milán.

Es alta y rubia y su cuerpo esbelto luce un traje de noche de color negro que resplandece bajo las lámparas.

Sus labios rojos sonríen satisfechos mientras sostiene su pala en alto, ya cantando victoria.

Al subastador prácticamente le está dando un ataque.

—¡Esa es una puja increíblemente generosa! —Los aplausos se enardecen a nuestro alrededor mientras mis dedos juguetean con mi pala.

—¡Vendido a la dama de negro! —El martillo cae con un golpe final—. ¡Oliver Van Doren, acabas de ser adjudicado por treinta mil dólares!

El calor trepa por mi cuello mientras la rubia le sonríe con evidente avidez.

La mandíbula de Oliver se tensa y sus ojos se dirigen rápidamente a buscar los míos entre el gentío.

La frustración y la incredulidad le oscurecen el gesto.

Eso me golpea directamente, casi dejándome sin oxígeno en los pulmones.

Me obligo a lucir una sonrisa educada, de esas que me guardo para los cámaras y los colegas, aunque esté sintiendo como si estuviese a pocos segundos de caer desmayada. Los aplausos siguen aumentando hasta hacerse ensordecedores.

Por primera vez en más de dos meses, Oliver Van Doren va a irse a casa con otra mujer.

Puede que me haya convencido a mí misma de que este es el resultado que yo deseaba, pero todavía me duele como un puñetazo en las tripas que ni siquiera había visto venir.

Hago lo único que puedo hacer y aplaudo con los demás, fingiendo todo el tiempo que no me duele.