Capítulo diez
OLIVER
La zona de backstage es un maldito zoo.
Hay demasiados esmóquines.
Y demasiados egos peleando por tomar la posición de cabeza.
La estancia apesta a almidón de planchado, sudor y colonia.
Es un olor lo bastante denso como para que se te atragante.
Los asistentes revolotean como unas niñeras frenéticas, enderezando las corbatas, comprobando los gemelos de los puños y susurrando órdenes de último minuto sobre posturas y sonrisas de pega.
Las luces brillantes del escenario traspasan el telón, convirtiendo el espacio en una jaula sofocante.
El sistema de sonido vibra y la risa de la multitud se filtra por las costuras. Cada vitoreo agrede mis nervios ya tensos de por sí. Ahí fuera, aplauden la versión de nosotros que ven en la pantalla gigante.
Nunca me he sentido como parte de una venta de ganado.
Preferiría estar en cualquier otro sitio que no fuese aquí, como un pedazo de carne con una etiqueta de precio, esperando a que alguien señale, aplauda y me arroje dinero.
Todo el montaje, la exhibición de vanidad, la reacción de la gente, la subasta, me rechinan por dentro, afectando algo de mí que no está hecho para dar espectáculo.
Lo hago porque tengo que hacerlo.
Porque importa.
Pero eso no significa que tenga que gustarme.
Debería estar centrado en la causa.
En los niños.
Pero en vez de eso, estoy contando los segundos que faltan para poder largarme de aquí cagando leches.
Con Rina.
Hemos llegado juntos, y tengo la esperanza de que también nos vayamos así.
Zane se pavonea al pasar junto a un espejo y le silba apreciativamente a su propio reflejo.
—Esta noche se va a batir un récord, chicos. Las mujeres están haciendo cola para gastarse una pasta en mí.
Yo pongo los ojos en blanco.
—Estoy bastante seguro de que están haciendo cola por la recaudación de fondos, no por tu ego desmesurado.
Knox se arregla el cuello de la camisa sin dignarse a dirigirle la mirada.
—Confía en mí, nadie va a pagar una fortuna para poder pasarse dos horas escuchándote hablar sobre ti mismo.
—Corrijo —dice Jax, luciendo esa sonrisa fácil suya mientras se endereza los gemelos de la camisa—. Van a pagar para que desaparezca del escenario.
La risa retumba por la estancia. Incluso Laiken suelta un murmullo divertido, aunque parece como si hubiese preferido, con mucho, estar en casa ahora mismo, pasando tiempo con su hija, y no atrapado bajo el cruel resplandor de las luces fluorescentes.
—Me sorprende que Rina y Evelyn hayan podido convencerte de esto, Lennox —le digo.
Él se encoge de hombros, y sus grandes músculos se mueven por debajo de su chaqueta.
—Esa asociación benéfica cubrió las facturas hospitalarias de mi sobrina el año pasado. Devolverles algo es lo mínimo que puedo hacer.
El sonido se reduce un instante. Es una pequeña y humana pausa en todo el postureo antes de que Zane se la cargue volviendo a abrir la boca otra vez.
—Entonces la asociación benéfica me va a adorar de verdad. —Flexiona los músculos frente al espejo—. Esperad a ver las cifras que consigo.
Meneo la cabeza y me aparto de la pared.
—¿Alguna vez piensas antes de hablar?
Él me da un golpecito en el hombro con el puño al pasar, sonriendo ufano como si supiera que eso me va a sacar de quicio.
Le doy un empujón que le hace retroceder unos pasos antes de poder pararme a pensarlo.
Durante un segundo, la estancia entera se queda en silencio y la tensión es palpable antes de que la voz de Steele la atraviese.
—Ya basta. Guardaos eso para la pista.
Zane levanta las manos en el aire con un gesto de fingida inocencia.
—Lo siento, Capi. No sabía que Van Doren estuviese tan de mal humor, joder. Tal vez esté en esos días del mes.
Yo le lanzo una mirada furiosa hasta que aparta la vista.
Mis nervios están empezando a calmarse un poco cuando entra Rina.
Se mueve por la sala con el iPad apretado con fuerza por delante, centrada y tan aguda como una esquirla de cristal.
Tiene todo el aspecto de la profesional de relaciones públicas que es hasta que su mirada se clava en la mía y su máscara de compostura vacila un instante antes de recuperarse rápidamente.
Pero es más que suficiente para que yo haya percibido la grieta por debajo de la superficie.
En lo que a esa mujer respecta, lo veo todo.
Probablemente porque no puedo dejar de mirarla.
El aroma de su perfume me alcanza un segundo antes de que lo haga ella.
Es algo ahumado y cálido con un toque especiado enredado en él que consigue atravesar el calor rancio hasta que la estancia entera huele como ella.
Es un rayo de sol filtrado por un cristal ambarino, y por un breve instante, no soy capaz de recordar cómo respirar.
Cuando sus dedos rozan la solapa del esmoquin, ajustándolo como si estuviese haciendo solo su trabajo, ese simple contacto me abrasa a través de la tela.
—Estás... —Su voz es lo bastante ronca como para arañarme la espina dorsal antes de que se aclare la garganta—. Muy guapo.
El cumplido me afecta profundamente.
Agacho la cabeza hacia su oído.
—Será mejor que seas tú la que acabes sosteniendo esa palita con la puja final esta noche.
Una ceja se le arquea, pero el diminuto palpitar por debajo de la delicada piel de su garganta la traiciona.
—¿Perdona?
—Llevo circulando más de una hora. Hay un montón de mujeres hambrientas ahí fuera, dispuestas a gastarse una fortuna para pasar una noche conmigo. —Me acerco más a ella—. ¿De verdad quieres eso?
Ella juguetea nerviosa con su tablet, pero su tono permanece tranquilo.
—¿Quién sabe? Tal vez esta noche conozcas al amor de tu vida. Cosas más raras se han visto.
Invado todavía más su espacio personal hasta que casi nos estamos tocando.
—Si acabo con otra, pagarás por ello. Y sabes exactamente cómo.
Durante medio suspiro, el deseo atraviesa rápidamente sus ojos. Entonces pestañea, se libra de él y me aparta a un lado.
—Atrás. Alguien podría vernos.
El grito de un asistente nos llega desde el vestíbulo, seguido por el estridente chirrido de una comprobación de micrófono. El recordatorio de las cámaras basta para hacerme dar un respingo. Ella pasa por mi lado, huyendo de la habitación antes de que pueda detenerla.
Me paso la mano por el pelo y todos mis músculos se ponen en tensión.
Rina blande su autocontrol igual que si fuese un escudo, fingiendo todo el tiempo que esto solo es parte de su trabajo. Como si lo que sucede entre nosotros fuese algo que ella pudiese controlar con un comunicado de prensa.
Pero está equivocada.
A través del hueco del telón, la veo un instante entre la multitud. Tiene los hombros erguidos mientras dirige a la gente a su alrededor como un general con cinco estrellas en el uniforme. Esa visión casi me parte en dos.
Debería odiar lo fácilmente que es capaz de compartimentalizar nuestra relación obligándome a quedarme en los rincones oscuros de su vida.
Pero en cambio, siento un retorcido subidón de orgullo porque sea capaz de evitar que todo el maldito equipo combustione incluso cuando yo soy el que está encendiendo la cerilla que podría prender ese fuego.
Knox mira por encima de mi hombro, abotonándose la chaqueta.
—¿Algún problema, Van Doren?
—Pues no. —Mi voz suena más seca de lo que pretendía—. Todo va bien.
Él entorna los ojos como si no se lo tragase. Los asistentes gritan indicaciones, la multitud ruge, y los aplausos estallan al otro lado de la cortina, hasta que solo son ruido blanco en mis orejas.
—¿Estás preparado para esta pantomima?
—Todo lo que podría estarlo —murmuro.
La cortina se levanta, y lo que sea que quede de mi vida personal se queda apartado de vuelta al sitio que le corresponde... Detrás de la máscara.