Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo nueve
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Capítulo nueve

RINA

Me paso las palmas de las manos por la parte delantera del vestido una última vez, alisando unas arrugas imaginarias, antes de ponerme delante del espejo.

El modelito rojo y sin tirantes se ajusta a cada una de mis curvas, mientras que la raja que muestra mi pierna es lo bastante alta para causar una impresión, pero sin internarse en territorio de lo escandaloso.

Junto con unos zapatos de tacón de tiras y un poco de shimmer espolvoreado sobre los hombros, el efecto es precisamente lo que yo quería.

Llena de confianza.

Serena.

Inquebrantable.

Es la armadura que necesito para esta noche, junto con el recordatorio de que nadie va a conseguir ver lo que hay por debajo.

El teléfono vibra sobre el tocador, interrumpiendo mis pensamientos.

Un número desconocido. Tu coche te espera abajo.

Una sincronización perfecta.

Me meto el móvil en el bolsito, me paso la cadena por la muñeca y agarro el abrigo antes de salir. El ascensor se estremece débilmente mientras me lleva abajo. Cuando se abren las puertas, una fresca corriente de aire del exterior me recibe, llevando consigo el aroma de la reciente lluvia.

El vestíbulo está tranquilo a esta hora de la noche, con las luces atenuadas, las líneas bien definidas y un jarrón con flores frescas sobre la consola.

No es ostentoso como los edificios en los que viven la mayoría de los jugadores.

No hay ni suelos de mármol ni un portero con un uniforme impecablemente planchado, pero es relativamente seguro.

Es la clase de sitio en el que los vecinos te saludan con la cabeza al pasar y las cámaras de seguridad funcionan de verdad.

Los apliques de la pared bañan el espacio con una luz ambarina mientras cruzo las baldosas hacia las puertas de cristal. Fuera, un Mercedes de color negro espera tranquilamente junto a la acera. Sus faros atraviesan la oscuridad. El conductor da un paso adelante, con postura formal.

—Buenas noches, Sra. Reynolds. —Me abre la puerta haciendo una pequeña floritura.

—Gracias —murmuro. Entonces me quedo helada cuando me encuentro con Oliver espatarrado en el asiento de cuero. Hay una relajación en su postura que clama a gritos su arrogancia.

Su esmoquin negro se ajusta a su musculosa figura. Cada línea del traje está marcada, como si lo hubiesen confeccionado pensando precisamente en él. El pelo rubio le roza el cuello, solo revuelto lo justo para darle un aire despreocupado.

¿Y esa perezosa sonrisa que le curva los labios?

Hace que algo se me retuerza en el estómago antes de poder frenarlo.

Él ya supone un problema vestido con chándal.

En esmoquin, el hombre es letal.

—¿Qué estás haciendo aquí? —La pregunta me sale más tensa de lo que pretendía, y mi irritación oculta algo bastante más peligroso.

Él ni se molesta en sentarse más derecho. Solo estira esas piernas imposiblemente largas hasta que el espacio parece encogerse.

—Ir a la gala —dice con tranquilidad—. Lo mismo que tú. He pensado que podríamos reducir nuestra huella de carbono y hacerle un favorazo a la Madre Tierra si íbamos juntos.

Yo arqueo una ceja.

—¿Desde cuándo te importa el medio ambiente?

—Eso demuestra lo poco que sabes de mí. —Su tono se torna provocativo—. Dono el tres por ciento de mis ganancias antes de pagar los impuestos a una fundación que limpia los Grandes Lagos.

Con eso se ha ganado un parpadeo.

—¿En serio?

—Así es. Me gustaría que mis hijos heredasen aire y agua limpios algún día.

En contra de mi buen juicio, la comisura de mis labios se eleva mientras me subo al asiento, poniendo cuidado en mantener la distancia.

—Es bueno saber que eres algo más que una cara bonita.

—Nena, los dos sabemos que eso es lo mínimo de todo lo que tengo que ofrecer.

Su mirada me recorre de arriba abajo. El calor florece en mi piel allí donde se detiene, como si me estuviese tocando sin ponerme siquiera la mano encima.

—Estás preciosa. —Sus ojos descienden hasta mi boca—. Para comerte.

Yo me remuevo en el asiento, maldiciendo en silencio la oleada de conciencia de mí misma que se enrosca en mi interior. Ningún otro hombre me ha descolocado jamás de esta forma, y su mirada me dice que él lo sabe.

Su muslo roza el mío y una chispa salta directamente atravesando la fina tela de mi vestido.

Cuando se inclina más hacia mí, le pongo una mano en el pecho, sintiendo el firme movimiento de su respiración bajo la palma.

—Ni se te ocurra. Vas a cargarte mi maquillaje.

Su expresión me deja claro que no podrían importarle menos ni mi pintalabios ni ninguna otra cosa, salvo poner a prueba mi autocontrol. Sin embargo, se echa para atrás relajadamente, con los brazos bien extendidos.

Hay un instante de silencio antes de que él me diga:

—No puedo dejar de pensar en la otra noche.

Vuelvo la cabeza a la velocidad de un látigo hacia él.

—No vamos a discutir eso ahora.

—Entonces, ¿más tarde?

—Probablemente no.

—¿Cómo es eso? ¿Es que no estuvo bien? Sobre todo cuando yo...

—Oliver. —El tono de mi voz atraviesa sus comentarios, cortándole—. Una palabra más y te retorceré el pescuezo.

Su risa resuena con tonos graves y su diversión vibra a través del estrecho espacio.

—Si por mí fuera, estarías empleando esas mismas manos más tarde para agarrarte con fuerza a mí.

Se me escapa un suspiro de frustración cuando echo la cabeza hacia atrás, contra el respaldo.

—A veces te odio de veras.

—No, no me odias. —Él sonríe con suficiencia—. Y decididamente, no me odiabas cuando estabas gritando mi nombre.

Antes de que pueda replicar, el coche frena y se detiene junto a la acera. En cuanto las puertas se abren, un estallido de sonido me envuelve. Se ven los flashes de las cámaras y se escuchan los gritos de un enjambre de reporteros que nos rodean.

—¡Oliver! ¡Oliver! ¡Aquí!

—Gran O, ¿estás saliendo con la relaciones públicas de los Railers?

—¿Oliver, nos puedes confirmar que hay una relación?

El resplandor me ciega y las voces se funden entre sí formando una maraña ensordecedora. El brazo de Oliver me rodea la cintura, guiándome con cuidado a través de la turba.

—Sonríe. —Sus labios me rozan la oreja. La calidez de su aliento contra mi piel hace que un temblor me recorra todo el cuerpo.

Me obligo a mostrar una sonrisa que parece poco consistente.

Así es exactamente como implosionan las carreras. Un titular, una foto, y yo soy la historia en vez de ser quien la controle.

La multitud vuelve a enardecerse cuando una larga limusina aparca. Zane y Gigi aparecen bajo los focos, con los flashes detonando como fuegos artificiales.

—Parece que el circo ha llegado oficialmente —murmura Oliver.

Bien.

Dejemos que Zane lo disfrute. Siempre ha sido como una puta, vendiéndose por la atención.

En cuanto salimos de la alfombra roja, me suelto del abrazo de Oliver, porque necesito poner espacio entre nosotros.

Controla la narrativa, no permitas que ella te controle a ti.

Dentro del hotel, el ruido se apaga hasta formar un rugido menos estridente, pero el subidón de nerviosismo de mi interior se niega a calmarse. La noche apenas ha comenzado, y ya me parece que se ha causado un daño irreparable.