Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo ocho
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Capítulo ocho

OLIVER

Ella se sienta sobre mi regazo, apretando los dientes y fingiendo que nada le afecta. Es el palpitar de su pulso en la garganta lo que la delata.

—Sabes cuánto adoro que te pongas de rodillas. —Las palabras me salen roncas, imbuidas de la clase de hambre que lleva horas royéndome por dentro.

Sus ojos centellean, sus pupilas se agrandan. Pero ella no se rinde.

Por contra, se cruza de brazos y levanta la barbilla con actitud desafiante.

—Piensas de verdad que te debo una mamada, ¿eh?

Durante un segundo, ninguno de los dos se mueve.

Una esquina de mi boca se eleva.

—¿Debérmela? Querida, ambos sabemos que me la he ganado. —No le doy la oportunidad de responder—. Te has corrido tan fuerte que casi te has descoyuntado, y la única razón por la que no te ha oído medio estadio ha sido porque tenías la mano apretada contra la boca.

Una oleada de color le inunda las mejillas, floreciendo con fuerza por toda su piel. Puede hacer todas las muecas de exasperación que quiera, y hacerse la dura al hablar, pero ambos sabemos la verdad.

—Quizás —murmura.

Suelto una carcajada brusca.

—No te engañes a ti misma. Nada de quizás, es más bien seguro.

Mi mano busca su nuca y doblo los dedos sobre ella, atrayéndola más hacia mí.

Todo lo que susurro contra su boca es como una promesa y un acto de posesión.

—Sueño con la forma en que tus labios se estiran para rodear mi polla cuando me la chupas.

La forma en que se aprietan y se deslizan, húmedos, por toda mi verga dura.

—Mi voz se hace entrecortada—. La forma en que tus músculos se contraen cada vez que tragas, apretándome más.

Solo de pensar en ello se me pone dura como una roca.

Sus pupilas se dilatan y su boca se abre. Una respiración temblorosa me acaricia la piel. Puede pelear todo lo que quiera pero en sus ojos brilla el deseo. Es sexi, espontáneo y casi imposible de pasar por alto.

—Por favor, nena. —El ruego sale brusco por mi boca, sonando más bien a un gruñido—. No me hagas suplicártelo. Sabes que lo haré. En lo que a ti respecta, tengo cero orgullo.

Las comisuras de sus labios se elevan.

—Eso sí que es verdad.

Me mordisquea el labio inferior, arañando la carne firme con los dientes antes de soltarla.

Durante un segundo, estoy seguro de que va a mandarme a la porra.

Pero en vez de eso, se baja deslizándose del sofá.

Todos los pensamientos de mi cabeza sufren un cortocircuito y me hundo ligeramente hacia atrás, abriendo las piernas, con el pulso amartillándome en la garganta por la expectación.

Un sonido grave y rudo se me escapa al cogerla por la cara.

—Esa boquita tuya debería venir con una etiqueta de advertencia.

Sus manos se mueven con precisión. Cada movimiento hace que la tensión dentro de mí aumente hasta que siento que estoy a punto de estallar. Esta mujer sabe exactamente cómo hacer que olvide cada gramo de autocontrol que jamás me haya enorgullecido de poseer.

Siento mi erección parecida a una barra de acero atrapada por debajo del algodón. Ya tengo la punta húmeda por la excitación. Ella aprieta el pulgar contra ese punto mojado, y dibuja lentos y perezosos círculos sobre él hasta que me tiene rechinando los dientes.

Es la más dulce de las torturas.

Una sacudida me recorre todos los nervios del cuerpo, y mis pensamientos se reducen a sus caricias y a la dura sensación de desearla más de lo que puedo permitirme admitir.

—¿Tienes alguna idea de lo que me estás haciendo?

Sin responderme, ella me baja un poco la ropa, solo lo suficiente para liberar mi polla, y el súbito golpe de calidez contra mi piel es casi demasiado para poder soportarlo.

Sus dedos envuelven la gruesa longitud de mi erección, acariciándola arriba y abajo, mientras desliza la otra mano dentro de mis bóxers para sostenerme las pelotas con la presión justa para hacer que me tiemblen los músculos.

Cada movimiento es deliberado cuando se inclina hacia mí.

El aire entre nosotros está cargado de algo peligroso, casi audible, que se me mete por debajo de la piel y se niega a marcharse.

El sonido que sale retumbante de mi pecho es primitivo e irrefrenable, arrancado de un lugar en lo más profundo que escapa a mi control.

—Dios, pequeña —suelto entre dientes, medio gimiendo—. En serio, ahora mismo me estás matando.

Ella saca la lengua para lamerme la punta antes de metérsela toda dentro.

Me masajea las pelotas con una mano, apretándolas y haciéndolas rodar hasta que casi bizqueo de placer.

Se me escapa un profundo gemido antes de que pueda contenerlo cuando ella describe un camino de lametones hasta la punta, y abre la boca, metiéndola dentro hasta que me encuentro rodeado por la clase de calidez más decadente del mundo.

Con otras mujeres, podría cerrar los ojos y dejar que mi cuerpo tomase el control.

Fingiría que no era Rina en quien estaba pensando todo el maldito tiempo.

Pero ahora que ella está aquí, real y al alcance de mi mano, no es necesario fingir más.

Solo existe la clase de deseo que me deja al desnudo y me hace pensar que estaba condenado a perder esta batalla desde el mismísimo principio.

Ella me la chupa con una perfecta succión, tanto que el mundo desaparece y lo único que puedo sentir ahora es la calidez de su boca y el impulso que me arrastra hasta el mismo límite del olvido.

—Eso es. —Mi mano encuentra el camino hasta su pelo, no para dirigirla, sino para sujetarme a mí en el sitio. Necesito esa conexión, algo que me ancle mientras todo lo demás se desmorona—. No tienes ninguna idea de lo que me estás haciendo.

El deseo me clava las garras por dentro hasta que estoy a pocos segundos de hacerme pedazos.

El sonido de sus inhalaciones rítmicas y el calor de su piel es demasiado y a la vez, no del todo suficiente.

Mientras la observo, mi control se resquebraja.

No es la visión de ella con mi polla metida hasta lo más hondo de su garganta.

Es la confianza, la forma en que se entrega al momento sin titubear.

Eso casi me desarma.

Una sacudida me atraviesa y la habitación me da vueltas.

Estoy a unos segundos de correrme.

—Mírame —le pido con voz ronca, dibujando su mejilla con el pulgar y haciendo que su cara se incline hacia mí.

Tiene los ojos vidriosos, las pupilas totalmente dilatadas y los labios temblorosos por el esfuerzo.

—Te encanta llevarme más allá de mis límites, ¿verdad? —Se me quiebra la voz—. Sabes exactamente cómo destrozarme.

Ella me lanza una mirada que contiene desafío y devoción a partes iguales.

Y otra pieza de mi autocontrol se desintegra de golpe.

—Joder —farfullo entre dientes. Cada uno de mis músculos se tensa mientras intento combatir el impulso de correrme.

Aún no estoy preparado para dejarme ir. Quiero disfrutar la sensación de su garganta profunda.

Me cuesta un esfuerzo frenar el paso. Estoy dividido entre las ganas urgentes de poseerla ahora mismo y el deseo de que esto dure.

Ella levanta la vista con los ojos cargados de lágrimas. Verla así me abre en canal. La sensación de su boca, la forma aterciopelada en que se desliza su lengua, cómo la punta de mi polla golpea suavemente el fondo de su garganta... Maldita sea, es todo tan bueno.

Por supuesto, podría aceptar lo que me está ofreciendo y dejarlo ahí, pero quiero más.

Quiero estar dentro de ella, demostrar que esto que hay entre nosotros no es solo lujuria y un hábito.

Cuando la detengo suavemente con la mano, la confusión florece en su rostro.

Está temblando, y tiene los ojos muy abiertos al encontrarse con los míos en busca de una respuesta que todavía no sé cómo darle.

El espacio entre nosotros vibra con todo lo que acabamos de hacer y todo lo que todavía no somos capaces de decirnos. Ella me observa a través de sus húmedas pestañas. Luego se aparta y se limpia la boca con el dorso de la mano.

—Súbete aquí. —La petición sale brusca por mi boca, sonando más a ruego que a cualquier otra cosa—. Necesito meterla hasta el fondo de ese coño. Quiero sentir tu calor húmedo rodeándome, palpitando y apretándome cuando te corras.

Esto ya no va de quién es el dominante.

Va de eliminar el espacio que existe entre nosotros hasta que ella sea capaz de sentir todo lo que no puedo decirle en voz alta.

Cualquier protesta se extingue en sus labios cuando tiro de ella y me la siento sobre el regazo.

Su peso se instala contra mí y, el mundo se reduce únicamente al latido de nuestros corazones.

El deseo que siento por ella es primitivo e imparable.

Agarro el borde de su falda con el puño y se la subo por encima de la cintura antes de echar las bragas a un lado y sumergirme en ella, en lo profundo de su húmedo calor, con un poderoso empujón.

Con una exclamación ahogada, ella me clava las uñas en los hombros.

El sonido atraviesa el silencio de su apartamento.

Me la acerco más, sosteniéndola con fuerza, mientras nuestros movimientos conjuntos se hacen desesperados.

Cada empujón me parece un acto de posesión, una oración, una confesión que no puedo obligarme a pronunciar en voz alta.

El sofá se estremece por debajo de nosotros y el espacio que nos rodea vuelve inflamable.

Sus pestañas aletean y descienden.

—Oliver...

—Mírame —digo con voz ronca, cogiéndola con fuerza por el pelo y obligándola a que me mire a los ojos—. No te contengas. Quiero escuchar todos los sonidos que hagas. Notar cada escalofrío, cada respiración que te arranque. Son todos míos.

Sus músculos se contraen alrededor de mi polla y su grito resuena por la sala.

El mundo parece salirse de su eje y el calor me recorre rápidamente, hasta que todos mis pensamientos se hacen mil pedazos.

Sigo ahí, atrapado en el momento, dentro de ella, en todo eso que es demasiado como para poderlo nombrar.

Con un gemido, me vacío en su interior, empujando más profundo y sosteniéndola allí, agarrándola con fuerza como si nunca fuese a dejarla marchar.

Durante unos segundos suspendidos en el tiempo, el mundo parece empequeñecerse y ajustarse al ritmo de dos corazones que intentan encontrar un mismo latido.

Podría quedarme aquí para siempre.

Entonces, algo cambia en su cuerpo. Es una súbita tensión por debajo de mis manos y sé lo que se avecina antes de que ella abra la boca.

—Oliver... —Se le quiebra la voz, pero permanece firme—. No podemos seguir haciendo esto.

Con una sonrisa irónica, le aparto los húmedos mechones de pelo de la mejilla.

—Claro que podemos.

—Estoy hablando en serio.

—Lo mismo que yo. —Acerco mi boca a la suya, dejando que el beso hable por todo lo que ella está intentando negar—. Sigues intentando apartarme de ti —murmuro—, pero yo no pienso dejarte marchar.

Sus labios tiemblan, en el filo entre el deseo y el rechazo. No me devuelve el beso, pero tampoco me detiene.

Ese silencio me dice más que lo que podrían decirme jamás las palabras.

Cuando por fin me aparto, hablo con voz despreocupada.

—Bueno, pues... Estaba pensando que tal vez podría quedarme a dormir aquí.

Ella titubea. Hay una chispa de emoción en sus ojos. Es una mezcla de tristeza, arrepentimiento y algo que se parece demasiado a una despedida.

Se retuerce por debajo de mis costillas.

—No creo que eso sea buena idea —susurra.

La forma en que se cierra en banda me golpea con más fuerza de lo que querría admitir. Con una sonrisa forzada, me inclino a darle un último beso.

—Vale. Estoy bastante seguro de que me echarás de menos —digo, dejando que la respuesta flote en el aire que nos separa—. Nadie más va a mantenerte calentita a las tres de la mañana.

Ella no responde cuando me la quito de encima y la dejo sobre el sofá.

El silencio entre nosotros sigue presente mientras me levanto, me arreglo la ropa y me paso una mano por el pelo.

Cuando resulta obvio que ella no va a detenerme, me voy hacia la puerta y me paro en el estrecho recibidor.

Es tentador decirle que no es ella quien puede acabar con esto, pero la mirada de sus ojos me deja claro que eso es exactamente lo que está haciendo.

El pasillo me recibe con los abrumadores aromas a desinfectante y a rancio.

Ninguno de los dos es lo bastante potente como para sofocar el olor de ella.

Sigue presente en mi cabeza y en mi ropa.

El recuerdo de su calor sigue permaneciendo ahí como un fantasma, y resulta suficiente para hacer que se me vuelva a hacer irregular el pulso.

Las puertas del ascensor se cierran, dejándome atrapado dentro con mis propios pensamientos. En vez de dejarles hacer agujeros circulares en mi cabeza, saco el móvil.

Yo: Creo que esa mujer acaba de intentar romper conmigo.

A Hayes no le cuesta mucho responder. Es lo que tiene mi familia, somos irritantemente fiables.

Hayes: ¿No se ha dado cuenta de que está saliendo con el Gran O?

Yo: Ese es exactamente el problema.

Hayes: Lol. Ya me cae bien.

Yo: Sabía que ibas a decir eso.

Hayes: Vale, bromas aparte. Esto es lo que tienes que hacer. Sé consistente. Hazte presente cada maldito día hasta que se dé cuenta de que no eres tan solo el Gran O, sino alguien que va en serio.

Me quedo mirando el mensaje un momento antes de volver a meterme el teléfono en el bolsillo.

La verdad me golpea, simple y dura.

Eso es exactamente lo que tengo que hacer con Rina.

Demostrarle que no soy el tío que se cree que soy.