Capítulo siete
RINA
La voz de mi madre resuena omnipresente en mi oído, parloteando sobre las últimas subvenciones que ha solicitado mientras me paseo arriba y abajo por mi apartamento.
—Si me conceden la Guggenheim esta vez, tendré todo el año cubierto. Sin ninguna carga lectiva, solo investigación. Sería como estar en el paraíso.
—Eso es genial, mamá. —Sostengo el móvil con el hombro mientras me dejo caer en el sofá y me tapo con una mantita. Ella siempre ha sido ambiciosa en lo referente a su carrera, y no puedo evitar admirar esa motivación que tanto impulso le da.
—¿Y tú? —me pregunta, despreocupada—. ¿Todavía ocupada haciendo de niñera de jugadores de hockey?
Hago una mueca de exasperación, aunque ella no pueda verme.
—No les hago de niñera. Me encargo de gestionar la marca de los Railers. Hay una diferencia.
—Podrías hacer lo mismo con respecto a ti misma, Rina. —Su tono se vuelve más tajante, y adopta el papel de profesora—. Deberías pensar en abrir tu propia agencia. Tienes el cerebro y el talento necesarios. ¿Por qué levantar el imperio de otros cuando puedes levantar el tuyo? ¿Uno que durase?
Sus comentarios meten el dedo en la llaga, como siempre, haciendo que sienta una punzada en esa parte de mí que se pregunta si no tendrá razón. Pero los descarto con la facilidad que conlleva la práctica.
—Tal vez algún día, pero ahora mismo estoy satisfecha con mi trabajo. Lo disfruto.
Ella suspira. Es una exhalación larga y que conozco bien. La que viene justo antes de que me suelte el sermón que lleva décadas perfeccionando.
—Siempre que te haga feliz... Lo único que quiero es que no dependas de nadie para poder asegurar tu futuro ni tu independencia.
Independencia.
Esa idea reverbera dentro de mí igual que un mantra.
Es la que lleva taladrándome desde que mi padre se fue por la puerta y comenzó una nueva y reluciente familia con su nueva y reluciente esposa.
Ese recordatorio cae sobre mí como una losa, igual que siempre.
Algo así como un peso en medio de mi pecho que nunca puedo soltar del todo.
Antes de que pueda responder, el móvil me vibra con una notificación.
Gran D. Estoy subiendo.
Siento como el estómago se me encoge súbitamente, como si me hubiese saltado un escalón de las escaleras sin querer.
—Ejem, mamá, tengo que dejarte.
—¿Ya? Apenas hemos hablado nada.
—Mañana te llamo. Lo prometo. —Cuelgo antes de que pueda insistir, y miro fijamente la pantalla iluminada.
He decidido que esta es la noche. Sea lo que sea que es esta cosa con Oliver Van Doren, se acaba esta noche.
Tampoco tiene tanta importancia.
No estamos saliendo.
Es más una situación de rollo casual.
Sin emociones ni ataduras.
Salvo porque cada vez que él me toca, otro hilo invisible me envuelve las costillas, apretándolas más, y haciendo presión en sitios que no puedo ignorar.
Claro está que no soy tan tonta. Soy demasiado lista para enamorarme de un atleta. Sobre todo, de un atleta profesional que tiene el mundo del hockey a sus pies.
Sin mencionar a las mujeres
Tiene tantas de ellas clamando por conseguir su atención...
Esa idea hace que sienta una punzada de algo.
Pero no son celos.
¿Cómo podrían serlo, cuando se supone que las emociones no forman parte de esto?
Y el infierno se congelará antes de que yo me permita desarrollar ni una pizca de sentimientos hacia Oliver, ni hacia ningún otro hombre, de hecho.
Fui criada por una madre que me enseñó que los hombres van a dejarte y largarse en la mayoría de los casos. Y cuando lo hacen, es mejor que seas lo bastante fuerte como para volver a levantarte y seguir sin ellos.
Esa lección se me quedó grabada.
Por eso mantengo las distancias. Sobre todo de tíos como Oliver. De esos que podrían hacer que una mujer se olvidase de sus propias reglas.
Así que, sabiendo todo esto, ¿por qué la idea de dejarlo ir me parece como apretarme un moretón que no debería tener aún?
El sonido de alguien llamando a la puerta me hace salir dando un respingo de mis pensamientos, y me obligo a ponerme en pie y a enderezar la espalda. De alguna manera, me parece estar preparándome para la batalla. Lo único que tengo que hacer es defender mi posición y mantenerme firme.
Me tiembla la mano sobre el pomo de la puerta.
En cuanto la abro, me encuentro con Oliver, llenando el umbral entero con esa clase de atractivo arrollador que me desarma cada maldita vez.
Mi mirada hambrienta pasa por su amplio pecho y las marcadas líneas de sus hombros antes de que me obligue a dirigirla de vuelta a su rostro.
Rina, céntrate.
No te distraigas.
Una sonrisita traviesa le curva los labios mientras se apoya contra el marco de la puerta.
—¿No vas a invitarme a entrar?
Retrocedo un paso y le señalo el salón con gesto formal y rígido.
—Claro. Pasa.
En cuanto entra tranquilamente en mi espacio personal, su presencia se traga entera mi diminuto apartamento.
Normalmente este espacio me resulta acogedor, lo bastante grande para mí.
Con Oliver aquí, lo siento reducirse a la mitad, hasta que coger una bocanada de aire me requiere demasiado esfuerzo.
Yo sigo sus pasos, con cada terminación nerviosa aullando.
Antes de que pueda decirle nada, él se gira sobre sus talones y me agarra con las manos con fuerza por los antebrazos, arrastrándome contra él. Ni siquiera pasa otro segundo antes de que su boca colisione contra la mía.
Es un gesto ávido y apremiante.
Casi como si estuviese muriéndose de hambre y de ganas de probar mi sabor.
Durante un temerario segundo, el discurso que me había preparado se esfuma y yo me sumerjo en su caricia, y me pierdo en su beso.
En él.
La realidad no tarda mucho en caer pesadamente sobre mí y le aparto con brusquedad.
—Tenemos que hablar.
Él se deja caer en el sofá y me sienta en su regazo. Sus brazos me rodean fuerte la cintura y su calor penetra en mí hasta que deseo retorcerme, más para acercarme que para alejarme.
Odio lo mucho que me encanta la sensación de sus manos sobre mí y de su cuerpo duro debajo del mío.
—¿De qué, nena? —Su voz es perezosa, juguetona—. ¿De qué tenemos que hablar?
Yo le miro furiosa, intentando volver a ordenar mis pensamientos.
¿Por qué tiene que ser tan guapísimo, maldita sea?
Esa mandíbula cincelada y esa boca lujuriosa, la forma en que sus muslos se abren por debajo de mí como si hubiese tomado posesión del sofá, de la habitación, y hasta de mí con ellos.
Y su polla... Aj.
De verdad que odio lo buena que es.
Lo bueno que él es con ella.
El tío tiene talento.
Y no solo sobre el hielo.
Cada vez que juro que voy a resistirme, él me toca y yo me derrito en un charco indefenso.
Me armo de valor.
—Nosotros...
—En realidad, de lo que tenemos que hablar es de lo que me debes.
Pestañeo, descolocada por su comentario.
—¿Perdona?
Su sonrisa se hace más amplia, llena de confianza en sí mismo y de chulería.
—¿De verdad tengo que recordarte cómo he hecho que te corrieras antes? Llevo todo el día andando por ahí con una erección de caballo. Parece que es tu turno de devolverme el favor.
Una risa sorprendida se me escapa.
—¿Estás hablando en serio?
—Tanto como un inspector de hacienda. —Su mano serpentea subiendo por mi muslo—. Lo que es justo es justo.
Arqueo una ceja y el calor me inunda el vientre.
—¿Y qué es lo que quieres exactamente?
Él cambia de postura, moviendo las caderas hasta que siento su dureza moviéndose contra mi cuerpo y haciéndome perder la compostura de golpe y por completo.
Su tono se vuelve oscuro y apremiante.
—Estoy bastante seguro de que serás capaz de averiguarlo tú solita, nena.
Incapaz de resistirme, me arqueo más contra él, persiguiendo aquello que he jurado que no perseguiría. Un brillo triunfal recorre sus ojos, y su boca se posa sobre la mía de nuevo, más suave esta vez.
Es más bien un susurro compuesto, a partes iguales, de provocación y amenaza.
Mi cabeza me grita que lo aparte de un empujón y le ponga fin a esto antes de que caer rodando más profundamente dentro del abismo.
Pero, ¿mi corazón y mi cuerpo traidor?
Solo desean una cosa.
A Oliver Van Doren.