Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo seis
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Capítulo seis

OLIVER

El vestuario vibra con la energía de después del entrenamiento. Se escucha de fondo el susurrar de las duchas. Las cuchillas de los patines resuenan al golpear contra los casilleros y el vapor se enrosca sobre las baldosas y se mezcla con los punzantes olores a sudor y a jabón.

Zane está plantado en medio de todo eso, con solo una toalla medio torcida alrededor de las caderas.

—No quiero que ninguno os lo toméis a mal cuando me vendan por el doble de lo que vosotros, payasos, vais a sacar en la subasta —anuncia—. Aquí todo el mundo sabe que yo soy la atracción principal.

Knox levanta la vista solo lo justo para resoplar.

—Coleguita, lo único de lo que vas a ser el protagonista es de una fábula con moraleja.

Laiken ni se molesta en mirarle.

—Debe de ser agotador ser tan arrogante y estar tan equivocado.

Steele se seca con la toalla y, al menear la cabeza, el agua de su pelo salpica las baldosas.

—Deberías pensar en serio en hidratarte, Holloway. Estás perdiendo un montón de electrolitos de tanto hacer trabajar a tu boca.

Zane sonríe, sin inmutarse en absoluto, mientras las risas y varias puyas más recorren en oleadas los vestuarios.

Por tentador que sea meterme con él, me trago el comentario que tengo en la punta de la lengua.

Hoy no tengo paciencia para él.

Mi cabeza sigue a mil por lo que ha pasado con Rina esta mañana.

No puedo dejar de pensar en la forma en que su cuerpo se ha derretido bajo mis manos, ni en lo sexi de los ruiditos que ha hecho antes de que se volvieran desesperados. Y luego, como siempre, en el preciso instante en que le he dado lo que quería, me ha dado con la puerta en las narices.

Puede que mi cuerpo dé la impresión de calma por fuera, pero mi cabeza es una pura zona de guerra.

Dos meses.

Ese es el tiempo que ella lleva convenciéndose a sí misma de que esto no es nada más que sexo.

Pero yo sé lo que hay. Cada maldita vez que la toco, la línea que ella ha trazado entre nosotros desaparece.

Eso tiene que significar algo.

—Oye, River. —Jax se deja caer en el banco, con la camiseta a medio poner—. Sloane va a estar en la subasta, ¿verdad? Yo, esto... Te pregunto por un amigo.

River ni siquiera pestañea.

—Tu amigo debería saber que ella podría comérselo vivo.

Jax sonríe mientras se acaba de poner la camiseta.

—Es bueno entonces que a él le guste que le devoren.

Knox murmura:

—¿Y las órdenes de alejamiento? ¿También le gustan?

La risa resuena por la estancia cuando Jax le hace una peineta, sonriente. Tengo que admitir que el novato ha supuesto la llegada de energía positiva para el equipo.

Laiken se apoya contra su taquilla.

—¿Y qué hay de ti, Van Doren? ¿Vas a traerte una cita a ese guateque obligatorio?

—Pues no. —Saco el móvil de mi bolsa y miro la pantalla.

Zane sonríe con malicia.

—Va a traerse sus oraciones. Porque las necesitará para conseguir la mitad de lo que paguen por mí.

Le ignoro y me centro en el teclado.

Yo: ¿Te he mencionado lo mucho que me gusta tener tu sabor en mis labios?

Ninguna respuesta.

Ni puntos suspensivos.

Absolutamente nada.

Aunque debería esperar, no lo hago.

No puedo.

Me entran picores en el pulgar.

Yo: La próxima vez, no pienso parar hasta que grites mi nombre. Y me importa una mierda quién lo oiga.

Enviado.

Me reclino hacia atrás y una sonrisa juguetea con las comisuras de mis labios. Probablemente ella esté en su despacho, removiéndose en la silla e intentando no pensar en mí.

Los segundos transcurren lentamente.

Steele se deja caer en el banco de enfrente del mío.

—¿De qué va esa sonrisita inquietante, Van Doren?

Yo me obligo a cambiar de expresión.

—De nada.

—Ajá. —Jax estira el cuello, intentando pillar algo de mi pantalla—. ¿Con quién estás haciendo sexting? Por favor, no me digas que es con Gabby. Esa chica probablemente ya haya bautizado con tu nombre su siguiente yate.

—¡Joder, no! —exclamo.

Knox coge su jersey, tan relajado como siempre.

—¿Entonces quién es?

Dejo que el silencio se alargue antes de decir:

—Nadie de vuestra puta incumbencia. Así se llama.

Zane se echa a reír.

—Traducción: «en el dique seco».

River le replica rápidamente:

—Traducción: «estás proyectando lo tuyo en otros».

—Por favor, todos sabemos que eso no es cierto. —Zane levanta las manos con las palmas hacia afuera—. Todavía puedo pillar todos los coñitos que quiero. ¿Qué puedo decir? Es que estoy hecho de otra pasta.

Laiken murmura:

—Gigi es una chica la hostia de afortunada.

—Eso es exactamente lo que no dejo de decirle —replica Zane, la leche de ufano.

Aunque las risas retumben en las taquillas, yo me desconecto de la charla y miro la pantalla, intentando que mi voluntad haga aparecer un mensaje.

Pero no aparece nada.

La irritación que me inunda no es por culpa del silencio nada más.

Va sobre ella.

Tengo a esa mujer metida en la cabeza hasta cuando no está hablando conmigo. Cada una de las partes de mi día parece verse atraída por ella, lo quiera o no.

Incapaz de contenerme, voy hacia atrás y leo nuestro hilo de mensajes anteriores. Sus respuestas siempre son breves y concisas. Mientras que las mías andan constantemente desafiando los límites de nuestra relación.

Ella cree que mantenerme a distancia le otorga más control.

La mujer no podría estar más equivocada.

Sobre todo porque ya la tengo metida en la sangre de mis venas. Y da igual cuántas veces intente alejarse, yo sé que estoy en la suya.

Steele se coloca los zapatos y se levanta.

—Recordad, la subasta es para los niños. Mantengámonos centrados en eso.

Zane se encoge de hombros.

—Lo único que decía, Capi, es que nadie va a conseguir más dinero que yo. Esos niños tendrán que darme las gracias al final del día.

Knox murmura:

—Jesús, de verdad que tienes que dejar de ser así de creído.

Jax coge su bolsa.

—Venga, vamos a organizar una noche de póquer. Necesito unas cuantas victorias fáciles.

Cuando le lanzo una mirada rápida, él me sonríe. El tío es todo sol, sonrisas y arcoíris. Eso al principio me irritaba, pero tengo que admitir que he llegado a cogerle gusto.

Las duchas dejan de correr, una tras otra, y el vapor desaparece a la vez que el vestuario empieza a vaciarse.

Lo que necesito es que Rina me conteste.

Puedo con una pelea. Con lo que no puedo es con su silencio.

Mi teléfono vibra y un breve subidón de entusiasmo se eleva dentro de mí. Y luego baja de golpe.

Hayes: ¿Cómo van los preparativos de la subasta? Mamá dice que no hagas nada estúpido.

Yo: Define estúpido.

Hayes: De esa clase que acaba en la prensa amarilla.

Resoplo, riendo, y le respondo.

Yo: No soy yo del que tienes que preocuparte.

Él me envía el emoticono del gesto exasperado con los ojos.

El tío me conoce demasiado.

Yo: ¿Sabes algo de Kia? No está contestando a mis mensajes.

Hayes: Le daré un toque y veré qué es lo que pasa.

Una vez me he encargado debidamente de mis obligaciones fraternas, me guardo el móvil en el bolsillo, me subo la capucha y salgo. Zane sigue parloteando a mis espaldas, haciendo tanto ruido como siempre. El tío tendría que meterse un calcetín en la boca antes de que alguien lo haga por él.

—Chicos, me lo podréis agradecer después, cuando consiga batir el récord. Será una estupenda publicidad para el evento —dice, antes de agregar—: Y para el equipo, obviamente.

—Voy a darte una idea: tal vez deberías considerar dejar el hockey y centrar toda tu atención en tu pequeño reality show —le digo, volviendo la cabeza.

Un coro de «uffs» y risas me sigue pasillo abajo.

La temperatura de fuera del estadio es más fresca, con matices del frío preinvernal de noviembre. Atraviesa el calor que bulle despacio dentro de mí pero ni se acerca a tocar lo que me está devorando vivo.

Una vez en mi coche, saco el móvil y envío unos cuantos mensajes rápidos más, antes de poder convencerme a mí mismo de no hacerlo. Luego me vuelvo a meter el dispositivo en el bolsillo. Quiero que ella los lea y recuerde cómo ha sido sentir mis manos sobre su piel esta mañana.

Lo fácilmente que se ha deshecho entre mis brazos.

Más que ninguna otra cosa, quiero que piense en mí tanto como yo pienso en ella.

¿Es eso posible siquiera?