Capítulo cinco
RINA
En el preciso instante en que tengo un momento libre, escribo rápidamente un mensaje al grupo de chat.
Yo: ¿Hay alguna posibilidad de vernos en Lakeshore Sweets? Es urgente.
Lilah: Voy para allá.
Callie: Ya estoy aquí. Café y carbohidratos esperando.
Sloane: Mi interés se ha despertado.
Tengo las piernas todavía inestables cuando dejo el estadio.
Maldito sea Oliver por arrastrarme al cuarto de utilería y tocarme hasta que me corrí y casi me olvidé hasta de mi propio nombre. Y luego salió por la puerta tranquilamente como si nada.
Debería odiarle.
Pero la verdad es que no le odio.
Lo que en realidad odio es la forma en que mi cuerpo vibra al recordarle.
Aparto esos pensamientos tan perturbadores a un lado antes de que puedan echar raíces y causar daños permanentes.
Lakeshore Sweets se encuentra a solo unas pocas manzanas de la pista de hielo y ahora mismo necesito carbohidratos, cafeína y una intervención antes de que pueda cometer otro error.
La campanilla de encima de la puerta tintinea cuando entro.
Este sitio siempre ha sido mi botón de reinicio.
Tras el mostrador, Callie alinea unos macarons con precisión de cirujano, mientras que Sloane termina de atender a un cliente.
Lilah me saluda desde el reservado de la esquina con la mano, acariciando con la otra su pequeña barriguita de embarazada, con un gesto que es tan protector como automático.
Resplandece como rayos de sol embotellados.
Me alegro por ella.
Se merece cada alegría que se ha encontrado en el camino.
Me deslizo en el asiento a su lado y hago lo que puedo por fingir que no me estoy viniendo abajo por dentro. Un minuto después, Callie y Sloane se unen a nosotras, sosteniendo en equilibrio unas tazas y una bandeja de bollería que huele totalmente divina.
Una vez estamos todas sentadas, ellas dirigen su atención hacia mí. Cuando no les suelto inmediatamente lo que pasa, Sloane ladea la cabeza con los ojos inundados de curiosidad.
Callie empuja un cruasán de mantequilla hacia mí.
—Venga. Habla.
La mano de Lilah encuentra la mía.
—¿Qué ha pasado? Nos morimos por saber de qué va todo esto.
Su pregunta hace que se me atenace la garganta y bajo los ojos hacia mi café. El vapor me nubla la vista.
—Estaba en una reunión con Evelyn y entonces...
Me detengo.
Solo pensar en su nombre hace que me recorra un escalofrío.
¿Cuándo demonios ha empezado a pasarme eso?
Mis tres amigas permanecen en silencio, esperando con paciencia a que yo continúe.
Cuando soy incapaz de encontrar las palabras adecuadas, Lilah dice:
—Pareces acalorada. —Me observa por encima de su taza—. ¿Te encuentras bien?
—Sí, estoy bien. —Me aflojo un poco el cuello de la blusa—. Se me ha puesto un poco de calor al venir andando, nada más.
Sloane se reclina hacia atrás y su rostro se inunda de escepticismo.
—Estamos a principios de noviembre, y esto es Chicago. Vuelve a probar. ¿Qué ha pasado? ¿Por fin el sexi de Hugh se ha lanzado y ha confesado su amor eterno por Evelyn?
Lila tose y casi se atraganta con el té.
—Oh, Dios mío. Eso no va a pasar jamás .
—Por favor. —Sloane sonríe—. Esos dos están a una sola discusión de llegar a la detonación terminal. Y déjame decirte una cosa... Estoy aquí esperándolo.
Callie se apoya la barbilla en la mano.
—¿De eso va todo esto? ¿Ha ocurrido algo entre Hugh y Evelyn?
—Bueno... —digo, evasiva—. Sí que él ha interrumpido nuestra reunión de esta mañana.
A Sloane le brillan los ojos.
—Vamos, cuéntanos más. De hecho, cuéntanoslo todo. Y no te atrevas a dejarte ni un solo sucio detalle.
Lilah hace un gesto con la mano, quitándole importancia.
—Evelyn antes estrangularía a ese hombre que... Bueno, que cualquier otra cosa.
Sloane sonríe con malicia.
—Oh, sí que le rodearía con algo, seguro, pero no con las manos.
Lilah gruñe.
—Qué mala eres.
—Estoy completamente en lo cierto —dice Sloane sin vacilar.
Callie da una palmada, con un movimiento decidido.
—Centraos, señoras. Volvamos a Rina.
Cuando sus tres rostros expectantes se giran otra vez hacia mí, se me hace un nudo en el estómago.
Lo que tengo con Oliver no es una relación.
Es un desastre envuelto en química.
Él es más bien una bomba de relojería con unos estupendos abdominales.
—No sé por dónde empezar —murmuro, titubeando sobre si contarles que llevo dos meses acostándome con Oliver Van Doren.
—¿Qué tal por el principio? —El tono de voz de Sloane es todo meloso y dulce.
Es de esa clase de dulzura que normalmente precede a un homicidio.
Solo puedo decir que la mujer ha estado tragándose demasiados podcasts de crímenes reales antes de irse a dormir.
—¿Ha pasado algo en el trabajo? ¿Otra pesadilla de relaciones públicas que limpiar? —Los dedos de Callie rozan los míos.
—No. —Un diminuto estremecimiento aletea por todo mi cuerpo—. No es nada del trabajo.
Las tres intercambian largas miradas y eso me hace desear desaparecer de allí, pero tengo que librarme de esto.
—He estado liándome con alguien —admito.
Todas se quedan paralizadas.
—¿Le conocemos? —pregunta Callie con cautela.
—Pues no. —La mentira me sale con tal vez demasiada facilidad—. Es un tío cualquiera con mucha labia.
Sloane entrecierra los ojos.
—¿Es el mismo tío que mencionaste hace unas semanas?
Mierda.
Callie se echa a reír y Lilah sonríe por detrás de su taza. Sloane parece estar a solo unos segundos de arrastrarme a un cuartito e interrogarme bajo la luz de un foco.
Antes de que pueda echarme para atrás, me vibra el teléfono.
Luego, por segunda vez.
En contra de mi buen juicio, le echo un vistacito a la pantalla.
Gran D. ¿Te he mencionado lo mucho que me gusta tener tu sabor en mis labios?
Gran D. La próxima vez, no pienso parar hasta que grites mi nombre. Y me importa una mierda quién lo oiga.
El calor me inunda, la mano se me resbala de la taza y casi tiro mi bebida.
Sloane se inclina hacia adelante, y pilla algo de la pantalla antes de soltar una carcajada.
—Perdona, ¿de verdad pone ahí Gran D ? ¿No será de «gran-de por de-bajo del pantalón»?
—Quizás —murmuro.
—Oh, cariño. —Una lenta sonrisa se apodera de su rostro antes de volverse como la de una loba—. No hay ningún quizás que valga. La única pregunta es...¿quién ese ese Gran D?
Las cejas de Lilah se elevan y Callie se muerde el labio, con los hombros temblando por la risa contenida. Más que ninguna otra cosa, me dan ganas de que me trague la tierra. Esto ha sido un error. No tendría que haberles sacado el tema.
—¿Se trata de alguien que te gusta de verdad? —pregunta Callie.
—Absolutamente no —salto—. Solo es...
—¿Un excelente conversador? —interviene Lilah.
Aprieto los labios con fuerza.
—No es nada serio. Solo un entretenimiento.
Sloane arquea una ceja.
—Y sin embargo aquí estás, prácticamente vibrando cuando Gran D aparece iluminando tu móvil.
No se equivoca.
Y ese es el problema.
—¿Estás segura de que no hay algo más? —pregunta Lilah, suave pero con aire de saber lo que pasa. Casi como si pudiese ver a través de mis mentiras.
—Pues no. —La sonrisa que me obligo a mostrar es frágil y quebradiza—. Honradamente, creo que ya ha durado lo que tenía que durar.
Por la expresión de sus caras, ninguna de ellas me lo está comprando.
—De todos modos... —Me aclaro la garganta antes de cambiar rápidamente de tema—. Este fin de semana será la subasta. Tendríais que haber visto lo enfurruñado que estaba Oliver por eso. Lo va a pasar fatal en el escenario.
—No puedo esperar a verlo —dice Sloane, riendo.
—Apuesto a que Oliver recibirá la puja más alta —añade Lilah.
Frunzo el ceño de golpe.
—¿De verdad lo crees?
Tres miradas me clavan en el sitio y más calor trepa por mi cuello.
Mi teléfono vuelve a vibrar. Es un ataque violento, firme y sin compasión, contra el mantel.
Incapaz de aguantar otro segundo más, le doy la vuelta y lo pongo boca abajo.
Pero el ruido sigue reverberando en la madera hasta que el pulso se me dispara a un ritmo frenético.
Uno que resuena con algún eco en lo más profundo de mí, aunque él haya liberado esa pulsión tan solo hace unas horas.
Ese es el momento en que me doy cuenta de lo jodida que estoy.
¿Y lo que es incluso peor?
No tengo ni idea de qué hacer al respecto.