Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo cuatro
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Capítulo cuatro

OLIVER

E n el preciso instante en que la tengo entre mis brazos, la energía nerviosa que llevaba todo el día removiéndose bajo mi piel se centra nítidamente.

Todo lo demás, el entrenamiento, los medios, el ruido que intenta abrirse paso, se desmorona hasta que solo existen la calidez de su cuerpo y la suave seducción de su aliento.

Mi sesión en el gimnasio ha sido un desastre.

Uno de los novatos no podía parar de cotillear, y la prensa ha retorcido una de mis frases de después del partido para que pareciese que dije algo que no quería decir.

Llevo toda la mañana conteniéndome, y cuando vi a Rina caminando hacia el despacho de Evelyn, serena e intocable con ese estilo suyo tan pulido, todo en mi interior se ha desatado sin control.

Rina me mira fijamente, con los ojos brillantes y peligrosos incluso bajo la tenue luz de este cuarto de utilería.

—Tengo que volver al despacho de Evelyn —protesta, intentando mantener la compostura —. Estoy en mitad de una reunión.

¿De verdad se cree esta mujer que voy a dejarla ir?

Sí, claro... Ni en broma.

—He visto entrar a Hugh —murmuro contra su oreja—. Confía en mí, dudo que alguien te eche de menos.

Ella se revuelve, intentado soltarse, pero yo no se lo permito.

Deslizo una mano desde la curva de su hombro hasta la delicada columna de su garganta, rodeándola con los dedos solo lo suficiente para que sea un gesto posesivo, mientras con el pulgar recorro el palpitar frenético de debajo de su piel, acariciándolo.

Es un contacto suave, íntimo, y tiene el efecto exacto que yo buscaba.

Un leve temblor recorre su cuerpo y ella se relaja en mis brazos.

Su presencia tiene la misma clase de impacto en mí. Ella ni siquiera tiene que tocarme para que el ruido de mi cabeza se reduzca. Con solo una mirada suya, todo se serena dentro de mí.

Es la calma que me muero por tener y la tormenta de la que no puedo escapar.

Rina puede jurar que ni desea esto, ni a mí, pero cada temblor que le recorre el cuerpo la traiciona. Cada parte de ella desvela la verdad cuando estamos juntos.

Deslizo la otra mano hacia abajo, hacia el borde de su falda, antes de subir por su muslo, hasta que mis dedos encuentran su zona más caliente a través del fino algodón de sus bragas.

Me trago un gemido de protesta.

Es imposible no hacer ningún ruido al palpar la suave y húmeda calidez que me está esperando. Ella se aprieta más contra mí con un pequeño movimiento involuntario.

Yo le pongo la boca en la parte de arriba de su oreja.

—Ni se te ocurra decirme que no te estabas muriendo de ganas de esto. Te conozco, nena. Sé exactamente lo que desea tu cuerpo. También sé que soy el único capaz de dártelo.

Su resistencia se resquebraja, pedazo a pedazo, igual que un cristal sometido al calor. Hay una parte de mí que desea tenerla aquí, encerrada, para siempre.

Oculta y a salvo.

Mía.

Pero mi parte más inteligente sabe que eso es insensato y adictivo a partes iguales.

Señor, ¿cómo diablos voy a conseguir suficiente de esta mujer?

—Oliver —dice ella, convirtiendo mi nombre en una advertencia—. Esto es peligroso.

En vez de empujarme para que me aparte, sus dedos se enroscan en mi antebrazo, manteniéndome atrapado en el sitio.

La puerta chirría, se abre, y unas botas se arrastran por el cemento.

Mierda.

Chuck, el responsable de utilería, entra tranquilamente, silbando, y se pone a revolver una estantería de protecciones. El instinto se hace cargo de la situación y yo arrastro a Rina más adentro, hacia las sombras, apretándola fuerte contra mí.

El riesgo de que nos pillen chisporrotea en el aire, transformándolo en electricidad.

Si alguien averigua lo nuestro, ella perderá su trabajo antes de que yo pueda explicar la situación siquiera. Debería soltarla ahora mismo, pero estoy hecho para el enfrentamiento, no para la retirada.

Ella se tensa, abriendo mucho los ojos.

Me acerco más.

—No te muevas ni hagas ni un ruido, o si no Chuck va a captar una escenita de la hostia.

Se le escapa un sonido, y su pecho sube y baja rápidamente cuando yo le aparto las bragas y deslizo dos dedos en lo más profundo de ella.

Ella los aprieta involuntariamente, ya empapada y muerta de ganas.

El sonido apagado que hace apenas es un jadeo ahogado, pero resuena por mi cuerpo rebotando como una bala.

Chuck se detiene en seco a media tarea, girando la cabeza para examinar la estancia en penumbra.

—Silencio —susurro—. O él verá que tengo los dedos metidos en este dulce coñito. No querríamos que eso pasara, ¿verdad?

Me la acerco más hasta que cada centímetro de su cuerpo está apretado contra el mío. La tentación de moverme, de hacerme con ella, es como un cable pelado dando saltos bajo mi piel.

Chuck murmura algo sobre unos guantes perdidos antes de volverse de nuevo hacia las estanterías. No parece tener ninguna prisa por marcharse y continúa revolviendo y rebuscando entre las piezas de los equipos. Cada segundo que se alarga me parece más cercano a una eternidad.

Muevo los dedos dentro de ella, como si tuviésemos todo el tiempo del mundo, doblándolos de la forma que sé que le gusta. Sus caderas se agitan, traicionándola aun cuando intenta retorcerse para soltarse.

—Ábrete más, pequeña —murmuro contra su sien, dándole un beso en la cálida piel—. Déjame que te folle bien con la mano mientras tenemos a Chuck a menos de cinco metros.

Cuando ella titubea, con el cuerpo temblando de indecisión, le doy unos golpecitos de advertencia con el dedo en el clítoris.

Con un gemido de impotencia, ella abre las piernas.

Con la otra mano, le desabrocho los botones de su blusa hasta que tiene un buen hueco abierto. Entonces deslizo los dedos dentro del sostén y le bajo las copas de tejido sedoso, permitiendo a sus pechos liberarse más allá de sus confines.

—Así está mucho mejor, ¿verdad? Soy un gran creyente en el movimiento «Libera el pezón».

Se los retuerzo y tiro de ellos hasta que su cuerpo se sacude bruscamente. Ella se tapa rápidamente la boca con la mano mientras se le escapa un gemido ahogado. Ese dulce sonido solo consigue espolearme más.

—Mírate —susurro, rozándole la piel con los dientes—. Tu coñito me aprieta tan fuerte... Suplicando que lo llene. El bueno de Chuck no tiene ni idea de lo cerca que estás de correrte en mi mano.

Sus uñas me marcan medias lunas en los antebrazos, lo bastante fuerte para que me duela un poco.

Cada tensa línea de su cuerpo grita que está al borde de deshacerse.

Y me encanta, joder. Me encanta poder hacerla correrse con solo una caricia.

Nadie lo diría por la forma tranquila y profesional con la que ella se mueve por esos pasillos.

—¿Estás lista para correrte para mí, pequeña? —murmuro contra el hueco de su garganta. Verla así hace trizas cada gramo de autocontrol—. Quiero mirarte mientras te corres.

En algún sitio, cerca, el responsable de utilería suelta una maldición antes de encontrar lo que buscaba y alejarse hacia la salida. Aunque Rina esté intentando contenerse, no lo está consiguiendo del todo. Justo cuando él cruza la puerta, el dique se rompe y ella se deshace.

El sonido que se le escapa está a medio camino entre un sollozo y un gemido.

Pongo la otra mano sobre su garganta, sin apretar, sujetándola contra mí mientras su cuerpo convulsiona contra mis dedos.

La puerta se cierra detrás de Chuck al mismo tiempo que sus caderas se mueven espasmódicamente y ella grita en su propia mano, palpitando tan fuerte ahí abajo que puedo sentirlo a través del hueso y del músculo.

Me la trabajo con el ritmo exacto que la mantendrá volando, acomodando cada cambio de presión y velocidad a los temblores que la recorren por todas partes. Sus músculos se aprietan alrededor de mis dedos, se liberan y luego vuelven a apretar.

Cada contracción es una confesión a regañadientes que ella no quiere admitir.

Rina puede negarlo todo lo que quiera, pero su cuerpo me dice la verdad.

Todas y cada una de las veces.

Cuando por fin se derrumba contra mí, exhausta y temblorosa, con la blusa abierta, saco los dedos y me los llevo a la boca, probando su sabor, adueñándome de la prueba del placer que le he dado.

—Mmm —murmuro—. Nunca me canso de lo cremosita que te pones para mí.

Sus ojos nublados se abren mucho justo antes de que mi boca descienda de golpe sobre la suya, obligándola a sentir el sabor de su propia excitación en mi lengua.

Ella gime cuando la beso más profundo. Es un sonido primitivo que hace que se me endurezca la polla, y todavía más cuando mis dedos encuentran sus pechos y vuelven a pellizcarle los pequeños bultitos erectos.

Reconozco el momento exacto en que la niebla que le nubla el cerebro se aclara y la furia entra en él igual que un maremoto. Me empuja, temblando por todas partes. La ira de sus ojos contradice la forma en que su cuerpo sigue aferrándose al mío.

Joder, está preciosa así.

Toda enfadada y creyéndose en posesión de la razón.

Increíblemente viva.

La beso una última vez antes de apartarme. Cada centímetro de mí se muere por poseerla y hacerla mía, sin que ella pueda negarlo.

—Oliver, de verdad que tenemos que hablar de esto.

Hablar.

La palabra atraviesa mi propia neblina. ¿No se cansa nunca de fingir que somos algo de lo que puede librarse razonando?

Por Dios, yo sí.

Si se ha creído, ni por un instante, que la dejaré acabar con esto, es que no está en sus cabales.

—Lo siento, nena. Ojalá pudiera, pero tengo una reunión con el entrenador en cinco minutos.

Su expresión traiciona un atisbo de una mezcla de pena y resignación antes de enmascararlas rápidamente mientras me giro. Siento que dejarla ahí es igual que arrancar algo tirando de las raíces, pero no hay nada más que pueda hacer.

Aparte de darle más tiempo, no sé cómo llegar hasta ella si no.

Cuando atravieso el umbral, el pasillo me parece frío y la luz demasiado brillante.

Lo peor es que todavía noto su olor en mi piel. Es un fantasma de todo lo que no debería desear.

Durante solo un segundo, casi me detengo y me doy la vuelta.

Casi.

Pero me obligo a seguir andando. Una vez que he vuelto la esquina me saco rápidamente el móvil del bolsillo y escribo en él.

Yo: Entonces... Solo por curiosidad, ¿cómo convenciste a Ava de que te diese una oportunidad?

Mi hermano mayor tarda menos de diez segundos en responder.

Hayes: ¿Qué te hace pensar que hizo falta convencerla?

Yo: Que te conozco, gilipollas.

Hayes: Está bien. Le dejé claras mis intenciones para que entendiera que no estaba jugando.

Su respuesta me arde por detrás de los ojos mucho después de haberme guardado el móvil en el bolsillo.

Rina cree que dibujando líneas en la arena puede hacer que nuestra relación esté guiada por la racionalidad y las reglas. Todavía no se ha dado cuenta de que esas líneas se fueron volando con el viento hace ya tiempo.

Lo que no pilla es que llevo años deseándola. Desde la primera vez que entró en la sala de prensa de los Railers como la nueva responsable del Departamento Relaciones Públicas.

¿Y ahora que por fin he conseguido probar un poquito de cómo es tenerla corriéndose en mis brazos?

No hay vuelta atrás.

Y ya no se trata solo de deseo.

Una necesidad que tengo metida en los huesos.

Una oleada de ganas que ahoga todo lo demás, hasta que ella es lo único que existe.