Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo tres
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Capítulo tres

RINA

En el presente...

La oficina de Evelyn Kingston huele ligeramente a limpiador de lavanda y a dinero antiguo.

No de esa clase tan aparente que anda clamando atención, sino del tipo silencioso que lleva generaciones definiendo a Chicago.

Está sentada tras su escritorio de cristal igual que una reina en su trono.

Sus pendientes de perlas resplandecen mientras lee rápidamente la proposición para el evento que le he mandado esta mañana por email.

Yo me he aposentado en una silla al otro lado de su mesa, con el iPad en la mano y la agenda para la gala abierta entre nosotras.

—El cátering confirmado de Beau Masterson —dice Evelyn, dando golpecitos contra una de las páginas con una uña de manicura perfecta—. Me gustaría destacar esa colaboración en la nota de prensa. Es un nombre reconocible.

—Puedo meter eso en el primer párrafo —respondo, tomando nota rápidamente—. Y la pastelería de Callie se encarga de los postres.

La boca de Evelyn dibuja una sonrisa.

—Perfecto. Lakeshore Sweets tiene una clientela local fiel. Quiero que el evento tenga el aire de estar centrado en la comunidad y menos en el mundo corporativo.

Sonrío.

—Entonces, me aseguraré de que la cobertura de los medios refleje eso. ¿Qué tal un vídeo entre bastidores de Callie y Sloane preparando la presentación de los postres?

Sus ojos se iluminan con aprobación.

—Exacto. Los jugadores atraerán la atención, pero la gente recuerda los detalles. Tú tienes un don para eso.

Después de cuatro años en el departamento de relaciones públicas de los Railers, he aprendido que los detalles lo son todo. Sobre todo a la hora de andar limpiando detrás de los chicos. Puedo darle la vuelta a un posible escándalo antes de tomarme el primer café del día.

Y es exactamente por eso por lo que no tendría que ponérseme el pulso a mil cuando me vibra el iPad y una notificación de un mensaje de texto pasa rápidamente por la parte superior de la pantalla.

Gran D. He estado pensando en ti.

El calor trepa por mi cuello. Aparto el mensaje con el dedo antes de que Evelyn pueda darse cuenta y vuelvo a centrarme en la agenda aunque se me haya parado un momento el corazón.

—El equipo de Beau necesitará acceso al muelle de descarga hacia las cuatro —prosigue ella.

Zumbido.

Gran D. No puedo esperar a volver a ponerte las manos encima.

Aprieto más fuerte la pluma que tengo en la mano, casi hasta que estoy a punto de partirla en dos.

Ignórale.

Céntrate.

Eres una profesional, Rina.

Zumbido.

Gran D. Dios, me muero de hambre. No he dejado de pensar en tu sabor en mi lengua.

El calor se enrosca en mi vientre y yo alargo la mano hacia el cuello de mi blusa y me desabrocho el botón de arriba, como si eso pudiese hacer alguna maldita cosa para refrescarme.

—¿Rina? —La nítida voz de Evelyn atraviesa la neblina de mi mente. Me observa con cautela y frunce el ceño—. ¿Estás bien? Pareces acalorada.

—Ajá. Bien del todo. —La respuesta me sale con un tono demasiado agudo.

Sus ojos se estrechan.

—¿Necesitas un poco de agua?

—Sí —suelto antes de poder contenerme—. Eso me vendría genial.

Ella se acerca a la mininevera y vuelve con una botella bien fría. Me tiemblan las manos cuando giro el tapón. Me bebo de un trago la mitad de la botella, como si llevase horas caminando por el desierto. El agua helada no hace nada por calmar el calor que devora mi interior.

Zumbido.

Gran D. Esta noche voy a hacerte gritar.

Me muerdo el interior de la mejilla hasta que me escuecen los ojos.

Puta. Hostia. Bendita.

Este hombre tiene que parar.

Si Evelyn me mira fijamente otro segundo más, verá todo lo que he estado intentando contener con todas mis fuerzas. Las mariposas, el palpitar inquieto por debajo de mi piel, las reglas que he estado ignorando.

Mi contrato incluye una estricta cláusula de no confraternización en lo referente a los jugadores. Una que yo firmé sin pensármelo dos veces. Si alguien viese algo de estos mensajes, estaría limpiando mi mesa antes de que acabase el día.

Los jugadores de hockey nunca han sido lo mío.

Vale... Tal vez uno en particular se haya convertido en lo mío, muy a mi pesar.

Lo cual es un verdadero problema.

El alivio me invade cuando se abre la puerta y entra Hugh Landry a grandes zancadas, con su impecable traje y su tranquilo aire de autoridad. Junto a Evelyn, es el otro propietario de los Railers.

—¿Tienes un momento?

Ella endereza la espalda, una sutil señal de enfado que he aprendido a reconocer.

—Lo siento, estamos en medio de un asunto.

La atmósfera entre ellos se carga y saltan chispas. Sea lo que sea esto, no necesito un asiento en primera fila.

Me pongo en pie antes de sufrir una combustión espontánea en el inmaculado despacho de Evelyn Kingston.

—Ejem... Tengo que ir un momentito al lavabo. Ahora mismo vuelvo.

—Tómate tu tiempo —dice Hugh, con la mirada clavada en mi jefa.

—Claro, por supuesto. —Mis tacones resuenan un poco demasiado rápidos por las baldosas cuando me escapo pasillo abajo. El teléfono que vibra en mi bolsillo solo intensifica el deseo que estoy tratando de ignorar.

El baño.

Agua fría.

Contrólate. Rina.

Tú estás por encima de esto.

Doblo la esquina, concentrada en llegar hasta allí antes de arder en llamas, y entonces una puerta se abre de golpe y sale una mano disparada.

Grito cuando sus dedos me agarran por la muñeca y tiran de mí hacia adentro.

La puerta retumba al cerrarse y la habitación se queda en una penumbra en la que flotan los olores a sudor, hielo y limpiador de cuero.

El chillido que se me escapa queda oculto por el ruido de mi corazón cuando mi espalda choca contra un pecho sólido y unos brazos fuertes me rodean, sosteniéndome en el sitio.

—¡Suéltame! —Primero me retuerzo. Entonces, me quedo paralizada cuando mi cuerpo reconoce contra quién estoy apretada.

Oliver Van Doren.

Tiene un aspecto peligrosamente bueno con el pelo húmedo por el sudor, la camiseta pegada a sus bíceps, y unos ojos que relucen con un brillo travieso.

Luego está la sonrisa chulesca y lujuriosa que hace pedazos mi compostura cada vez que aparece.

—¿Qué diablos te crees que estás haciendo? —Le bufo.

El profundo resonar de su risa le vibra por el cuerpo.

—Sabes lo mucho que odio que me ignores, pequeña. —Su tono rezuma una maléfica satisfacción—. Solo intentaba captar tu atención. ¿Ha funcionado?

Su boca desciende más cerca de mi oreja y noto su aliento caliente contra la piel.

—Además... —Uno de sus dedos se pasea lentamente por la parte delantera de mi blusa, deteniéndose en el botón que me he olvidado de volver a abrochar—. Los dos sabemos que ibas de camino al baño para aliviarte un poco tú sola.

Tiene razón, pero no pienso admitirlo ni aunque se congele el infierno.

Me obligo a responderle con tono altanero.

—¿Estás loco? Estamos en medio de la jornada laboral.

—Habla por ti. —Él se acerca más—. Y ahora que te tengo exactamente donde te quería... —Sus manos me aprietan la cintura con más fuerza—. No pienso dejarte escapar.

Odio la parte de mí que desea fundirse contra él y dejar de fingir que soy inmune a sus encantos.

—No eres tú quien decide eso, Oliver.

Pero la peor parte, esa que no soy capaz de reconocer, es que... cuando me pone las manos encima, no quiero que las aparte jamás.

Y durante un peligroso instante, me olvido de todas y cada una de las reglas que me juré que no rompería.