Capítulo dos
OLIVER
La cálida luz del sol atraviesa las persianas y se extiende sobre mi espalda desnuda.
Por un instante, creo estar soñando.
La piel de Rina.
Su voz.
La forma en que se movía por debajo de mí, suave y salvaje.
En la vida real, Rina Reynolds apenas puede tolerar mi presencia. La mitad del tiempo me mira como si estuviese imaginándose lo profundo que me podría clavar un tacón de aguja en el pecho. La otra mitad, actúa como si yo no existiera en absoluto.
Aprieto la cara contra la almohada, intentando preservar los difusos retazos antes de que la realidad se imponga del todo.
Las sábanas huelen débilmente a ella. Algo cálido y femenino por debajo de las notas de whisky y sudor.
Me golpea bajo y profundo, con una emoción de añoranza que soy reacio a bautizar.
Preferiría con mucho quedarme aquí, atrapado en ese espacio intermedio en el que nada parece real y todo podría serlo aún.
Pero las imágenes no dejan de llegarme.
Ella en el bar con ese quiero y no puedo de Wall Street dándole la chapa.
La forma en que sus ojos se clavaron en los míos cuando la arrastré a la pista de baile.
El viaje en taxi hasta su apartamento.
Piel desnuda y calor.
Los recuerdos me golpean más fuerte ahora. Son menos como un sueño y más como pruebas de lo que ha ocurrido.
Abro los ojos de golpe y me giro para encontrarme con Rina a mi lado.
Su cabello oscuro se extiende por la almohada, enredado por el sueño.
Tiene el rostro vuelto hacia mí y sus pobladas pestañas descansan sobre sus mejillas sonrosadas.
Sus labios siguen todavía algo hinchados y hay una ligera marca en su cuello.
Ver eso hace que una satisfacción primaria me ruja por las venas.
Esa es mi marca sobre su piel.
Maldita sea, está tan hermosa así.
Desprotegida y desgarradoramente real.
Más recuerdos me golpean. Sus uñas arañándome la espalda, el ronco sonido de mi nombre en su lengua, y la forma en que se ha deshecho por debajo de mí.
¡Por todos los infiernos!
No ha sido un sueño, en absoluto.
Me paso una mano lentamente por la cara, sonriendo, antes de poder contenerme.
Ella se remueve a mi lado y sus pestañas aletean rápidamente antes de que sus ojos oscuros se abran. En el preciso instante en que su mirada se topa con la mía, su gesto se congela. La somnolencia deja paso al horror incipiente.
—¡Oh Dios mío! —Se sienta de golpe, sosteniéndose la sábana contra los pechos—. Dime que nosotros no...
—Oh, decididamente lo hemos hecho. —Mi sonrisa se hace más amplia y me pongo las manos por detrás de la cabeza.
Sus mejillas adquieren una preciosa tonalidad rosada.
—Esto ha sido un error. Uno que no puede volver a ocurrir jamás.
—Oh, pero va a ocurrir de nuevo, cariño. —Me estiro con gesto perezoso, consciente de que ella está intentando no mirarme fijamente. Sus ojos descienden fugazmente hasta mi torso antes de que los obligue a alejarse a la fuerza.
—Oliver...
—Puedes negarlo cuanto quieras —digo, volviéndome de lado y agarrándola por la muñeca antes de que pueda escapar. Tiro suavemente hasta que la tengo pegada a mí, con su pelo derramándose sobre mi pecho, cálido y revuelto contra mi piel—. Pero ambos sabemos lo que es esto.
Cuando abre la boca para discutir, mis caderas se levantan, y sea lo que sea lo que estuviese a punto de decirme, se esfuma.
Sus muslos se abren para dejarme espacio, como un gesto reflejo, y eso es lo único que necesito para meterme en ella con un empentón profundo que nos hace a ambos soltar un jadeo.
—Oliver...
Le pongo las manos en las caderas y me muevo.
Lentamente al principio, luego más profundo y más duro, hasta que cada sonido que ella suelta se me mete directamente en la cabeza.
Esa forma en que su cuerpo se desliza y los sonidos que se le escapan sin poder hacer nada para remediarlo.
Todo es calor y fricción, y ser consciente, atónito, de que jamás había deseado tanto a nadie.
Ella se agarra a mí y me clava los dedos en los hombros mientras el mundo se reduce a este único punto de contacto.
Es duro, cargado de deseo y adictivo.
Tal como sabía que sería.
Cuando se corre, lo hace con mi nombre en los labios y ese sonido por si solo casi me desmonta. Yo la sigo con un gruñido primario, moviéndome dentro de ella, profundamente, antes de perder por completo el control.
Durante unos segundos, solo se escucha el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas, como si los dos hubiésemos corrido una maratón. Ella se deja caer contra mí antes de enterrarme la cara en el cuello.
No hay nada más que silencio.
Esa frágil y perfecta calma de después de la tormenta. Durante un momento, casi me permito a mí mismo creer que esto podría significar el inicio de algo nuevo.
—Ay, joder —susurra ella.
—Sí, eso es lo que hemos hecho. —Con una sonrisa, le paso la mano por la curva de la espalda—. Dame diez minutos y podremos volver a hacerlo otra vez.
Su cabeza se levanta y sus ojos se entornan cuando el peso de la realidad desciende sobre ella de golpe.
—Largo de aquí.
Yo pestañeo, todavía medio embriagado por su aroma y su contacto.
—¿Disculpa?
—Ya me has oído. Esto ha sido un error. Total. —Ella se desliza para apartarse de mí, envolviéndose con la sábana con fuerza, como si fuese una armadura—. Trabajamos juntos, Oliver. Si alguien lo descubre, es mi puesto el que estará en la cuerda floja, no el tuyo.
Esa simple verdad tendría que haber sido como un cubo de agua fría que me hubiesen echado por la cabeza. Debería recordarme lo que estamos arriesgando... La directora de recursos humanos acostándose con la peor pesadilla del equipo en lo referente a la prensa amarilla.
Un solo rumor, y ella estará acabada.
Pero en vez de enfriarme, la forma en que se le quiebra la voz solo me hace desearla todavía más.
Me enderezo, saco las piernas por el borde de la cama y luego apoyo los codos en las rodillas y la observo pasear arriba y abajo por la habitación.
La sábana se desliza peligrosamente más hacia abajo con cada paso, provocándome con exhibiciones de piel desnuda que ella no es consciente de estar enseñando.
—¿Lo dices en serio?
Su mirada podría cortar el vidrio.
—Del todo.
—Qué gracioso. No me pareció ningún error hace solo unos minutos.
Durante un instante, ella flaquea. Veo el temblor de sus dedos y el fugaz brillo de algo en sus ojos antes de que sus muros vuelvan a levantarse de golpe en su sitio habitual.
—Lo ha sido. Probablemente el mayor error que he cometido jamás —murmura.
Me paso una mano por el pelo y me aparto del colchón, dejando que el edredón caiga al suelo al ponerme en pie. El aire vuelve a sentirse denso entre nosotros, cargado por la intimidad que acabamos de compartir y por todo lo que ella quiere negar tan desesperadamente.
—Y sin embargo.... —Mis vaqueros están hechos un montón arrugado en el suelo cerca de la cómoda.
Me coloco sobre ellos sin prisas, y me los subo mientras sus ojos la traicionan con una rápida mirada.
La cremallera se desliza hacia arriba y el sonido metálico rompe el silencio—.
Todavía acabaste montada en mi polla. —Hago una pausa, fingiendo pensar—.
¿Cuántas veces fueron... ¿Cuatro? —Me retuerzo para meterme en mi camisa.
Ella se queda boquiabierta y el color le inunda las mejillas.
—Eres increíble.
—Estoy bastante seguro de que dijiste algo parecido anoche.
Ella recoge una blusa del suelo con gesto brusco, se la pone por la cabeza y poco menos que me empuja hasta la puerta.
—No hagas que esto sea más duro de lo que tiene que ser.
Bajo la vista hacia ella y veo el pelo revuelto, los labios casi amoratados de tanto beso, las tenues marcas de su garganta. Está furiosa y acalorada... Y es dolorosamente hermosa.
—Cariño —digo, inclinándome lo suficiente como para que ella dé un pequeño respingo—, todavía no has visto lo que es que algo se ponga duro de verdad.
Sus ojos sueltan una chispa de advertencia.
—Largo.
Con una sonrisita canalla, agarro la chaqueta de la silla y me dirijo hacia la puerta.
—Lo que tú digas.
Aunque la respuesta me salga fácilmente, cuando salgo al pasillo se me encoge más el pecho de lo que debería. Ella cierra de un portazo tras de mí, lo bastante fuerte para hacer vibrar el marco.
Me quedo ahí parado un instante. El pasillo huele débilmente a café y a limpiamuebles. Hay demasiada luz después de la noche que acabamos de compartir. El contraste casi me hace echarme a reír.
El delicado aroma de su perfume sigue pegado a mi piel como un secreto que no sé cómo guardar. Me pongo la chaqueta, me paso la mano por el pelo, y luego saco el móvil. Una gran sonrisa vuelve a extenderse por mi cara antes de que pueda detenerla.
En vez de escribir algo real, algo que describa la añoranza que se ha instalado en lo más profundo de mí, hago lo que hago siempre y convierto mis sentimientos en una broma.
Yo: Que lo sepas: acabo de acostarme con la futura Sra. Van Doren.
Contemplo un instante el mensaje para mi hermano antes de darle a enviar.
Rina piensa que esto ha sido un error.
Y tal vez tenga razón.
Probablemente lo fuese.
Pero no puedo recordar la última vez que un error me pareció tan acertado.
Ni tan real.
Ella cree que puede alejarse sin más.
Pero, ¿yo?
Ya estoy metido hasta el cuello.
Rina Reynolds no tiene ni idea de en lo que acaba de meterse.
Por otra parte, tal vez yo tampoco.