Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3) Capítulo uno
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Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3)

Para siempre a mi lado (Chicago Railers Hockey 3)

Por Jennifer Sucevic

© inepub.com

Capítulo uno

RINA

Dos meses antes...

Los graves retumban tan fuerte que puedo sentirlo en los huesos.

Es un ritmo constante por detrás de la música.

Las luces estroboscópicas se desparraman por el club abarrotado, pintando la multitud con destellos plateados y azules.

Hay cuerpos moviéndose en todas direcciones.

El aire está cargado de perfume, de sudor y del penetrante aroma del vodka derramado.

Mi cita se inclina hacia mí y grita algo sobre las previsiones trimestrales.

O sobre los márgenes de ganancias. O sobre lo que sea que los hombres como él crean que les hace interesantes.

Le huele ligeramente el aliento a ginebra.

Yo asiento, le doy un sorbo a mi copa y finjo que le estoy escuchando mientras mi mente divaga.

Es un tipo bastante agradable.

Elegante, de éxito, una opción segura.

Y tremendamente fácil de olvidar.

¿Por qué estoy tan inquieta?

He venido aquí para recordarme a mí misma que todavía era capaz de hacer esto.

Que podía sonreír, flirtear y fingir que me importaba.

Pero lo único en lo que pienso es en lo vacía que me siento.

En lo mucho que mi vida gira en torno a encargarme de los desastres de otras personas mientras los míos permanecen bullendo silenciosamente por debajo de la superficie.

Me llevo un shock al descubrir un rostro conocido.

Uno que llevo meses entrenándome a mí misma para no mirar.

Uno que pertenece a un hombre que se encuentra totalmente en territorio prohibido.

Verle hace que todo me dé un vuelco antes de poder ocultar mi reacción.

Me digo a mí misma que debo apartar la mirada.

Que debo recordar todos los motivos por los cuales no debería desearle.

Pero mi cerebro se niega a escuchar.

Oliver Van Doren está apoyado en la barra del bar, con un vaso de whisky tranquilamente en una mano y con la apariencia misma del pecado hecho carne.

Sus hombros tiran de la pálida tela de su camisa.

Cada una de sus líneas está trabajada con una despreocupada confianza.

Lleva los botones de arriba desabrochados y muestra un poco de piel, y una arrogancia que parece deliberada.

Lleva el pelo rubio algo despeinado, solo hasta el punto en que parece que alguien le ha introducido ya las manos en él.

No necesita reclamar la atención de nadie.

La gente se la ofrece solita.

Aunque me esté diciendo a mí misma que tengo que girarme antes de que él note que le miro, mis ojos siguen haciéndose los remolones. Hay algo en él que no soy lo bastante fuerte para combatir.

Y eso supone un problema.

En cuanto sus ojos se encuentran con los míos, el ruido del club se desvanece hasta convertirse en solamente el ritmo sordo del bajo y el zumbido de la electricidad entre nosotros. Me sonríe lenta y deliberadamente como si supiera algo que yo no sé. Es la clase de gesto que promete problemas.

Joder.

De verdad tengo que apartar la cara y fingir que no le he visto.

En lugar de eso, le sostengo la mirada.

Empieza a moverse antes de que yo pueda cuestionarme mi decisión.

O sus implicaciones.

La gente se aparta, dejándole paso, como si hasta el aire fuese lo bastante sabio como para no interponerse en su camino.

Camina con unos movimientos relajados y ágiles de depredador que hacen que se me caliente la piel y que mi buen juicio se deshilache.

Cada paso devora el espacio entre nosotros hasta que no queda ningún sitio donde esconderse.

Para cuando él me alcanza, mi cita ha perdido toda la apariencia de realidad, confundido con el ruido de fondo.

Pobre Jared.

Nunca tuvo ninguna oportunidad.

La mirada de Oliver se dirige rápidamente al hombre que tengo al lado antes de cortar el aire y dirigirse a mí.

—¿Qué estás haciendo con este tío?

Yo arqueo una ceja y levanto mi copa con una calma bien ensayada.

—Se llama “cita”, Oliver.

—La primera y la última —gruñe, lo bastante bajo como para que solo yo pueda oírle.

Una temeraria sensación de calor se enrosca en lo profundo de mi vientre. Es la única explicación de por qué no termino con esto ahora mismo.

—¿Disculpa?

—Deshazte de él. —Su mano localiza mi cadera y sus dedos me la aprietan solo lo suficiente para arrebatarme la compostura.

Tira de mí y me acerca hacia él hasta que su cuerpo roza el mío, y el contacto crea chispas en mi interior, como el fuego al prender en yesca.

Cada motivo por el que debería decirle que no se desvanece en una nube de humo.

La risa que se me escapa de los labios brota más suave de lo que yo pretendía, por culpa de los nervios.

—Tú no puedes simplemente...

—Claro que puedo. —Hay un matiz rudo y provocativo en su forma de hablar—. Ven a bailar conmigo.

Tal vez sea por el alcohol. O por la forma en que los graves de la música vibran en mi pecho. O tal vez solo sea por Oliver, con esa sonrisa tan irritante y la promesa en sus ojos de que podría hacer realidad cada una de las fantasías de las que yo haya intentado librarme jamás.

Sea cual sea el motivo, le permito que me arrastre a la pista de baile.

En cuanto lo consigue, la música se nos traga enteritos.

Él me arrastra contra él, lo bastante cerca como para sentir el calor que irradia a través de la fina tela de mi vestido.

Sus manos encuentran mis caderas, y sus palmas me guían para seguir el ritmo hasta que cada movimiento de su cuerpo me parece como un desafío que estoy demasiado enajenada como para poder rehusar.

El aire palpita con el sonido y el movimiento hasta que ya no soy capaz de decir dónde termina la música y donde empieza él. El bajo resuena por debajo de mi piel, y el flujo permanente de su aliento contra mi cuello se sincroniza con su ritmo.

La gente se desvanece hasta que solo es una mancha de colores borrosos.

Los cuerpos se frotan los unos contra los otros, las copas reflejan las luces, las risas estallan y se desvanecen en la oscuridad.

Unas luces plateadas y azules se derraman sobre nosotros en perezosas oleadas, iluminando lo rotundo de su mandíbula y la oscura promesa escrita en sus ojos.

Lo siento por todas partes, desde sus manos que se deslizan dibujando mis caderas, al áspero roce de su barba incipiente cuando su boca me roza la curva de la mandíbula, y la leve caricia de unos labios que no se convierte del todo en un beso pero que igualmente me desmonta.

Cada movimiento de su cuerpo contra el mío hace que otro escalofrío me recorra a toda velocidad. Su aroma me envuelve hasta que me siento mareada por él.

—Esto es una locura —susurro, y mis palabras casi no resultan audibles por encima de la música.

—Más bien inevitable —murmura él contra mi oreja.

El calor entre nosotros se intensifica, enroscándose fuerte en mi interior hasta que no puedo soportar contenerme otro segundo más.

Me doy la vuelta en sus brazos. Mis manos encuentran sus hombros y mis dedos se hunden en el duro músculo de debajo.

Su mirada desciende hasta mis labios y se convierte en lava líquida.

Las luces pierden intensidad, la música se hace más ininteligible, y solo existe él, con su frente apoyada en la mía y el aliento entrecortado, como si estuviese luchando contra la misma atracción imposible.

Susurra mi nombre justo antes de que sus labios se unan a los míos.

Su boca es dura y voraz, con sabor a deseo y a whisky, como si llevase años esperando a hacer esto.

El mundo se desvanece.

Mi cita.

La gente.

La música palpitante.

Todo se esfuma.

Solo existen él, la presión de sus labios y el contacto de sus manos al agarrarme.

Seguimos bailando mucho después de que hayan cambiado de canción.

Mucho después de que el sudor me perle la piel y la sala se incline con el movimiento.

La música se ralentiza, la gente se hace más abundante a nuestro alrededor, pero él no me suelta.

Sus manos corretean por mi cintura. Luego dibujan la piel desnuda de mis brazos antes de bajar hacia mis muslos.

Cada caricia es una promesa silenciosa. Cada roce de sus dedos prende un incendio que yo no sabía que podía arder tanto.

Por debajo de todo eso, un pensamiento brota rápidamente en mi cabeza.

Es uno que tendría que resultar aterrador.

Si hago esto, todo cambiará.

Pero eso no basta para detenerme.

La fresca brisa golpea mi piel enfebrecida cuando por fin salimos a la noche, y no estoy segura de si el mareo que hace que todo me dé vueltas es a causa del alcohol o de él.

En el asiento trasero del taxi, su mano encuentra mi muslo y sus dedos me acarician la piel, trepando lentamente hacia arriba. Antes de subirnos siquiera rápidamente al vehículo, yo ya sabía a dónde se estaba encaminando esto.

Y no le detuve.

Ni siquiera tuve miramiento alguno.

Me dan igual las líneas, o las normas, o el hecho de que él es el único hombre que no puedo permitirme desear.

Es el jugador cuyos desastres me paso los días limpiando.

Y esta noche, estoy a punto de convertirme en uno de ellos.

Apenas logramos entrar en mi apartamento antes de que él cierre la puerta de una patada.

El sonido reverbera en la oscuridad. Sus manos ya están encima de mí.

Cuando me coge en brazos y me lleva hasta el dormitorio, cada movimiento está alimentado por la premura.

Cada paso es una colisión de bocas y deseos.

Dejamos un reguero de prendas abandonadas a nuestro paso. Mi vestido se desliza por mis hombros al tiempo que su cinturón resuena golpeando contra el suelo. Para cuando alcanzamos la cama, no queda nada entre ambos aparte de la piel desnuda y el calor.

Él me suelta sobre el colchón y su sólido peso me aprieta contra las sábanas. No hay ningún titubeo, ni espacio para hacer preguntas.

Solo deseo.

Él entra en mí con una embestida limpia y deliberada que me roba el oxígeno de los pulmones. El sonido que se me escapa es un jadeo apagado por la rendición. Y no creo haber sentido nada más devastadoramente perfecto en la vida.

—Por Dios, Rina —gruñe él, con su gruesa polla clavada hasta el fondo—. Llevo más tiempo deseando esto de lo que piensas.

Algo cambia en su tono. La arrogancia se suaviza para expresar más bien añoranza.

Yo me arqueo y le clavo fuerte las uñas en la espalda.

—Oliver...

Su boca vuelve a encontrar la mía. El beso es tan abrasador como desesperado. Como si estuviese tratando de memorizarlo todo acerca de este momento. Cada movimiento entre nosotros aumenta de intensidad, haciéndose más rápido, más profundo, más duro, hasta que el ritmo se torna frenético.

Hasta que ya no puedo ni pensar.

Cada empujón es como un error que no puedo evitar cometer.

Solo existe la forma en que su cuerpo se desliza, los sonidos de nuestro deseo, y la irremisible manera en que ambos perseguimos el mismo alivio.

Cuando me corro, tengo su nombre en los labios y mi cuerpo se tensa en torno a su miembro, mientras el mundo se hace pedazos y vuelve a crearse en sus brazos.

Él me sigue con un sonido ronco y gutural, moviéndose como un pistón más hacia adentro antes de quedarse quieto, enterrado hasta el fondo dentro de mí, como si no pretendiese alejarse jamás.

Durante una noche alocada y perfecta, no me preocupo por las reglas o las consecuencias.

Solo deseo esto.

Le deseo a él .

Y cuando el silencio se instala entre nosotros, con su brazo todavía rodeándome, yo miro fijamente a la oscuridad y dejo que la verdad florezca igual que un moretón en la piel.

No hemos usado protección.

Mañana, tendré que enfrentarme a lo que he hecho.

Pero ahora mismo, en la calma que queda tras el mejor sexo de mi vida, solo puedo pensar en que he cruzado una línea de la que no puedo retractarme.

Lo que más me asusta es que no estoy segura de querer hacerlo siquiera.