32. ¿Te quedas?
¿Te quedas?
Carlota
Me desperté a las seis menos veinte de la tarde en la cama de mi abuela, vestida, encima de la colcha y con un calcetín puesto.
Al lado, en la butaca de mimbre, estaba mi madre dormida con la boca abierta.
Mi madre había venido en el coche de línea de las nueve de la mañana, se había hecho dos kilómetros de carretera andando con unas sandalias de ciudad y no había pisado ese pueblo en veintidós años.
Y a las seis menos veinte de la tarde estaba dormida en una butaca de mimbre en la casa de su madre, con las sandalias tiradas en el suelo y los pies en un taburete.
La dejé dormir.
En la cocina, mi abuela había fregado los cacharros de la comida con una mano y había puesto a la mesa un mantel de los de domingo. Y en el centro de la mesa, encima del mantel, estaba el puchero rajado, vacío, fregado y boca abajo, escurriendo encima de un trapo.
El reciento se había quedado en el portal de la Charo desde la noche del amasado. El puchero era de Anselmo Heredia y mi abuela lo iba a devolver esa tarde.
Se despertó ella sola diez minutos después, con esa cara de susto de la gente que se duerme en una silla ajena.
—¿Qué hora es?
—Las seis menos diez.
—Madre mía.
Se puso las sandalias y fuimos a la cocina, y mi abuela estaba en el corral, y nos quedamos las dos solas con el puchero encima del mantel bueno.
—¿Cómo te ha parecido?
Mi madre tardó en contestar. Se sirvió un vaso de agua del botijo, que no lo cogía desde hacía veintidós años y que cogió como quien coge un bolígrafo, sin mirar.
—Más pequeño —dijo.
—¿El pueblo?
—Todo. La plaza, la calle, la casa. Yo me acordaba de una plaza enorme.
Se bebió media.
—Y la gente, igual. Esa es la parte mala.
—¿Te ha dicho alguien algo?
—La Tere me ha dicho que estoy igual.
—Eso es bueno.
—Eso es lo que te dicen aquí cuando llevas veintidós años sin venir y no se atreven a decirte otra cosa.
Dejó el vaso.
—Y tu abuela me ha dado un pan en la calle delante de cuarenta personas y no me ha dicho ni hola.
—Mamá, eso es…
—Ya sé lo que es. —Se le movió la boca—. Por eso me lo he comido allí de pie.
Se quedó mirando el puchero rajado del centro de la mesa.
—El coche de línea sale a las ocho y veinte —dijo.
—Ya.
—Pues que salga.
Y subió a mi cuarto a echarse otro rato, y por el hueco de la escalera la oí decirme que si me sobraba una camiseta se la dejara en la silla, que ella había venido con lo puesto.
Subí al cuarto de arriba, abrí el neceser y saqué un frasco de esmalte rojo que llevaba en ese neceser desde el uno de julio.
Me lo había quitado con acetona el quince de julio, antes de bajar al primer turno, en el cuarto de baño de la casa de mi abuela, porque en un obrador no se entra con las uñas pintadas.
Me pinté las diez uñas sentada en el borde de la cama, con las manos hechas polvo, con dos ampollas en la derecha y con una quemadura de tres semanas en el antebrazo.
Me quedaron fatal.
Bajé a las siete.
En la calle del Horno estaban limpiando.
El día después se barre la calle, se recogen los tableros, se doblan las sábanas, se saca la ceniza de la caldera con una pala y se cierra la puerta de chapa con la tranca hasta la próxima.
Estaban la Charo, la Sagrario, la Loli, la Matilde, la Pura, la Rosalía, la Fina, la Angelines, la Toñi y la Mariví. Y la Tere, que no es de las del sábado pero que en este pueblo está en todas partes. Y la Jose de Cañadalba, que se había quedado. Y Vega, con una escoba más alta que ella.
Y en la silla de mimbre de la puerta del portal, con la manta en las rodillas, la tía Visi.
Las del sábado.
Doce mujeres de entre sesenta y uno y noventa y cuatro años que llevan cociendo en ese horno desde antes de que naciera mi bisabuelo y que un sábado de julio, a las ocho de la mañana, levantaron nueve manos para decir que antes se quedaban sin caridad que pedirle el reciento a los Heredia.
Me quedé en la esquina un minuto entero antes de entrar en la calle.
Porque yo, a lo que iba a hacer, no había ido nunca.
Yo he negociado con tres plataformas logísticas, he cerrado un almacén con veintidós personas dentro y he dicho que no a Lisboa en una reunión de once minutos.
Y nunca en mi vida he pedido nada a nadie.
Cuando quiero una cosa, la organizo. Hago una lista, me adelanto, lo dejo todo hecho y me coloco en un sitio donde a la otra persona no le quede más remedio que dármela sin que yo la haya pedido.
Eso lo llevo haciendo desde los once años, desde que me subieron a un coche en agosto y nadie me explicó por qué no volvíamos.
Llevaba el cuaderno de rutas en el bolsillo de atrás.
Lo dejé en el poyo de la iglesia, al subir, debajo de una piedra, y bajé sin él.
—Buenas tardes.
Se giraron.
—Hola, hija —dijo la Charo.
—Quería deciros una cosa.
La Matilde dejó la escoba apoyada en la pared. La Tere no dejó nada, porque la Tere nunca deja nada.
—Tú dirás.
Y yo me puse en medio de la calle del Horno, a las siete y cuarto de la tarde del dieciséis de agosto, con las uñas rojas y sin cuaderno.
—Quiero pediros el reciento.
Nadie dijo nada.
—Quiero un pellizco para llevármelo a casa de mi abuela. Y quiero ser la guardiana del mes que viene.
La tía Visi levantó la cabeza de la manta.
—¿Cómo dices?
—Que quiero ser la guardiana de septiembre.
—Más alto.
Yo miré a aquella mujer.
Noventa y cuatro años, una silla de mimbre y el mejor paladar de los dos valles.
Me estaba haciendo repetirlo. Y lo sabía yo, y lo sabía ella, y lo sabían las otras once.
—Que quiero ser la guardiana de septiembre —dije, más alto.
—No puedes.
—¿Por qué no?
—Porque la guardiana le da de comer todos los días a las seis y a ti te tienen en Madrid hasta octubre —dijo la tía Visi—. Eso me lo ha contado tu abuela, que no se calla nada.
Y ahí es donde se me acabó el papel.
Porque tenía razón. Yo tengo dos meses de preaviso y quince semanas de cambio de sistema y un jefe nuevo alemán, y hasta el quince de octubre no soy dueña de un lunes.
Así que hice la segunda cosa que no había hecho nunca.
—Entonces os pido otra cosa —dije—. Os pido ayuda.
La Sagrario se cruzó de brazos.
—Yo puedo estar aquí de viernes por la noche a lunes por la mañana —dije—. Y de lunes a jueves no puedo. Así que os pido que le deis de comer vosotras de lunes a jueves hasta el quince de octubre. Un día cada una. Son ocho semanas.
—Eso es mucho pedir —dijo la Tere.
—Ya lo sé.
—Eso es muchísimo pedir, después de lo de julio.
Y entonces, antes de que yo contestara, habló la Rosalía.
La Rosalía es la que peor me ha hablado desde julio. La que me dijo «ya está barrido» con la escoba en la mano, un martes, delante de cuatro, para que yo me diera la vuelta y me fuera. Esa.
—El martes aquel —dijo, sin mirarme— estaba barrido porque lo había barrido yo a las siete para que no te tocara a ti. Y eso no se hace.
Se quedó con la escoba cogida por la mitad.
—Ya está —dijo—. No voy a decir más.
Y se puso a barrer un trozo de calle que ya estaba barrido.
La Tere resopló.
—Bueno. Pues entonces lo de julio ya está hablado.
Y aquí es donde yo, que llevo toda la vida diciendo que sí para que no me retiren el sitio, dije que no.
—Una cosa —dije—. Los domingos no.
—¿Cómo que los domingos no?
—Que de lunes a jueves le dais de comer vosotras y de viernes a domingo yo. Pero el domingo por la tarde no subo al horno, ni hago papeles, ni llevo a nadie a Brihuega. El domingo por la tarde no estoy.
La Charo abrió la boca para decir algo y la cerró.
—Me parece bien —dijo la Matilde—. Yo los domingos tampoco estoy, lo que pasa es que no lo digo.
La tía Visi se apoyó en los brazos de la silla y se echó hacia delante.
—¿Y para qué lo quieres?
Y esa es la pregunta buena. Esa es la única pregunta que había que hacer y la hizo la única persona que podía hacerla.
—Porque me quedo —dije.
Se hizo un silencio distinto.
—Me quedo aquí. No en septiembre, en octubre, cuando acabe. Vivo en casa de mi abuela, que sobra sitio, y monto una cosa.
—¿Qué cosa?
Y se lo conté. En medio de la calle, sin cuaderno, a doce mujeres con escobas.
Cinco pueblos y un caserío donde no hay tienda. Dos días por semana. El pedido agrupado, dejado en el bar o en la casa de quien quiera. Un euro por casa.
Y dieciséis coches bajando a Brihuega un sábado por la mañana, medio vacíos, a comprar lo mismo.
La Matilde me interrumpió a la mitad.
—Eso que dices de los dieciséis viajes a Brihuega los sábados, ¿cómo lo sabes?
—Porque los he contado.
Se miraron entre ellas y nadie dijo nada.
Les conté también que los primeros ocho meses no saco sueldo, que empiezo con mi coche y dos neveras de playa porque la furgoneta no la puedo pagar todavía, y que a lo mejor sale mal.
—¿Y el pan? —dijo la Charo.
—El pan lo hace él. Yo no hago pan. Yo lo llevo.
Noemí Cuesta había aparecido por la esquina a mitad de la explicación, con la carpeta debajo del brazo, porque esa mujer no sale de casa sin carpeta ni el día de San Roque.
—Perdona —dijo—. ¿Eso subiría al alto?
—Doña Amalia, la Nieves y el bar. Tres paradas.
—Al alto no sube nadie.
—Sube la furgoneta del pan cuatro días por semana —dije—. Y yo lo que estoy diciendo es que si ya sube una furgoneta, que suba llena.
Noemí Cuesta se quedó un momento callada, y eso no lo hace nunca.
—Ven el martes al ayuntamiento —dijo—. Tenemos una nave de la concentración parcelaria con el techo medio caído y a la que no le doy salida desde hace tres años.
—El martes estoy en Madrid.
—Pues el sábado.
—El sábado.
Y la tía Visi, desde la silla, dijo:
—Charo.
—Dime, tía.
—Sácale un pellizco a la señora.
La Charo entró en el portal.
Mi abuela salió de casa a las ocho menos veinte, con mi madre detrás, y las dos se pararon en la esquina sin acercarse, porque las dos sabían lo que se estaba haciendo en esa calle.
La Charo salió del portal con un tarro de cristal pequeño, de los de la mermelada, con dos dedos de masa dentro y la tapa puesta.
Me lo dio en la mano.
Pesaba menos que un móvil.
—A las seis —dijo la tía Visi—. Todos los días. Y si un día se te olvida, no se muere nadie, pero no se te olvida.
—A las seis.
—Y de lunes a jueves lo hacemos nosotras hasta el quince de octubre. —Se recolocó la manta—. Yo los lunes no, que los lunes viene la del pelo.
Julián llegó a las ocho.
Llegó andando desde Cañadalba, por el camino del arroyo, con una hogaza en las manos.
No en una bolsa. En las manos.
La había cocido esa tarde, a las cinco, en el horno de poya, aprovechando lo que le quedaba de calor al ladrillo después de tres hornadas y una noche entera. Una sola. Con la masa que había sobrado del boleado, que se había pasado de fermentación y que según él no servía.
Era una hogaza fea, ancha, con la greña abierta de mala manera y el culo casi negro.
La dejó encima del último tablero, el que estaba vacío, en la puerta del horno.
—Es la primera que saco yo de ese horno —dijo—. En diecisiete años.
La Sagrario fue a cogerla.
—Quieta —dijo la tía Visi—. Esa no.
Y se levantó de la silla de mimbre, la primera vez en toda la tarde, y le dijo a la Matilde que le diera el brazo, y se metió en el portal. Y detrás de ella se metieron las otras once, en fila, sin disimular lo más mínimo, y Vega la última con la escoba, riéndose.
Y en la calle del Horno nos quedamos dos personas y una hogaza encima de un tablero.
—Se han ido todas —dije.
—Ya.
—A la vez.
—Ya.
—Esto lo tenían hablado.
—Esto lo tenían hablado desde anoche —dijo Julián—. Me lo ha dicho tu abuela esta mañana, al lado de los tableros.
Me reí, y al reírme se me saltaron las lágrimas, como le pasa a la gente que ha dormido dos horas en dos días.
Él se metió las manos en los bolsillos.
Y las sacó.
—Ya no me hace falta nada.
Se lo dijo a la hogaza, no a mí.
—Mañana a las doce de la noche abro yo solo, como llevo abriendo desde los dieciocho años, y me apaño.
Levantó la cabeza.
—Y te quiero aquí igual.
Yo tenía el tarro de mermelada en la mano izquierda.
—¿Te quedas? —dijo.
Puse el tarro en el tablero, al lado de la hogaza.
Y puse la mano encima del pan, que estaba todavía templado de las cinco de la tarde.
Él puso la suya.
Una mano grande con una quemadura vieja encima de una mano pequeña con dos ampollas y las uñas rojas mal pintadas, encima de una hogaza fea, en la puerta de un horno de poya, a las ocho y cuarto de la tarde del dieciséis de agosto.
—Me quedo —dije.
Y nos besamos allí.
En medio de la calle, con la puerta del portal de la Charo abierta de par en par y doce mujeres dentro que no disimulaban nada, con mi abuela y mi madre en la esquina, con Iker y Vega asomados a la ventana del portal grabando con el móvil un vídeo que luego no subieron a ningún sitio porque Vega no le dejó, con Anselmo Heredia sentado en una silla en el poyo de la iglesia a ciento cincuenta metros y con dos pueblos que llevan trescientos años tirándose piedras por encima de un arroyo.
La Loli dijo «ay».
La Tere dijo «ya era hora».
Y la tía Visi, desde dentro, dijo que si nos íbamos a estar mucho rato, porque ella se quería sentar.