Pan, amor y otros fermentos Epílogo
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Epílogo

Carlota · el julio siguiente

Los seis primeros meses los hice con mi coche y dos neveras de playa, que es menos bonito de contar pero es lo que había.

La furgoneta la compré en Azuqueca en abril, cuando los pedidos la pagaron. De segunda mano, con ciento cuarenta mil kilómetros y una nevera que va bien si no le da el sol de frente.

En el costado lleva pintado el nombre: «La Última Vecina».

El nombre lo puso la Tere. Yo había pensado tres, todos con la palabra comarca dentro, y los llevé al Casino una tarde de noviembre para que opinaran, que fue un error, porque estuvieron cuarenta minutos riéndose de mí.

Y al final la Tere dijo que en este pueblo a la que se queda la última se la llama así desde siempre, y que ya había sido su suegra y que le tocaba a otra.

La primera ruta me la corrigió Anselmo Heredia.

Yo la había hecho con un programa que optimiza recorridos, que llevo cinco años haciendo, y la imprimí y se la llevé a la silla de su puerta por educación.

Me la miró tres minutos.

—Aquí has puesto Riofrío antes que el alto.

—Es que sale doce kilómetros más corta.

—Y en Riofrío no hay nadie hasta las once, porque el bar lo abre la Puri cuando vuelve de llevar al crío. —Me devolvió el papel—. Y a doña Amalia hay que subirle antes de misa, que ya lo sabes.

Tardé cuatro meses en dejar de imprimir rutas.

Ahora hacemos martes y viernes. Seis paradas, sesenta y tres casas fijas y veintidós que piden cuando les hace falta. Cobro un euro por casa, el dos por ciento a doce proveedores y seiscientos euros al año a cada ayuntamiento, que es menos de lo que les cuesta la orquesta.

Y no lo hago yo sola, que eso me costó aprenderlo más que lo demás.

Los viernes por la tarde reparte Vega, que tiene el carné desde marzo y cobra por horas. La hoja de pedidos la cierran la Charo y la Matilde el lunes a mediodía en el grupo, y yo ya no la miro hasta el martes. Y los domingos por la tarde no estoy.

Eso último lo dije en voz alta en una calle, en agosto, delante de doce mujeres con escobas, y me lo han respetado todas menos la Tere, que llama igual y luego dice que se le había olvidado.

Los ocho primeros meses no saqué sueldo. Eso estaba en el papel desde el principio y no me sorprendió a mí más que a nadie.

En enero pasó lo que yo le había dicho a mi madre en su cocina, casi con las mismas palabras.

El día doce cayó una helada de las que aquí llaman negra y la cuesta del alto se puso como un espejo.

Yo salí a las siete y media con cadenas, porque Anselmo me había enseñado a ponerlas en noviembre en la era, de rodillas, mientras me decía que eso se aprende con las manos frías y no con las calientes.

Llegué a casa de doña Amalia a las nueve y veinte.

No había salido el humo por la chimenea. Eso lo miré porque me lo había dicho él: mira el humo antes de llamar.

Estaba en el suelo de la cocina desde las seis de la mañana, consciente, con una manta que había podido alcanzar y con la cadera rota.

Yo no soy una heroína. Yo soy una mujer que ese día pasaba por allí con una furgoneta porque había veintidós personas que le habían pedido cosas.

Llamé al 112, la tapé, le puse un cojín, esperé cincuenta minutos y le sujeté la mano mientras la subían.

Salió del hospital en marzo. Ahora vive con un sobrino en Brihuega y yo le llevo el pedido los viernes, a Brihuega, que no me pilla de paso.

De aquello no se habló mucho en los dos pueblos, porque aquí las cosas que importan se dicen una vez y se dejan.

Lo único que pasó fue que en febrero se apuntaron nueve casas más a la ruta de golpe, sin que yo fuera a pedírselo a ninguna.

La escuela sigue abierta un curso más. Son siete niños. El séptimo llegó en enero, con una familia que se vino de Madrid a la casa de la carretera, y de esa familia se habló durante dos meses y medio.

Yo vivo en casa de mi abuela, en el cuarto de arriba, el que tiene la ventana que da al arroyo.

Mi madre viene un fin de semana de cada tres. Todavía no se queda a dormir más de dos noches. Todo a su tiempo.

Y todas las tardes, a las siete y media, cuando ya no pega el sol en la cuesta, cojo la furgoneta vacía y llevo a mi abuela a Cañadalba.

Hay dos sillas en la puerta de Anselmo Heredia.

Se sientan a la fresca, una al lado de la otra, con el botijo en medio en una banqueta, y hablan de la ruta, de la carretera que van a arreglar, de quién ha muerto y de si este año el trigo va tarde.

No se han casado. No se van a ir a vivir juntos. A los noventa años nadie se muda.

Se sientan a la fresca. Eso es todo lo que querían, y estuvieron setenta años sin poder.

Julián · el julio siguiente

Tengo dos empleados.

Uno es Iker, que aprobó las tres en septiembre por los pelos y que entra a las siete de la mañana, al mostrador y al reparto, con contrato y con nómina.

De noche no entra, y no entrará hasta que cumpla los dieciocho, que es en marzo.

El otro es un chaval de Brihuega que se llama Óscar, tiene veintitrés años, hace conmigo el turno de noche y todavía no sabe greñar, pero llegará.

Cuezo seiscientas piezas diarias y los sábados ochocientas.

Hay datáfono en el mostrador desde octubre.

Sobre eso no quiero hablar mucho. Lo único que diré es que ese aparato lo puso la empresa del banco, que va bien, y que si alguien de este pueblo dice que yo estuve un año entero diciendo que el pan se compra mirando a la cara y pagando en metálico, es que se lo está inventando.

Iker tiene un vídeo. Que lo enseñe si quiere.

En febrero cerré una semana.

Siete días. Del ocho al catorce. Puse un cartel en el cristal en el que ponía «CERRADO POR VACACIONES», que es una palabra que en mi casa no se había escrito nunca, y nos fuimos ella y yo a Portugal, que era la broma que había que hacer.

Vimos Lisboa cuatro días. Le gustó y no le dio ninguna pena.

Volvimos el dieciséis y el diecisiete a las doce de la noche yo estaba pesando harina.

Hago un pan de lavanda.

Uno. Con lavanda fina, no con lavandín, que es lo de los campos de aquí y amarga. La compro en un vivero de Trillo, en bolsas de cien gramos, y sale caro, y no está en la carta, y no se lo vendo a los del autobús.

Lo hago los domingos y es para mi abuelo, para Encarna, para la tía Visi y para la casa.

Si alguien pregunta, no hay.

Por las mañanas, cuando saco el pan de la furgoneta en Fuentelhorno, la barra más tostada, la del fondo de la cesta, la que se aparta antes de abrir la ventanilla, ya no la aparto yo.

La aparta Iker.

La aparta sin que nadie se lo haya dicho, porque un día me vio hacerlo y no preguntó por qué.

Y hay una cosa más, que es la que me parece a mí que importa.

Este julio la guardiana del reciento de Fuentelhorno es Vega Cuadrado, que ha cumplido diecisiete años y que es la guardiana más joven que ha tenido ese horno desde la tía Visi, que lo llevó con dieciséis.

Le da de comer a las seis de la mañana antes de irse a la piscina y lo ha apuntado todo en una libreta con la letra muy pequeña.

Y hay reciento en dos casas.

Uno es el del horno, el de todas, que este mes duerme en casa de los Cuadrado porque el reciento duerme donde duerme la guardiana.

Y otro es el de mi abuelo, en su alacena de Cañadalba, en el tarro de cristal, que es el del cincuenta y seis y que ya no está cerrado con llave.

Dos casas, una a cada lado del arroyo.

Y hay una tercera, que para el refrán no cuenta, porque esa salió de la primera y se pidió en la puerta delante de doce mujeres: un tarro de mermelada en la cocina de Encarna Sanz, al que le da de comer a las seis de la mañana, todos los días, incluido el domingo, una mujer de treinta y cinco años que el verano pasado mató uno sin querer.

Aquí hay un refrán que dice «reciento en dos casas, pueblo a pedradas». Lo llevo oyendo desde que nací. Lo dijeron en el cincuenta y seis y se cumplió, aunque no como ellos creen.

Este año lo hemos vuelto a tener en dos casas.

Y no ha pasado nada.

El uno de julio, la tía Visi, que ha cumplido noventa y cinco y que sigue sentándose la primera en la puerta del horno, lo dijo delante de once mujeres y de mí:

—Ese refrán está jubilado. Como yo.

Y luego dijo que le llevara el pan más tostado, que el otro no tiene gracia.

FIN