31. El sello
El sello
Julián
Dormí dos horas y cuarto en el asiento de atrás de la furgoneta, en la era, porque a mi casa no llegaba.
Me despertaron las campanas de Fuentelhorno a las ocho y media.
Me lavé la cara en la fuente, me puse la camisa que me había traído mi hermana el miércoles y subí a la calle del Horno con las botas llenas de ceniza.
Había gente. A las ocho y media de la mañana de un domingo de agosto había en esa calle más gente que en toda la verbena.
Los tableros seguían en el portal de la Charo, tapados con las sábanas de lino, y al lado estaban los cestos de mimbre de la hermandad, que son siete, forrados de tela blanca y con las asas atadas con cinta, y que se sacan del arca de la sacristía tres veces al siglo.
Encarna Sanz estaba de pie al lado de los tableros, con otro vestido, uno gris con el cuello blanco, y con el pelo hecho.
—Buenos días, Julián.
—Buenos días.
—Quita esa sábana.
La quité.
Y me quedé con la sábana en la mano.
Los trescientos noventa y dos panecillos tenían una hache.
Una hache pequeña, de dos centímetros, marcada en la corteza, en el centro, un poco corrida en unos y muy limpia en otros. La misma hache de la chapa de mi furgoneta. La misma que llevan los sellos de madera que se usan en ese horno desde antes de que existiera la carretera.
Levanté la vista.
—¿Cuándo?
—A la una y media de la mañana —dijo Encarna—. Mientras vosotros acarreabais tableros.
—¿Usted sola?
—Con la Visitación y con la cría.
Se ajustó el puño de la manga.
—Estaba en el puchero —dijo—. Lo metió él. Así que lo he usado.
Yo tenía que haber dicho algo y no dije nada, porque se me había puesto una cosa en la garganta que no me dejaba.
—Es de tu casa —dijo ella—. Lleva setenta años sin marcar un pan.
—Es de este horno.
—Es de tu casa, Julián. —Me miró de frente—. Y si alguien tiene algo que decir, que me lo diga a mí, que estoy aquí toda la mañana.
No lo dijo nadie.
El cura subió a las nueve y cuarto desde el pueblo del alto, donde da la de las ocho y media, y llegó con el coche lleno de polvo y con prisa, porque a las once tenía otra.
Bendijo los panes en la calle, delante del horno, con la estola encima de la camisa y sin subirse a ningún sitio.
Dijo cuatro frases. Dijo que San Roque anduvo caminos y que se le daba de comer sin preguntarle de dónde venía.
Y luego dijo que el pan bendito no se guarda, que se come o se da, y que a él le parecía muy bien que lo hubieran hecho toda la noche entre dos pueblos, porque eso, en su parroquia, es lo más parecido a una misa que ha visto este año.
Y se marchó a las nueve y media, porque tenía otra.
El reparto lo lleva la hermandad, que son cinco hombres y dos mujeres con un escapulario de tela cosido en la solapa y un cuaderno con las casas apuntadas desde mil novecientos veintitantos.
Se reparte casa por casa. Un panecillo por persona de la casa, y un ramito de manzanilla seca atado con bramante por casa.
Este año eran sesenta y ocho casas abiertas en Fuentelhorno.
Y este año, por primera vez en la historia de ese cuaderno, la hermandad bajó al arroyo y subió al otro lado.
Eso lo propuso Rubén Salas a las nueve y cuarenta, delante de los cestos, con esa manera suya de decir las cosas como si ya estuvieran decididas.
—Hay pan de sobra. En Cañadalba hay diecinueve casas abiertas. Se sube.
—La caridad es de esta hermandad —dijo uno de los del escapulario.
—La caridad es de San Roque —dijo Noemí Cuesta—. Y tú lo que quieres es no cargar los cestos cuesta arriba.
—Yo lo que quiero es que no me metan en un lío con el obispado.
—El obispado está de vacaciones.
Se subió.
Subieron los cestos entre ocho, por el camino del arroyo, a las diez de la mañana, con el sol ya dando. Y por ese mismo camino por el que el día antes había bajado un pueblo a mirar, subió un pueblo con pan.
Yo repartí en Cañadalba. Es mi pueblo y me sé las casas.
Y detrás de mí, a su paso, con el cesto colgado del brazo bueno, fue Encarna Sanz.
Y al lado de ella, con el bastón y sin cesto, porque no puede con él, fue mi abuelo.
Los dos, juntos, por la calle del lavadero, llamando a las puertas de Cañadalba.
Lo que hizo el pueblo fue hacerse el tonto.
Eso hay que saber leerlo. Nadie dijo nada. Nadie preguntó nada. Nadie dijo «vaya, Anselmo, qué bien acompañado», ni «ya era hora», ni nada de lo que dice la gente en las películas.
La Jose, que tiene ochenta y dos años y la lengua peor de los dos valles, abrió la puerta, cogió su panecillo, miró la hache, miró a Encarna, miró a mi abuelo y dijo:
—Está muy hermoso el pan este año.
Y cerró.
Eso, en un sitio como este, es una absolución con todas las de la ley.
La televisión volvió a las diez y media.
Volvió la misma chica del micrófono y el mismo cámara, y esta vez nadie les dijo que apagaran nada, porque lo que había que apagar ya se había apagado el día antes.
Grabaron los cestos, grabaron el horno, grabaron a doce mujeres muertas de sueño con delantal y grabaron a dos ancianos repartiendo pan en una calle.
Y no grabaron lo otro. Nadie se lo contó. En un pueblo se entierran las cosas muy rápido cuando conviene.
El cuaderno de la hermandad es un libro de tapas de hule negro, con las hojas cuadriculadas y las casas apuntadas por calles, y la primera letra que hay escrita en él es de mil novecientos veintiséis.
Cada año se tacha lo que sobra y se añade lo que hace falta. Hay calles enteras tachadas.
Ese domingo, el hermano mayor, que es un hombre de setenta y cuatro años que se llama Julio y que habla muy bajo, se sentó en el poyo con el cuaderno en las rodillas, mojó la punta del bolígrafo en la lengua y escribió en la página siguiente, debajo de las sesenta y ocho casas de Fuentelhorno, una palabra que no estaba en ese libro desde que existe.
Cañadalba.
Y debajo fue apuntando, de mi boca, las diecinueve casas abiertas, con el nombre del que vive en cada una.
Tardamos veinte minutos porque yo me sé las casas y él escribe despacio.
A las nueve y media bajó doña Amalia.
La subió a buscar mi hermana con la furgoneta, que había bajado de Guadalajara a las ocho para ver aquello, porque a las nueve menos cuarto Iker estaba en el portal de la Charo mirando los cestos y dijo:
—Mamá, la Amalia no se lo pierde.
Y le puso las llaves en la mano.
Llegó con ella a las nueve y media, la ayudó a bajarse por el lado bueno y le sacó una silla a la puerta del horno, y aquella mujer de ochenta y ocho años, que vive en la última casa de la ruta y que los días que sube el cura quiere el pan antes de misa, estuvo tres horas sentada en la calle del Horno con un panecillo con la hache en el regazo, sin comérselo, hasta que se lo envolvió en una servilleta de tela y se lo guardó en el bolso.
A mí me pusieron el micrófono delante en la puerta del frontón.
—¿Y usted es el panadero?
—Yo soy el panadero.
—¿Y qué se siente?
Yo me quedé mirando aquel micrófono con una esponja gris en la punta.
—Sueño —dije.
La chica se rió. Detrás de ella, un crío de la peña de Cañadalba, de unos veinte años, con la camiseta del revés y la cara de haber dormido dos horas, levantó la mano y dijo a voces:
—¡Es el panadero más borde de España!
—¡Y de Portugal! —dijo otro.
El cámara lo grabó todo. Eso salió el lunes en el informativo de las dos, con ese titular y con mi cara.
Mi hermana lo tiene guardado en el móvil y lo pone en las bodas.
A las once menos cuarto bajé otra vez al arroyo, a por el segundo cesto, y al subir por el camino vi una cosa que no esperaba.
En la última fila de la gente que estaba en la calle del Horno, apoyada en la pared de la casa de la Matilde, con unas gafas de sol y un bolso pequeño, había una mujer de unos sesenta años que no era de allí y que era clavada a alguien.
Había venido en el coche de línea de las nueve, que para en la carretera, y se había hecho los dos kilómetros andando.
No se acercó a los cestos. No saludó a nadie. Se quedó en la última fila.
Carlota la vio a las once y cuarto y se le puso una cara que yo no le había visto en cuarenta y cinco días.
Y Encarna la vio a las once y veinte, desde el otro lado de la calle, con el cesto en el brazo.
Se miraron por encima de cuarenta personas.
Y Encarna Sanz cogió un panecillo de su cesto, cruzó la calle, se puso delante de su hija y se lo dio en la mano sin decir una palabra.
Mariángeles lo cogió.
Y las dos se quedaron ahí de pie, una al lado de la otra, mirando al frente, sin hablarse, comiendo pan.
Eso tampoco lo grabó nadie, y menos mal.
A las once y media se acabaron los cestos.
Sobraron once panecillos, que se llevaron a la casa del cura para el lunes, y sobraron veintitrés ramitos de manzanilla, que se volvieron a la caja de zapatos.
Yo me apoyé en la pared del horno, que a esa hora ya calentaba, y miré la calle.
Mi abuelo estaba sentado en una silla que le había sacado alguien, con el bastón entre las rodillas, hablando de la ruta con dos hombres de Fuentelhorno que le llevan cuarenta años comprando el pan.
Encarna estaba al lado de su hija.
La tía Visi estaba dormida en su silla de mimbre con un panecillo en el regazo.
Iker estaba enseñándole a la Vega una cosa en el móvil y los dos se reían.
Y al otro lado de la calle, a doce metros, con una camiseta que le quedaba grande porque era de su abuela, con la cara sucia de ceniza y sin haber dormido, estaba Carlota Arranz.
Mi abuelo tenía su nombre. El reciento estaba en su horno. El pan estaba repartido. El obrador abría el lunes a las doce de la noche, como lleva abriendo desde el cuarenta y uno.
Y entonces me di cuenta de que no me hacía falta nada.
La miré desde la pared del horno.
Y ella, que estaba hablando con la Charo, levantó la cabeza y me miró a mí.
Yo no me moví.
Me quedé donde estaba, con las manos en los bolsillos, esperando a que se acabara el día.