Pan, amor y otros fermentos 30. La bóveda blanca #2
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30. La bóveda blanca #2

Nos despedimos y bajé la cuesta a oscuras, y me acordé de lo que había dicho en su cocina dos días antes, cuando yo le pedí que bajara y ella se fue a recoger los vasos.

En mi familia no se promete nada.

Boleamos a la una.

Trescientos noventa y dos panecillos de noventa gramos. Los pesó Julián de tres en tres hasta que le cogió el peso a la mano y luego fue a ojo, y cuando pesamos al final los últimos veinte, ninguno se pasaba de cuatro gramos.

Mi abuela boleó dentro del portal, en la mesa pequeña, con la tía Visi sentada enfrente y con Vega llevándoles bandejas.

Las tres solas.

Yo estaba fuera, acarreando tableros, y las vi de refilón dos veces, y en las dos me pareció que hacían algo más que bolear, y no entré a mirar porque no era mío.

A la una y media, con los panecillos ya boleados y tapados, Julián barrió.

Se metió el barredero, que es un palo de tres metros con trapos mojados en la punta, y se sacó fuera todo lo que quedaba dentro: brasas, ceniza, carbones, todo, en un montón que se echó en la caldera de piedra de al lado y que estuvo humeando hasta las cinco.

La boca se quedó limpia, con el suelo del ladrillo de color de brasa y la bóveda blanca de arriba abajo.

La primera hornada entró a las dos y cuatro minutos.

Julián metió la pala con seis panecillos, la sacudió y los dejó caer en el suelo de la bóveda, en fila, y fue metiendo fila detrás de fila hasta que el horno se quedó con ciento treinta y seis dentro.

Se cerró la puerta de chapa.

Y en la calle se hizo un silencio muy raro, con una orquesta tocando un pasodoble a ciento cincuenta metros.

Salieron a las dos y veintidós.

Salieron rojos, hinchados, con el culo tostado, y al ponerlos en el tablero sonaban.

La Charo se echó a llorar. La Sagrario dijo que no había llorado ni en su boda. La Loli hizo cuatro fotos que no se pudieron mandar a nadie hasta el día siguiente, porque allí no hay cobertura.

La segunda entró a las tres menos diez.

Y a las tres y veinte llegaron las peñas.

Bajaron de la plaza cuarenta y tantos chavales de entre quince y treinta años, con las camisetas de las peñas, algunos con la copa todavía en la mano, y se plantaron en la calle del Horno sin saber muy bien a qué venían.

Los había llamado Iker desde el poyo de la iglesia, que subió a las tres menos cuarto para eso.

—¿Qué hay que hacer? —dijo uno.

Julián estaba delante de la boca del horno con la mano dentro, midiendo con la palma, que es como se mide esto.

Sacó la mano.

—Está flojo —dijo—. La tercera no cuece.

—¿Y qué hacemos?

—Volver a cargar. Veinte minutos de sarmiento y de encina fina, barrer otra vez y meter. Y hace falta leña.

—¿Cuánta?

—Toda la que podáis traer de la era de Anselmo en veinte minutos.

Y aquello fue lo mejor de la noche, y no hubo cámaras, porque la televisión se había ido a las once.

Cuarenta y tantos críos de dos pueblos que llevan compitiendo en el frontón desde antes de la guerra, acarreando gavillas cuesta arriba a las tres y veinte de la mañana, en fila, pasándoselas de mano en mano, con la orquesta tocando todavía.

En veinte minutos entró más leña de la que hacía falta.

Mientras se cargaba, yo me senté en el poyo de enfrente porque se me iba la cabeza.

Llevaba veintidós horas de pie.

Julián se sentó a mi lado, con las manos negras, a la distancia de un palmo.

No dijimos nada. Estuvimos mirando la boca del horno.

Y yo me dormí.

Me dormí sentada en un poyo de piedra, con la cabeza en el hombro de ese hombre, veinte minutos, delante de mi pueblo entero.

Lo sé porque me lo ha contado después demasiada gente.

Me despertó la tía Visi echándome una sábana de lino por encima, con olor a alcanfor, y diciéndome al oído que no me moviera, que estaba muy bien así.

Julián no se movió. Ni un centímetro.

La tercera hornada entró a las cinco y cuarto y salió a las seis menos veinte.

Y salió pasada.

Se vio al primer tablero. Los panecillos estaban hechos, sonaban al golpearlos y olían, pero se habían caído en el tablero de tanto esperar y habían salido anchos, sin greña y con la corteza pálida por los lados.

Julián cogió uno, lo partió, lo miró y lo dejó.

—Esto no es pan.

—Está cocido —dijo la Charo.

—Está cocido y no es pan. Eso sale blando a las tres horas y mañana a mediodía está correoso.

—Julián.

—Que yo esto no lo doy.

Y entonces habló la tía Visi, que llevaba desde las diez de la noche sentada en una silla de mimbre en la puerta del portal, con una manta en las rodillas en agosto y sin irse a la cama.

—Trae acá.

Le llevaron uno. Lo cogió con las dos manos, lo partió, lo olió mucho rato, arrancó un trozo de miga con los dedos y se lo metió en la boca.

Estuvo masticando lo que dura un padrenuestro.

—Esto no es pan de concurso —dijo.

—No.

—Es pan de caridad. —Se limpió los dedos en la manta—. El pan de la caridad se da, no se vende. Y el que mañana mire el color del pan que le están regalando, que se quede sin él.

Nadie discutió.

Y ahí entendí una cosa de ese pueblo que no había entendido en cuarenta y seis días: que hay doce mujeres que saben más que el panadero, y que se lo dicen delante de todo el mundo, y que él agacha la cabeza y dice que vale.

—Vale —dijo Julián.

A las seis y veinte estaba todo fuera.

Trescientos noventa y dos panecillos en siete tableros, tapados con las sábanas de lino de la tía Visi, apoyados en dos caballetes en el portal de la Charo, enfriándose.

Se fue la gente.

La orquesta había acabado a las cinco y diez y por la calle pasaron dos chavales de una peña, arrastrando los pies, que se pararon a mirar los tableros y uno le dijo al otro que olía de la leche.

Mi abuela cogió el primer panecillo del primer tablero, el que salió antes que todos, y se lo llevó a la tía Visi, que seguía en su silla.

—Toma.

La tía Visi lo partió.

Y aquella mujer de noventa y cuatro años, que lleva setenta callándose una cosa y a la que yo le había oído votar contra mí en una plaza, masticó un trozo de pan de la primera hornada, a las seis y media de la mañana, y dijo:

—Sabe a Anselmo. Me vale.

Yo tenía tres cosas apuntadas en la cabeza para hacer antes de las nueve: recoger los tableros malos, llamar a la hermandad y dormir dos horas.

No hice ninguna.

Me senté en el escalón del portal, con la espalda en la jamba, delante de siete tableros tapados con sábanas, y estuve mirando cómo se levantaba el día por encima del tejado del horno del pueblo.