30. La bóveda blanca
La bóveda blanca
Carlota
A las nueve y veinte de la mañana del sábado quince de agosto, el reciento del cincuenta y seis estaba encima de la mesa de la cocina de mi abuela, dentro de su puchero rajado, con una tapa de barro y un paño por encima.
Mi abuela puso una silla al lado de la mesa y se sentó.
—Abuela.
—Déjame un rato.
—¿Un rato cuánto?
—Un rato.
Salí a la calle y cerré la puerta, y en la calle había once personas.
En mi trabajo, a lo que pasó después lo llamamos una operación con ventana corta. Es cuando tienes una hora de salida fija, unos recursos que no controlas y un tiempo de preparación que no da.
Vamos por partes.
Teníamos que tener casi cuatrocientos panecillos hechos, cocidos y fríos a las nueve de la mañana del domingo, para la bendición y el reparto de la caridad de San Roque.
Teníamos un horno de poya que lleva encendiéndose todos los sábados desde que lo restauraron, que llevaba cinco semanas apagado, con tres o cuatro horas de leña por delante y una bóveda que hay que dejar blanca.
Teníamos un reciento que había salido de una alacena hacía cuarenta minutos y que necesitaba tres tomas y doce horas para estar en condiciones.
Y teníamos, esa misma noche, la verbena de la Virgen, con orquesta contratada desde marzo, que empezaba a las once y que se llevaba a todo el que se tiene en pie.
Julián me lo dijo en la puerta de casa de mi abuela, con la camisa sudada, a las nueve y media.
—Se puede.
—¿Sí?
—Se puede si a las diez de la noche está la masa hecha y a las dos de la mañana hay tres personas que sepan bolear.
—¿Y si no?
—Si no, mañana la hermandad reparte pan de bollería industrial y esta señora se muere sin verlo.
Aquello fue lo más bonito que me habían dicho en la vida, dicho de la peor manera posible.
Lo organizamos entre la una y las dos y media de la tarde, en el grupo de WhatsApp.
Durante todo el verano ese grupo fue una broma. Lo montó la Vega en julio y a mí me metieron dentro sin preguntarme, y hasta ese día servía para poner fotos de gatos y para que la Loli preguntara si había pasado el del butano.
Ese sábado sirvió para lo que se montó.
Lo hicimos a mediodía porque en la calle del Horno no hay cobertura. No es una manera de hablar. No hay. Hay que subir al poyo de la iglesia o no hay teléfono, y esa noche nadie iba a tener tiempo de subir al poyo de la iglesia.
Así que a la una de la tarde yo escribí un mensaje con once líneas y mandé las cosas como se mandan en mi oficina, que es diciendo nombres.
Harina: veintitrés kilos. Los pone la Charo, que tiene el saco del mes pasado sin abrir, y se los pagamos entre todas.
Sal: trescientos ochenta gramos. Sagrario.
Agua: del grifo, templada, y que nadie la caliente en el microondas.
Tableros: dos de la Charo, tres de la Matilde, uno malo de la pata que se apuntala con un ladrillo, y el de la Sagrario, que lo devolvió sin que nadie se lo pidiera.
Sábanas de lino: las de la tía Visi, que están en un baúl y huelen a alcanfor, y da igual.
Leña: la de la era de Anselmo, que ya no es de nadie, y dos remolques.
Pala larga: la tiene un señor de Cañadalba desde hace nueve años. Va Iker a por ella en la moto.
Turnos: amasado a las diez, boleado a la una, primera hornada a las dos.
Y la última línea, que escribí y borré tres veces antes de mandarla:
«El que venga que venga. Aquí no hay que pedir permiso a nadie.»
Contestaron trece de las catorce en cuarenta minutos.
Contestó gente que llevaba un mes sin saludarme.
La Tere escribió: «Yo a las cuatro no puedo pero a las diez sí». Y eso, viniendo de la Tere, es un abrazo.
A las siete de la tarde le dimos la tercera toma, en la cocina de mi abuela, con Julián pesando y con la Vega apuntando los gramos en una libreta porque quiere aprender.
El reciento había subido. Se le veía la cúpula hinchada y las burbujas por el cristal del bol, y cuando Julián metió el dedo y lo levantó, la masa hacía hilo.
—Esto está —dijo.
Mi abuela se acercó, metió el meñique de la mano buena y lo probó.
—Está flojo de ácido.
—Lleva un día fuera de la alacena, Encarna.
—Está flojo de ácido —repitió ella—. Pero está.
Encendimos el horno a las cinco y media de la tarde.
Un horno de poya no se enciende. Se carga. Se mete la leña dentro, en el suelo de la bóveda, y se quema ahí dentro, y el calor lo coge el ladrillo, y cuando el ladrillo está a temperatura se saca todo lo que queda ardiendo con el barredero y se cuece con lo que el ladrillo devuelve.
Tres horas y media de fuego, dijo Julián. Y se quedó corto.
Yo nunca había visto una cosa así.
Entraban gavillas de sarmiento primero, para prender, y después leña de encina partida, y aquello tiraba con un ruido de mar.
A las seis de la tarde, en la calle del Horno, hacía cincuenta grados a dos metros de la boca.
La gente se puso en la sombra de enfrente, en el poyo, con las sillas de sus casas, y allí se quedó cuatro horas mirando un fuego.
Yo acarreé leña desde las seis hasta las ocho y media y me salieron dos ampollas.
A las ocho y veinte, Julián me quitó una gavilla de las manos.
—Para.
—No.
—Que pares. Tienes las manos hechas una pena.
Y me cogió la mano derecha, la de la quemadura de julio, y le dio la vuelta para verme la palma.
Cuarenta personas en el poyo de enfrente.
Me la soltó él. Yo no la quité.
—Ve a beber agua —dijo.
—Vale.
—Carlota.
—¿Qué?
Y no dijo nada. Se dio la vuelta y metió la gavilla.
A las nueve y diez, la Sagrario y la Loli subieron una tortilla de patatas y dos barras de cuarto, y se cenó de pie en la calle, con el fuego dentro y la orquesta montando el escenario en la plaza, a ciento cincuenta metros, probando el sonido con un «sí, sí, sí, uno, dos».
A las nueve y media, la orquesta probó un bombo cuatro veces.
Mi abuela levantó la cabeza.
—Este año la verbena la van a tener a medias —dijo.
—Abuela, la verbena es la verbena.
—Ya veremos.
A las diez menos cuarto, Julián apartó la leña contra la pared del fondo y se echó atrás.
Dentro seguía ardiendo, pero ya sin llama alta, y la bóveda, que a las seis estaba negra de hollín, se iba poniendo gris por el centro.
Y mi abuela se puso delante de la boca.
Nadie le dijo que se pusiera. Se puso ella. Se puso con el vestido azul, con la mano escayolada contra el pecho, a metro y medio de una boca que te quita las cejas, y se quedó mirando dentro.
—¿Qué mira? —dijo Vega bajito.
—La bóveda —dije yo.
El hollín de la bóveda de un horno se quema cuando el ladrillo llega a temperatura. Se va poniendo gris, y luego blanco, y cuando está blanco del todo, el horno está. Eso no lo dice un termómetro. Eso lo dice la bóveda, y lo sabe leer quien lo ha visto de pequeña.
Mi abuela estuvo delante de esa boca once minutos.
Julián no dijo nada. Se quedó detrás de ella con los brazos cruzados y no dijo nada, y yo lo miré y él tenía los ojos puestos en la nuca de esa mujer.
A las diez menos dos, mi abuela levantó la mano buena.
—Ya está.
Y en la calle del Horno de Fuentelhorno, a diez metros del escenario de la orquesta, veintitantas personas se pusieron a trabajar porque lo había dicho una señora de ochenta y nueve años delante de un agujero caliente.
Setenta años sin mandar en ese horno. Once minutos para volver a mandar.
Amasamos a las diez y cinco en dos artesas y en la mesa grande del portal de la Charo.
Diecinueve kilos de harina, nueve litros y medio de agua, trescientos ochenta gramos de sal y seis kilos y medio de masa madre hecha con un reciento que llevaba setenta años en una alacena a doce kilómetros.
Amasaron doce mujeres, un hombre, un chaval de dieciséis y una chavala de dieciséis.
Vega amasó cuarenta minutos seguidos sin quejarse, con las manos hasta el codo, y cuando la Matilde le dijo que descansara, contestó que ella el año que viene quería el mes de julio.
La orquesta empezó a las once y cuatro minutos.
Se oía perfectamente. Se oía el bombo en el suelo, en las paredes y en el agua de los barreños.
A las once y media, en la calle del Horno quedábamos catorce.
A las doce y media, nueve.
Yo eso lo tenía contado desde la tarde, porque es exactamente lo que pasa en un almacén el día de Nochebuena, y por eso había escrito la última línea de aquel mensaje.
Pero una cosa es tenerlo contado y otra es estar a las doce y media de la noche en una calle con nueve personas, con cuatro toneladas de horno caliente y una masa que sube sola y no espera.
A las once y veinte subí al poyo de la iglesia.
Subí porque era el único sitio con cobertura y porque llevaba desde las nueve de la mañana con una cosa dentro que no sabía dónde poner.
Desde allí arriba se ve la plaza, y esa noche se veía el escenario iluminado, la orquesta con las chaquetas de lentejuelas, ochenta personas bailando y, a la izquierda, ciento cincuenta metros más allá, una boca de horno naranja en una calle estrecha con nueve personas alrededor.
Los dos pueblos a la vez, en la misma noche, cada uno en lo suyo.
Llamé a mi madre.
Contestó al tercer tono, despierta.
—¿Carlota?
—Hola, mamá.
—¿Qué pasa?
—No pasa nada.
—Son las once y veinte de la noche.
—Ya.
Y se lo conté. Se lo conté todo, de pie en un poyo de piedra, con la orquesta de fondo: lo del camino del arroyo, lo de la cámara apagada, lo que dijo la abuela delante de treinta y cuatro personas, lo del sello con el canto quemado y lo del puchero cruzando el agua en brazos de un hombre de noventa años.
Tardé lo que tarda una hornada pequeña.
Mi madre no me interrumpió ni una vez.
Cuando acabé, se quedó callada tanto rato que miré la pantalla para ver si se había cortado.
—¿Mamá?
—Estoy aquí.
—¿Estás bien?
—Estoy bien. —Se le oía la respiración—. ¿Y ella cómo está?
—Está boleando panecillos en el portal de la Charo con una mano escayolada.
Mi madre se rió un poco, de esa manera que se ríe la gente cuando lo que quiere es otra cosa.
—Mañana es la caridad —dije.
—Ya lo sé.
—Es a las nueve y media.
—Ya lo sé, Carlota.
Y no dijo nada más. Ni que sí, ni que no, ni que a ver.