Pan, amor y otros fermentos 29. La travesía
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29. La travesía

La travesía

Julián

El sábado quince de agosto metí una hornada corta a las cuatro de la mañana y a las seis ya estaba todo fuera.

Cuarenta barras y ochenta panecillos, que es la mitad de lo que se vende un día de fiesta, porque yo ese día no iba a estar en el mostrador.

Dejé el pan en las cestas, tapado con los paños, y puse un cartel nuevo en el cristal.

«HOY SE DESPACHA HASTA QUE SE ACABE. NO HAY MÁS.»

Iker dijo que ese cartel era peor que el otro. A lo mejor tenía razón.

A las siete y media me lavé, me puse una camisa limpia y subí a casa de mi abuelo.

Se lo había dicho la noche antes, en la cocina, mientras cenaba sopa.

—Abuelo, mañana viene Encarna Sanz.

Mi abuelo siguió con la sopa. Tres cucharadas.

—¿A qué hora?

—No lo sé.

—Pues entonces me afeito temprano.

No dijo más. A los noventa años la gente administra las palabras como el carbón.

A las siete y media estaba afeitado, con la camisa de los domingos, sentado en la silla de enea de la puerta, con el bastón entre las rodillas y la vista en el camino.

Yo me senté en el escalón, a su lado.

—¿Quieres que te saque el otro sillón?

—Estoy bien aquí.

—Abuelo.

—Calla un poco, hijo.

Nos callamos.

A las ocho menos veinte subió Iker corriendo por la cuesta del lavadero, con el móvil en la mano y sin aliento.

—Tío.

—Qué.

—Que están bajando.

Me levanté y me puse en la esquina, donde se ve el valle entero.

Desde Cañadalba, a esa hora de agosto, se ve el otro lado con una claridad que no tiene el mediodía. Se ve el campanario de Fuentelhorno, se ve la carretera y se ve el camino del arroyo, que baja en zigzag entre las eras y cruza por las piedras de al lado del puente viejo.

Y por ese camino venía el pueblo.

No venían todos. Después lo conté y eran treinta y cuatro personas, y de las que viven allí todo el año no faltaba casi nadie.

Venían despacio, en fila, como se va a un entierro.

Venía la Tere con el bolso cruzado. Venía la Matilde con la rebeca puesta, en agosto, porque la Matilde tiene frío desde el año noventa y dos.

Venía la Sagrario, y la Loli, y la Charo con las dos nietas.

Venían tres hombres del Casino que yo solo conozco de venderles el pan por la ventanilla.

Y delante, sola, con un palmo de distancia, una mujer pequeña de ochenta y nueve años con un vestido azul de florecitas blancas y un brazo escayolado.

Detrás, a dos pasos, Carlota.

Y en la cola del todo, agarrada del brazo de Vega, la tía Visi, que había bajado en el coche del padre de la cría hasta el molino y que se hizo los últimos doscientos metros andando porque dijo que aquello no se hacía en coche.

—Tío —dijo Iker—. No vienen a pedir perdón.

—No.

—¿Y a qué vienen?

—A ver.

Lo de perdonar viene después, si viene, y no lo anuncia nadie.

En la entrada de Cañadalba, al lado del frontón, había un coche blanco con una antena en el techo y las letras de la televisión autonómica en la puerta.

Eso lo había llamado Noemí Cuesta.

La alcaldesa de Fuentelhorno estaba allí de pie, con una carpeta debajo del brazo a las ocho de la mañana de un festivo, hablando con una chica joven con un micrófono. A cuatro metros, Rubén, con la camisa planchada y esa cara suya de estar aguantando.

—Noemí —dije.

—Julián.

—¿Esto lo has traído tú?

—Sí.

—¿Sin preguntar?

—Llevo dos años peleando en Toledo por una escuela de seis niños —dijo—. Y esta mañana en mi pueblo pasa una cosa que se cuenta sola. Sí, lo he traído yo, y lo volvería a traer.

Rubén Salas se acercó sin prisa.

—Yo le he dicho que esto no se graba sin permiso.

—Y yo le he dicho que se graba la plaza, que es pública.

—La plaza es de este ayuntamiento.

—La plaza es de la gente.

Y ahí se quedaron los dos, como llevan tres años, discutiendo delante de un cámara con la camisa por fuera que no sabía dónde ponerse.

Yo los dejé y me volví a la puerta de mi abuelo.

Llegaron a las ocho y diez.

Se pararon en la calle, delante de la casa, y se abrieron un poco sin ponerse de acuerdo, como se pone la gente cuando quiere ver y no quiere estar.

Mi abuelo se levantó de la silla. Le costó. No le ayudé, porque a mi abuelo no se le ayuda a levantarse delante de gente.

Y se quedó de pie en su puerta, con el bastón, con la camisa de los domingos y las manos manchadas de noventa años.

El cámara se puso la cámara al hombro.

Se oyó el clic ese que hacen, y una lucecita roja.

Encarna Sanz giró la cabeza.

—Apaga eso.

La chica del micrófono dio un paso.

—Señora, nosotros estamos…

—Apaga eso, hija.

No lo dijo alto. Lo dijo como se le dice a un crío que está tocando algo que no es suyo.

La chica miró al cámara. El cámara miró a la chica. Y bajó la cámara y la apoyó en el suelo, de pie sobre el trípode plegado, con la lucecita apagada.

Después he pensado mucho en eso. En que hizo falta una señora de ochenta y nueve años para apagar una cámara, y que la apagaron a la primera.

Encarna se volvió hacia mi abuelo.

Y lo primero que dijo no fue lo importante. Fue esto:

—Buenos días, Anselmo.

—Buenos días, Encarna.

Setenta años de buenos días. El mismo saludo que se habían dado por la ventanilla de una furgoneta cuarenta veranos seguidos.

—Vengo a pedirte una cosa.

—Ya lo sé.

—Pues déjame que la pida.

Mi abuelo cerró la boca.

—Vengo a pedirte un pellizco del reciento de tu casa —dijo ella—. Para cocer mañana el pan de la caridad, en el horno de mi padre, que lleva setenta años sin él.

No se oía nada. En agosto, a las ocho de la mañana, en esa calle, se oye una mosca.

—Y antes de que me contestes —dijo Encarna—, tengo que decir una cosa delante de todos, porque si no te la digo delante de todos no vale de nada.

Se giró hacia su pueblo.

Y habló.

—En febrero del cincuenta y seis se cogió un pellizco del reciento de mi padre, de noche, sin permiso. Y por eso echaron del horno a este hombre, y le quitaron el sello, y le llamaron ladrón a él y a su padre y a su nieto.

Se le fue la voz un poco. Se paró. Volvió.

—No lo robó. Se lo llevé yo.

Hubo un ruido. No sé describirlo. Fue como cuando se mueve a la vez toda la gente de una iglesia.

—Fue la noche del diecinueve al veinte de febrero —dijo—.

Estaba el arroyo helado y crucé por las piedras de abajo.

En Cañadalba se les había cocido el reciento arrimándolo a la lumbre, y el coche de línea llevaba tres semanas sin subir con la levadura, y en esta casa había un hombre en la cama con fiebre y tres críos.

Levantó la barbilla.

—Y en enero, mi padre, Doroteo Sanz, le había negado un pellizco a Félix Heredia en la puerta del horno, delante de tres hombres. Por un pleito de linderos de hace cien años. Yo estaba dentro y lo oí.

Miró a la Tere. Miró a la Matilde. Las miró de una en una, que es lo peor que le puedes hacer a un pueblo.

—Mi padre pesaba el reciento en la romana todos los sábados. Notó lo que faltaba. Y este hombre dijo que había entrado él de noche.

—¿Y por qué dijo eso? —preguntó alguien de atrás. Fue uno de los del Casino.

Encarna tardó en contestar.

—Porque si se sabía que yo había ido de noche a casa de un mozo, yo me quedaba sin honra. Y él lo sabía. Y prefirió ser un ladrón a que yo fuera lo otro.

Se agarró el bolso con la mano buena.

—Y yo lo dejé.

Nadie dijo nada.

—Lo dejé aquella semana, porque tenía diecinueve años y miedo. Y lo dejé el año siguiente. Y el otro. Y me casé con un hombre bueno que lo supo siempre y que me lo consintió. Y le compré el pan por la ventanilla cuarenta años a un hombre al que en los dos pueblos llamaban ladrón por mi culpa.

Entonces sí se le fue la voz del todo.

—Setenta años —dijo—. Y me he traído el sello.

Abrió el bolso. Sacó el monedero. Sacó del monedero un trozo de madera oscura, del tamaño de la palma de una mano, con el canto quemado.

Dio tres pasos y se lo puso a mi abuelo en la mano.

Mi abuelo lo cogió.

Le dio la vuelta con el pulgar, muy despacio, y pasó la yema por detrás, donde hay cuatro marcas hechas con una navaja por una chica de diecinueve años.

No lo miró. Lo leyó con el dedo.

Y entonces mi abuelo, que lleva setenta años sin decir una palabra de esto, dijo la única que tenía preparada, porque se la llevaba oyendo yo desde el catorce de julio.

—Yo dije que se lo daría a quien tuviera que pedírmelo.

—Pues ya he venido.

—Ya has venido.

Se quedó con el sello en la mano.

—Esto no se da en la puerta —dijo—. Pasa.

Y se metió en su casa.

Encarna entró detrás. Entró Carlota. Entré yo. Y la tía Visi, que había llegado la última y respirando mal, entró sin que nadie la invitara, se sentó en la primera silla que encontró y dijo:

—Yo también estoy en esto.

La cocina de mi abuelo tiene una mesa camilla, cuatro sillas y una alacena de dos cuerpos con la parte de arriba cerrada con llave desde el veinticuatro de julio.

Mi abuelo sacó la llave del bolsillo del pantalón.

Abrió.

Y bajó el puchero.

Es un puchero de barro vidriado, de los antiguos, con una raja que le cruza medio costado y que no gotea de milagro. Lo bajó con las dos manos y lo puso en el centro de la mesa camilla, encima del tapete.

Levantó la tapa.

Dentro, metido en el puchero como un huevo en una huevera, había un tarro de cristal de litro y medio, con un paño mojado atado al cuello con una goma.

Mi abuelo desató el paño.

Y en aquella cocina, con cinco personas dentro y treinta y una fuera, salió el olor.

No es un olor bonito. Huele a manzana pasada y a algo de queso y a un punto de pared húmeda, y si no eres de esto te parece que se ha estropeado.

Encarna cerró los ojos.

—Huele a la panera de mi padre —dijo.

—Es la misma —dijo mi abuelo.

Yo saqué la báscula del bolso de la compra que había traído, porque yo a esas alturas ya llevaba una báscula de cocina en un bolso como un idiota, y mi abuelo me señaló la alacena de abajo, donde tiene un tarro con harina de la que le llevo yo.

—Doscientos de agua templada —dijo—. Doscientos de harina. Y ochenta de esto.

—Abuelo, para mañana no llegamos con ochenta.

—Pues doscientos de esto. Y a mediodía otra vez. Y a las siete otra vez. Y a las diez amasáis.

Me quedé con la báscula en la mano.

Eso son tres tomas en un día. Se hace cuando un reciento viene de lejos o ha pasado frío, y lo que yo no había hecho en mi vida porque en mi casa el reciento nunca ha estado en otro sitio.

—¿Eso sube? —dijo Carlota.

—Eso sube si está vivo —dijo mi abuelo—. Y está vivo, porque le doy de comer todos los días desde antes de que naciera tu madre.

Encarna se levantó de la silla.

—Dame la cuchara.

—Usted tiene una mano rota —dije yo.

—Y la otra buena.

Y le dimos de comer entre los dos, mi abuelo y yo, con las dos manos y las cuatro, porque mi abuelo echaba la harina y yo el agua y Encarna Sanz daba vueltas con una cuchara de palo en un bol de duralex, de pie, con el vestido azul, en una cocina de Cañadalba.

Eso no lo grabó nadie.

Mientras se batía, mi abuelo me puso la mano en el brazo.

—Julián.

—Qué.

—Lo del patio.

Yo no levanté la vista del bol.

Se lo había dicho hacía diez días, de madrugada, gritándole en esta misma cocina. Que la palabra me la habían puesto a mí en un patio a los seis años, y a mi hermana le costó una comunión, y a Iker se la habían puesto en internet el mes pasado con sesenta y un me gusta.

—Perdona lo de aquella noche —dije—. Lo del patio no era contra ti.

—No es eso lo que yo digo.

—Ya.

—No lo dejo. —Me apretó el brazo—. Me lo tenías que haber dicho hace veinte años.

—No se te podía decir.

—Pues se me tenía que haber dicho igual.

Y luego dijo lo otro, y lo dijo mirando el bol:

—Ya era hora de que alguien se enfadara.

Antes de salir, mi abuelo tapó el puchero.

Y antes de poner la tapa metió dentro el sello, al lado del tarro, con el canto quemado hacia arriba.

No dijo por qué. Yo lo vi y no pregunté.

Salimos a las nueve menos cuarto.

Mi abuelo llevaba el puchero. Se lo quise coger en la puerta y me dio con el bastón en la espinilla, delante de treinta y cuatro personas.

Bajó la calle con el puchero contra el pecho, con la tapa puesta y el tarro dentro, a paso de noventa años, y detrás fue toda la comitiva, y nadie le dijo nada porque había que verle la cara.

Cruzamos el arroyo por las piedras de abajo, las de al lado del puente viejo, que en agosto están secas y calientes.

En medio del cauce, mi abuelo se paró.

Le dio el puchero a Encarna.

Y ella lo cogió con las dos manos, la buena y la escayolada, y se le dobló un poco el cuerpo por el peso, y no dejó que se lo cogiera nadie.

Yo iba detrás, a tres pasos.

Y subí toda la cuesta de Fuentelhorno con las manos vacías. No me pasaba desde los dieciocho años.