28. La vuelta
La vuelta
Carlota
Subir a un panadero de Cañadalba al tercero sin ascensor de mi madre, en Ciudad Lineal, a las ocho menos cuarto de la mañana de un jueves de agosto, es una cosa que no estaba en ningún plan mío.
Llamé al telefonillo y subí yo primero.
—Mamá.
—¿Qué pasa? ¿Y el coche?
—Mamá, ha venido una persona.
Mi madre se asomó al hueco de la escalera con el delantal puesto.
Julián subía los tres pisos detrás de mí, con la camisa de la verbena y una bolsa de papel en la mano, porque había parado en una panadería de la M-40 a comprar churros, y yo no le había dejado tirarlos.
—Buenos días.
—Buenos días —dijo mi madre.
—Soy Julián Heredia.
Mi madre se quedó con la mano en la puerta.
—Ya —dijo.
Mi abuela estaba en la cocina, con la bata puesta y el pelo sin peinar, tomándose la achicoria.
Y entró él.
Fue el silencio más largo de todo el verano. Y yo llevaba un verano de silencios largos.
Mi abuela levantó la cabeza. Lo miró de arriba abajo, muy despacio.
—Tú eres el nieto.
—Sí, señora.
—Julián.
—Julián.
Y ella dijo una cosa que a mí me dejó sin aire.
—Eres igual que él con veinte años. Menos en la boca. La boca la tienes de tu padre.
Julián se puso las manos en la espalda, como un crío en misa.
—Se me hace raro que usted sepa cómo era mi padre.
—Yo le vendí a tu padre dos gallinas cuando era mozo —dijo mi abuela—. Y se las cobré caras. Anda, siéntate.
Se sentó.
Y desayunamos los cuatro, en una cocina de metro veinte de ancho, con churros de una franquicia de la M-40, el aire acondicionado con ruido de tractor y una conversación que fue, de principio a fin, sobre el tiempo, el precio de la harina y una carretera comarcal que van a arreglar en octubre.
No hablaron del cincuenta y seis ni una sola vez.
Y yo miraba a mi abuela pasarle la bandeja de los churros a ese hombre, y la miraba a ella preguntarle si iba bien el horno de aire, que es lo que se pregunta cuando no se pregunta lo otro, y entendí que aquello era exactamente lo que iban a hacer los dos, cada uno en su casa, durante los dos días siguientes.
A las once me encerré en el cuarto de mi madre con el portátil y escribí la carta.
Dos párrafos. Que presento mi dimisión con efectos del quince de octubre, que quedo a disposición de la empresa para el cambio de sistema y que agradezco los cinco años.
La leí cuatro veces, le di a enviar y me quedé mirando la pantalla con el corazón a cien. No me pasaba desde el día en que tiré el reciento por el fregadero.
Bea contestó a los seis minutos.
«Recibida. Eres una cabezota. Cuando montes eso de los pueblos, avisa, que tengo un cuñado con dos furgonetas.»
Julián durmió cuatro horas en el sofá cama del salón, con el aire acondicionado apagado porque dijo que con ese ruido no dormía nadie, y con la persiana bajada del todo.
Se durmió en dos minutos. Lo sé porque me asomé.
Un hombre de un metro noventa en un sofá cama de metro ochenta, con los pies fuera, vestido, encima de la colcha y con la camisa de la verbena todavía puesta.
Mi madre lo despertó a las dos para comer, porque en casa de mi madre nadie se salta una comida.
Comimos lentejas en agosto. Eso también es mi madre.
Y en la mesa pasó una cosa que yo no esperaba: que el que hablaba era él.
Mi abuela le preguntó por el horno de poya, si estaba entero, si la bóveda tenía grietas, cuántas gavillas hacían falta y de qué leña.
Y Julián contestó a todo, despacio, como se contesta a alguien que entiende, y en algún momento dejó el tenedor en el plato y dibujó con el dedo, en el mantel, la boca del horno y por dónde tira.
Mi abuela seguía el dedo con los ojos.
—Eso lo barría yo con doce años —dijo.
—Ya me lo ha dicho mi abuelo.
Y ahí se pararon los dos, al borde, y mi abuela cogió el tenedor otra vez y preguntó si quedaba pan.
A las once de la noche, Julián dijo que se iba a un hostal.
Mi madre se puso en la puerta.
—De eso nada. Ahí tiene el sofá.
—Muchas gracias, pero no.
—¿Por qué no?
Y él miró hacia la cocina, donde mi abuela estaba fregando un vaso con una mano, y bajó la voz.
—Porque esa señora mañana tiene que hacer una cosa muy difícil —dijo—. Y no se la voy a hacer más difícil durmiendo yo en su salón.
Mi madre se quedó con la mano en el picaporte.
Le buscó un hostal en el móvil, a cuatro calles, veintiocho euros, y le apuntó la dirección en un papel de la compra porque no se fiaba del mapa del teléfono.
Bajé con él hasta el portal.
—Mañana a las nueve estoy aquí —dijo.
—A las nueve.
—Carlota.
—No me lo pidas —dije.
—No te iba a pedir nada. Te iba a decir que tu madre hace las lentejas como mi abuelo.
Y se metió las manos en los bolsillos y se fue calle abajo, con su bolsa de plástico y el papel de la compra en la mano, y yo me quedé en el portal más tiempo del necesario.
Cuando subí, mi madre estaba en el rellano, con la puerta entornada y los brazos cruzados.
—Mamá.
—Yo no estaba mirando.
—Estabas mirando.
—Estaba mirando —dijo—. Anda, pasa.
Nos sentamos en el sofá, con la tele sin volumen otra vez.
—Ese hombre no ha pedido nada en su vida —dijo.
—No.
—Como tu abuela.
—Como mi abuela.
Mi madre se quedó un rato mirando la tele muda.
—El domingo es la caridad.
—Ya.
—Baja.
Mi madre no dijo que sí. Se levantó a recoger los vasos y dijo, desde la cocina, que tenía a una compañera cubriéndole el turno del domingo hacía dos meses y que ya vería.
Yo eso lo traduje. En mi familia eso quiere decir que sí, pero que no se promete nada, porque si se promete puede salir mal.
Volvimos el viernes catorce a las nueve de la mañana.
Dejé mi coche en el aparcamiento de casa de mi madre, porque no íbamos a subir dos coches para tres personas y porque yo ya no tenía ninguna prisa por volver a Madrid.
Mi abuela se sentó delante, al lado de Julián, porque atrás se marea y porque a las mujeres de ochenta y nueve años no se les discute el asiento.
Yo me senté detrás, en medio, con la caja de zapatos de los ramitos de manzanilla en las rodillas y el bolso de mi abuela al lado.
Los primeros cuarenta kilómetros no habló nadie.
Es una cosa rara, ir en un coche con dos personas calladas que se conocen de toda la vida y que llevan setenta años sin decirse nada que importe. Yo iba detrás mirando dos nucas.
Salimos de la M-40, cogimos la A-2 y a la altura de Torrejón mi abuela dijo:
—¿Cómo está tu abuelo?
Julián no apartó la vista de la carretera.
—Está bien. Anda despacio y se queda dormido en el sillón. Le da de comer al reciento todos los días a las diez, después de desayunar.
—¿A las diez?
—Desde que lo tiene en casa. Antes iba al obrador a las seis.
Mi abuela asintió.
—Se levantaba a las cinco cuando era mozo —dijo—. Y venía andando desde Cañadalba para estar en el horno a las seis y media, y llegaba con las botas hechas una pena.
Y se calló.
Pasamos Alcalá. Pasamos Meco. A la altura del kilómetro cincuenta, mi abuela se colocó el bolso en las rodillas, se aclaró la garganta y dijo:
—Julián.
—Dígame.
—Lo que le hicieron a tu abuelo en mi pueblo se lo hicieron por mí.
Yo, en el asiento de atrás, dejé de respirar.
—Lo sé —dijo él.
—Lo sabes desde el martes pasado, que te lo contó la Visitación. Y yo lo sé desde el año cincuenta y seis.
Se agarró el bolso con las dos manos, la buena y la escayolada.
—Tú tenías seis años cuando te lo dijeron en la escuela —dijo—. Yo eso lo supe. Me lo contó la madre de la Rosalía, que tenía una prima en Cañadalba, y me lo contó riéndose, y yo me reí.
Julián tragó saliva. Le vi el cuello desde atrás.
—Y me he estado riendo cuarenta años en una plaza, comprándole el pan a tu abuelo, mientras en los dos pueblos le llamaban lo que le llamaban.
Un camión nos adelantó por la izquierda y el coche se movió un poco.
—Te pido perdón —dijo mi abuela.
No dijo más.
Julián no contestó.
Pasó un kilómetro. Pasó otro. Yo miraba el retrovisor y le veía la mandíbula, y me daban ganas de decirle algo, y no dije nada porque no era mío.
A los diez kilómetros, en la recta antes del desvío de Guadalajara, Julián habló.
—Mi abuelo no le guarda rencor a usted —dijo—. Eso se lo digo yo, que llevo desde el martes preguntándomelo, y es verdad.
—Ya lo sé.
—Yo sí le he guardado. Diez días. Desde el martes aquel hasta ayer.
—Es poco.
—Es lo que hay —dijo él—. Y se me ha pasado esta mañana, viéndola pasarme los churros.
Mi abuela se rió. Se rió de verdad, una vez, corta, y se llevó la mano a la boca como si se le hubiera escapado algo.
—Eres igual que él —dijo.
Llegamos a las doce y cuarto.
Julián paró el coche delante de nuestra casa, sacó las dos maletas del portón y las subió al escalón. Mi abuela sacó la llave.
—Mañana a las nueve —dijo.
Los dos la miramos.
—¿Mañana a las nueve qué, abuela?
—Mañana a las nueve voy a casa de Anselmo Heredia.
Julián se quedó con una maleta en la mano.
—¿Mañana?
—Mañana, que es catorce.
—Hoy es catorce, señora.
Mi abuela se paró con la llave en la cerradura.
—¿Hoy es catorce?
—Hoy es viernes catorce de agosto.
Ella se quedó un momento quieta, mirando la puerta de su casa.
—Pues entonces hoy —dijo.
Y entró.
Esa tarde el pueblo se enteró de que habíamos vuelto en tres cuartos de hora, que es el récord.
Tere lo vio desde el Casino. La Loli lo vio desde su ventana. La Matilde vino a las cinco con un tupper de pisto y se quedó veinte minutos en la puerta sin entrar, hablando de la escayola.
Mi abuela estuvo toda la tarde planchando con una mano, que se puede si tienes ochenta y nueve años y mucha práctica.
Planchó el vestido azul de las florecitas blancas. El del consultorio.
—¿Tú estás segura?
—Alcánzame la percha.
Se lo dejó colgado del armario, y encima de la cómoda dejó el bolso, y dentro del bolso, el monedero con el papel de mi abuelo doblado en cuatro.
Y luego cogió el sello de la hache, el del canto quemado, y lo dejó al lado del bolso.
A las once de la noche yo estaba en el poyo de la iglesia, donde hay cobertura, sin llamar a nadie.
Hacía una noche buena, de esas de agosto en las que a las once todavía hay gente a la fresca y se oye la tele de tres casas a la vez.
Pensé en el dieciséis.
Pensé en que le había dicho a un hombre que me lo pidiera otra vez cuando ya no me hiciera falta a mí, o a él, o a nadie, y en que aquello, dicho en un aparcamiento a las siete de la mañana, me había parecido lo más sensato que había dicho en mi vida.
Y pensé, a las once de la noche del catorce de agosto, sentada en el poyo de una iglesia de cien habitantes, que a lo mejor el dieciséis ese hombre no me pedía nada.
Que a lo mejor todo salía bien, y había reciento, y había caridad, y su abuelo dejaba de ser el ladrón, y el pueblo lo celebraba en la plaza, y después, cuando ya no hiciera falta nada, aquel hombre me daba las gracias y se iba a dormir, porque llevaba treinta días durmiendo cuatro horas.
Y que eso lo habría decidido yo. Con mi frase.
Bajé a casa a las doce menos cuarto.
Mi abuela estaba en la cocina, de pie, con el camisón puesto y un vaso de agua en la mano, mirando la caja de zapatos de los ramitos de manzanilla encima de la mesa.
—¿No te acuestas? —dije.
—Ahora.
Se bebió el agua.
—Mañana ponte algo decente —dijo—. Que vienes conmigo.