27. Cien kilómetros
Cien kilómetros
Julián
El martes por la noche hice las cuentas de cerrar.
Las hice como se hacen las cuentas en mi casa, en la mesa de la cocina, con un cuaderno de cuadros y un lápiz de carpintero.
Cerrar dos días, jueves y viernes, en vísperas de fiestas, son seiscientos euros de caja el jueves y setecientos el viernes, porque el viernes suben los de la peña a por el pan de los bocadillos.
Son seis pueblos sin pan dos días.
Son cuarenta llamadas de teléfono, porque aquí la gente llama cuando no viene el pan.
Y es, sobre todo, una cosa que en un sitio como este no se hace: cerrar.
Mi padre no cerró nunca. Mi abuelo no cerró nunca, ni el año que se murió mi abuela, que cerró medio día para el entierro y a las ocho de la tarde estaba pesando harina. Aquí un obrador es como una vaca: se ordeña todos los días o se seca.
Sumé las dos columnas y miré el total.
Mil trescientos euros y cuarenta llamadas.
Lo cerré y me fui a la cama, y a las tres de la mañana estaba mirando el techo.
Me levanté, bajé al obrador y me senté en el taburete de mi abuelo.
Y ahí, a las tres y veinte de la madrugada del miércoles doce de agosto, lo vi claro del todo, que es como se ven las cosas a esa hora y en ese sitio.
Yo llevaba tres días haciendo exactamente lo que había hecho mi abuelo durante setenta años.
Callarme por no perjudicar. Aguantar. Quedarme en la esquina. Decidir yo solo lo que era mejor para todo el mundo, sin preguntarle a nadie, y quedarme luego con la cuenta entera en la mesa de la cocina.
Y mi abuelo, que lleva setenta años en eso, me había dicho «ve».
El miércoles cocí por la mañana, hice la ruta del jueves por adelantado hasta donde pude y a las ocho de la tarde escribí un cartel en un folio, con rotulador, y lo pegué con celo en el cristal del mostrador.
«CERRADO JUEVES Y VIERNES. EL SÁBADO HAY PAN. DISCULPAD.»
Iker leyó el cartel dos veces.
—¿Cerrado?
—Cerrado.
—¿Estás malo?
—No.
—¿Se ha muerto alguien?
—No.
Iker me miró con la boca abierta.
—Tío, tú no cierras ni cuando te cortaste la mano.
—Ya.
—¿Y adónde vas?
Cogí las llaves de la furgoneta del clavo.
—A Madrid.
Mi sobrino se quedó tan quieto que por un momento pensé que se iba a caer.
—¿A por Carlota?
—A Madrid, Iker.
—Tío.
—¿Qué?
—Que te lleves el coche, que la furgoneta se calienta en la A-2.
Y luego, cuando yo ya estaba en la puerta, dijo:
—¿Le digo a Vega que se lo diga?
—Ni se te ocurra.
Las cuarenta llamadas las hice yo, antes de que las hicieran ellos, desde el teléfono del obrador, entre las ocho y media y las diez y media de la noche.
Eso tampoco se hace. Aquí, cuando no hay pan, la gente se entera porque no llega la furgoneta.
Empecé por la Amalia, que es la más lejos y la que peor lo tiene.
—Doña Amalia, soy Julián.
—Dime, hijo.
—Que mañana y pasado no subo. Cierro dos días.
Hubo un silencio corto.
—¿Estás malo?
—No.
—¿Y por qué cierras?
Y yo me quedé con el teléfono en la oreja, en un obrador apagado, y dije la verdad, porque a una mujer de ochenta y ocho años que vive sola a doce kilómetros no se le miente.
—Porque me voy a Madrid a buscar a una persona.
—Ah.
—Le dejo cuatro barras esta noche y las congela usted.
—Yo no congelo pan —dijo doña Amalia—. Yo lo pongo en la bolsa de tela y al tercer día lo mojo. Eso lo hacía mi madre.
—Muy bien.
—Julián.
—Dígame.
—Tú vete, hijo.
Colgué y marqué el siguiente.
El del bar del alto me dijo que se traía cuatro barras de Brihuega y que no pasaba nada, y luego me dijo que qué se me había perdido a mí en Madrid, y como no contesté, se rió y colgó.
La Sagrario me preguntó tres veces si estaba seguro.
Un señor de La Olmeda me dijo que llevaba viniendo mi familia cuarenta años y que ya podía haber avisado antes, y tenía razón, y se lo dije, y se quedó más tranquilo.
Y hubo una, la Loli, que me escuchó, se calló dos segundos y dijo:
—¿Y vuelve la Encarna?
—Eso no lo sé.
—Pues díselo tú.
Cuando colgué la última eran las diez y treinta y cinco y me dolía la oreja.
Mi hermana apareció a las once menos veinte, con las llaves de su coche en la mano y sin llamar a la puerta, porque Mónica no ha llamado a una puerta en su vida.
—Toma.
—¿Y eso?
—Que me ha llamado mi hijo desde el baño, en voz baja, para decirme que te vas a Madrid en la furgoneta y que la furgoneta se calienta.
—¿Has venido de Guadalajara a las once de la noche por eso?
—Por eso y por lo otro.
Dejó las llaves encima del banco de amasar.
—Has cerrado el obrador, Julián.
—He cerrado.
Mónica se sentó en el saco de harina de veinticinco, que es donde se sienta ella desde que tenía nueve años, y me miró de arriba abajo.
—Ya era hora.
—Mónica.
—Digo que ya era hora, Julián. Llevas desde los dieciocho años haciendo lo que hay que hacer.
Se sacó el móvil, lo miró y se lo volvió a guardar sin leer nada. Eso lo hace cuando va a decir algo serio.
—Te voy a preguntar una cosa y no te enfades.
—Pregunta.
—Si vuelve y luego, en octubre, se va otra vez, ¿qué?
Yo estaba recogiendo el cepillo de la artesa y me quedé con él en la mano.
—Pues me habré cerrado dos días.
Mi hermana asintió despacio.
—Vale —dijo—. Esa respuesta me vale.
Se levantó y se sacudió la harina del pantalón.
—Iker duerme estos dos días en casa del abuelo, que no me creo yo que le dejes el obrador a un crío de dieciséis.
—El obrador está cerrado.
—Por eso mismo.
Y en la puerta, sin volverse, dijo lo otro.
—Y llévate una camisa que no huela a horno.
A las once de la noche subí a casa de mi abuelo.
Estaba acostado, pero con la luz encendida y la radio puesta bajita, que es como se acuesta él desde que murió mi abuela.
—Abuelo.
—Dime.
—Que mañana no cuezo. Que me voy a Madrid.
Mi abuelo se incorporó en la cama, apoyándose en un codo, y se quedó así un rato.
—¿Y eso a qué hora es?
—Salgo a las cuatro de la mañana.
—Ponte gasolina en Torija —dijo—. Que en la de la salida está más cara.
Y se volvió a tumbar.
En la puerta de la habitación, con la mano en el interruptor, le oí decir una cosa más.
—Julián.
—Qué.
—Si te dice que no, vuelves y no pasa nada.
—Ya.
—Lo que no se puede es no ir.
Salí a las cuatro y diez de la mañana con el coche de mi hermana, que es más nuevo que el mío, y llegué a la M-40 a las seis menos veinte.
No había pensado ni una sola cosa de lo que iba a decir.
Eso es mentira. Había pensado catorce, y todas eran malas, y las fui tirando por la ventanilla entre Alcolea y Torrejón.
A las seis menos diez me di cuenta del problema de verdad, que no era lo que iba a decir: era que yo no tenía ni idea de dónde vivía la madre de Carlota.
Sé que es en Madrid. Sé que hay un aire acondicionado que hace ruido, porque me lo contó ella en el obrador. Y eso es todo lo que sabía de una ciudad de tres millones de personas a las seis menos diez de la mañana.
Paré en una gasolinera de la M-40, al lado de un polígono, y me quedé con el móvil en la mano.
La llamé a las 6.51.
Salió el buzón.
Y entonces me quedé mirando el salpicadero y pensando que aquello era un ridículo de manual: un panadero de ciento diez kilómetros al noreste, sentado en una gasolinera de Madrid, con el obrador cerrado y mil trescientos euros menos, llamando a un teléfono que no coge nadie.
A las siete y cuatro me llamó ella.
—¿Julián?
—Hola.
—Te he visto la llamada. Estaba…
—¿Estás en Madrid?
—Estoy en una nave, en el polígono de al lado de la M-40, en la este.
Yo miré por el parabrisas. Delante de mí, al otro lado de la valla, había una nave gris con doce muelles de carga y unas bicis amarillas saliendo en fila.
—¿La nave tiene las bicis amarillas?
Hubo un silencio al otro lado.
—Sí —dijo.
—Es que estoy en la gasolinera de enfrente.
Salió por la puerta pequeña del muelle cuatro cinco minutos después, con un chaleco amarillo encima de una camiseta y un café de máquina en la mano.
Se paró en medio del aparcamiento, a diez metros, y se quedó mirándome. Olía a nave y a café de máquina. Y yo, con la camisa de la verbena puesta, que me la puse a las cuatro de la mañana sin pensar y de la que me di cuenta en ese momento.
—Tienes harina en la ceja —dijo.
—Es de ayer.
Se acercó.
Y ahí, en un aparcamiento de un polígono de Madrid, a las siete y diez de la mañana del jueves trece de agosto, dije lo que había venido a decir, que no se parecía en nada a ninguna de las catorce frases que había tirado por la ventanilla.
—He cerrado el obrador.
—¿Qué?
—Miércoles y jueves. Hay un cartel en el cristal.
—Julián, tú no cierras.
—Ya.
Me metí las manos en los bolsillos y las saqué.
—Yo no sé hacer esto —dije—. Lo del lunes lo hice mal. Te pregunté por el trabajo porque lo otro no me cabía en la boca. Y el martes te vi en la esquina de tu calle metiendo una caja en el coche y me di la vuelta.
—¿Tú estuviste allí?
—A veinte metros.
—¿Y no dijiste nada?
—Porque si lo pido y me dices que no, ya está pedido —dije—. Y en mi familia eso no se hace.
Carlota no dijo nada. Tenía el café en la mano y no se lo había bebido.
—Vuelve —dije.
—Julián.
—Vuelve. No sé hacer esto solo.
Y le cogí la mano. La mano libre, la derecha, la del brazo que se quemó, y se la cogí como se coge algo que se te va a caer, y noté que ella cerraba los dedos.
Y la solté.
La solté yo, a los dos segundos, porque me entró un miedo que no había tenido en mi vida, y me metí la mano en el bolsillo.
Ella se quedó mirando el suelo del aparcamiento.
—Yo he dimitido —dijo.
—¿Qué?
—Ayer. En una reunión de once minutos. He dicho que no a Lisboa, que era quince meses en Portugal, y he presentado la dimisión con dos meses de preaviso.
—¿Por…?
—Por mí —dijo enseguida—. Que quede clarísimo, Julián. Por mí.
—Vale.
—Y porque he visto una cosa que quiero hacer, y es pequeña, y es en pueblos de cien habitantes, y a lo mejor sale mal.
—Vale.
Nos quedamos callados. Por la valla salían bicis amarillas de dos en dos.
—Volvemos mañana —dijo—. Mi abuela y yo. El viernes por la mañana.
—¿Volvéis?
—Mi abuela va a ir a pedírselo.
Yo tuve que apoyarme en el coche.
—¿Va a ir?
—Va a ir.
—¿Ella?
—Ella sola, delante de quien haga falta. Lo dijo ayer con el bolso encima de las rodillas.
Y entonces ella dio un paso atrás.
—No me lo pidas hoy.
—Ya lo he pedido.
—Ya lo sé. —Se pasó la mano por la nuca—. Y he estado a punto de decirte que sí antes de que terminaras la frase, y por eso te lo digo.
—No te entiendo.
—Que ahora mismo tú necesitas que vuelva. Necesitas el reciento, y necesitas que mi abuela cruce, y necesitas a alguien que te lleve los papeles y te organice el reparto, y a mí eso se me da muy bien y es lo único que sé hacer para que me quieran.
Se le quebró un poco en la última palabra, y siguió igual.
—Así que pídemelo otra vez el dieciséis —dijo—. Cuando ya no te haga falta nada.
Me quedé en medio de aquel aparcamiento con las manos en los bolsillos.
—El dieciséis —dije.
—El dieciséis.
—Vale.
Y ella se bebió por fin el café, de un trago, e hizo una mueca porque estaba frío.
—¿Has venido conduciendo desde las cuatro?
—Desde las cuatro y diez.
—Pues no te vuelvas ahora. Ven a desayunar a casa de mi madre, que vas a matar a alguien en la A-2.
—¿A casa de tu madre?
—Está a cuatro calles y hay café.
—Ahí está tu abuela.
—Ahí está mi abuela —dijo—. Y tú eres el nieto de Anselmo Heredia.
Y se dio la vuelta hacia el muelle a devolver el chaleco.