Pan, amor y otros fermentos 26. Lo que no es Lisboa
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26. Lo que no es Lisboa

Lo que no es Lisboa

Carlota

Volví de la nave a las seis y veinte de la mañana y no me acosté.

Me hice un café en la cocina de mi madre, puse el cuaderno de rutas encima de la mesa y estuve dos horas haciendo números a lápiz, que es como los hago yo cuando quiero enterarme de verdad.

Lo primero que escribí fueron las paradas. Seis. Fuentelhorno, Valdesaz de Arriba, La Olmeda, Riofrío, el alto, que no es un pueblo pero tiene bar, y el caserío de doña Amalia, que son cuatro casas.

Debajo de cada uno, los habitantes de invierno. Ciento doce, noventa y cuatro, setenta y ocho, cuarenta y uno, veinte y seis.

Suman trescientas cincuenta y una personas.

Eso, en el modelo con el que yo he trabajado cinco años, no es un mercado. Es un error de redondeo.

Luego escribí lo segundo, lo que no se sabe desde una oficina: cuántas de esas casas tienen coche y quién lo conduce. En Fuentelhorno hay cuarenta y cinco casas habitadas todo el año y en veintidós no conduce nadie, porque el que conducía se murió o porque le quitaron el carné por la vista.

Nueve casas de dieciocho.

Y esas nueve personas comen todos los días.

Luego hice la furgoneta. Una de segunda mano de dos años, con nevera, cuesta lo que cuesta y se paga en cuarenta y ocho meses.

El gasoil de la ruta larga son ciento sesenta kilómetros a la semana si se hacen dos días.

El seguro. La autónoma, que el primer año son ochenta euros al mes y el tercero ya no.

Y luego los ingresos, que es donde yo llevaba tres semanas tropezándome.

Un dos por ciento a los proveedores de la comarca, que son once, y que ahora mismo se pasan la mañana del sábado metiendo cajas en coches particulares.

Una cuota pequeña a los seis ayuntamientos, que para un ayuntamiento de cien habitantes es menos de lo que se gastan en la orquesta de las fiestas.

Y un euro por pedido a la casa, que es lo único que no se puede quitar, porque si no cobras nada la gente cree que le estás haciendo un favor y luego no te lo pide.

Sumé. Resté. Volví a sumar.

Sueldo mío: ninguno hasta el mes catorce.

Mi madre entró en la cocina a las ocho y cuarto, con la bata, y se quedó mirando la mesa llena de papeles.

—¿Tú has dormido?

—No.

Se sirvió café y se sentó enfrente.

—¿Eso qué es?

—Números.

—¿De la empresa?

—No.

Mi madre se puso las gafas, como hace siempre que va a opinar, y le dio la vuelta al cuaderno.

Estuvo un rato leyendo. Pasó una hoja.

—Aquí no hay sueldo —dijo.

—No.

—Carlota, aquí pone mes catorce.

—Lo sé.

—Eso no es un negocio, hija. Eso es una idea.

Y yo le dije lo único que tenía, que no era un número.

—Mamá, yo me sé las casas. Sé quién vive en cada una, sé quién no conduce, sé qué día va el médico y sé quién se toma las pastillas de la tensión. Eso no lo sabe nadie más y eso no lo compra nadie con dinero.

Mi madre se quitó las gafas.

—Eso lo sabía tu abuela —dijo.

—Ya.

—Y con eso tu abuela no ha ganado una peseta en su vida.

Me quedé callada.

—Pero se ha muerto poca gente sola en ese pueblo —dijo, y se levantó a fregar su taza.

A las ocho y media bajé al patio interior, que es donde hay cobertura, con el cuaderno y el café.

Y me puse a llamar, que es lo que hay que hacer antes de tirar nada por la borda y lo que yo llevaba tres semanas sin hacer porque me gustaba más la idea que la comprobación.

Llamé a once proveedores de la comarca. A las ocho y media de la mañana de un miércoles de agosto cogen el teléfono casi todos, porque están en el campo desde las siete.

Me dijeron que no cuatro.

La quesería de Cifuentes, porque ya reparte ella. El de la miel, porque vende todo en la feria y no quiere papeles. Dos no me entendieron por teléfono y me dijeron que los llamara en septiembre, que es una manera educada de decir que no.

Me dijeron que sí siete.

Y de los siete, tres me preguntaron antes cuánto, y los tres se quedaron callados cuando les dije el dos por ciento, y los tres dijeron que vale, que a ellos la mañana del sábado les cuesta más que eso.

El de los huevos de La Olmeda me dijo una cosa que apunté entera: «Yo lo que no quiero es cargar. Si tú cargas, yo pongo el género en la puerta a las siete y tú te lo llevas».

A las nueve y cuarto llamé a Noemí.

—Son las nueve y cuarto, Carlota.

—¿Cuánto se gastó el ayuntamiento en la orquesta de Santiago?

Hubo un silencio.

—¿Perdona?

—La cifra, Noemí.

—Dos mil ochocientos.

—¿Y pondríais seiscientos al año por que suba una furgoneta con la compra dos días por semana?

Esta vez el silencio fue más largo.

—Yo sola no decido eso —dijo—. Pero te digo lo que va a pasar: lo llevo al pleno de septiembre, lo aprueban, y luego llamo a los otros cinco alcaldes y les digo que Fuentelhorno ya lo ha puesto. Y Rubén me va a decir que no por decirme que no, y a la semana lo pone.

—¿Eso es un sí?

—Eso es un seiscientos euros y una llamada a Toledo para ver si hay algo de despoblación.

Colgué y me quedé en el patio, con el ruido del extractor del vecino y la ropa tendida, haciendo la cuenta otra vez.

Y entonces vi el agujero.

Lo tenía delante desde la noche anterior y no lo había visto porque no quería verlo: tengo ahorrado para doce meses y el papel decía que no saco sueldo hasta el catorce.

Dos meses en el aire. Dos meses en los que hay que comer.

Lo miré un rato largo.

Y luego hice lo que llevo cinco años cobrando por hacer, que es quitar de la lista lo que no hace falta todavía.

La furgoneta. Diecinueve mil euros a cuarenta y ocho meses, con nevera, para hacer dos rutas a la semana en las que al principio no va a haber género ni para llenarla.

Taché la furgoneta.

Los seis primeros meses se hacen con mi coche, con dos neveras de playa de las de camping y una bolsa isotérmica, y se compra la furgoneta cuando los pedidos la paguen. Entonces el sueldo no empieza en el mes catorce. Empieza en el nueve.

Eso es feo, y da mucha menos foto que una furgoneta rotulada, y es lo que hay que hacer.

Escribí debajo, en el cuaderno, una línea sola.

«No lo hago yo. Lo organizo yo.»

A las nueve y media me duché, me puse lo único de vestir que tenía en Madrid y me fui a la oficina con el cuaderno en el bolso.

El comité del jueves se adelantó al miércoles por la mañana, porque los alemanes cogían un vuelo a las cuatro.

Fueron once minutos.

Once. Los conté, porque yo cuento cosas y porque quería tener el dato para después.

Estábamos en Aneto, que es la sala grande. Había siete personas y dos pantallas. Lo llevaba un señor de unos cincuenta años, muy amable, que hablaba un español bueno con acento y que me dijo tres veces que había oído cosas muy buenas de mí.

—Lisboa es una oportunidad grande —dijo—. Necesitamos a alguien que sepa montar y no le importe estar fuera. Y usted sabe montar.

—Gracias.

—¿Qué le parece?

Y yo dije que no.

Lo dije de una manera bastante mala, por cierto. Dije: «Muchas gracias, pero no voy a coger Lisboa». Y luego, como nadie decía nada, añadí: «Y probablemente tampoco me quede aquí».

El señor amable parpadeó dos veces.

—¿Tiene otra oferta?

—No.

—¿Puedo preguntar qué va a hacer?

Y aquí es donde yo, que llevo cuatro años preparando respuestas para reuniones como esa, dije la verdad.

—Reparto en pueblos pequeños —dije—. Sitios de cien habitantes donde no hay tienda y donde no llega nadie, porque no es rentable con el modelo que usamos.

El hombre sonrió con educación.

—Eso no es rentable —dijo.

—No con nuestro modelo, no.

—¿Y con cuál?

—Con uno más pequeño. Una furgoneta, dos días por semana, pedido agrupado, punto de recogida en el bar del pueblo o en la casa de alguien. Cobrando un dos por ciento a los proveedores de la comarca y una cuota simbólica a los ayuntamientos, que se les va en dos comidas de fiestas.

Silencio.

—Eso no lo mueve nadie desde una oficina —dijo.

—Por eso.

Bea se estaba tapando la boca con la mano.

Al salir, me acompañó al ascensor.

—Nadie ha entendido nada —dijo.

—Ya.

—Yo tampoco, y eso que me lo contaste el lunes.

Se apoyó en la pared.

—¿Estás segura?

—No.

—Bien. Eso ya me lo creo más.

Se abrió el ascensor y puse el pie para que no se cerrara.

—Voy a presentar la dimisión. Con dos meses de preaviso, para dejar cerrado el cambio de sistema.

—Carlota, no hace falta que…

—Con dos meses.

Ella me miró, y por un segundo me pareció que le daba envidia, aunque a lo mejor me lo estoy inventando.

—Vale —dijo—. Pues me lo mandas por escrito y yo me pongo a buscar a alguien que sepa hacer tu trabajo, que no lo hay.

Cuando llegué a casa de mi madre, a las dos y media, mi abuela estaba sentada en el sofá con el bolso al lado.

Con el bolso al lado, a las dos y media de la tarde, en un piso donde no había ningún sitio al que ir.

—Abuela.

—Siéntate.

Me senté.

Y entonces abrió el bolso, sacó el monedero, abrió el monedero y sacó de dentro, del compartimento de las fotos, el papel doblado en cuatro.

El del costurero.

Lo dejó encima de la mesa camilla de mi madre, que es una mesa camilla de Ciudad Lineal con un tapete de ganchillo, y lo empujó dos centímetros hacia mí.

—Léelo.

Lo cogí. Estaba tan doblado que se había puesto blanco por los pliegues, y al abrirlo tuve miedo de que se partiera.

Era un papel de cuaderno de cuadros, arrancado, escrito con bolígrafo azul, con una letra grande, de hombre, de la que aprieta.

Decía tres líneas.

«Encarna. Cuando yo falte, ve a por tu pan. No me des las gracias, que bastante me has aguantado. Emilio.»

Lo leí tres veces.

—El abuelo —dije.

—Tu abuelo.

—¿Él lo sabía?

—Lo supo siempre. —Mi abuela tenía las manos en el regazo—. Yo se lo dije antes de casarnos. En el cincuenta y nueve, en el paseo de Brihuega, le dije que si se casaba conmigo se casaba con eso.

—¿Y qué dijo?

—Dijo: «Pues ya somos dos que lo sabemos».

Se me llenaron los ojos, y a ella no, porque ella eso lo tiene entrenado.

—¿Y cuándo te escribió esto?

—Me lo dejó encima de la mesilla en el hospital, la última semana. No me lo dio en la mano. Me lo dejó ahí para que lo viera yo cuando volviera de la cafetería.

Se quedó mirando el papel.

—Cuatro años lleva ese papel encima de mí —dijo—. En el costurero, en el monedero, en el bolsillo del delantal. Cuatro años.

Y luego dijo, con una voz que no le había oído en la vida:

—Es que yo creía que era una manera de decirme adiós.

—Abuela.

—Y no era eso. Era un permiso. Y yo no lo he usado.

Se limpió con el dorso de la mano, una sola vez, rápido, como se limpia la gente que no se permite eso.

—El viernes volvemos —dijo.

—¿El catorce?

—El viernes. Por la mañana, que con el calor luego no hay quien ande.

—Abuela, ¿tú sabes lo que vas a hacer?

Mi abuela cogió el papel, lo dobló otra vez por los mismos pliegues y se lo guardó en el monedero.

—Voy a ir a pedirle el reciento a Anselmo Heredia —dijo—. Delante de quien haga falta.

—¿Y lo del cincuenta y seis?

—Eso también. —Levantó la barbilla—. Si hay que decirlo, se dice. A mi edad, lo único que me pueden quitar ya es el sitio en misa.

Mi madre llegó a las cinco menos veinte con dos bolsas de la compra y con esa cara de agosto de la gente que no se va de vacaciones.

Mi abuela estaba acostada. En ese piso la siesta es obligatoria porque no hay otra cosa que hacer.

La ayudé a colocar la compra y se lo dije mientras metía la leche en la nevera, que es como se dicen las cosas en mi familia.

—Mamá, voy a dimitir.

Mi madre se quedó con un paquete de arroz en la mano.

—¿Que has hecho qué?

—Se lo he dicho a Bea esta mañana. Mañana lo mando por escrito, con dos meses de preaviso. Me voy el quince de octubre.

Dejó el arroz encima de la encimera, muy despacio, como si pesara.

—¿Y eso lo has pensado?

—Llevo tres semanas pensándolo.

—Tres semanas —dijo—. Yo un abrigo no me lo compro en tres semanas.

—Mamá.

—¿Y de qué vas a vivir, Carlota?

—Tengo ahorrado para doce meses y el sueldo empieza en el nueve.

—¿Y después?

—Después no lo sé.

Mi madre se apoyó en la encimera con las dos manos y se quedó mirando el suelo de la cocina, que es de terrazo y tiene manchas desde antes de que yo naciera.

—Yo me fui de allí con dieciocho años —dijo.

—Lo sé.

—Yo me fui de allí para no fregar escaleras, y fregué escaleras aquí, y luego trabajé veintidós años en una residencia, y saqué una hija con una carrera. —Levantó la cabeza—. Y la hija con la carrera se vuelve al pueblo a repartir el pan.

—No es eso.

—Es un poco eso.

—Es un poco eso —dije.

Nos quedamos las dos calladas, con la compra a medio colocar.

—¿Tú sabes lo que era aquello? —dijo—. Tú has ido en julio y en agosto, con doce años, y te has bañado en el arroyo. Aquello en enero es otra cosa. Aquello en enero es una carretera con hielo y una señora que se cae y no se entera nadie hasta el día siguiente.

—Por eso voy.

Mi madre abrió la boca y la volvió a cerrar.

Cogió el paquete de arroz otra vez y lo metió en el armario, y desde dentro del armario, de espaldas, dijo:

—Pues mira, hija, esa frase es igual que una que dice tu abuela.

—¿Cuál?

—Todas.

Llamé a Vega a las seis de la tarde, desde el patio interior, que es el único sitio del piso donde no se oye el aire acondicionado.

—¿Carlota?

—Hola, Vega. ¿Cómo está el horno?

—¿Qué horno?

—El de poya. Que si está entero.

—Pues sí. ¿Por?

—Por nada.

Vega se calló un momento.

—Oye —dijo—. Aquí se sabe una cosa.

—¿Qué cosa?

—Que mi bisabuela habló con el panadero de enfrente. Y que le contó algo del cincuenta y seis.

Me apoyé en la pared del patio.

—¿Y eso quién lo sabe?

—Se lo dijo ella a la Matilde el lunes. Y la Matilde no se lo ha contado a nadie, o sea, que lo sabe todo el pueblo.

—¿Y qué se dice?

—Que hay algo raro con tu abuela y con el abuelo de Julián. —Bajó la voz—. Y la Tere dice que el sábado los vio hablar en el consultorio en julio, que ya lo dijo entonces y que nadie le hizo caso.

Me quedé mirando la pared del patio, con la ropa tendida de los vecinos y el ruido de un extractor.

—El viernes volvemos.

Se oyó un grito al otro lado del teléfono y luego la voz de la tía Visi diciendo desde lejos que qué pasaba.

—Dice mi bisabuela que si volvéis para el dieciséis.

—Dile que sí.

Aquella noche no dormí, otra vez, y a las cuatro menos cuarto de la mañana me vestí, cogí el coche y me fui a la nave a hacer mi último turno.

No hacía ninguna falta. Yo soy jefa de operaciones, no preparo pedidos, y llevaba dieciocho meses sin ponerme un chaleco.

Me puse uno.

Estuve tres horas preparando cestas con cuatro chavales que me llamaban de usted la primera media hora y de tú a partir de la segunda, poniendo la fruta abajo y el pan arriba, que es lo único que he aprendido en cinco años que sirva para todo.

A las siete de la mañana salió la primera ola.

Me quedé en la puerta del muelle viendo salir las bicis, con el chaleco puesto y un café de máquina en la mano, y pensé que aquello también lo había montado yo, y que estaba bien, y que se iba a quedar funcionando sin mí.

Y luego cogí el móvil y vi que tenía una llamada perdida de las 6.51.

Julián Heredia.