Pan, amor y otros fermentos 25. Madrid #2
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25. Madrid #2

Pensé: por esto no volví. Por esto se me olvidó el nombre de un niño y se me quedó solo el mote. Por esto tengo treinta y cuatro años y ni una sola amistad de más de ocho años que no sea del trabajo.

Y luego pensé lo otro, lo que me dejó peor.

Que si mi abuela hubiera dicho la verdad en el cincuenta y seis, en el cincuenta y siete o en mil novecientos ochenta, no habría existido ninguna historia del nieto del ladrón. Y nadie habría tenido nada que decir de una niña de once años y un niño de doce metidos en una poza.

Setenta años de silencio, y el interés se lo fuimos pagando todos.

Salí de la ducha a las once. Mi abuela estaba acostada. Mi madre estaba en el sofá, con la tele sin volumen.

Me senté a su lado.

—¿Tú por qué no me lo contaste?

—Porque yo tampoco sabía lo otro, Carlota. Yo sabía que en el pueblo llamaban ladrón a esa familia y que tu abuela no quería que anduvieras por ahí. Lo del cincuenta y seis me lo he enterado esta mañana, en mi cocina, con setenta y ocho años de retraso.

—Setenta.

—Da igual.

Se quedó mirando la tele sin volumen.

—Es una cosa muy fea —dijo—. Es muy fea, hija.

—Sí.

—Y también es lo más bonito que he oído nunca de mi madre.

El martes por la mañana llevamos a mi abuela al centro de salud.

Le tocaba la revisión de las siete semanas, y eso en el consultorio de Fuentelhorno no se mira, porque hay médico dos mañanas a la semana y no hay aparato de rayos.

Mi madre pidió cita el lunes por teléfono y se la dieron para el martes a las nueve y veinte. A mí me pareció un milagro. A mi abuela no le pareció nada, porque ella no sabe que eso es raro.

Fuimos andando. Son ocho minutos.

Tardamos veinticinco.

Mi abuela para delante de los escaparates. Paró delante de una frutería, para decir que los melocotones estaban a tres veinte y que eso era un abuso, y delante de una tienda de reformas de baños, para preguntar qué se vendía ahí exactamente.

Y saluda.

Mi abuela saluda a la gente por la calle, porque en su pueblo se saluda, y en la calle de mi madre le contestaron dos personas de once. Una señora mayor con un carro y un chico que llevaba una caja.

—Aquí sois muy sosos —dijo.

—Aquí no se conocen, abuela.

—Pues por eso.

En la sala de espera había que coger un número de una máquina. Mi madre lo cogió. Mi abuela se sentó en la punta de un banco, con el bolso en las rodillas, muy derecha, y a los cuatro minutos ya le estaba diciendo a una chica con un carrito que a la niña le iba a dar calor con ese gorro.

La chica se rió y le quitó el gorro a la niña.

Nos llamaron a las diez menos cuarto.

El traumatólogo era un chico de unos treinta años que hablaba muy rápido y que fue muy amable, y que miró la radiografía diez segundos y dijo que la fractura estaba consolidando bien y que en diez días fuera.

—Muy bien, Encarnación. Con eso podrá hacer vida normal.

—Yo hago vida normal.

—Me refiero a que podrá cargar peso.

—Yo cargo peso.

El chico levantó la vista del ordenador.

—¿Usted vive sola?

—Desde hace cuatro años.

—¿Y tiene a alguien cerca?

—Tengo a todo el pueblo a cuarenta metros.

Él escribió algo. Mi madre se había puesto muy recta en la silla y miraba un cartel de la pared sobre la vacuna de la gripe.

Salimos con un papel.

Y en la calle, en la esquina, delante de una farmacia, mi madre dijo la frase que llevaba dos días dentro.

—Madre, el invierno que viene…

—El invierno que viene, nada.

—Yo solo digo que en enero, allí…

—En enero, allí, hace frío. Como aquí. Con la diferencia de que allí yo sé de quién es cada tos que oigo por la calle.

Y entró en la farmacia a preguntar por una crema.

Mi madre se quedó en la acera conmigo, con las llaves en la mano.

—Lleva cuatro años así —dijo.

—Ya.

—Y yo llevo cuatro años sin poder decirle una frase entera.

Mi abuela salió de la farmacia con la crema y con una caja de infusiones que había cogido de un expositor, y en cuanto pisó la calle abrió la caja, sacó una bolsita, la olió y puso una cara.

—Esto es serrín —dijo.

—Abuela, eso vale tres euros.

—Por eso lo digo. Tres euros por serrín.

Y la volvió a meter en la caja y se la guardó en el bolso. Mi abuela, con las cosas que le parecen mal, no las tira: se las lleva.

El martes por la noche no podía dormir en el sofá cama, y a las tres y media me levanté, me vestí y cogí el coche.

Fui a la nave.

Nuestro almacén de la zona este está en un polígono a diez minutos, y a las cuatro de la mañana está encendido entero, porque a esa hora se prepara la primera ola del día.

Entré con la tarjeta. Me conocían dos de los cinco que había.

—¡Carlota! ¿Tú no estabas de vacaciones?

—Y lo estoy.

—¿Y qué haces aquí a las cuatro?

—Pues no lo sé.

Me di una vuelta entera, como cuando empecé. Los pasillos, las cestas, las cintas, las neveras, los cinco chicos con el chaleco puesto, las bandejas con el pedido a medio hacer.

Y a mí siempre me ha gustado eso. Lo que no sabe explicar nadie de mi familia es que me gusta de verdad. Me gusta que una cosa entre por una punta y salga por la otra en doce minutos y que no se rompa nada por el camino.

Me senté en unos palés, al fondo, donde está el cuadro eléctrico.

Y pensé en el obrador.

En un hombre de treinta y cinco años pesando dieciocho kilos de harina a las doce de la noche, solo, para seis pueblos.

En un viejo de noventa dándole de comer a un tarro.

En doce mujeres que amasan cada una en su casa y llevan la masa en tableros a las seis de la mañana.

En una furgoneta que sube doce kilómetros para dejar dos barras en el picaporte de una señora de ochenta y ocho años que ese día había ido al médico.

Ninguna de esas cosas tiene sentido. Ninguna sale en ninguna cuenta.

Y luego pensé en lo que había dicho el del bar del alto: que si no sube tres días, se traen el pan del supermercado.

Y en lo que dijo la Charo en julio, en mi cocina, cuando le dije que a su hija de Alcalá sí podía llegarle la compra en quince minutos: «aquí no llega nadie».

Saqué el cuaderno de rutas del bolso, que llevaba tres semanas con él, y pasé las hojas hasta el final.

En la última página escribí una cosa que no era una lista.

«Seis pueblos. Una furgoneta. ¿Qué necesita cada casa y qué día?»

Y debajo, sin pensarlo mucho:

«¿Quién lo hace, si no lo hago yo?»