25. Madrid
Madrid
Carlota
Hicimos los ciento diez kilómetros en una hora y cuarenta minutos, con una parada en la gasolinera de Torija para que mi abuela fuera al baño y me dijera que el café de las máquinas es agua sucia.
Ella iba delante, con el bolso en las rodillas, mirando por la ventanilla.
En Fuentelhorno había dicho adiós a dos personas: a la Matilde, que salió a la puerta con la bata, y a Tere, que nos vio pasar desde el Casino y levantó la mano.
A la Visi no fuimos a verla. Yo lo pregunté en el coche, en la recta antes del desvío.
—Abuela, ¿le has dicho algo a la tía Visi?
—No.
—¿Ni por teléfono?
—Ni por teléfono.
Y ahí se acabó la conversación durante cuarenta kilómetros.
Mi madre vive en un tercero sin ascensor en Ciudad Lineal, con un patio interior donde no se oye nada y un aire acondicionado portátil que hace un ruido de tractor.
Nos abrió la puerta con el delantal puesto, aunque eran las doce del mediodía y no estaba cocinando, y me di cuenta en ese momento de que mi madre también se pone un delantal para las cosas difíciles.
—Madre.
—Hija.
Y se dieron dos besos, muy rápidos, y mi abuela entró en el piso y dijo:
—Aquí hace más calor que en el pueblo.
Aquello duró dos días.
Fueron dos días de piso pequeño, de aire acondicionado con ruido de tractor, de tres mujeres cruzándose en un pasillo de metro veinte, de mi madre preguntando si queríamos melón y de mi abuela contestando que no había traído las zapatillas de andar por casa.
Mi abuela se había traído a Madrid la caja de zapatos.
Yo la vi meterla en el coche el domingo, encima de la maleta, y no dije nada porque no era el día.
Es una caja de zapatos de hombre, de las de cartón grueso, con las esquinas reforzadas con cinta aislante, y dentro lleva los ramitos de manzanilla atados con hilo de bramante.
Los cogió ella sola en junio, en el camino del cementerio, antes de que yo llegara, y los ha tenido secándose todo el verano boca abajo en la galería.
Los contó en el salón de mi madre, el lunes por la mañana, sentada en el sofá con la caja en las rodillas.
Ciento diez.
—¿Para qué son, abuela?
—Para el dieciséis.
—¿Se reparten?
—Se reparten con el pan. Un panecillo y un ramito. Eso lo hacía la hermandad y lo dejaron de hacer cuando se murió la Julia, que era la que los ataba.
—¿Y desde entonces los atas tú?
—Desde el ochenta y nueve.
Me quedé mirando la caja.
Treinta y siete años atando manzanilla en agosto para un reparto de pan al que ella no podía llevar pan.
—Abuela, ¿y por qué te la has traído a Madrid?
Mi abuela cerró la tapa y la aplastó con la palma de la mano para que encajara.
—Porque yo el dieciséis reparto manzanilla, esté donde esté.
Aquella tarde salió al rellano y llamó a las cuatro puertas del tercero con un ramito en la mano.
Le abrieron dos.
Una señora ecuatoriana que le dio las gracias y le preguntó para qué era, y mi abuela le explicó que para el estómago, para los nervios y para lavarse el pelo, y estuvieron un cuarto de hora en el rellano hablando de una tía de la señora que vivía en Tarancón.
En la otra abrió un chico joven con auriculares que cogió el ramito, dijo «vale, gracias» y cerró.
Mi abuela volvió a entrar y dejó los dos ramitos que le sobraban encima de la caja.
—El de los cascos no sabe lo que le he dado —dijo.
—No.
—Da igual. Se le va a poner la casa oliendo bien igual.
El lunes por la tarde fui a la oficina.
Nuestra oficina está en la cuarta planta de un edificio de cristal de la M-40, con doce salas de reuniones que tienen nombres de montañas. Yo llevaba seis semanas sin pisarla y entré con unas sandalias y una camiseta, porque en mi cabeza seguía siendo agosto.
Estaba medio vacía, como todos los agostos, y llena de gente nueva que yo no conocía, como no lo están todos los agostos.
Bea me esperaba en Mulhacén.
—Estás morena.
—Estoy quemada. Es distinto.
Nos sentamos. Sacó el portátil y no lo abrió.
—Te cuento lo que hay, y luego me cuentas tú.
Lo que había era esto. La compra se firma en septiembre. Los alemanes traen su propio sistema, su propio modelo de almacén urbano y sus propias personas para las cuatro direcciones de arriba. En España sobran, dijo Bea con esa palabra suya, «duplicidades», unas sesenta personas de estructura.
—¿Y yo?
—Tú no. Tú estás en la lista buena. —Se echó hacia atrás—. Y el jueves, en el comité, van a preguntar otra vez por Lisboa.
—Cuéntame Lisboa.
—Quince meses. Montarlo desde cero. Cuatro almacenes, doscientos repartidores, una ciudad que no conoce nadie. Empiezas en octubre desde aquí y en enero te mudas.
Miré por el cristal. Desde la cuarta planta se ve la M-40, y detrás una nave grande, y detrás otra nave grande.
—¿Y si digo que no?
—Si dices que no, sigues en tu puesto, con jefe nuevo, en una empresa que va a dejar de ser esta —dijo Bea—. Y dentro de dos años te preguntarán por qué no cogiste Lisboa.
—Muy motivador.
—Es agosto y me quedan dos semanas para las vacaciones. Estoy sincera.
Se calló un momento.
—Ahora tú —dijo—. ¿Qué te pasa?
Y yo, que llevo cinco años trabajando con esa mujer, le conté lo del pan.
Le conté lo del reciento, lo del agua hirviendo y lo del pueblo que me retiró el saludo. Lo de las doce mujeres, lo del horno, lo del sello con la hache y lo de una señora de ochenta y nueve años que cruzó un arroyo helado en el año cincuenta y seis.
Tardé veinte minutos.
Cuando acabé, Bea estuvo un rato callada.
—¿Tú te estás oyendo?
—¿Qué pasa?
—Que llevas veinte minutos hablando y no has dicho ni una vez «la empresa», ni «el equipo», ni «el año que viene». —Se rió—. Y estás hablando de una masa.
Bajé al aparcamiento de la oficina a las ocho menos diez y me quedé sentada en el coche, con la puerta abierta y los pies fuera, porque el volante quemaba.
Y saqué el móvil.
En el móvil tengo un grupo que se llama «Horno de Fuentelhorno», con catorce personas dentro, que montó la Vega en julio con los números que le fue sacando a su bisabuela.
Llevaba seis días sin un mensaje.
Y esa tarde, a las siete y cuarenta y uno, la Charo había escrito:
«Chicas, para el domingo 16 hacen falta tableros. Yo tengo dos.»
A las siete y cuarenta y tres, la Matilde: «Yo tengo tres pero uno está malo de una pata.»
A las siete y cuarenta y cinco, la Loli: «El mío lo tiene la Sagrario desde la Candelaria.»
A las siete y cuarenta y seis, Sagrario: «Lo tengo yo y lo devuelvo cuando me dé la gana.»
Y luego catorce mensajes en diez minutos sobre tableros, sábanas de lino, si hay que llevar la sal de casa y quién tiene la pala larga, que resulta que la tiene un señor de Cañadalba desde hace nueve años.
Yo me quedé mirando la pantalla en un aparcamiento de la M-40, con el motor apagado, leyendo a doce mujeres organizarse solas para un día que a lo mejor no llegaba.
Porque no había reciento. Eso no lo decía nadie.
A las ocho menos cuarto, la Vega escribió:
«¿Y la Encarna vuelve?»
Nadie contestó.
Yo escribí tres palabras y las borré. Escribí otras cinco y las borré también. Al final cerré el grupo, encendí el coche y puse el aire acondicionado a tope. Eso hago yo cuando no sé qué contestar.
Antes de arrancar miré el otro chat, el que no tiene nombre de grupo, el que pone «Julián Heredia» porque nunca le puse otra cosa.
Última conexión: no aparecía.
A ese hombre yo le había dicho el jueves, en su corral, que él tampoco le ha pedido nada a nadie en su vida.
Y llevaba tres días sin escribirle, decidiendo yo lo que era mejor para todos.
Cuando volví a casa de mi madre, a las nueve, ellas dos estaban discutiendo en la cocina.
No a gritos. Peor.
Me quedé en el pasillo, otra vez, porque en esta familia yo me entero de todo desde los pasillos.
—Yo no te pedí que te quedaras —decía mi abuela.
—Tú no me pediste nada nunca —decía mi madre—. Ese es el asunto, madre. Que tú nunca has pedido nada y luego te has pasado cuarenta años poniendo cara de que te lo debíamos.
—Yo no he puesto ninguna cara.
—Tú a mí me dijiste, con dieciocho años, «haz lo que quieras». Y yo hice lo que quise. Y me vine aquí, y me busqué la vida, y he estado toda la vida sintiendo que te había dejado tirada, y tú no me has dicho nunca ni que sí ni que no.
—Eso son cosas tuyas.
—Eso son cosas mías, claro. Siempre son cosas mías.
Hubo un silencio, y luego el ruido del grifo.
Y entonces mi madre dijo:
—Y a mi hija le hiciste lo mismo.
Yo me quedé en el pasillo con las llaves en la mano.
—¿Qué dices? —dijo mi abuela.
—Lo que oyes.
—Yo a esa niña la he querido siempre.
—Sí. Y un día me llamaste por teléfono y me dijiste que este verano mejor no la trajera.
Se me cayeron las llaves.
Las dos me oyeron. Mi madre salió al pasillo con un trapo en la mano y yo estaba de pie en medio, sin haber entrado del todo.
—Carlota.
—Sigue —dije.
—Hija…
—Que sigas, mamá.
Mi madre miró hacia la cocina. Mi abuela estaba de espaldas, delante del fregadero, con la escayola apoyada en el borde.
—Tenías doce años —dijo mi madre—. Habías pasado el verano anterior entero en el arroyo, con los críos, y en el pueblo se empezó a decir una cosa.
—¿Qué cosa?
—Que la nieta de la Encarna andaba con el nieto del ladrón.
El aire acondicionado hacía su ruido de tractor.
—Y tu abuela me llamó en junio, y me dijo: «Mariángeles, este año no la traigas».
—Eso no es verdad —dijo mi abuela, de espaldas.
—Madre.
—Yo no dije eso.
—Dijiste eso, con esas palabras, y yo te contesté que a la niña le iba a dar una pena horrorosa, y tú me dijiste: «pues que le dé».
Mi abuela se giró.
Y no dijo que no. Se quedó con la mano buena agarrada al borde del fregadero, mirando a su hija, con la barbilla temblándole un poco.
—Yo lo hice por ella —dijo.
—Ya lo sé, madre.
—Yo lo hice para que no le pasara a ella lo que me pasó a mí.
—Ya lo sé —dijo mi madre—. Y por eso no te lo he echado en cara en veintidós años. Pero se lo tienes que decir a ella.
Y las dos se giraron y me miraron a mí.
Yo no dije nada en ese momento. Me fui a la ducha y me quedé debajo del agua hasta que se acabó la caliente, que en ese piso es enseguida.
Lo que pensé, en la ducha, no fue bonito.