24. Sin pedir
Sin pedir
Julián
El sábado ocho de agosto, en mi pueblo, no había pasado nada.
Eso es lo más raro de todo. Que a cien metros de mi obrador, al otro lado de un arroyo seco, se estaba cayendo una cosa de setenta años, y aquí la gente estaba con la piscina, con las fiestas y con que el veintidós viene la orquesta buena.
El sábado hice una cosa de la que no me siento orgulloso.
Los sábados yo no reparto. Cuezo la mitad, abro el mostrador de nueve a una y a las dos estoy durmiendo. Lleva siendo así desde antes de que yo naciera.
Aquel sábado cargué cuatro cajas que no me había pedido nadie, le dije a Iker que se quedara en el mostrador y subí a Fuentelhorno a las nueve menos cuarto.
Un panadero que aparece en la plaza de la Fuente un sábado por la mañana, con la furgoneta, cuando lleva diecisiete años sin aparecer un sábado, no está repartiendo pan. Está diciendo algo. Y en ese pueblo lo entiende hasta el perro de la Loli.
Eso lo sabía yo antes de meter la primera caja.
Me quedé parado nueve minutos en la cuneta de la curva de la báscula, con el motor apagado, decidiendo si daba la vuelta.
No la di.
Llegué a las nueve y doce. Bajé el portón. Despaché lo que pude.
Salió la Loli, que preguntó si pasaba algo. Salió la Toñi. Salió la Charo con las nietas. Salió la Sagrario, que me miró dos veces y no dijo nada, que en ella es mucho.
No estaba.
Y entonces la Matilde, que es la última que se va siempre porque compra para tres casas, me dijo, mientras contaba las monedas:
—Está en el horno, barriendo.
Yo no había preguntado.
—Ah.
—Se lo ha dado la Matilde —dijo la Loli desde atrás, que ya se iba—. Digo, el barredero. Se lo ha dado ella.
—Yo soy la Matilde —dijo la Matilde.
—Pues eso.
Cerré el portón y di la vuelta al olmo, y en la esquina de la calle del Horno bajé la ventanilla.
Desde ahí se ve la puerta de dos hojas. Estaba abierta.
Se oía una escoba.
Podía haber subido cincuenta metros, aparcado la furgoneta y entrado a decir buenos días. Eso lo hace cualquiera.
Metí primera y me fui a Cañadalba.
Noemí me llamó a las once, cuando ya había bajado.
—Julián, que tengo que decidir el jueves.
—¿El jueves qué?
—Lo de la televisión. Si el día trece no hay masa, les digo que no vengan.
—Ya.
—¿Tú sabes algo?
Me quedé con el móvil en la oreja, en medio del obrador, con la respuesta entera en la boca.
Podía haberle dicho que sí, que sabía.
—No sé nada —dije.
Y colgué, y llevaba tres días haciendo exactamente lo que lleva haciendo mi abuelo setenta años.
Iker me lo preguntó el sábado por la tarde, mientras barría.
—¿Carlota ya no viene?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
Barrió tres baldosas más.
—¿Os habéis enfadado?
—Iker.
—Es que Vega dice que se van.
Solté el cubo.
—¿Cómo que se van?
—Que se van a Madrid. La Carlota y la Encarna. El lunes. Se lo ha dicho la Vega a su bisabuela, o al revés, yo qué sé.
Me quedé con las dos manos apoyadas en la mesa de mármol.
—¿Y tú cuándo lo has sabido?
—Esta mañana.
—¿Y me lo dices ahora?
—Es que estabas de mala leche —dijo—. Llevas tres días de mala leche.
Se fue con el cubo y el fregón al corral.
A las siete vino Rubén al obrador con un papel doblado en el bolsillo del mono.
—Toma.
—¿Qué es?
—El presupuesto de la carpa de las fiestas. Que me lo mires, que tú de números eres menos manta que yo.
Lo desdoblé por encima y se lo devolví.
—Rubén, esto es una carpa.
—Ya.
—¿Tú has venido a que te mire una carpa?
Se sentó en el saco de veinticinco, que es donde se sienta todo el mundo en este obrador, y se quedó un rato dándole vueltas al papel.
—Se van mañana —dijo.
—Lo sé.
—Y tú te has enterado esta mañana.
—Por mi sobrino.
—¿Y no has ido?
Yo estaba engrasando los moldes, que no hacía falta.
—¿A qué voy a ir?
—A decir cualquier cosa, Julián. Que llueva. Que hace calor. Que si necesitan que les lleve las maletas al coche.
—No necesitan nada.
—Nadie necesita nada. —Se levantó—. Por eso hay que ir.
Y desde la puerta, sin darle importancia, dijo lo otro:
—Mira, yo llevo tres años discutiendo con la alcaldesa de enfrente por el agua, por la báscula y por el camino de la umbría. Y no te voy a decir que sea santo de mi devoción. Pero si mañana se fuera de este valle, iría a la esquina a verla pasar.
—¿Y eso para qué sirve?
—Para nada. Sirve para que ella sepa que estabas en la esquina.
El sábado por la noche fui a La Parada, porque en mi casa no aguantaba.
Estaban de fiestas. Aquí las grandes fueron las de Santiago, pero el veintidós hay novillada y de eso se empieza a hablar el uno de agosto y no se para.
—Julián, ¿tú echas lo de la peña este año?
—¿El qué?
—Los treinta euros. Para la orquesta.
—Los echo.
—Es que el año pasado dijiste que sí y luego…
—Los echo, Rubén.
Me puse en la esquina de la barra con un botellín y estuve una hora oyendo hablar de la orquesta, del toro, de que si la cooperativa paga o no paga, y de una furgoneta de segunda mano que vende uno de Trillo.
A mi lado, dos hombres de sesenta y tantos contaron, sin venir a cuento, la historia del reciento.
La contaron como se cuenta aquí: con guasa, con el vaso en la mano, como quien cuenta que un abuelo se llevó un melón de una huerta.
—Que se lo llevó de noche, eh. Con veinte años. Y se quedaron los de enfrente mirándose la cara.
—Y todavía están.
Y se rieron.
Yo me bebí el botellín y no dije nada.
Y salí de allí pensando que si aquella noche hubiera contado en voz alta lo que sé, en esa barra, con dos vinos de por medio, mi abuelo se habría enterado por el pueblo antes que por mí, y que habría sido la peor manera del mundo.
Que es exactamente el razonamiento que lleva haciendo mi familia setenta años.
El domingo por la mañana subí a casa de mi abuelo con el pan, como todos los domingos.
Estaba desayunando, con la alacena abierta, como la tiene siempre desde que está el tarro dentro.
—Buenos días.
—Buenos días.
Le dejé la barra en el mármol. Me quedé de pie.
—Abuelo, se van.
Levantó la cabeza.
—¿Quién?
—La Encarna y su nieta. Mañana. A Madrid.
Mi abuelo dejó la taza en el plato.
Se quedó un rato mirando el hule, y luego hizo una cosa que yo no le había visto hacer nunca, que fue pasarse la mano por la boca dos veces, como quien se limpia algo que no está.
—¿Hasta cuándo? —dijo.
—No lo sé. Dice Iker que hasta después de las fiestas.
—Después de las fiestas es el diecisiete.
—Ya.
—El dieciséis es San Roque.
—Ya lo sé, abuelo.
Mi abuelo se quedó mirando la alacena abierta, con su puchero y su tarro dentro, al lado de las tazas.
Y entonces, por primera vez en toda mi vida, mi abuelo me pidió una cosa.
—Julián.
—Qué.
—No las dejes irse así.
Yo me quedé en medio de la cocina con las manos vacías.
—¿Y qué quieres que haga?
—Ve.
—¿A decirle qué?
—Lo que sea.
—Abuelo, es que no es eso. Es que ella lo sabía desde el lunes y se pasó la noche del lunes en mi obrador hablándome de un datáfono.
Mi abuelo me miró.
—¿Y? —dijo.
—¿Cómo que y?
—Que si eso es lo peor que ha hecho contigo, la has tenido tres semanas dándote el alta, arreglándote los papeles y aguantando a este pueblo, y hay que ser muy tonto.
Nunca me había hablado así.
—Tú no lo entiendes —dije.
—Yo lo entiendo perfectamente —dijo mi abuelo—. Yo llevo setenta años sin decir una cosa por no perjudicar a una persona. Y lo que he sacado en limpio es esto.
Y señaló la cocina. La cocina entera. La mesa, la taza de achicoria de una mujer muerta hace once años, la alacena con un tarro.
—Ve —dijo.
El lunes diez de agosto salí de la ruta a las nueve y cuarto y, en vez de tirar hacia el obrador, bajé al arroyo y aparqué en el camino.
Subí andando.
Son quinientos metros de cuesta entre dos huertos y luego la calle de arriba, y al final, la esquina de la casa de la Encarna.
Llegué a esa esquina a las nueve y media de la mañana.
Desde ahí se ve la puerta y se ve el coche, que estaba aparcado delante con el portón abierto y una maleta grande dentro.
Y las vi.
Carlota estaba metiendo una caja de zapatos en el asiento de atrás, con mucho cuidado, poniéndola derecha. Su abuela estaba en la puerta de casa, con un vestido azul y el bolso colgado del brazo bueno, cerrando con llave.
Yo estaba a veinte metros.
Veinte metros y una frase. No hacía falta ni que fuera buena. Con decir «espera» ya valía.
Me quedé en la esquina.
Pensé: si voy y se lo pido, y ella me dice que no, entonces yo he ido a pedir y me han dicho que no, y eso ya no se puede deshacer.
Pensé: se va a ir igual, porque su trabajo está en Madrid y aquí no hay nada que yo le pueda dar.
Y pensé, y esto es lo que me ha estado doliendo desde entonces: que yo no había pedido nada en diecisiete años y que no iba a empezar a los treinta y cinco en la esquina de una calle, delante de un coche cargado, para que me viera media calle a la fresca.
Me di la vuelta y bajé por donde había subido.
Bajé los quinientos metros de cuesta despacio, mirando el suelo.
A mitad del camino, en la poza, me paré.
El agua está en julio y agosto en un hilo, y se ven las piedras blancas del fondo, y hay una piedra grande donde nos sentábamos a comer el bocadillo cuando éramos críos.
Veintitrés años.
Y me acordé de una cosa que no me había acordado en la vida: que aquel verano, en septiembre, cuando ya no vino, yo bajé dos veces a la poza yo solo, por si acaso.
Con doce años.
Llegué al obrador a las diez menos diez. Me puse el delantal. Encendí la amasadora, aunque no tocaba.
A las diez y cuarto oí un coche subiendo por la carretera, que se oye desde mi corral porque la carretera pasa por detrás de la nave de la cooperativa.
Salí.
El coche gris de Carlota iba por la recta, pasó el desvío y siguió hacia Guadalajara, y desde donde yo estaba se veía la carretera un kilómetro y medio.
Lo vi hasta que se metió en la curva.
Luego entré, pesé dieciocho kilos de harina de fuerza, once litros y medio de agua, y seguí.
Por la tarde vino Iker a por la caja de los pedidos.
—¿Se han ido?
—A las once y media, por la carretera de abajo.
—¿Y tú no has ido?
Yo estaba de espaldas.
—Iker, coge la caja y vete.
—Es que Vega dice que Carlota le ha dado su libreta.
Me giré.
—¿Qué libreta?
—La de los sellos. Y la de los turnos del horno de allí. Se la dio ayer.
Mi sobrino se quedó en la puerta con la caja en los brazos, esperando a ver si yo decía algo.
—Vete —dije.
Se fue.
A las ocho y media de la tarde me llamó Noemí.
—Que ya está. He llamado a Toledo.
—¿Y eso?
—Que les he dicho que este año no graben nada, que no va a haber caridad.
Se oía ruido detrás, de bar.
—¿Tú sabías que se iban? —dijo.
—Lo supe el sábado.
—Y yo el viernes. —Hizo una pausa—. Oye, una cosa.
Yo no sé lo que ha pasado entre vosotros y no me importa.
Pero esa mujer ha estado tres semanas cruzando un arroyo a las doce de la noche para arreglar una cosa que rompió ella, y en su pueblo le han retirado el saludo, y en el tuyo la llaman la del agua hirviendo.
—Ya.
—Pues eso.
Y colgó, que es una costumbre que tienen los alcaldes de los pueblos pequeños.
Aquella noche cocí para mi pueblo, y a las tres de la mañana, cuando fui a por la sal, me encontré el gorro de ella en la percha del cuartito.
Blanco, con la goma dada de sí.
Lo descolgué, lo doblé y lo metí en el cajón de la mesa de mármol, debajo de las facturas, donde no lo viera Iker.
Y no lo tiré.