Pan, amor y otros fermentos 23. Cara a cara
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23. Cara a cara

Cara a cara

Carlota

El miércoles no dormí, el jueves tampoco, y el jueves por la mañana bajé a Cañadalba a las nueve menos cuarto, por la carretera, en coche, para no encontrármelo en el camino.

Lo esperé sentada en el escalón del corral, que es donde nos sentábamos a las cuatro de la mañana a beber agua.

Llegó de la ruta a las diez y veinte. Aparcó. Me vio.

—Hoy no hay turno tampoco —dijo.

—No vengo al turno.

Abrió el portón de atrás y se puso a sacar las cajas vacías. Saca cajas cuando no quiere mirar a alguien.

—Julián, tienes razón en lo de la lista.

—Ya.

—Tienes razón en que lo resolví sola. Lo hago siempre. Lo hice con el vídeo, con el acta y con mi abuela, y lo llevo haciendo desde que tengo doce años.

—Ya lo sé.

—Déjame terminar.

Dejó la caja en el suelo.

—Pero tú a mí no me has pedido nada en toda tu vida —dije.

—¿Qué?

—Que tú tampoco pides. Y tú no tienes lista, así que lo tuyo es peor, porque yo por lo menos organizo, y tú lo que haces es aguantar y callarte y luego reprochar.

—Yo no he reprochado nada.

—Me has echado de tu obrador a las doce de la noche.

Se quedó con las manos en las caderas, mirando el suelo del corral.

—Y hay otra cosa que te voy a decir, ya que estamos —seguí—.

La noche de la verbena me acompañaste hasta el arroyo y me dijiste que esto era una complicación.

Y yo te dije que ya lo sabía. Y después, el lunes, me preguntaste que si me quedaba a trabajar.

A trabajar. Y yo te contesté con un datáfono, que fue una mierda, lo reconozco.

—Lo fue.

—Pero es que tú me preguntaste por el contrato, Julián. No me preguntaste lo otro.

Él levantó la cabeza.

—¿Y si te lo pregunto ahora?

Y yo, que tenía en la cabeza Lisboa, el papel doblado y nueve días, y que de lo primero él no sabía nada, hice lo que hago.

—No me lo preguntes hoy —dije.

Y le vi la cara.

—Vale —dijo.

—Julián, no es eso.

—Que vale.

Cogió las dos cajas, una en cada mano, y se metió en el obrador.

La tía Visi se plantó en casa de mi abuela el jueves a las seis de la tarde.

Yo estaba arriba, recogiendo. Oí la puerta, oí el bastón en el pasillo y oí a mi abuela decir «ay, Visitación», con una voz que no le había oído en la vida.

Me quedé en lo alto de la escalera. Escuché. No me arrepiento.

—Siéntate, mujer —dijo mi abuela.

—No me voy a sentar.

—Que te sientes, Visi, que llevas el bastón.

—Que no me siento.

Hubo un silencio.

—Se lo he contado al nieto de Anselmo —dijo la tía Visi.

Mi abuela no dijo nada.

—El martes. En la furgoneta. Le he contado lo que vi la mañana del veinte de febrero, y lo que até después, que lo ató todo el mundo menos los que no querían.

—¿Y con qué derecho?

—Con ninguno —dijo la tía Visi—. Con ninguno, Encarna. Lo juré por mi madre y lo he roto. Y me voy a morir habiéndolo roto, y me da igual.

—Visitación…

—Setenta años he callado por ti.

No la dijo gritando. La dijo como se dice una cuenta.

—Setenta años, Encarna. Y no te he pedido nada.

Ni cuando te casaste, ni cuando enviudaste, ni cuando se murió tu padre.

Yo iba a la fuente contigo, y a misa contigo, y he criado a mis hijos al lado de los tuyos, y todas las semanas de mi vida, cuando ese hombre paraba la furgoneta en la plaza, yo te veía a ti comprarle el pan y decirle buenos días.

—Cállate.

—Y a él apartarte la barra más tostada.

—Que te calles, Visi.

—Eso lo hemos visto tú y yo cuarenta años, y no lo ha visto nadie más —dijo la tía Visi—. Y yo me he callado. Pero ahora me voy a morir, y él también, y su nieto anda como un perro apaleado desde el martes, y tu nieta baja todas las noches por el camino del arroyo a las doce.

—Mi nieta se va en agosto.

—Pues eso.

Hubo otro silencio y luego el ruido de la silla, que quiere decir que mi abuela se había sentado.

—Yo no puedo, Visi —dijo mi abuela.

—Sí que puedes.

—No puedo.

—Encarna, tú no es que no puedas. Es que te da vergüenza. Y con la vergüenza se va uno a la tumba tan tranquilo, que lo he visto yo.

No oí más porque la tía Visi se fue enseguida. La vi desde la ventana, bajando la calle con el bastón y una rebeca de agosto, andando muy despacio.

Cuando bajé, mi abuela estaba en la cocina con la luz apagada, sentada, con la escayola encima de la mesa.

—¿Lo has oído todo? —dijo.

—Todo.

—Pues ya está.

Fui a por un vaso de agua. Se lo puse delante. No lo tocó.

—Mañana es viernes —dije—. Y el domingo se acaba el plazo.

Mi abuela levantó la cabeza.

—Llévame a Madrid —dijo.

—¿Qué?

—Que me lleves a Madrid, a casa de tu madre, hasta que pasen las fiestas.

—Abuela.

—No pienso estar en este pueblo el quince de agosto.

—¿Y la caridad?

—Este año no hay caridad, Carlota. Eso ya lo sabes tú y lo sé yo. —Se levantó—. Y yo no voy a estar aquí el día que no la haya.

Lo demás pasó en cuarenta y ocho horas, que es como pasan estas cosas.

El viernes por la mañana llamó Bea.

—Carlota, que te necesito aquí el lunes.

—¿El lunes?

—Sábado y domingo no te voy a fastidiar, pero el lunes hay un comité con los alemanes y quieren verte la cara. —Bajó la voz—. Y me han vuelto a preguntar por Lisboa. Tienes hasta el quince.

Colgué y me quedé mirando el móvil en el poyo de la iglesia.

El quince de agosto.

El día antes de San Roque.

El viernes por la tarde se lo dije a Noemí en el poyo de la iglesia.

—Me voy el lunes.

Noemí se quedó con el casco a medio quitar.

—¿Cómo que te vas?

—Me reclaman en Madrid. Y mi abuela quiere pasar las fiestas fuera.

—¿Tu abuela quiere pasar las fiestas fuera? —Se sentó—. Encarna Sanz no ha pasado un quince de agosto fuera de este pueblo en su vida.

—Pues este sí.

Noemí me miró un rato largo.

—Carlota, ¿qué ha pasado?

Y ahí es donde me di cuenta de lo que tenía en las manos.

Porque yo podía contárselo. A la alcaldesa. Y la alcaldesa se iba a plantar en casa de mi abuela esa misma tarde, y a lo mejor conseguía lo que yo no había conseguido.

Y también podía salir en la televisión autonómica el día dieciséis.

—Ha pasado que esto no se va a arreglar este año —dije.

—Eso no es lo que te he preguntado.

—Es lo que te puedo contestar.

Noemí se levantó, se colocó el casco debajo del brazo y se quedó mirando los tejados.

—Pues nada —dijo—. El jueves llamo a Toledo y les digo que no vengan.

—Lo siento.

—Yo también.

Se subió a la moto y arrancó, y luego apagó el motor otra vez.

—El horno lleva tres semanas apagado y la Matilde se levanta todos los sábados a las siete. Eso ya te lo dije.

—Me lo dijiste.

—Pues que lo sepas. Que esto no es por la tele.

Y se fue.

El sábado ocho, a las siete y media de la mañana, subí a la calle del Horno sin saber muy bien a qué.

Y la puerta de dos hojas estaba abierta.

Dentro estaban la Matilde, la Rosalía y la Sagrario, con el horno apagado, barriendo el suelo y sacando las telarañas de la esquina de la leña con una escoba atada a un palo.

Me paré en la puerta.

—Buenos días —dije.

—Buenos días —dijeron dos.

La Matilde dejó la escoba.

—Pasa, hija, no te quedes ahí.

—No querría molestar.

—Molestar molestas, pero pasa igual —dijo la Rosalía, que es la que peor me habla desde julio.

Entré. Me quedé en medio, sin saber qué hacer con las manos.

Y entonces la Matilde cogió el barredero, el de verdad, el de mojar las brasas, y me lo puso en las manos.

—Toma.

—¿Yo?

—Tú. Se moja en el cubo, se escurre y se pasa por la solera. Pero hoy no hay brasas, así que es más fácil.

—Matilde…

—Y se barre desde el fondo hacia la boca, no al revés, que si no metes la ceniza para dentro.

No me perdonaron. Que quede claro, porque yo aquel día lo entendí muy bien: nadie me dijo que no pasaba nada, ni me preguntaron por mi abuela, ni me miraron a la cara más de dos segundos.

Me dejaron barrer.

Estuve una hora con el barredero, y cuando acabé, la Sagrario me dio un vaso de agua del botijo y dijo:

—Se te da mal.

—Ya.

—Pero bueno.

Y luego pasó lo otro, que no lo tenía previsto nadie.

A las nueve menos cuarto, cuando ya estábamos recogiendo, se paró en la puerta la tía Visi.

Venía del brazo de su bisnieta, con el bastón en la otra mano, y se quedó en el umbral mirando dentro sin entrar, que a mí me pareció raro porque esa mujer lleva ochenta años entrando en ese horno.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días, tía Visi.

Y entonces, detrás de mí, en la calle, se oyó una puerta.

Mi abuela venía por la cuesta.

Yo no sabía que había salido de casa. Venía con el vestido de diario, con el bolso cruzado en el pecho por el lado de la escayola, y venía despacio porque la cuesta de la calle del Horno es la que es.

Se pararon a cuatro metros.

Cuatro metros de calle empedrada, un sábado de agosto, a las nueve menos cuarto, con tres mujeres dentro del horno que dejaron de barrer y una cría de dieciséis años agarrada a un brazo.

Ochenta años de amistad. Setenta de silencio.

—Encarna.

—Visitación.

Mi abuela nunca la llama Visitación. La llama Visi, como todo el pueblo, desde antes de que existieran los coches en este valle.

—Has hablado —dijo mi abuela.

—He hablado.

—Con el nieto.

—Con el nieto.

Mi abuela se recolocó el bolso.

—Me lo prometiste.

—Sí.

—En el año cincuenta y seis, en tu cocina, con la mano encima del hule.

—Sí —dijo la tía Visi.

Y no se disculpó. Aquella mujer de noventa y cuatro años no dijo lo siento, ni perdóname, ni tenía que hacerlo.

Dijo esto:

—Tengo noventa y cuatro años, Encarna. Yo no llego a otro agosto. Y no voy a llevarme eso.

Mi abuela se quedó mirándola.

—Pues ya está dicho —contestó.

—Ya está dicho.

—Y ahora ¿qué hago yo?

—Eso ya no lo sé —dijo la tía Visi—. Yo he hecho lo mío.

Y se dio la vuelta, y se agarró al brazo de Vega, y se fue calle abajo sin entrar en el horno.

Mi abuela se quedó en medio de la calle, quieta, con el bolso cruzado.

Yo fui a por ella y no me dejó cogerla del brazo. Subió sola los cuatro escalones de nuestra puerta y estuvo el resto del día sin decir una palabra que no fuera sobre la comida.

El sábado por la tarde vino Vega.

Se quedó en el escalón de la calle, con la toalla al hombro, sin sentarse.

—Dice mi bisabuela que os vais.

—Nos vamos.

—¿Cuándo?

—El lunes.

Vega se miró las chanclas.

—¿Y vuelves?

—No lo sé.

—Ya.

Estuvo un rato dándole vueltas a una piedra con el pie.

—Es que yo quería pedirte una cosa —dijo—. Pero como te vas…

—Pídemela igual.

—Que cuando sea guardiana me enseñes lo de los turnos.

—¿Lo de los turnos?

—Lo que hiciste en el horno de enfrente. Lo de las horas y los pedidos y eso. Mi bisabuela dice que las del sábado se organizan como las gallinas.

Me reí, y fue la primera vez en cuatro días.

Entré en casa, cogí la libreta de papel, arranqué las hojas de la ruta y le di el resto.

—Toma.

—¿Qué es?

—Los sellos de las doce casas, que me los dibujaste tú. Y detrás están los turnos del horno, con quién enciende y a qué hora, que los apunté en julio.

Vega la cogió con las dos manos.

—Esto es de las del sábado —dijo.

—Es tuyo. Tú eres la siguiente.

Se puso colorada, dijo «bueno» y se fue corriendo hacia la piscina.

El sábado por la noche hice las dos maletas.

La mía, que es pequeña, y la de mi abuela, que es de las de antes, con las esquinas de plástico, y que estaba encima del armario con una funda.

Ella me dijo lo que había que meter desde la puerta del cuarto, sentada en una silla, sin tocar nada.

—Las dos rebecas.

—Abuela, en Madrid hay treinta y ocho grados.

—Las dos rebecas.

Metí las dos rebecas.

Cuando terminé, bajé a la cocina a por agua y vi que en la mesa había algo que no estaba por la mañana.

Los ramitos de manzanilla. Los ciento diez. Atados con bramante y puestos en una caja de zapatos, con un papel de cocina por encima para que no se rompieran.

Mi abuela los había bajado de la despensa y los había dejado allí.

No dije nada. No dije absolutamente nada, porque llevaba cuatro días aprendiendo a callarme, que es lo único que he aprendido en este pueblo.

El domingo por la noche, cuando mi abuela se acostó, bajé al arroyo.

No pensaba cruzar.

Bajé por el camino con la linterna del móvil, que a esas alturas me sabía de memoria, y me senté en la piedra grande de la poza.

Desde ahí se ve Cañadalba. Se ve la torre de la iglesia y se ve una luz alta, que es la ventana del obrador de los Heredia, que a las doce de la noche está siempre encendida.

Estuve veinte minutos mirando una ventana encendida como una idiota de treinta y cuatro años.

Saqué el móvil. Escribí: «Me voy mañana». Lo borré. Escribí: «Mi abuela quiere irse y yo tengo que estar el lunes en Madrid». Lo borré. Escribí: «Julián». Y me quedé mirando el nombre en la pantalla.

Lo borré también.

Yo llevo toda la vida sin pedir nada, y aquella noche, en una poza seca, tampoco pedí.

Subí a casa a la una. Mi abuela tenía la luz encendida y no dijo nada.

Salimos el lunes a las diez de la mañana.